Las Mariposas Cantan de Noche, Juan Norberto Lerma
Las Mariposas Cantan de Noche
Juan Norberto Lerma
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Las Mariposas Cantan de
Noche
Juan Norberto Lerma
©
Derechos Reservados de Autor
Registro
Público del Derecho de Autor
México
Obra
registrada ante El Instituto Nacional del Derecho de Autor (INDAUTOR)
México,
Distrito Federal, actualmente Ciudad de México.
Derechos
reservados
***
Portada
Idea
Original, Juan Norberto Lerma
Realización
Imagen
generada con Grok de xAI
Prólogo
Las
historias que contiene el libro Las Mariposas Cantan de Noche son un
conjunto de narraciones que se desarrollan en una ciudad, mi ciudad interior,
llamada Tlayohua. Además de reflejar el temperamento y las pasiones de un grupo
humano integrado a un territorio, las escenas trazan sus calles, describen su
historia, sus desilusiones, los extravíos y los estados sosegados o alterados
de los personajes que deambulan en este escenario.
Este
volumen de cuentos es producto de mucho tiempo y dedicación, y más que de un
trabajo formal, requirió, sobre todo, de tener paciencia. Escribir y
reescribir, normalmente son ocupaciones placenteras, pero lo es aún más
corregir, porque en ese momento descienden o surgen de aquí y de allá ideas,
frases afortunadas, construcciones verbales sólidas como castillos, o tenues y
sugeridas como remolinos ligeros en un llano.
A
grandes rasgos y de una forma general, considero que a una persona que escribe
se le presentan dos posibilidades a la hora de decidir sobre su escritura.
Desde luego tiene muchas y variadas opciones de elegir cómo las escribirá, eso
no está en discusión; sin embargo, de entre todo ese cúmulo de posibilidades
hay dos que sobresalen.
En
la primera, hay historias que el autor está obligado a contar, son las
narraciones que le brotan, las que se le derraman, y como que se las murmuran,
o las que parece que viene la Divina Providencia, que siempre sabe más, y se
las cuenta. En la segunda forma que yo veo, hay otras historias que simple y
sencillamente se le ocurren a la persona que escribe.
Como
sea, las primeras, las historias que debe escribir un autor, son las que
escribe desde la más absoluta franqueza, son las que de alguna manera también
lo describen a él, a su época y a sus circunstancias, y normalmente, son las
que, con un poco de suerte, los lectores lo recordarán. Las otras, si algún
valor tienen, son librescas, se guardarán en museos de la palabra para que las
estudien los que dicen que saben, o creen que saben, los secretos de la
literatura.
En
todo caso, esa clase de textos no son para el público en general, no porque
sean de un carácter muy elevado, sino porque, sin saberlo, acaso sin desearlo,
fueron construidos para distanciarse de lo humano, para justificarse como
autor. De cualquier forma, que cada cual explique, si es que puede, las razones
por las cuales escribió tal o cual engendro.
Las
historias que aparecen en este libro son de la clase de las que yo tenía que
escribir, las que yo estaba obligado a contar. Durante muchos años postergué el
instante de escribirlas, porque me distraje escribiendo historias librescas;
sin embargo, el llamado de las historias que yo debía contar fue tan poderoso,
que tuve que ceder y escribirlas. De hecho, no fue una decisión mía
escribirlas, ni mi voluntad me llevó a contarlas, sino una especie de destino.
Es
posible que en Las Mariposas Cantan de Noche, las historias no sean lo
que yo hubiera querido, sino que son lo que ellas quisieron. Representan un
conjunto de textos en los que aparecen personajes a los que yo conocí, o que
fueron cercanos a mí, como presencia, en mis primeros años, en mis primeras
visiones; luego me acompañaron en mi adolescencia y mi primera, y única,
juventud. En las narraciones aparecen personajes que me dicen algo a mí, y que
espero también puedan decirle algo al lector.
Los
cuentos de este volumen son historias en las que se destila una cierta
humanidad, un modo singular de vivir y padecer la vida. Aunque, en sentido
estricto, una visión humanitaria no es un requisito de la literatura, considero
que sí es una de las partes esenciales que la justifican.
En
todos los sentidos, es más valiosa una visión humana, que cualquier destreza
gramatical; tiene más peso y un mejor brillo la humanidad que las
construcciones verbales artísticas, si es que las hay, que no tienen una
aplicación práctica. Digamos que si esas palabras que hechizan no son capaces
de formar una nueva imagen, un significado nuevo comprensible para la mayoría,
entonces no son más que meros artefactos verbales idiomáticos.
