Las Mariposas Cantan de Noche, Juan Norberto Lerma


  


 

Las Mariposas Cantan de Noche

 

Juan Norberto Lerma

 


 Las Mariposas Cantan de Noche

Juan Norberto Lerma ✍️

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Las Mariposas Cantan de Noche

Juan Norberto Lerma


 

 

 

 

 

© Derechos Reservados de Autor

Registro Público del Derecho de Autor

México

Obra registrada ante El Instituto Nacional del Derecho de Autor (INDAUTOR)

 

México, Distrito Federal, actualmente Ciudad de México.

Derechos reservados

***

Portada

Idea Original, Juan Norberto Lerma

Realización

Imagen generada con Grok de xAI



 

 

 

Prólogo

 

 

Las historias que contiene el libro Las Mariposas Cantan de Noche son un conjunto de narraciones que se desarrollan en una ciudad, mi ciudad interior, llamada Tlayohua. Además de reflejar el temperamento y las pasiones de un grupo humano integrado a un territorio, las escenas trazan sus calles, describen su historia, sus desilusiones, los extravíos y los estados sosegados o alterados de los personajes que deambulan en este escenario.

Este volumen de cuentos es producto de mucho tiempo y dedicación, y más que de un trabajo formal, requirió, sobre todo, de tener paciencia. Escribir y reescribir, normalmente son ocupaciones placenteras, pero lo es aún más corregir, porque en ese momento descienden o surgen de aquí y de allá ideas, frases afortunadas, construcciones verbales sólidas como castillos, o tenues y sugeridas como remolinos ligeros en un llano.

A grandes rasgos y de una forma general, considero que a una persona que escribe se le presentan dos posibilidades a la hora de decidir sobre su escritura. Desde luego tiene muchas y variadas opciones de elegir cómo las escribirá, eso no está en discusión; sin embargo, de entre todo ese cúmulo de posibilidades hay dos que sobresalen.

En la primera, hay historias que el autor está obligado a contar, son las narraciones que le brotan, las que se le derraman, y como que se las murmuran, o las que parece que viene la Divina Providencia, que siempre sabe más, y se las cuenta. En la segunda forma que yo veo, hay otras historias que simple y sencillamente se le ocurren a la persona que escribe.

Como sea, las primeras, las historias que debe escribir un autor, son las que escribe desde la más absoluta franqueza, son las que de alguna manera también lo describen a él, a su época y a sus circunstancias, y normalmente, son las que, con un poco de suerte, los lectores lo recordarán. Las otras, si algún valor tienen, son librescas, se guardarán en museos de la palabra para que las estudien los que dicen que saben, o creen que saben, los secretos de la literatura.

En todo caso, esa clase de textos no son para el público en general, no porque sean de un carácter muy elevado, sino porque, sin saberlo, acaso sin desearlo, fueron construidos para distanciarse de lo humano, para justificarse como autor. De cualquier forma, que cada cual explique, si es que puede, las razones por las cuales escribió tal o cual engendro.

Las historias que aparecen en este libro son de la clase de las que yo tenía que escribir, las que yo estaba obligado a contar. Durante muchos años postergué el instante de escribirlas, porque me distraje escribiendo historias librescas; sin embargo, el llamado de las historias que yo debía contar fue tan poderoso, que tuve que ceder y escribirlas. De hecho, no fue una decisión mía escribirlas, ni mi voluntad me llevó a contarlas, sino una especie de destino.

Es posible que en Las Mariposas Cantan de Noche, las historias no sean lo que yo hubiera querido, sino que son lo que ellas quisieron. Representan un conjunto de textos en los que aparecen personajes a los que yo conocí, o que fueron cercanos a mí, como presencia, en mis primeros años, en mis primeras visiones; luego me acompañaron en mi adolescencia y mi primera, y única, juventud. En las narraciones aparecen personajes que me dicen algo a mí, y que espero también puedan decirle algo al lector.

Los cuentos de este volumen son historias en las que se destila una cierta humanidad, un modo singular de vivir y padecer la vida. Aunque, en sentido estricto, una visión humanitaria no es un requisito de la literatura, considero que sí es una de las partes esenciales que la justifican.

En todos los sentidos, es más valiosa una visión humana, que cualquier destreza gramatical; tiene más peso y un mejor brillo la humanidad que las construcciones verbales artísticas, si es que las hay, que no tienen una aplicación práctica. Digamos que si esas palabras que hechizan no son capaces de formar una nueva imagen, un significado nuevo comprensible para la mayoría, entonces no son más que meros artefactos verbales idiomáticos.

Las historias de Las Mariposas Cantan de Noche están contadas de la mejor manera que me fue dada, literaria y creativa, de una forma imaginativa que describe el color local y, sobre todo, el mundo espiritual de los personajes, que son como desgarraduras del paisaje, seres heridos, que de alguna manera hablan de los momentos amargos de la vida, y que también armonizan con la escenografía, con esas calles purulentas, con esas colonias inmaduras, con esa ciudad que aquí se llama Tlayohua, que es a la que los protagonistas pertenecen, y a la que no quieren dejar de pertenecer nunca, porque es en la que surgieron, en la que crecieron, y la que los alimentó, la que los formó.

Esa ciudad, Tlayohua, es una especie de vientre protector maternal, dador de vida, en el que estos personajes deambulan y se enfrentan a sus circunstancias. Es ahí en donde mejor reflejan una parte de lo que es la vida para ellos.

En Las Mariposas Cantan de Noche, las historias se cuentan a sí mismas, no obedecen a las preferencias del autor, o del narrador, sino más bien las historias son las que van ordenando, desde el principio hasta el final, los acontecimientos, y si algunas son desgarradoras o dolorosas, se debe a que así se vive en Tlayohua, no al capricho del autor o del narrador.

Juan Norberto Lerma

Ciudad de México, 2022


 

 

 

La Cuerda 

 

Los vi caminando entre las mesas de verduras, dulces, relojes y ropas llamativas. En realidad, no valía la pena mirarlos, y primero me fijé en los rostros de los pequeños que cada uno de los individuos llevaba de la mano. Seguro lo hice por vicio o por manía; el hecho de llevar tres años al lado de Paloma, y su incapacidad de concebir, de alguna manera me justifica por mirar obsesivamente las caras de cada pequeño que se cruza en mi camino, para intentar plasmar en ellas los rasgos ideales de un hijo potencial de Paloma y mío.

Los chiquillos que veía eran un niño y una niña. Detenían la marcha de los dos adultos cada tres pasos, para mirar, a la altura de sus ojos desleídos, lo que había sobre las mesas. En el instante en que los tironeaban de las manos y los obligaban a caminar, los pequeños echaban una última mirada sobre las mesas y parecían memorizar, dolorosamente, el aroma de una fruta o el color de dulces inalcanzables, y continuaban la marcha sin berrinche alguno.

Los niños tendrían cuatro años, quizás seis. Sus vestidos eran comunes, y tal vez la limpieza de sus rostros era el orgullo de nadie. Su semblante no expresaba emociones; sus rasgos suaves parecían viejos, como si ya lo hubieran vivido todo o, por lo menos, como si ya hubieran padecido cosas peores que la insatisfacción de sus deseos infantiles.

Su actitud se parecía a la de la criatura de Rubens en el cuadro El niño y el pájaro, en el cual un pájaro diminuto aletea sobre los dedos de un pequeño rubio y rozagante. El niño observa el ave con detenimiento, como si comprendiera el mecanismo que sostiene al pájaro en el aire; por eso sujeta, displicentemente, entre sus dedos, la cuerda diminuta que mantiene a su alrededor al ave. No se trata del simple hecho de que todo mundo sabe que un pájaro vuela y se escapa cuando nos acercamos a él, sino de que el niño comprende el mecanismo de vuelo del pájaro: ha vivido y sabe.

