El Día más Largo / Juan Norberto Lerma
| China, paisaje ilustración 太上老天狼666 Pixabay |
Juan
Norberto Lerma
Las
primeras gotas cayeron al mediodía. No debía llover, la lluvia contravenía las
tradiciones de la comunidad: en Palula tenían listas las vestimentas de La Gran
Fiera y cuando el sol estuviera en el cuadrante Dos Fuegos la investirían para
que les infundiera fuerzas a sus guerreros en el momento en que tuvieran que
enfrentar las incursiones de sus enemigos del oriente. Sin embargo, la
naturaleza nada sabe de rituales, sólo impone sus propias reglas y arrincona
los deseos humanos.
Era
la época del verano y en el centro de la tarde aún había un sol blanco cubierto
por velos innumerables. En los salones elevados de la ciudad decenas de hombres
y mujeres continuaban hermoseando las vestimentas blancas y violentas de La
Gran Fiera. Sin embargo, casi con reverencia advirtieron que detrás de un monte
con formas de doncella trece nubes permanecían al acecho y se les figuró que
albergaban una parte de la ira del mundo. De pronto, con horror comprendieron
que si alguno de sus dioses no intervenía, antes de que anocheciera las nubes
descargarían el mar del cielo sobre ellos.
A
la hora en que el Sol alcanzó el cuadrante Tigre Sobre Tierra, cayó una
llovizna fina sobre la ciudad de piedra amarilla. Las primeras gotas a algunos
habitantes les recordaron el clap-crack que hacían las semillas de las melinas,
unas plantas de flores azules, que durante las ceremonias volaban a la boca de
los santones que combatían los males de los enfermos con ensalmos y humo de
colores.
En
las orillas de Palula comenzaron a formarse pequeños remolinos de polvo y agua,
los cuales fueron aumentando de tamaño hasta que parecieron convertirse en
elevados muros de harina.
Casi
con indiferencia, porque no querían creer que el mal clima les arruinaría el
ritual en el que investirían a La Gran Fiera, los habitantes de Palula que
estaban en las calles escucharon la cadencia de las gotas espaciadas y por un
par de minutos pareció que se adormilaban. Por momentos, a varios de los
ciudadanos se les figuró que el golpeteo del agua sobre los techos era algo
semejante a una música, la cual no les permitía escuchar las palabras que se
decían a sí mismos para tranquilizarse y convencerse de que la tradición de
investir a su divinidad se cumpliría.
Contrariados
por el mal augurio, los sacerdotes pusieron bajo resguardo las telas
recubiertas de orfebrería. Dos horas después, las tiendas sacramentales estaban
reblandecidas y el peso del agua las había vencido. Con preocupación y enfado
ordenaron que la población regresara a sus hogares y que esperara sus
indicaciones.
En
el cielo oscuro, todas las nubes se unieron en una sola. Los habitantes de
Palula cerraron puertas y ventanas, dispuestos a esperar mejores tiempos para
investir a La Gran Fiera.
Dentro
de sus casas, los habitantes de Palula permanecieron absortos, concentrados en
el olor a raíces que desprendía la tierra mojada desde los cuatro puntos
cardinales, se olvidaron del ruido de las gotas sobre sus techos metálicos y
comenzaron a moler piedras agridulces y a lamer cristales anaranjados.
Ese
día llovió durante horas y continuó lloviendo sobre Palula hasta que el día y
la noche dejaron de tener significado para los habitantes. Llovió
inmoderadamente en Palula durante trece mil ochocientos cuarenta días. En la
primera semana, habilitaron huertos básicos en habitaciones con ventanas y
crearon granjas domésticas en lo que antes habían sido cocinas o jardines.
Dormían cuando tenían sueño y comían cuando se despertaban. Durante el primer
año de lluvia continua, la gente se recogió en sus casas, pero en general nadie
creía que seguiría lloviendo de forma indefinida.
Con
la supervivencia asegurada, aunque exigua, en el segundo año unos optaron por
cultivar flores de barro durante la estación baldía, y las abuelas y madres se
dedicaron a mirar arrobadas durante horas el crecimiento de los huesos de sus
descendientes, que correteaban desnudos en las habitaciones atestadas de
basura; otros, procurando vencer su indolencia, dedicaron la mayor parte del
tiempo a reparar los techos y paredes reblandecidas, y de cuando en cuando
aprovechaban para husmear los sueños de los vecinos. Incineraban a sus muertos
en estufas de plomo y perdieron la cuenta de la cantidad de generaciones que
habían transcurrido bajo el asedio del agua. Idearon túneles hasta casas
cercanas para conocer nuevas personas y festejaban el nacimiento de sus descendientes
con palabras de agradecimiento, las cuales eran sofocadas enseguida por el
aguacero.
Cuando
la lluvia finalmente se detuvo, había un sol lavado a la mitad del cielo. Las
nubes se habían ido y dentro de las casas aún se escuchaba el molino de la
piedra y el lengüeteo a los cristales.
La
gente comenzó a acercarse paso a paso a las puertas y quienes no conocían el
sol se petrificaron en los umbrales. Las calles ya no existían, la ciudad
parecía improbable, pero ahí seguía. Cuando el agua descendió del todo, quienes
se encontraban se veían como perfectos desconocidos. Sin embargo, en Palula
había un ambiente festivo, a lo lejos, La Gran Fiera gruñía.
A
media tarde, los niños chapaleaban entre las raíces de árboles blandos y
pelados y los hombres más viejos descansaban la mirada en la cumbre negra que
semejaba una doncella. De los pocos que se conocían, ninguno mencionaba la
lluvia ni parecía acordarse de ella. Miraban las nubes blancas y los pájaros
con sus miradas nuevas y parecía como si ellos fueran los primeros humanos en
mirarlos.