Las
historias de Las Mariposas Cantan de Noche están contadas de la mejor
manera que me fue dada, literaria y creativa, de una forma imaginativa que
describe el color local y, sobre todo, el mundo espiritual de los personajes,
que son como desgarraduras del paisaje, seres heridos, que de alguna manera
hablan de los momentos amargos de la vida, y que también armonizan con la
escenografía, con esas calles purulentas, con esas colonias inmaduras, con esa
ciudad que aquí se llama Tlayohua, que es a la que los protagonistas
pertenecen, y a la que no quieren dejar de pertenecer nunca, porque es en la
que surgieron, en la que crecieron, y la que los alimentó, la que los formó.
Esa
ciudad, Tlayohua, es una especie de vientre protector maternal, dador de vida,
en el que estos personajes deambulan y se enfrentan a sus circunstancias. Es
ahí en donde mejor reflejan una parte de lo que es la vida para ellos.
En Las
Mariposas Cantan de Noche, las historias se cuentan a sí mismas, no
obedecen a las preferencias del autor, o del narrador, sino más bien las
historias son las que van ordenando, desde el principio hasta el final, los
acontecimientos, y si algunas son desgarradoras o dolorosas, se debe a que así
se vive en Tlayohua, no al capricho del autor o del narrador.
Juan
Norberto Lerma
Ciudad
de México, 2022
La Cuerda
Los
vi caminando entre las mesas de verduras, dulces, relojes y ropas llamativas.
En realidad, no valía la pena mirarlos, y primero me fijé en los rostros de los
pequeños que cada uno de los individuos llevaba de la mano. Seguro lo hice por
vicio o por manía; el hecho de llevar tres años al lado de Paloma, y su
incapacidad de concebir, de alguna manera me justifica por mirar obsesivamente
las caras de cada pequeño que se cruza en mi camino, para intentar plasmar en
ellas los rasgos ideales de un hijo potencial de Paloma y mío.
Los
chiquillos que veía eran un niño y una niña. Detenían la marcha de los dos
adultos cada tres pasos, para mirar, a la altura de sus ojos desleídos, lo que
había sobre las mesas. En el instante en que los tironeaban de las manos y los
obligaban a caminar, los pequeños echaban una última mirada sobre las mesas y
parecían memorizar, dolorosamente, el aroma de una fruta o el color de dulces
inalcanzables, y continuaban la marcha sin berrinche alguno.
Los
niños tendrían cuatro años, quizás seis. Sus vestidos eran comunes, y tal vez
la limpieza de sus rostros era el orgullo de nadie. Su semblante no expresaba
emociones; sus rasgos suaves parecían viejos, como si ya lo hubieran vivido
todo o, por lo menos, como si ya hubieran padecido cosas peores que la
insatisfacción de sus deseos infantiles.
Su
actitud se parecía a la de la criatura de Rubens en el cuadro El niño y el
pájaro, en el cual un pájaro diminuto aletea sobre los dedos de un pequeño
rubio y rozagante. El niño observa el ave con detenimiento, como si
comprendiera el mecanismo que sostiene al pájaro en el aire; por eso sujeta,
displicentemente, entre sus dedos, la cuerda diminuta que mantiene a su
alrededor al ave. No se trata del simple hecho de que todo mundo sabe que un
pájaro vuela y se escapa cuando nos acercamos a él, sino de que el niño
comprende el mecanismo de vuelo del pájaro: ha vivido y sabe.
Yo
estaba acuclillado frente a uno de los puestos del mercado, y las piernas
comenzaban a hormiguearme. Por un instante, continué buscando al acaso entre
los libros y revistas viejos, revueltos, que había sobre la tela roja y
empolvada tendida sobre el piso. No encontré nada que pudiera cautivarme: las
revistas eran sobre automovilismo —una pasión para mí inalcanzable—, chismes
sobre actores y actrices que hacían de su vida cotidiana una comedia
lamentable, y a los libros, por desgracia, les hacían falta hojas o pasta.
El
automovilismo me produce la misma sensación soporífera que recordar un amor
antiguo; la vida absurda y vana de las estrellas televisivas me da náusea y,
por último, comprar y leer uno de esos libros mutilados hubiera sido como
conversar con alguien a quien le faltase un órgano —acaso, bien lo sospechaba
yo en ese instante, fueran los ojos, la lengua y, en el peor de los casos, el
corazón—.
Me
mantuve ahí, soportando el cosquilleo de mis piernas, sólo para poder
contemplar a las criaturas. De repente, me volví. Una barrera de vestidos y
piernas me impidió continuar mirándolos a placer. Resoplé y me aireé con una de
las revistas. La solté enseguida y me puse de pie sin decir palabra; el
vendedor comprendió que yo no compraría nada y dejó de vigilarme. Sus ojos se
fueron detrás de caderas de papaya y pechos lucidores, que hacían el recorrido
para surtirse de víveres en el mercado.