Yo estaba acuclillado frente a uno de los puestos del mercado, y las piernas comenzaban a hormiguearme. Por un instante, continué buscando al acaso entre los libros y revistas viejos, revueltos, que había sobre la tela roja y empolvada tendida sobre el piso. No encontré nada que pudiera cautivarme: las revistas eran sobre automovilismo —una pasión para mí inalcanzable—, chismes sobre actores y actrices que hacían de su vida cotidiana una comedia lamentable, y a los libros, por desgracia, les hacían falta hojas o pasta.

El automovilismo me produce la misma sensación soporífera que recordar un amor antiguo; la vida absurda y vana de las estrellas televisivas me da náusea y, por último, comprar y leer uno de esos libros mutilados hubiera sido como conversar con alguien a quien le faltase un órgano —acaso, bien lo sospechaba yo en ese instante, fueran los ojos, la lengua y, en el peor de los casos, el corazón—.

Me mantuve ahí, soportando el cosquilleo de mis piernas, sólo para poder contemplar a las criaturas. De repente, me volví. Una barrera de vestidos y piernas me impidió continuar mirándolos a placer. Resoplé y me aireé con una de las revistas. La solté enseguida y me puse de pie sin decir palabra; el vendedor comprendió que yo no compraría nada y dejó de vigilarme. Sus ojos se fueron detrás de caderas de papaya y pechos lucidores, que hacían el recorrido para surtirse de víveres en el mercado.

En el pasillo sólo veía torsos ampulosos y no lograba localizar a los niños. Mi curiosidad inmediata, casi primaria, fue desplazada; ahora lo que quería era ver de cerca los rostros de quienes eran capaces de desearlo todo sin obtener nada y que, sin embargo, eran lo suficientemente fuertes como para alejarse de su objeto del deseo sin proferir queja alguna.

De pronto, metros adelante, se abrieron las filas de los compradores para dar paso a un carro de súper colmado de ostras, bichos marinos y limones. A la altura de la parte baja del carro, en un costado, descubrí en primer término a la niña; después, las piernas de un hombre; la cara del niño, mirando dentro del carro; y al otro hombre, con una cuerda de brincar, blanca, retorcida, en la mano.

De momento, no me extrañó que el hombre aquél llevara arrollada la cuerda. Supuse que, más tarde, él bien podría adaptarla para desempeñar el papel de víbora al ser agitada en el piso por uno de sus extremos y divertir a la criatura con el nerviosismo de la cuerda reptante y, al mismo tiempo, divertirse con los brincos torpes de la niña; o que, quizá, el sujeto jugaría un poco a que la cuerda era una hebra enorme y se enredaría con ella como un gato, para solaz de la pequeña.

Lo que me chocó fue que el hombre que guiaba de la mano al niño fuera quien llevara esa especie de juguete —propio de una mujer—, en lugar del otro hombre que conducía a la niña. Parecía una tontería la idea que me vino a la cabeza, pero está claro que el mismo objeto —digamos, un cuchillo— simboliza distintas cosas, dependiendo de si está en las manos de un hombre o de una persona de sexo femenino.

Entonces, por primera vez, reparé en el aspecto de los dos sujetos. Eran achaparrados, de complexión robusta, y pasarían apenas de los veinte años. Sus rostros eran recios y simples: amarillo uno —el que conducía a la niña—, y prieto el q....


 

 

 

Vuelta a Casa

 

 

Esta vez Andrés no quiso dejar solo a Mauro y lo fue custodiando todo el tramo del patio, no quería permitirle a su hijo que se quedara a merced de sus recuerdos. En cuanto lo vio aparecer en la puerta de la calle, luego de diecisiete años de ausencia, lo fue cercando con su presencia autoritaria.

A mitad del patio, ya parecía como si Andrés hubiera obligado a Mauro a treparse en unas vías recias, impositivas, en las que, o el muchacho recorría todo el tramo como una máquina ciega que desconoce su destino final, o de plano se tiraba a la mitad de un voladero.

De alguna manera, los dos sabían vagamente en dónde desembocaban esas vías; sin embargo, los divertía engañarse uno al otro, fingiendo ignorancia, mientras caminaban aparejados entre los trebejos de la casa.

Era una tarde de marzo, en el patio blanco el sol caía con fuerza, los hacía entrecerrar los ojos y de alguna manera justificaba que no se miraran a la cara. Había transcurrido mucho tiempo desde la última vez que los dos hombres se habían visto, uno del otro sospechaba que ya no eran los mismos; sin embargo, ninguno podía afirmar con certeza hasta qué punto eran otros.

De cualquier forma, Mauro, sintiéndose superior, aceptó el reto, se trepó al camino que el viejo le tendió con sus manos manchadas y sus ademanes serviles, seguro de dejarlo tendido en cualquier barranco en el momento que él lo decidiera. Creyó que habían pasado los tiempos de cuando él era un chiquillo, y se atrevió a pensar que, ahora que era un hombre hecho y derecho, hasta podría darse el lujo de elegir por sí mismo el lugar en el que moriría. Sólo era una idea, pero la zalamería de Andrés, el cuidado extremo con que cerró la puerta, su mano cálida sobre sus hombros y su insistencia de que llegara hasta las habitaciones, de alguna manera sublevaba a Mauro.

Quizá Mauro exageraba, pero no era gratuito, de sobra conocía las artimañas de su padre. Sin embargo, las intenciones de Andrés, por lo menos las del principio, eran claras. A lo mejor era porque se sentía más viejo de lo que parecía, pero quería estar cerca de su hijo. Con la vida casi acabada en las minas de arena y la otra mitad perdida en pleitos familiares, quería disfrutar un poco de esa libertad y energía que saltaban de los ojos del muchacho, y que entre los dos olvidaran la cadena de circunstancias oscuras que había echado sus vidas al abismo.

Más tarde, sentados a la mesa frente a frente, Andrés descubrió que, aunque no había sido una decisión meditada, había hecho bien en echarlo de la casa hacía años, porque el mundo extraño de más allá de Tlayohua había modelado al muchacho y ahora lo devolvía mucho más fuerte. Sin dejar de hablar de cosas triviales, Andrés lo había forzado a entrar, sobre todo con sus actitudes.

Mauro se portaba calculador y despectivo; le pareció gracioso que el viejo parlanchín no dijera nada del pasado, y que sólo diera vueltas y vueltas sobre un presente que ya se le escapaba. Pese a todo, Andrés se mostró contento de que Mauro, al final, hubiera aceptado entrar a las habitaciones. Mientras más lo miraba, le parecía que el muchacho debía quedarse a su lado y, de alguna manera, por su mente ya para entonces alcoholizada, pasó la certeza de que al final así sería para siempre.

Dos días atrás, aparentemente sin justificación, Mauro había hecho un alto en el camino. Detuvo el camión junto a una posada que se anunciaba con una familia sentada a una mesa opulenta. Por la ventana de la sala del cartel se colaba una llamarada de sol, incendiando el rostro de una pequeña que miraba impasible un rincón. Al fondo, una nube amenazaba mal tiempo. Mauro miró la lejanía y advirtió que pronto comenzaría a oscurecer.

—Baja —le dijo a Fermi—. Pide la cena y dos camas.

Fermi arrojó la colilla de su enésimo cigarro en la cuneta y se volvió para mirarlo.

—Dijiste que nos detendríamos en Puente Viejo —murmuró—.

Mauro entrecerró los ojos. Fermi tenía razón. Parecía absurdo, pero Mauro se sentía cansado. El aire de la montaña le murmuraba algo sobre la frente, y la visión del mar, que recién habían dejado atrás, aún se le figuraba un buen lecho para su funeral. Pensó que quizá todo se debía a la cercanía de Tlayohua, y a que había creído ver el reflejo de la muerte en el espejo de una cantina de La Concepción.