Media
hora más tarde, los habitantes de Palula volvieron a moler piedra rosa, la
hirvieron e hicieron caramelos. Las mujeres adornaron sus cabellos con estelas
violetas y oro y terminaron de bordar arabescos de constelaciones celestes y
cabezas de tigres en largos trozos de tela nacarada. Los hombres colorearon
efigies de lagartos con penachos encrespados y se las calaron.
Durante
la lluvia habían muerto miles, pero Palula continuaba viva y era posible que
también hubieran sobrevivido los vecinos que desde hacía años los atacaban. De
inmediato, la comunidad comenzó a movilizarse y en cuestión de horas parecía
que en el calendario de su raza sólo hubiera transcurrido un día. Ayer había
llovido, sin embargo, mañana podrían vestir al fin a La Gran Fiera.
Soy autor de
los libros de cuentos Las Mariposas Cantan de Noche; La Bestia Entre
los Días; Perro Amor; y Muerte en Estado Natural. También
escribí Delirium (poemas); El Imperio del Polvo (poemas): y Cristo
Pastor, Madre de Hierro.
Las Mariposas
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Mariposas Cantan de Noche
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“El Dios de
mis padres me quiere muerto o condenado, /me ha dado reglas y las combate con
llamas. /Yo quiero arrancarme los ojos, cortarme las manos, servirme del mundo
mi ración de pecado”.
Cristo Pastor, Madre de Hierro
Juan Norberto Lerma ✍️
“El Dios de mis padres me quiere muerto
o condenado, /me ha dado reglas y las combate con llamas. /Yo quiero arrancarme
los ojos, cortarme las manos, servirme del mundo mi ración de pecado”. #libros
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La Bestia entre los Días
Juan Norberto Lerma
Juan Norberto Lerma
Contenido
Primera Edición
Febrero 2012
Derechos reservados
México, Distrito Federal
Febrero 2012
Segunda Edición
Julio 2025
© Derechos Reservados de Autor
Registro Público del Derecho de Autor
Todos los derechos reservados
Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la fotocopia o la grabación, sin la previa autorización por escrito.
Ciudad de México
Julio 2025
Primera Edición
Febrero 2012
Derechos reservados
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Febrero 2012
Segunda Edición
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Ciudad de México
Julio 2025
Prólogo
La bestia entre los días, título del presente texto, está integrado por una serie de cuentos llenos de misterio y fantasía. Escritos bajo un estilo de realismo-mágico, permiten al lector recrear un ambiente maravilloso, ya que la alteración de la realidad surge inesperadamente. La diversidad de personajes presentes en las historias representa la enorme capacidad literaria del autor para evocar imágenes que saltan de lo cotidiano a lo inesperado. Tal es el caso de "Proyecciones en el muro", donde el anciano señor Ramírez, al final del día y después de asearse los dientes, de repente se encuentra con una virgen perseguida por un fauno. Del mismo modo en "Estampa y cazadores" la impensada aparición del hermoso ciervo azul representa un espacio de ilusión.
“El día más largo”, “Clima interior” y, por supuesto, “La bestia entre los días”, muestran un ambiente mágico. La minuciosidad descriptiva del último nos permite imaginar al monstruo del Lago Ness, su magnificencia que alcanza al estirar el cuello, su aroma de putrefacción y su acecho constante nos deja una imagen que no podremos sacar de la mente después de habérnosla encontrado. Sin lugar a dudas, la narración más corta de este conjunto, "El fuego", se caracteriza por su sencillez, plenitud y belleza, nos encontramos con esa tregua tendida con la soledad, el peligro y la muerte.
Es loable que autores como Juan Norberto Lerma continúen haciendo este tipo de trabajo, ya que es menester que regresemos la mirada a esa literatura que nos envuelve como espiral y nos permite tener paisajes coloridos, mismos que representan una bocanada de aire fresco que alimenta nuestro espíritu.
Maricarmen Rivera
La bestia entre los días, título del presente texto, está integrado por una serie de cuentos llenos de misterio y fantasía. Escritos bajo un estilo de realismo-mágico, permiten al lector recrear un ambiente maravilloso, ya que la alteración de la realidad surge inesperadamente. La diversidad de personajes presentes en las historias representa la enorme capacidad literaria del autor para evocar imágenes que saltan de lo cotidiano a lo inesperado. Tal es el caso de "Proyecciones en el muro", donde el anciano señor Ramírez, al final del día y después de asearse los dientes, de repente se encuentra con una virgen perseguida por un fauno. Del mismo modo en "Estampa y cazadores" la impensada aparición del hermoso ciervo azul representa un espacio de ilusión.
“El día más largo”, “Clima interior” y, por supuesto, “La bestia entre los días”, muestran un ambiente mágico. La minuciosidad descriptiva del último nos permite imaginar al monstruo del Lago Ness, su magnificencia que alcanza al estirar el cuello, su aroma de putrefacción y su acecho constante nos deja una imagen que no podremos sacar de la mente después de habérnosla encontrado. Sin lugar a dudas, la narración más corta de este conjunto, "El fuego", se caracteriza por su sencillez, plenitud y belleza, nos encontramos con esa tregua tendida con la soledad, el peligro y la muerte.
Es loable que autores como Juan Norberto Lerma continúen haciendo este tipo de trabajo, ya que es menester que regresemos la mirada a esa literatura que nos envuelve como espiral y nos permite tener paisajes coloridos, mismos que representan una bocanada de aire fresco que alimenta nuestro espíritu.
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