En
el pasillo sólo veía torsos ampulosos y no lograba localizar a los niños. Mi
curiosidad inmediata, casi primaria, fue desplazada; ahora lo que quería era
ver de cerca los rostros de quienes eran capaces de desearlo todo sin obtener
nada y que, sin embargo, eran lo suficientemente fuertes como para alejarse de
su objeto del deseo sin proferir queja alguna.
De
pronto, metros adelante, se abrieron las filas de los compradores para dar paso
a un carro de súper colmado de ostras, bichos marinos y limones. A la
altura de la parte baja del carro, en un costado, descubrí en primer término a
la niña; después, las piernas de un hombre; la cara del niño, mirando dentro
del carro; y al otro hombre, con una cuerda de brincar, blanca, retorcida, en
la mano.
De
momento, no me extrañó que el hombre aquél llevara arrollada la cuerda. Supuse
que, más tarde, él bien podría adaptarla para desempeñar el papel de víbora al
ser agitada en el piso por uno de sus extremos y divertir a la criatura con el
nerviosismo de la cuerda reptante y, al mismo tiempo, divertirse con los
brincos torpes de la niña; o que, quizá, el sujeto jugaría un poco a que la
cuerda era una hebra enorme y se enredaría con ella como un gato, para solaz de
la pequeña.
Lo
que me chocó fue que el hombre que guiaba de la mano al niño fuera quien
llevara esa especie de juguete —propio de una mujer—, en lugar del otro hombre
que conducía a la niña. Parecía una tontería la idea que me vino a la cabeza,
pero está claro que el mismo objeto —digamos, un cuchillo— simboliza distintas
cosas, dependiendo de si está en las manos de un hombre o de una persona de
sexo femenino.
Entonces, por primera vez, reparé en el aspecto de los dos sujetos. Eran achaparrados, de complexión robusta, y pasarían apenas de los veinte años. Sus rostros eran recios y simples: amarillo uno —el que conducía a la niña—, y prieto el q....
Vuelta a Casa
Esta
vez Andrés no quiso dejar solo a Mauro y lo fue custodiando todo el tramo del
patio, no quería permitirle a su hijo que se quedara a merced de sus recuerdos.
En cuanto lo vio aparecer en la puerta de la calle, luego de diecisiete años de
ausencia, lo fue cercando con su presencia autoritaria.
A
mitad del patio, ya parecía como si Andrés hubiera obligado a Mauro a treparse
en unas vías recias, impositivas, en las que, o el muchacho recorría todo el
tramo como una máquina ciega que desconoce su destino final, o de plano se
tiraba a la mitad de un voladero.
De
alguna manera, los dos sabían vagamente en dónde desembocaban esas vías; sin
embargo, los divertía engañarse uno al otro, fingiendo ignorancia, mientras
caminaban aparejados entre los trebejos de la casa.
Era
una tarde de marzo, en el patio blanco el sol caía con fuerza, los hacía
entrecerrar los ojos y de alguna manera justificaba que no se miraran a la
cara. Había transcurrido mucho tiempo desde la última vez que los dos hombres
se habían visto, uno del otro sospechaba que ya no eran los mismos; sin
embargo, ninguno podía afirmar con certeza hasta qué punto eran otros.
De
cualquier forma, Mauro, sintiéndose superior, aceptó el reto, se trepó al
camino que el viejo le tendió con sus manos manchadas y sus ademanes serviles,
seguro de dejarlo tendido en cualquier barranco en el momento que él lo
decidiera. Creyó que habían pasado los tiempos de cuando él era un chiquillo, y
se atrevió a pensar que, ahora que era un hombre hecho y derecho, hasta podría
darse el lujo de elegir por sí mismo el lugar en el que moriría. Sólo era una
idea, pero la zalamería de Andrés, el cuidado extremo con que cerró la puerta,
su mano cálida sobre sus hombros y su insistencia de que llegara hasta las
habitaciones, de alguna manera sublevaba a Mauro.
Quizá
Mauro exageraba, pero no era gratuito, de sobra conocía las artimañas de su
padre. Sin embargo, las intenciones de Andrés, por lo menos las del principio,
eran claras. A lo mejor era porque se sentía más viejo de lo que parecía, pero
quería estar cerca de su hijo. Con la vida casi acabada en las minas de arena y
la otra mitad perdida en pleitos familiares, quería disfrutar un poco de esa
libertad y energía que saltaban de los ojos del muchacho, y que entre los dos
olvidaran la cadena de circunstancias oscuras que había echado sus vidas al
abismo.