Bebía en una mesa acomodada junto a un pilar. La mujer con la que estaba le hizo un cariño sobre la frente. Mauro entrecerró los ojos unos segundos; cuando los abrió, miró al acaso el espejo del fondo. Un individuo de sombrero lo miraba con fijeza. El tipo sonrió. Mauro le sostuvo la mirada. El sujeto le hizo una señal de que se acercara y concentró su vista en las luces de la carretera, que se miraban por la ventana. Mauro dejó de ver el espejo y se volvió para plantarle cara al individuo directamente.

En la media docena de mesas, hombres y mujeres se ocupaban de sus propias desventuras. El individuo no estaba. Más tarde, cuando iba con la mujer por una calle empedrada, Mauro descubrió con claridad que el tipo aquel de la cantina se parecía a uno de sus primos, a uno que había muerto hacía varios años. Sujetó a la mujer con fuerza y la empujó dentro de un zaguán, para comprobar que debajo de la ropa su carne sí era de este mundo.

—Baja y dile a Yolanda que pasaremos aquí la noche —dijo Mauro con firmeza—.

Fermi inició el descenso, sin embargo, antes de llegar al suelo se agarró de la portezuela y se detuvo en el escalón.

—Te conté que Teresa andaba en días, ¿no? —dijo—.

Mauro se acordaba. El hijo de Teresa nacería a fines de noviembre. Fermi quería estar en su casa cuando eso sucediera. Mauro lo miró con lástima. Fermi no sabía que los camioneros eran como bichos que circulaban por arterias, siempre buscando, hasta dar con un corazón, y que por lo mismo resultaba ocioso vincularse a una Teresa cualquiera, que a la postre le pudriría las entrañas y lo ataría a sus faldas con el eslabón enfermo de su pasió.....


 

 

 

Temporada de Buñuelos

 

 

Mario soñaba que comía. Se veía en una especie de banquete romano, devorando una pieza completa de carnero a dos manos. A su lado, Ema Luz no lograba dormir. La muchacha cumpliría veintiún años el verano siguiente; sin embargo, apenas era diciembre: su primera temporada navideña fuera del hogar materno, y durante la noche de la tercera posada, tenía hambre y, además, frío. Su hijo nacería en primavera. La muchacha amaba a Mario, vivía en el enamoramiento de los primeros meses. En ese momento, el amor de algo servía. Sumergirse en las profundidades de su mundo emocional la ayudaba a mantener a raya el hambre y el frío. Por momentos, su cara se iluminaba cada que, a lo lejos, estallaban los cohetes; las luces destellaban en el cielo y, casi por caridad, se escurrían entre las rendijas de su ventana y se reflejaban en su frente y sus mejillas.

Llevaban siete meses y doce días compartiendo la misma habitación oscura de una de las vecindades de Tlayohua, hasta donde Ema Luz había seguido a Mario porque, en algún momento, se había enamorado de él. Recordaba, sobre todo, la despedida de su primera tarde: ella quedó cautivada cuando el muchacho hizo una reverencia y le regaló una flor. Eso fue todo, pero a la muchacha se le figuró que fue como si de algún rincón del universo Mario se hubiera apoderado de una capacidad sobrehumana y hubiera realizado un pase mágico, no para construirle una burbuja rosa, sino para sacarla de la que ella habitaba, y plantarla en la realidad del cuerpo que a solas se le consumía.

Desde ese día, con ese gesto caballeresco, Mario penetró en el mundo emocional de nubes azules y castillos de algodón acerado de ella, y había tomado posesión de su territorio interior de mazapán, para disponer a su antojo del corazón noble con el que la naturaleza había dotado a la muchacha. En sus ratos de lucidez, Ema Luz se preguntaba si no había quedado prisionera para siempre de un hechizo. Pero se interrogaba con orgullo, con la seguridad de que ella era la única mujer sobre la Tierra que había descubierto que el amor era un deslumbramiento exclusivamente destinado a ella.

Hasta entonces, Ema Luz había sido una muchacha intangible; se movía entre las cosas y sus amistades sin dejar huella, y cuando vagaba al acaso entre las calles de El Loreto, donde vivía con sus padres y dos hermanas, establecía entre ella y lo que la rodeaba una distancia suficiente como para impedir que los demás lastimaran con su rusticidad el mundo de caricatura que habitaba. Cuando conoció a Mario, ella cursaba el primer año en una universidad citadina de oferta reducida. Aprendía los rudimentos de una carrera que había elegido más por hacerse la ilusión de que, con los conocimientos que adquiriera, podría ayudar a las demás personas que porque de verdad le interesara. A los seis o siete meses de haber visto a Mario por primera vez, lo abandonó todo.

Sin conocerlo bien siquiera, los padres de Ema Luz odiaban a Mario. Lo acusaban de haberse aparecido como un ladrón para robarles a su criatura delicada, y juraban —cuando ella no los escuchaba— que, si Dios era justo, algún día les concedería la oportunidad de machacarlo y de recuperar a su niña. Lo habían visto rondar la casa una noche que había fiesta en la parroquia de San Antonio, y otra en que la pareja se había disgustado. En el camino a la banca donde se sentaban a besarse, Ema Luz y Mario habían discutido por nada.

Él quería hacerla caminar con los ojos cerrados sobre la guarnición de la calle y que, mientras andaba a ciegas, le contara lo que había hecho durante el día. Ella aceptó el juego, pero cuando llevaba un buen tramo recorrido, abrió los ojos y se encontró del brazo de una buena señora que apenas podía contener la risa con lo que la muchacha le contaba. Ema Luz se desprendió del brazo de la mujer y miró hacia todos lados, desconcertada. De lejos, escuchó las carcajadas de Mario, que se había quedado atrás en cuanto la había convencido. Cuando él llegó corriendo a su lado e intentó abrazarla, ella torció la boca y lo empujó contra un muro.

—Eres un imbécil —dijo la muchacha, y levantó un par de nubecillas de polvo cuando azotó el suelo con sus zapatillas, tal como una chiquilla berrinchuda—.

—Pero yo sí tengo los ojos siempre bien abiertos, para no irme del brazo con cualquiera —respondió Mario, y comenzó a saltar alrededor de ella, como uno de esos monos que llevaban con cadena al cuello los individuos escurridos que montaban las carpas de los circos, que se aparecían por la localidad cada que se acercaban las festividades religiosas—.

Estar enojados les gustó; les pareció como un aderezo para su relación. El disgusto exacerbó su necesidad mutua de ternura, y como no podían expresarla con libertad, se les acumuló, se les derramó en suspiros y ojos hundidos. Sentían sus cuerpos inflamados por una fuerza parecida al magma, igual de lenta, blanda y explosiva, y querían tocarse, pero, con tal de incrementar la sensación, lo dejaron para más tarde. Mario fue el que no resistió. En el barrio de ella, él no era bien visto por los padres de la muchacha ni por algunos raterillos locales, con los que varias veces se había enfrentado a golpes y cuchilladas, luego de disputar partidos callejeros de fútbol con muchachos que se iban de migrantes y que volvían, fracasados, a escandalizar o a cortejar a algunas muchachas de aquella localidad.

El Loreto no era su territorio, pero, de todos modos, cuando no pudo sobrellevar su deseo de estar con ella, Mario apretó los dientes, y para sofocar su temor de que lo atacaran, se dijo que el riesgo de estar con la mujer que amaba bien valía unas cuantas cuchilladas, y un día, como si fuera algo natural invadir un barrio ajeno, se atrevió a acercarse a la vivienda de Ema Luz. Su andar de muchacho enérgico y decidido le daba un aura de superioridad, y los muchachos detenidos en las esquinas sabían leer bien los ademanes y gestos de sus víctimas, y desde que lo miraron caminar sobre el terreno polvoso supieron que a Mario no lo espanta....


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El Camino a La Laguna 

 

A principios de junio, Ramona se había marchado con los dijes, anillos y cadenas del negocio de Dionisio. Alguno de los puesteros con quienes bebía en los alrededores de la parroquia dedicada a San Antonio le dijo, a mediados de agosto —cuando ella ya apenas se acordaba de él—, que Dionisio había cambiado el comercio de la platería por las nieves, y Ramona, para aplacar la punzada de culpabilidad que le atenazó el vientre, tuvo la suficiente desvergüenza para hacer un chiste:

—Es un negocio igual de frío —dijo—.

Disimuló su turbación bebiendo un trago largo y, en su interior, se alegró por Dionisio, porque a sus años el viejo no se dejaba amedrentar por las adversidades. El puestero con el que departía no le rio la ocurrencia; por el contrario, arrebatándole la botella, se sumió en consideraciones lúgubres acerca de la mala sombra que, desde la muerte de su esposa, nublaba el horizonte de Dionisio.

Ramona sabía que la hija de Dionisio lo había acompañado en las investigaciones de su paradero, y que, a la semana de recibir negativas en pensiones y vecindades desvencijadas, la muchacha se cansó de lidiar con prostitutas y aventureros. Un mes más tarde, hasta sus oídos había llegado la afirmación de que a las mujeronas que miraban detrás de cortinas empolvadas les parecía que, en el rostro de Dionisio, se reflejaba un segundo duelo.

Lo cierto era que, tres días después de que Ramona cayera como ave de presa sobre la platería, Dionisio arrinconó los tubos de su puesto y, rogando un poco allí y prometiendo mucho allá, se hizo de un armatoste con el que comenzó a pregonar paletas y nieves enmieladas por las calles maltratadas de Tlayohua.

Una tarde calurosa, Ramona lo vio entrar al mercado por el corredor de los vendedores de flores. Estaba más viejo, sucio de tierra hasta las rodillas, ceniciento como uno de los racimos de hierbas revolcadas que atestaban los mostradores; llevaba puesto el sombrero y su eterno paliacate anudado en el cuello. No le pareció borracho ni apenado; sin embargo, hasta para ella estaban aún frescos los recuerdos de su latrocinio, y evitó a Dionisio dando media vuelta y fingiendo que hacía fila en la tortillería.

El dinero de la platería se había esfumado tan pronto como un destello; a Ramona sólo le quedaba el polvo de los llanos de su tierra en el fondo de los ojos, la nostalgia de los días de su niñez recordados entre las charcas y huertos de aguacates, sin ningún compañero de correrías; también estaba la melancolía por sus muertos y los años perdidos, siempre presentes en las comisuras de su boca y, ahora, más amargos en el filo de sus uñas descascaradas.

Ramona había llegado a La Laguna haciendo alharaca de su fortuna, con maletas colmadas de bisuterías y luciendo un vestido nuevo, porque bien sabía que, en su pueblo miserable, sólo les fiaban a los pudientes, y no volvió de allí sino cargada de pesares. Como si no hubiera tenido ya bastante con los sufrimientos por sus piernas hinchadas, la sensación de vértigo que la atacaba en las madrugadas, y las alucinaciones ocasionales, por añadidura, ahora tenía que lidiar también con sus sentimientos de melancolía.

Una mañana, Ramona caminaba entre los puestos, al acecho de un descuido de los vendedores de frutas. De pronto, escuchó tras de sí con precisión el susurro de la voz de Dionisio. Se le erizó el cabello de la nuca y las orejas se le pusieron rígidas al comprobar que era él. Dionisio se dirigía a ella con un tono cansado y burlón, satisfecho, como si estuviera agradeciéndole a algún demonio benévolo el habérsela puesto en su camino.

—Conque al fin apareciste, vieja mula —le dijo muy junto al oído—.

Instintivamente, Ramona contrajo el cuerpo a la espera de un golpe y cerró los ojos con fue....

 

 

Aprendiendo a Volar

 

 

“Pájaro-pajaro-pajaró”, decía el niño con las manos y la cara pegadas al cristal de la ventana. Unas gotas de lluvia levantaban tolvaneras diminutas en el patio y lustraban el verde de la bignonia. El niño cumpliría cuatro años en marzo, y en su cuerpecillo se alternaban la enfermedad y la incertidumbre.

Se hallaba trepado sobre una silla, y le había llamado la atención la inquietud del canario que en primavera había llegado a sus dominios. La jaula colgaba de la enredadera, y dentro de ella el pajarillo volaba en varias direcciones, estrellándose, invariablemente, sin conseguir doblegar la solidez de los barrotes.

“Gato-gató”, dijo de pronto el niño, dando un grito y golpeteando con las palmas de sus manos el vidrio de la ventana. Había visto caminar al gato y dar vueltas bajo la enredadera, antes de decidirse a entrar en la bodega de la leña. El gato buscaba un refugio contra la lluvia; el canario, de momento, era lo que menos le importaba; hacía mucho tiempo que se había acostumbrado a la carne requemada de las lagartijas. Sin embargo, el pájaro y el niño no lo sabían.

El niño bajó de la silla; de forma instintiva buscó con la mirada a Jacinta, su madre. “Negra-negrá”, le gritó. Sin obtener respuesta, abrió la puerta y salió al patio. La lluvia lo cegó un instante, se limpió los ojos con el dorso de la mano y amenazó de lejos al gato con una rama de encino. El gato, agazapado entre los troncos, lo miró como a una alucinación imposible en la cual no creía.

Jacinta salía de la cocina cuando vio entre la lluvia al pequeño, tratando de alcanzar la jaula. Corrió hacia él y lo acurrucó entre sus senos inmensos, sin atender a sus reclamos. Lo llevó adentro y lo desnudó junto a la estufa encendida. Él se reía y estornudaba frecuentemente, y cada que Jacinta lo friccionaba con una toalla, su voz vibraba al murmurar: “Negra-negrá, el gato-gató quería devorar al pájaro-pajaro-pajaró”.

Jacinta no le respondía; tenía la respiración alterada y los ojos brillantes de preocupación. Por momentos parecía fuera de sí. Sin embargo, se contenía y con un cuidado infinito le secaba el pelo y le arrojaba vaho en la nuca. Cada que el niño estornudaba sentía que algo en su interior se rompía. Como pudo, Jacinta lo metió dentro de una camisa y un pantalón secos, y le rogó con la voz quebrada que se dejara arropar en la cama. “Nene-nené —dijo—, cómo pude haber dejado que te mojaras, corazón. Deberían molerme a palos por bruta. No te destapes, nene-nené; déjate quietecito en lo que caliento el té”.

Por la noche, el niño ardía en fiebre. Jacinta le colocaba lienzos húmedos sobre la frente y el niño se estremecía y gritaba: “Negra-negrá, al gato-gató le brillan los dientes con el sol”.

Jacinta había dejado de llorar y de arañarse los costados. Cada tanto calentaba la infusión y se la hacía tragar a cucharadas. “Nene-nené —decía—, no te mueras mi ....

 

 

 

Sin Lágrimas

 

 

Las calles de Tlayohua eran inciertas: polvo o lodo, según las estaciones; sujetos borrosos, emboscados detrás de bardas de piedra; construcciones detenidas indefinidamente, pobladas de fantasmas cuyos ojos hundidos elegían mirar hacia dentro para ignorar la miseria circundante. A Carlota la intimidaban, casi tanto como estar a solas con su madre. Sentía algo extraño cuando estaba en su presencia, sin nadie que mediara entre las dos.