Más
tarde, sentados a la mesa frente a frente, Andrés descubrió que, aunque no
había sido una decisión meditada, había hecho bien en echarlo de la casa hacía
años, porque el mundo extraño de más allá de Tlayohua había modelado al
muchacho y ahora lo devolvía mucho más fuerte. Sin dejar de hablar de cosas
triviales, Andrés lo había forzado a entrar, sobre todo con sus actitudes.
Mauro
se portaba calculador y despectivo; le pareció gracioso que el viejo parlanchín
no dijera nada del pasado, y que sólo diera vueltas y vueltas sobre un presente
que ya se le escapaba. Pese a todo, Andrés se mostró contento de que Mauro, al
final, hubiera aceptado entrar a las habitaciones. Mientras más lo miraba, le
parecía que el muchacho debía quedarse a su lado y, de alguna manera, por su
mente ya para entonces alcoholizada, pasó la certeza de que al final así sería
para siempre.
Dos
días atrás, aparentemente sin justificación, Mauro había hecho un alto en el
camino. Detuvo el camión junto a una posada que se anunciaba con una familia
sentada a una mesa opulenta. Por la ventana de la sala del cartel se colaba una
llamarada de sol, incendiando el rostro de una pequeña que miraba impasible un
rincón. Al fondo, una nube amenazaba mal tiempo. Mauro miró la lejanía y
advirtió que pronto comenzaría a oscurecer.
—Baja
—le dijo a Fermi—. Pide la cena y dos camas.
Fermi
arrojó la colilla de su enésimo cigarro en la cuneta y se volvió para mirarlo.
—Dijiste
que nos detendríamos en Puente Viejo —murmuró—.
Mauro
entrecerró los ojos. Fermi tenía razón. Parecía absurdo, pero Mauro se sentía
cansado. El aire de la montaña le murmuraba algo sobre la frente, y la visión
del mar, que recién habían dejado atrás, aún se le figuraba un buen lecho para
su funeral. Pensó que quizá todo se debía a la cercanía de Tlayohua, y a que
había creído ver el reflejo de la muerte en el espejo de una cantina de La
Concepción.
Bebía
en una mesa acomodada junto a un pilar. La mujer con la que estaba le hizo un
cariño sobre la frente. Mauro entrecerró los ojos unos segundos; cuando los
abrió, miró al acaso el espejo del fondo. Un individuo de sombrero lo miraba
con fijeza. El tipo sonrió. Mauro le sostuvo la mirada. El sujeto le hizo una
señal de que se acercara y concentró su vista en las luces de la carretera, que
se miraban por la ventana. Mauro dejó de ver el espejo y se volvió para
plantarle cara al individuo directamente.
En
la media docena de mesas, hombres y mujeres se ocupaban de sus propias
desventuras. El individuo no estaba. Más tarde, cuando iba con la mujer por una
calle empedrada, Mauro descubrió con claridad que el tipo aquel de la cantina
se parecía a uno de sus primos, a uno que había muerto hacía varios años.
Sujetó a la mujer con fuerza y la empujó dentro de un zaguán, para comprobar
que debajo de la ropa su carne sí era de este mundo.
—Baja
y dile a Yolanda que pasaremos aquí la noche —dijo Mauro con firmeza—.
Fermi
inició el descenso, sin embargo, antes de llegar al suelo se agarró de la
portezuela y se detuvo en el escalón.
—Te
conté que Teresa andaba en días, ¿no? —dijo—.
Mauro
se acordaba. El hijo de Teresa nacería a fines de noviembre. Fermi quería estar
en su casa cuando eso sucediera. Mauro lo miró con lástima. Fermi no sabía que
los camioneros eran como bichos que circulaban por arterias, siempre buscando,
hasta dar con un corazón, y que por lo mismo resultaba ocioso vincularse a una
Teresa cualquiera, que a la postre le pudriría las entrañas y lo ataría a sus
faldas con el eslabón enfermo de su pasió.....
Temporada de Buñuelos
Mario
soñaba que comía. Se veía en una especie de banquete romano, devorando una
pieza completa de carnero a dos manos. A su lado, Ema Luz no lograba dormir. La
muchacha cumpliría veintiún años el verano siguiente; sin embargo, apenas era
diciembre: su primera temporada navideña fuera del hogar materno, y durante la
noche de la tercera posada, tenía hambre y, además, frío. Su hijo nacería en
primavera. La muchacha amaba a Mario, vivía en el enamoramiento de los primeros
meses. En ese momento, el amor de algo servía. Sumergirse en las profundidades
de su mundo emocional la ayudaba a mantener a raya el hambre y el frío. Por
momentos, su cara se iluminaba cada que, a lo lejos, estallaban los cohetes;
las luces destellaban en el cielo y, casi por caridad, se escurrían entre las
rendijas de su ventana y se reflejaban en su frente y sus mejillas.
Llevaban
siete meses y doce días compartiendo la misma habitación oscura de una de las
vecindades de Tlayohua, hasta donde Ema Luz había seguido a Mario porque, en
algún momento, se había enamorado de él. Recordaba, sobre todo, la despedida de
su primera tarde: ella quedó cautivada cuando el muchacho hizo una reverencia y
le regaló una flor. Eso fue todo, pero a la muchacha se le figuró que fue como
si de algún rincón del universo Mario se hubiera apoderado de una capacidad
sobrehumana y hubiera realizado un pase mágico, no para construirle una burbuja
rosa, sino para sacarla de la que ella habitaba, y plantarla en la realidad del
cuerpo que a solas se le consumía.
Desde
ese día, con ese gesto caballeresco, Mario penetró en el mundo emocional de
nubes azules y castillos de algodón acerado de ella, y había tomado posesión de
su territorio interior de mazapán, para disponer a su antojo del corazón noble
con el que la naturaleza había dotado a la muchacha. En sus ratos de lucidez,
Ema Luz se preguntaba si no había quedado prisionera para siempre de un
hechizo. Pero se interrogaba con orgullo, con la seguridad de que ella era la
única mujer sobre la Tierra que había descubierto que el amor era un
deslumbramiento exclusivamente destinado a ella.
Hasta
entonces, Ema Luz había sido una muchacha intangible; se movía entre las cosas
y sus amistades sin dejar huella, y cuando vagaba al acaso entre las calles de
El Loreto, donde vivía con sus padres y dos hermanas, establecía entre ella y
lo que la rodeaba una distancia suficiente como para impedir que los demás
lastimaran con su rusticidad el mundo de caricatura que habitaba. Cuando
conoció a Mario, ella cursaba el primer año en una universidad citadina de
oferta reducida. Aprendía los rudimentos de una carrera que había elegido más
por hacerse la ilusión de que, con los conocimientos que adquiriera, podría
ayudar a las demás personas que porque de verdad le interesara. A los seis o
siete meses de haber visto a Mario por primera vez, lo abandonó todo.
Sin
conocerlo bien siquiera, los padres de Ema Luz odiaban a Mario. Lo acusaban de
haberse aparecido como un ladrón para robarles a su criatura delicada, y
juraban —cuando ella no los escuchaba— que, si Dios era justo, algún día les
concedería la oportunidad de machacarlo y de recuperar a su niña. Lo habían
visto rondar la casa una noche que había fiesta en la parroquia de San Antonio,
y otra en que la pareja se había disgustado. En el camino a la banca donde se
sentaban a besarse, Ema Luz y Mario habían discutido por nada.
Él
quería hacerla caminar con los ojos cerrados sobre la guarnición de la calle y
que, mientras andaba a ciegas, le contara lo que había hecho durante el día.
Ella aceptó el juego, pero cuando llevaba un buen tramo recorrido, abrió los
ojos y se encontró del brazo de una buena señora que apenas podía contener la
risa con lo que la muchacha le contaba. Ema Luz se desprendió del brazo de la
mujer y miró hacia todos lados, desconcertada. De lejos, escuchó las carcajadas
de Mario, que se había quedado atrás en cuanto la había convencido. Cuando él
llegó corriendo a su lado e intentó abrazarla, ella torció la boca y lo empujó
contra un muro.
—Eres
un imbécil —dijo la muchacha, y levantó un par de nubecillas de polvo cuando
azotó el suelo con sus zapatillas, tal como una chiquilla berrinchuda—.
—Pero
yo sí tengo los ojos siempre bien abiertos, para no irme del brazo con
cualquiera —respondió Mario, y comenzó a saltar alrededor de ella, como uno de
esos monos que llevaban con cadena al cuello los individuos escurridos que
montaban las carpas de los circos, que se aparecían por la localidad cada que
se acercaban las festividades religiosas—.
Estar
enojados les gustó; les pareció como un aderezo para su relación. El disgusto
exacerbó su necesidad mutua de ternura, y como no podían expresarla con
libertad, se les acumuló, se les derramó en suspiros y ojos hundidos. Sentían
sus cuerpos inflamados por una fuerza parecida al magma, igual de lenta, blanda
y explosiva, y querían tocarse, pero, con tal de incrementar la sensación, lo
dejaron para más tarde. Mario fue el que no resistió. En el barrio de ella, él
no era bien visto por los padres de la muchacha ni por algunos raterillos locales,
con los que varias veces se había enfrentado a golpes y cuchilladas, luego de
disputar partidos callejeros de fútbol con muchachos que se iban de migrantes y
que volvían, fracasados, a escandalizar o a cortejar a algunas muchachas de
aquella localidad.