Cuantas veces reflexionaba sobre la sensación que la invadía al entrar a la habitación oscura de su madre, en todas ellas se convencía de que era como si en la pieza se materializara un ave maligna de proporciones casi humanas. Sabía que era imposible y, sin embargo, no podía evitar sentir el aleteo, el roce suave de las alas de ese bicho sobre su frente o mejillas completamente sudorosas y, sin embargo, heladas.

Al volver a casa, luego de más de siete años de ausencia, los primeros días Carlota había experimentado resentimiento contra su madre; a la semana, algo de culpabilidad y, en los últimos días, sólo miedo.

Caminó en tacones por la orilla de la acera; llevaba un vestido verde que favorecía sus formas delicadas y el pelo cuidadosamente despeinado. En la vidriera de la esquina vio su reflejo de cuerpo entero, admiró su silueta entre dibujos de conchas y pasteles, y se encontró hermosa. Pensó que le hubiera gustado quedarse unos minutos más con su nueva conquista, pero, como él también deseaba su compañía, por coquetería había salido del lugar donde cenaban y se había marchado sin despedirse siquiera. Él entendería; además, se había hecho noche y a ella el tiempo nunca le resultaba suficiente.

La fachada de la casa de su madre todavía era presentable: una puertecilla que había sido blanca y la figura discreta de un cisne que se mantenía desde que Carlota era pequeña. Por dentro, la casa era un destrozo. Se deterioraba día con día; había montones de cubetas rotas y papeles que parecían llovidos del cielo. Durante el día, una gallina, de la que nadie conocía su origen, picoteaba piedrecillas en el patio desde hacía meses y, por las noches, dormía trepada en una escalera vieja, recargada en uno de los muros del baño. La mujer que había llevado su hermano Omar se limitaba a asear las tres habitaciones, pero del patio nadie se encargaba. Tendría que hablar con Omar para que él pusiera orden.

Cuando la muchacha entró, sus pasos resonaron con firmeza en el corredor; la casa estaba al fondo: dos ventanas y una puerta. El baño, construido afuera. Había unas macetas descuidadas, con ramaje oscuro que surgía de pronto como dedos rugosos que parecían intentar tocar todo lo que pasara cerca de ellos. Una punta filosa le desgarró la media, se llevó un trozo de su piel y le provocó ardor. Carlota ahogó un grito y dijo una maldición. Debían ser insectos o ratas lo que provocaba ese movimiento de las ramas secas. Era inevitable: cada enfrentamiento con su madre iba precedido de un tormento.

Al entrar, tropezó con el gato; la muchacha y el animal chillaron, cada uno a su modo, y saltaron hacia atrás, empavorecidos. Desde el fondo de la cama, Amparo se enderezó a medias, pero permaneció callada.

—Mamá, mamá —dijo Carlota, después de unos segundos—.

Una penumbra suave envolvía a Amparo; al acercarse, la muchacha la veía. Su boca torcida, en medio de su cara demacrada, probablemente demostraba su molestia por haber sacudido a su gato. ¿O sólo era ironía por obligarla a llegar a su casa a la hora que ella le decía? ¿No se le ocurría a su madre que, desde hacía mucho tiempo, no la desafiaba, y que, cuando llegaba a recoger a su hijo tarde, era porque las cosas simplemente se salían de control y sucedían? Todo por su pequeño: el niño valía ese sacrificio, pensó algo incómoda. No intentó ningún diálogo. Ella no contestaría. Si quería hablar, Carlota se limitaría a responderle. El niño estaba dormido en una cuna improvisada junto a la cama; el chillido del gato, con todo y ser agudo, había sido breve y no lo había despertado.

En lo que acomodaba una maleta con pañales y biberones, sintió su pulso acelerado; su madre parecía otra vez dormida, pero Carlota sabía que la miraba, y las manos le temblaban. Le buscó los ojos a su madre: no tenía puestos los lentes, los adivinó con coágulos rojos, pero su cara blanca parecía de cera. Si la miraba más tiempo, su rostro comenzaría a cambiar, lo sabía; en los juegos de sombras de otras noches lo había atestiguado. Desvió la mirada; a tientas encontró a su hijo y lo envolvió con más fuerza de la necesaria, no quería que se resfriara. Dio unos pasos por la habitación, eludiendo al gato y procurando no tropezar con nada. Se marcharía a su domicilio cuanto antes: no le daría tiempo de aparecer al ave espantosa que siempre percibía con una certeza más allá de lo físico; sin embargo, nunca podía verle ni siquiera una pluma. Esta vez no la dejaría ni aletear siquiera.

—Vengo el viernes —dijo, echando mano de toda su fortaleza para que su voz no se quebrara—. Estela no puede quedarse con el niño.

Al llegar a la avenida, pensó que era mejor abordar un taxi. Diez minutos más tarde encontró uno y, al alejarse del lugar, respiró aliviada. Su apreciación de las calles de Tlayohua no era nueva. Mientras vivió en la casa materna, siempre le parecieron habitadas por individuos oscuros, sombras de mala catadura: pocos árboles para detener la mirada, la vista se le iba por los baldíos, ningún canto de pájaros que acompañara sus juegos, viciosos que esparcían entre tumbo y tumbo sus pesadillas. En realidad, nada había cambiado; las construcciones seguían inconclusas, los baldíos nadie los llenaba, en las calles de terracería ondulaban lo mismo autos que perros; sólo en las zanjas de agua verde pescaban otros niños.

Un día de los primeros de la segunda semana que se habían vuelto a ver, deseosa de ganarse un comentario positivo, Carlota le ofreció a su madre hacerle un corte de cabello. La mujer no respondió —casi nunca lo hacía—, pero ella, de cualquier forma, tres días después llevó de la estética donde trabajaba todos los utensilios necesarios para realizar un corte y exfoliarle el cuero cabelludo. Acomodó a su pequeño sobre la cama y a ella la colocó en una silla junto a la ventana; el gato le andaba por los tobillos y, cada que sentía su contacto, Carlota lo empujaba.

Comenzó a cortar con mucha paciencia para no molestar a la señora. A lo lejos, se escuchó a un panadero que pregonaba; las campanas del templo daban las ocho de la noche y llamaban a la última misa del día. Carlota veía por la ventana abierta las sombras que llegaron a tomar posesión del patio, como si fueran guardianes milenarios e informes que tuvieran la misión de custodiar una fortaleza, y a la gallina que dormitaba en su escalera. La muchacha comprendió que tendría que darse prisa, porque en unos minutos ya no vería nada, y a su madre la luz del foco le hería la mirada, la fastidiaba.

De pronto, inexplicablemente, un mechón blanco escapó de las manos de Carlota y, como si tuviera vida propia, comenzó a revolotearle sobre la cara. Impulsado por una ráfaga desconocida, el cabello flotó como una pluma vieja, color perla, sobre su frente y le buscaba la barbilla. Carlota ahogó un grito y, de un manotazo, se deshizo de la criatura que la acosaba. Entonces miró al gato borroso junto a la silla; tenía el cuerpo tenso y el pelo erizado, listas las garras para caer sobre su presa. Cuando el mechón se fue volando por la ventana, el gato se relajó, aunque permaneció alerta; parecía que aún no se acostumbraba a ser testigo de las pesadillas que iban y venían.

En la penumbra, Carlota le buscó la cara a su madre y, con la capa negra que le había puesto para proteger sus vestiduras, se le figuró un ave carroñera de gran tamaño. Silenciosa y con los ojos cargados de sangre, su madre parecía esperar que todo....

 

 

 

Domingo de Fútbol

 

 

I

 

 

La vida de Mayolo se podía describir como un largo partido de fútbol: dos medios tiempos llenos de acción y mucho juego para la tribuna. El primero, acaso más rudo, lleno de regates durante su infancia, en la que robaba pan de las casas que encontraba sin marcaje alguno.