El Loreto no era su territorio, pero, de todos modos, cuando no pudo sobrellevar su deseo de estar con ella, Mario apretó los dientes, y para sofocar su temor de que lo atacaran, se dijo que el riesgo de estar con la mujer que amaba bien valía unas cuantas cuchilladas, y un día, como si fuera algo natural invadir un barrio ajeno, se atrevió a acercarse a la vivienda de Ema Luz. Su andar de muchacho enérgico y decidido le daba un aura de superioridad, y los muchachos detenidos en las esquinas sabían leer bien los ademanes y gestos de sus víctimas, y desde que lo miraron caminar sobre el terreno polvoso supieron que a Mario no lo espanta....
Las Mariposas Cantan de Noche
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El Camino a La Laguna
A
principios de junio, Ramona se había marchado con los dijes, anillos y cadenas
del negocio de Dionisio. Alguno de los puesteros con quienes bebía en los
alrededores de la parroquia dedicada a San Antonio le dijo, a mediados de
agosto —cuando ella ya apenas se acordaba de él—, que Dionisio había cambiado
el comercio de la platería por las nieves, y Ramona, para aplacar la punzada de
culpabilidad que le atenazó el vientre, tuvo la suficiente desvergüenza para
hacer un chiste:
—Es
un negocio igual de frío —dijo—.
Disimuló
su turbación bebiendo un trago largo y, en su interior, se alegró por Dionisio,
porque a sus años el viejo no se dejaba amedrentar por las adversidades. El
puestero con el que departía no le rio la ocurrencia; por el contrario,
arrebatándole la botella, se sumió en consideraciones lúgubres acerca de la
mala sombra que, desde la muerte de su esposa, nublaba el horizonte de
Dionisio.
Ramona
sabía que la hija de Dionisio lo había acompañado en las investigaciones de su
paradero, y que, a la semana de recibir negativas en pensiones y vecindades
desvencijadas, la muchacha se cansó de lidiar con prostitutas y aventureros. Un
mes más tarde, hasta sus oídos había llegado la afirmación de que a las
mujeronas que miraban detrás de cortinas empolvadas les parecía que, en el
rostro de Dionisio, se reflejaba un segundo duelo.
Lo
cierto era que, tres días después de que Ramona cayera como ave de presa sobre
la platería, Dionisio arrinconó los tubos de su puesto y, rogando un poco allí
y prometiendo mucho allá, se hizo de un armatoste con el que comenzó a pregonar
paletas y nieves enmieladas por las calles maltratadas de Tlayohua.
Una
tarde calurosa, Ramona lo vio entrar al mercado por el corredor de los
vendedores de flores. Estaba más viejo, sucio de tierra hasta las rodillas,
ceniciento como uno de los racimos de hierbas revolcadas que atestaban los
mostradores; llevaba puesto el sombrero y su eterno paliacate anudado en el
cuello. No le pareció borracho ni apenado; sin embargo, hasta para ella estaban
aún frescos los recuerdos de su latrocinio, y evitó a Dionisio dando media
vuelta y fingiendo que hacía fila en la tortillería.
El
dinero de la platería se había esfumado tan pronto como un destello; a Ramona
sólo le quedaba el polvo de los llanos de su tierra en el fondo de los ojos, la
nostalgia de los días de su niñez recordados entre las charcas y huertos de
aguacates, sin ningún compañero de correrías; también estaba la melancolía por
sus muertos y los años perdidos, siempre presentes en las comisuras de su boca
y, ahora, más amargos en el filo de sus uñas descascaradas.
Ramona
había llegado a La Laguna haciendo alharaca de su fortuna, con maletas colmadas
de bisuterías y luciendo un vestido nuevo, porque bien sabía que, en su pueblo
miserable, sólo les fiaban a los pudientes, y no volvió de allí sino cargada de
pesares. Como si no hubiera tenido ya bastante con los sufrimientos por sus
piernas hinchadas, la sensación de vértigo que la atacaba en las madrugadas, y
las alucinaciones ocasionales, por añadidura, ahora tenía que lidiar también
con sus sentimientos de melancolía.
Una
mañana, Ramona caminaba entre los puestos, al acecho de un descuido de los
vendedores de frutas. De pronto, escuchó tras de sí con precisión el susurro de
la voz de Dionisio. Se le erizó el cabello de la nuca y las orejas se le
pusieron rígidas al comprobar que era él. Dionisio se dirigía a ella con un
tono cansado y burlón, satisfecho, como si estuviera agradeciéndole a algún
demonio benévolo el habérsela puesto en su camino.
—Conque
al fin apareciste, vieja mula —le dijo muy junto al oído—.
Instintivamente,
Ramona contrajo el cuerpo a la espera de un golpe y cerró los ojos con fue....
Aprendiendo a Volar
“Pájaro-pajaro-pajaró”,
decía el niño con las manos y la cara pegadas al cristal de la ventana. Unas
gotas de lluvia levantaban tolvaneras diminutas en el patio y lustraban el
verde de la bignonia. El niño cumpliría cuatro años en marzo, y en su
cuerpecillo se alternaban la enfermedad y la incertidumbre.
Se
hallaba trepado sobre una silla, y le había llamado la atención la inquietud
del canario que en primavera había llegado a sus dominios. La jaula colgaba de
la enredadera, y dentro de ella el pajarillo volaba en varias direcciones,
estrellándose, invariablemente, sin conseguir doblegar la solidez de los
barrotes.
“Gato-gató”,
dijo de pronto el niño, dando un grito y golpeteando con las palmas de sus manos
el vidrio de la ventana. Había visto caminar al gato y dar vueltas bajo la
enredadera, antes de decidirse a entrar en la bodega de la leña. El gato
buscaba un refugio contra la lluvia; el canario, de momento, era lo que menos
le importaba; hacía mucho tiempo que se había acostumbrado a la carne requemada
de las lagartijas. Sin embargo, el pájaro y el niño no lo sabían.
El
niño bajó de la silla; de forma instintiva buscó con la mirada a Jacinta, su
madre. “Negra-negrá”, le gritó. Sin obtener respuesta, abrió la puerta y salió
al patio. La lluvia lo cegó un instante, se limpió los ojos con el dorso de la
mano y amenazó de lejos al gato con una rama de encino. El gato, agazapado
entre los troncos, lo miró como a una alucinación imposible en la cual no
creía.
Jacinta
salía de la cocina cuando vio entre la lluvia al pequeño, tratando de alcanzar
la jaula. Corrió hacia él y lo acurrucó entre sus senos inmensos, sin atender a
sus reclamos. Lo llevó adentro y lo desnudó junto a la estufa encendida. Él se
reía y estornudaba frecuentemente, y cada que Jacinta lo friccionaba con una
toalla, su voz vibraba al murmurar: “Negra-negrá, el gato-gató quería devorar al
pájaro-pajaro-pajaró”.
Jacinta
no le respondía; tenía la respiración alterada y los ojos brillantes de
preocupación. Por momentos parecía fuera de sí. Sin embargo, se contenía y con
un cuidado infinito le secaba el pelo y le arrojaba vaho en la nuca. Cada que
el niño estornudaba sentía que algo en su interior se rompía. Como pudo,
Jacinta lo metió dentro de una camisa y un pantalón secos, y le rogó con la voz
quebrada que se dejara arropar en la cama. “Nene-nené —dijo—, cómo pude haber
dejado que te mojaras, corazón. Deberían molerme a palos por bruta. No te
destapes, nene-nené; déjate quietecito en lo que caliento el té”.
Por
la noche, el niño ardía en fiebre. Jacinta le colocaba lienzos húmedos sobre la
frente y el niño se estremecía y gritaba: “Negra-negrá, al gato-gató le brillan
los dientes con el sol”.
Jacinta había dejado de llorar y de arañarse los costados. Cada tanto calentaba la infusión y se la hacía tragar a cucharadas. “Nene-nené —decía—, no te mueras mi ....
Sin Lágrimas
Las
calles de Tlayohua eran inciertas: polvo o lodo, según las estaciones; sujetos
borrosos, emboscados detrás de bardas de piedra; construcciones detenidas
indefinidamente, pobladas de fantasmas cuyos ojos hundidos elegían mirar hacia
dentro para ignorar la miseria circundante. A Carlota la intimidaban, casi
tanto como estar a solas con su madre. Sentía algo extraño cuando estaba en su
presencia, sin nadie que mediara entre las dos.
Cuantas
veces reflexionaba sobre la sensación que la invadía al entrar a la habitación
oscura de su madre, en todas ellas se convencía de que era como si en la pieza
se materializara un ave maligna de proporciones casi humanas. Sabía que era
imposible y, sin embargo, no podía evitar sentir el aleteo, el roce suave de
las alas de ese bicho sobre su frente o mejillas completamente sudorosas y, sin
embargo, heladas.
Al
volver a casa, luego de más de siete años de ausencia, los primeros días
Carlota había experimentado resentimiento contra su madre; a la semana, algo de
culpabilidad y, en los últimos días, sólo miedo.
Caminó
en tacones por la orilla de la acera; llevaba un vestido verde que favorecía
sus formas delicadas y el pelo cuidadosamente despeinado. En la vidriera de la
esquina vio su reflejo de cuerpo entero, admiró su silueta entre dibujos de
conchas y pasteles, y se encontró hermosa. Pensó que le hubiera gustado
quedarse unos minutos más con su nueva conquista, pero, como él también deseaba
su compañía, por coquetería había salido del lugar donde cenaban y se había
marchado sin despedirse siquiera. Él entendería; además, se había hecho noche y
a ella el tiempo nunca le resultaba suficiente.