Como quiera que fuera, si era sorprendido, las piernas siempre le alcanzaban para correr a esconderse entre las zanjas o en las medias construcciones, antes de que cualquiera de sus seis hermanos le arrebatara el trofeo que había obtenido en el terreno de juego. En el segundo tiempo, las enseñanzas del primero le habían sido de mucha utilidad. Sabía hacerle firuletes a la vida y dominar con el alma fría los ataques lanzados desde el campo enemigo.

La vida le había reservado una posición única y exclusiva: podía cubrirse de gloria y ser exaltado con un entusiasmo digno de un héroe o, en el siguiente instante, ser defenestrado y condenado al abismo del olvido. En los juegos callejeros, siempre escogió tener la pelota consigo; le gustaba estar asediado y desviar, en el último momento, el tiro y, de manera natural, fue colocado en la portería.

Es verdad que había anotado varios tantos en la vida. Sin embargo, todos estaban marcados por la sospecha de que había hecho trampa. Y así era. En todos lados donde lo ponían, empujaba al contrario, lo mareaba y se apoderaba de lo que podía. Al inicio de las hostilidades amorosas, se había mostrado ducho; bombardeaba a las mujeres con flores y poemas que nunca explicaba de dónde habían salido. Se paseaba por su área grande como un galán de película antigua, muy estirado y lleno de vaselina. Sus trucos le habían funcionado, y sentía que, desde hacía mucho, la tribuna lo aclamaba.

Un domingo de junio, Mayolo se había cubierto de gloria, pero, contra todos los pronósticos, su vida se desbarataba.

Ese día, Mayolo reía y gritaba con el resto de los Corsarios, su equipo de fútbol, en una esquina de la calle. En ese momento, festejado por sus compañeros, se sentía parte fundamental de la exultación que los invadía a todos. Un medio de contención regresó de la tienda con las enésimas cervezas y se las entregó a él, al héroe de la mañana.

Sin inmutarse, Mayolo destapó con los dientes una botella, bebió reposadamente y, como si se tratara de un pase muchas veces ensayado, se la entregó calmosamente a un defensa contiguo. El defensa bebió, a su vez, un trago largo y, casi con desgano, como para hacer tiempo, hizo llegar la cerveza al centro delantero.

Ninguno de los jugadores que rodeaban a Mayolo parecía notar su necesidad de llenar los huecos de la conversación general con descripciones de jugadas reconstruidas hasta el asco:

—Yo pensé que la tenía que parar a fuerza —dijo Mayolo—. Para ganar, ¿no? Oí los gritos de: “¡La va a fallar!”, y me le quedé mirando directo a los ojos… Sentí cómo me fue bajando algo frío de la nuca, y se fue resbalando por mi espalda…

Era la séptima ocasión que relataba detalladamente la angustia que había sentido frente al tirador del penalti; sin embargo, había algo que no alcanzaba a entender del todo: el tiro ya había sido detenido hacía horas, y la angustia continuaba alojada ahí, en un punto vital del área de su corazón. En su interior, era como si aún se estuvieran disputando el balón con los pies una docena de jugadores frente a su nariz, y él no pudiera intervenir, porque en sus dominios estaba limitado a usar preferentemente las manos y, además, era torpe de piernas. En su fantasía, invariablemente, la jugada terminaba en falta, y el árbitro, inflexible, todas las veces marcaba penal.

—Lo pusiste nervioso, Mayolo —afirmó el defensa, y creyó que sus palabras bien valían otro trago de cerveza—.

—Eso era todo, Mayolo: verlo a la cara y romperle la concentración, ¿no te lo dije? —intervino un extremo bullicioso, alcanzándole la botella al defensa—.

El rostro de Mayolo se iluminó con una sonrisa amarillenta. Miró con satisfacción las caras felices y expectantes de sus compañeros.

—El derecho siempre la quiere cruzar; para engañar al portero, ¿no? Me quería clarear, pero le adiviné las intenciones. Alcancé a ver cómo se quebró hacia su izquierda cuando comenzó a correr, y me dije: “No, me la va a tirar a mi izquierda; o sea, al revés, ¿no?” —se interrumpió para masticar la otra corcholata, la escupió, displicente, y bebió para embotar el latido intenso de su pulso, para nulificar esa losa negra que de nuevo le oprimía el pecho—.

—Pero la atajaste, Mayolo. Eso es lo que cuenta —recalcó un medio creativo de mejillas marcadas por la viruela—.

—Pues, sí. Tuve suerte —aventuró Mayolo modestamente, esperando que el creativo hilvanara frases que celebraran el nacimiento de su leyenda—.

—¡Cuál suerte, mi Mayolo! —exclamó el defensa, y Mayolo lo maldijo en silencio por haber impedido que el creativo cantara su epopeya—. Hoy estuviste en plan de arquerazo, los mandaste en cero; lo que es hoy, no pasó ni el aire.

Las últimas palabras fueron ahogadas por el motor de un camión carguero; sin embargo, a Mayolo le quedó clara la alabanza. Tuvo que conformarse con eso, porque enseguida su tropa solicitó sus dientes para destapar otra cerveza.

 

 

II

 

 

Mayolo se detuvo junto a un eucalipto torcido. Se hallaba a la mitad del camellón de la Avenida Martel. Su gloria se había consumido. Por más que intentaba equilibrarse, no lo conseguía. Insultó al árbol, al frío y a la oscuridad gelatinosa que no le permi...

 

 

Las Mariposas Cantan de Noche

Juan Norberto Lerma ✍️

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Una Tarde Sin Perros 

 

El niño tal vez tendría nueve años, y cualquiera que viera con detenimiento su pantalón y su camiseta podía atribuirles varios años de uso. Se llamaba Jorge; se había criado entre los lodazales y las casuchas construidas con láminas de cartón y desechos de Tlayohua.

Hacía dos meses que no se presentaba en la escuela, sin que nadie de su familia se hubiera enterado, y los días que no acompañaba a su padre a recoger las cuotas de la vigilancia para el Ayuntamiento, dedicaba todo su tiempo a traficar cigarrillos, solventes y pegamentos tóxicos para los adictos de los alrededores; y, además, en su tiempo libre, intercambiaba estampas de futbolistas con niños de calles circunvecinas. Toda esa actividad comercial lo mismo le había permitido convivir con personajes patibularios que conocer perfectamente los escondrijos y los límites de la localidad.

En sus enfrentamientos diarios con los viciosos, en lo hondo de las zanjas y los baldíos, el alma de Jorge se había endurecido. Más de una vez lo habían robado; en esas ocasiones, llegaba a su casa con el cuerpo molido y la nariz destrozada; sin embargo, algo había aprendido. Era paciente y buen observador y, como buen animal que conocía a sus presas, sabía esperar su oportunidad para asestar golpes contundentes.

Aprendió a clasificar a la perfección los estados eufóricos y depresivos de los drogadictos, y, en más de una ocasión, se desquitó de alguna golpiza, robándoles la sustancia o llevando hasta la profundidad de la zanja a compañeros mayores para que, en lo que él crecía, les dieran a sus enemigos un escarmiento.

Sin embargo, tenía una debilidad: Jorge odiaba y temía a los perros que pululaban en las calles de Tlayohua. Como quiera que fuera, estaba acostumbrado a los desaires de las señoras mal encaradas que les arrojaban un par de monedas a él y a su padre durante su recorrido para recolectar las cuotas de la vigilancia. Casi todas las personas que aparecían en las puertas los miraban con odio e impaciencia, y actuaban de tal manera que parecía que, en lugar de estar cubriendo una obligación, estuvieran atendiendo las peticiones de un par de limosneros. Las actitudes de rechazo de la gente eran tolerables para Jorge; sin embargo, no podía sufrir las persecuciones de los perros, y era lo que más detestaba los días que acompañaba a su padre en su recorrido puerta por puerta para recaudar las cuotas de la vigilancia.

La historia del temor y odio de Jorge a los perros había tenido su origen un año antes. Las condiciones precarias de la familia y el alcoholismo de su padre jamás le habían permitido al chiquillo tener un juguete que no fueran muñecos de plástico, un papalote raquítico o canicas despostilladas; y, una noche de marzo, cuando contaba con nueve años, había tenido la osadía de recoger un cachorro que gañía melancólicamente en los alrededores de la fosa séptica del lote que ocupaba junto con sus padres.

El perro era negro y tenía el pelo apelmazado. Cuando lo vio, se le figuró un juguete vivo, más hermoso y lucidor que los que ostentaban los niños de las colonias por donde vagaba. Jorge se le acercó con más devoción que admirado, y el animalillo le lamió la mano. Al instante se hicieron amigos. Como para conjurar el destino del animal y dotarlo de una rudeza indispensable que le asegurara la sobrevivencia en un mundo hostil, Jorge lo llamó simplemente Fiera, y en la caja de cartón donde lo mantuvo durante las noches, pintó con un crayón una F estilizada.

En los ratos en que no traficaba, Jorge le enseñó al cachorro a hacer suertes con las que pensaba obtener algunas monedas en el mercado. El primer mes lo alimentó con sopa y tortillas, pero luego discurrió que, para que creciera fuerte y lo acompañara en sus correrías, tendría que darle carne, leche y huevos, alimentos que ni él mismo comía.

En los establos los trataron peor que a limosneros, y en cuanto los veían, los echaban a patadas. Un domingo, en un descuido de Jorge, de una patada el carnicero le había tirado un diente a Fiera, y desde entonces, cuando Jorge lo llamaba para alimentarlo, el animalillo se le quedaba mirando con sus ojos turbios, cubiertos por un eterno velo de melancolía, y hasta olvidó repentinamente las suertes que ya tenía ensayadas.

Ajenos a cualquier cosa que no fueran sus propias preocupaciones, los padres de Jorge quizá ni se enteraron de que su hijo tenía una mascota y que, por las mañanas, salía en dirección de los gallineros vecinos, de donde robaba huevos para alimentar a su cachorro.

Astuto como animal de presa, el chiquillo vigiló las costumbres de los dueños de las gallinas y, cuando los veía salir a llevar a los hijos a la escuela, caía velozmente sobre los nidos y escapaba a toda prisa con un par de huevos en los bolsillos, siempre perseguido por un barullo de plumas y un cacaraqueo enloquecido, que dejaba de escuchar al dar vuelta en la alambrada que habían colocado los vecinos para que las vacas sueltas no se comieran los árboles frutales de los huertecillos personales que cultivaban.

Enfurecidos por los continuos saqueos de sus gallineros, un sujeto de apellido Guerrero y Pedro el radiotécnico se organizaron para montar una guardia discreta en horas establecidas en los alrededores de los nidos. Sin embargo, su celo se diluyó en cuanto descubrieron el placer incomparable de mirar a las mujeres de cara lavada y vestidos ajustados, que salían rum...

  

Las Mariposas Cantan de Noche

 

 

Así que Ricky volvió una tarde de nubes negras y un viento que sacudía las láminas de cartón de las casuchas. Se había marchado siguiendo un impulso vago, que para él sólo significaba la necesidad de moverse sin importar a dónde, y volvía quizá demasiado pronto o muy tarde; lo mismo daba, las circunstancias se encargarían de demostrárselo. Lo que le quedaba claro es que la misma sensación que lo había obligado a marcharse lo había forzado a volver a sus terrenos.

Ricky ni siquiera le dio oportunidad a la gente que lo conocía de extrañarlo lo suficiente, como para que, con los meses y los años, le comenzaran a atribuir virtudes y capacidades imposibles, que sólo pueden pertenecer a los muertos. Ricky les negó a sus contemporáneos la ocasión de reconstruirlo a su gusto, y por eso sería odiado, cuando años después los habitantes de Tlayohua recordaran esa tarde que lo vieron en la entrada de la calle. Ricky los dejó sin ganas de preguntarse o de saber si, de verdad, era posible que el que veían en esa calle polvosa fuera él.

Detenido ahí, en la esquina, su figura resultaba inconfundible. Le bastó pararse sobre la acera despostillada de la calle Relicario para sentirse de nuevo en lo que consideraba su territorio.

Estaba limpio, como la gente lo recordaba. Sin embargo, llevaba su pantalón de mezclilla costroso y una chamarra, también de mezclilla, negra, con la cara de un ángel estampado en la espalda. Respiró, con satisfacción, una bocanada de sol y polvo, y se pasó la mano por una mejilla. No era muy alto y parecía tener en el rostro más años que los veintisiete que cargaba.

Caminó con aplomo hasta la mitad de la calle y empujó una puertecilla de madera. Un perro le salió al paso. Displicente, Ricky le tiró una patada. Dentro de la habitación, su madre tenía la mirada clavada en una tela con flores. Medio ciega, la mujer todavía cosía manteles a mano. En cuanto lo vio, torció la boca.

—Desgraciado. Dejaste a la muchacha así, nada más; la botaste como una cosa. ¡Dijiste que te harías responsable! —exclamó la mujer—.

—Esas son cosas de ella y mías, Má —respondió Ricky, y dejó vagar su mirada por el cuartucho—.

Lo encontró idéntico, salvo por unas cortinas con garzas rosadas que no estaban cuando él entraba por ahí. Enseguida se acercó a la estufa.

—¿Son cosas tuyas?, pero la dejaste aquí con nosotros. Ni siquiera tuviste el valor de entregarla en su casa.

—Liria sabe bien el camino de ida y de regreso, Má. Deje ya de fastidiarme. Por una maldita vez. Carajo, Má —replicó—.

—Su hermano te matará. Sin que venga a cuento, lo dice en La Blanquita. Se lo platica a todos con los que se junta. Se lo contaron a tu padre. Debes irte —replicó la mujer, retorciéndose las manos, y comenzó a llorar sin aspavientos—.

—Sí, cómo no. ¡Qué me va a hacer ése, Má! —dijo Ricky, con aire distraído, paseándose frente a las cacerolas sentadas en la estufa—.

—Vete, lárgate. Termina de una buena vez.

—Estese tranquila, Má. ¿Quiere ver que no me hace nada? Quisiera que, de veras, me buscara para darle una buena… ¿Tiene algo de comer? —dijo Ricky, escarbando dentro de una olla requemada—.

La mujer hizo un gesto de incredulidad; luego le indicó con la cabeza una sartén sobre la mesa. Con la mano, Ricky se apoderó de dos bocados y, de pronto, en la esquina de un espejo, vio el reflejo de algo parecido a un muchacho trepado sobre un caballo imponente. Ricky no se inmutó; se conocía bastante. Era la primera imagen que le salía al encuentro para destantearlo y llevarlo por terrenos desconocidos.

Antes había visto buitres del doble de una persona, brujas que cabían en un foco y demonios de tamaño humano, sin cuernos, pero que, al hablarle, le descarapelaban los conductos auditivos. A esa nueva figura nunca la había visto: sus rasgos le parecieron como más amigables, una cara amarilla, un primo lejano.

Todavía estaba intentando asimilar el gesto de la cara del jinete que había visto y la postura solemne del caballo en el espejo, cuando, dentro de la pieza, apareció una joven exuberante. Era su hermana. Llevaba poca ropa, los ojos brillantes y los colores subidos en la cara.

—Cerdo, eres peor que un perro —gritó, y se abalanzó para golpearlo—.

Intentó jalarlo por los cabellos, pero Ricky dio un paso de lado y le sujetó las manos. De un aventón, se deshizo de ella con facilidad.

—Te robaste todo, me dejaste sin nada —exclamó la muchacha desde el suelo, contenida apenas por la madre—.

—No todo era tuyo —respondió Ricky, con desgano—. Los relojes los conseguimos entre los dos, ¿quién te ponía a los tipos? Yo también llevaba mi parte, ¿no? Te pagaré lo que haga falta.

—Tu padre te matará; no quiere verte en la casa —balbuceó su madre, con el rostro escurrido por las lágrimas—.

La cara de Ricky se iluminó con una sonrisa; se le hicieron unos hoyuelos en las mejillas y mostró sus dientes parejos.

—No se crea todo lo que dice mi padre, Má. ¡Me va a matar! Nada más falta que yo me deje —dijo, y alcanzó una cadenilla que estaba a un lado del televisor, y se la echó en la bolsa del pantalón—.

La muchacha le gritó que soltara el dije con la cadena e intentó pelear por ella. Su madre la contuvo con las dos manos. Ricky hurgó dentro de su chamarra y extrajo un atado de billetes; separó unos pocos y les arrojó el resto a las mujeres.

—Ahí tienes. A ver si así dejas de ladrar cuando regrese —dijo—.

Se volvió a mirar por un segundo la esquina del espejo y salió a las nubes negras y al viento que soplaba entre las calles. Ricky se movía con seguridad, mirando aquí y allá en los umbrales, retardando la vista en los baldíos y encajándola, con regocijo, en las mujeres que distinguía entre las casuchas.

Las personas con las que se cruzaba lo miraban con respeto: nunca les había hecho nada, pero sabían de lo que era capaz. Conocían su histori...

 

 

In Memoriam 

 

Al regresar de clases, Beto salía en busca de Óscar para ir, en su compañía, a explorar charcas o a curiosear en las obras del alcantarillado de Tlayohua, detenidas en calles aledañas a la suya. Más tarde, juntos iban a la puerta de Fabiola para relatarle, en detalle, sus descubrimientos.

Un jueves de abril, Beto entró a la habitación de su casa y vio la figura desgastada, encorvada, de su madre sobre la máquina de coser. Le gustaba fantasear que el ruido del pedal de la máquina era el traqueteo de una locomotora. Alguna noche, Beto se había dormido con la angustia de que, a la mañana siguiente, al despertar, se encontraría con que, de verdad, la casa se había desplazado durante su sueño, y entonces sufría, porque no volvería a mirar nunca más a Óscar y a Fabiola.

Ese día, Beto dejó su atado de libros maltrechos sobre la cama y retrocedió, intentando pasar desapercibido.

—Mamá, Beto ya se va —escuchó decir a uno de sus hermanos, sobre el estrépito de la máquina—.

Su madre no respondió, estaba ausente; sólo veía sus pespuntes, la línea punteada de su costura, semejante a un monorriel interminable que la llevaba —Dios sabía— a qué parajes.

Beto salió, se detuvo en los límites de la casa de Óscar y lo llamó a gritos. Le extrañó que fuera Ticha quien acudiera a su llamado. Ticha era apenas unos años mayor que Beto; le sonrió.

—Óscar no está, Beto.

Con Ticha, Beto no se cohibía como con Fabiola; con ella podía hablar sin tartamudeos.

—¿Sabes a dónde fue?

—No; salió hace rato.

—¿Estará viendo la televisión en la casa de Miguel?

—No sé. Nada más se salió. Si lo ves, dile que mi mamá no tarda en llegar. Que se apure. Y no se vayan a ir a meter a los tubos del drenaje, porque dice mi tía que están llenos de vagos. Le dices, ¿eh?

Beto miró a su alrededor. Óscar se había esfumado. Por los baldíos de Tlayohua, vio a lo lejos palas mecánicas y campamentos de obreros. Unos perros se gruñían en su lote. Los vio rodar, golpearse los lomos contra el cubículo de madera de la fosa séptica. Les arrojó, sin muchas ganas, un par de piedras.

En el fondo de la calle, unos niños corrían detrás de una pelota. Óscar no se encontraba entre ellos, y Beto no quería ir a explorar solo los campamentos ni se atrevía a llamar, por su cuenta, a Fabiola. Le temía al padre de Fabiola —que, en realidad, no era su padre—, un sujeto que, cuando la madre de Fabiola tenía guardia en hospitales, una o dos veces al mes, de alguna manera siempre se las arreglaba para llegar antes que la mujer a la casa y le prohibía a Fabiola salir y recibir visitas.

Los registros del vertedero común sobrepasaban la altura del terreno y parecían montículos redondos en el centro de la calle de terracería. Beto se sentó en la coladera más cercana a la puerta de Fabiola. A Beto le gustaba aspirar el aroma pestilente que despedía la cañería. Se avergonzaba de su debilidad; sin embargo, no podía evitar disfrutar ese olor agrio, tibio, encerrado, secreto.

Comenzó a arrojar trozos de madera en el sumidero y a mirar cómo caían, para poder husmear en los orificios sin despertar sospechas. Era un gusto algo retorcido y tal vez hasta antinatural —bien lo sabía— que nunca reconocería delante de Óscar y Fabiola. Oler el tufo de porquerías que corrían ahí abajo lo hacía experimentar sensaciones oscuras, prohibidas, placenteras.

Aspiró un par de bocanadas y, turb....

 

Las Mariposas Cantan de Noche

Juan Norberto Lerma ✍️

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Página de Autor

  

Juan Norberto Lerma

Escritor

Nací en el Distrito Federal, y la vida me enseñó muy pronto que la que me correspondía estaba en otra parte. 

Mi infancia se desarrolló entre tolvaneras memorables y guerras de lodo. Crecí entre el descampado y, para mi fortuna, mi libertad nunca fue absoluta.

Fui a la escuela como casi todos. La sufrí como muchos, y la abandoné sin sentimiento de culpa, como tantos. Posteriormente, regresé, pero ni ella ni yo fuimos nunca más los mismos.

La escuela primaria eran tres salones rodeados de fango, con micas verdes en lugar de vidrios. El patio comenzaba en el umbral del salón y terminaba en las increíbles faldas de las cadenas de montes negros que contemplé, a lo lejos, durante años.

Acepté con indiferencia los sucesivos años de instrucción escolar y, a su debido tiempo, los libros vinieron a mí. Me hallaron desconcertado, lastimado, envuelto en batallas desiguales. Hubo páginas consoladoras y, las más, reveladoras. Desde entonces, la vida nunca ha sido más la misma.

He colaborado en distintas publicaciones periodísticas y culturales, como Exilio.mx, e-consulta, Conexión Norte Sur, Diario 24 Horas, etcétera. Colaboro con reseñas literarias en un programa que transmite Radio BUAP, 96.9 FM.

Gané el primer lugar de cuento en un concurso convocado por la Universidad Nacional Autónoma de México.

El Departamento de Actividades Culturales de la Facultad de Estudios Superiores Zaragoza editó una plaquette con algunos textos de mi autoría, y la presentaron en la Feria del Libro del Palacio de Minería.

Estudié Creación Literaria en la FES Zaragoza, Ciudad de México, y asistí a cursos de literatura en distintas instituciones.

En 2024, Ediciones Ibarrola publicó mi libro de cuentos Las Mariposas Cantan de Noche, que ahora publico de forma independiente. Actualmente, tengo tres libros más de cuentos; uno de ellos se llama Muerte en Estado Natural

De forma independiente, he publicado los libros de cuentos La Bestia entre los Días y Perro Amor

También publiqué de forma independiente tres libros de poesía: Delirium, El Imperio del Polvo y Cristo Pastor, Madre de Hierro

Para vivir, elegí la literatura, y para sobrevivir, el periodismo. La literatura es una actitud ante la vida; el periodismo, sólo una forma de subsistencia.

 


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