La
fachada de la casa de su madre todavía era presentable: una puertecilla que
había sido blanca y la figura discreta de un cisne que se mantenía desde que
Carlota era pequeña. Por dentro, la casa era un destrozo. Se deterioraba día
con día; había montones de cubetas rotas y papeles que parecían llovidos del
cielo. Durante el día, una gallina, de la que nadie conocía su origen,
picoteaba piedrecillas en el patio desde hacía meses y, por las noches, dormía
trepada en una escalera vieja, recargada en uno de los muros del baño. La mujer
que había llevado su hermano Omar se limitaba a asear las tres habitaciones,
pero del patio nadie se encargaba. Tendría que hablar con Omar para que él
pusiera orden.
Cuando
la muchacha entró, sus pasos resonaron con firmeza en el corredor; la casa
estaba al fondo: dos ventanas y una puerta. El baño, construido afuera. Había
unas macetas descuidadas, con ramaje oscuro que surgía de pronto como dedos
rugosos que parecían intentar tocar todo lo que pasara cerca de ellos. Una
punta filosa le desgarró la media, se llevó un trozo de su piel y le provocó
ardor. Carlota ahogó un grito y dijo una maldición. Debían ser insectos o ratas
lo que provocaba ese movimiento de las ramas secas. Era inevitable: cada
enfrentamiento con su madre iba precedido de un tormento.
Al
entrar, tropezó con el gato; la muchacha y el animal chillaron, cada uno a su
modo, y saltaron hacia atrás, empavorecidos. Desde el fondo de la cama, Amparo
se enderezó a medias, pero permaneció callada.
—Mamá,
mamá —dijo Carlota, después de unos segundos—.
Una
penumbra suave envolvía a Amparo; al acercarse, la muchacha la veía. Su boca
torcida, en medio de su cara demacrada, probablemente demostraba su molestia
por haber sacudido a su gato. ¿O sólo era ironía por obligarla a llegar a su
casa a la hora que ella le decía? ¿No se le ocurría a su madre que, desde hacía
mucho tiempo, no la desafiaba, y que, cuando llegaba a recoger a su hijo tarde,
era porque las cosas simplemente se salían de control y sucedían? Todo por su
pequeño: el niño valía ese sacrificio, pensó algo incómoda. No intentó ningún
diálogo. Ella no contestaría. Si quería hablar, Carlota se limitaría a
responderle. El niño estaba dormido en una cuna improvisada junto a la cama; el
chillido del gato, con todo y ser agudo, había sido breve y no lo había
despertado.
En
lo que acomodaba una maleta con pañales y biberones, sintió su pulso acelerado;
su madre parecía otra vez dormida, pero Carlota sabía que la miraba, y las
manos le temblaban. Le buscó los ojos a su madre: no tenía puestos los lentes,
los adivinó con coágulos rojos, pero su cara blanca parecía de cera. Si la
miraba más tiempo, su rostro comenzaría a cambiar, lo sabía; en los juegos de
sombras de otras noches lo había atestiguado. Desvió la mirada; a tientas
encontró a su hijo y lo envolvió con más fuerza de la necesaria, no quería que
se resfriara. Dio unos pasos por la habitación, eludiendo al gato y procurando
no tropezar con nada. Se marcharía a su domicilio cuanto antes: no le daría
tiempo de aparecer al ave espantosa que siempre percibía con una certeza más
allá de lo físico; sin embargo, nunca podía verle ni siquiera una pluma. Esta
vez no la dejaría ni aletear siquiera.
—Vengo
el viernes —dijo, echando mano de toda su fortaleza para que su voz no se
quebrara—. Estela no puede quedarse con el niño.
Al
llegar a la avenida, pensó que era mejor abordar un taxi. Diez minutos más
tarde encontró uno y, al alejarse del lugar, respiró aliviada. Su apreciación
de las calles de Tlayohua no era nueva. Mientras vivió en la casa materna,
siempre le parecieron habitadas por individuos oscuros, sombras de mala
catadura: pocos árboles para detener la mirada, la vista se le iba por los
baldíos, ningún canto de pájaros que acompañara sus juegos, viciosos que
esparcían entre tumbo y tumbo sus pesadillas. En realidad, nada había cambiado;
las construcciones seguían inconclusas, los baldíos nadie los llenaba, en las
calles de terracería ondulaban lo mismo autos que perros; sólo en las zanjas de
agua verde pescaban otros niños.
Un
día de los primeros de la segunda semana que se habían vuelto a ver, deseosa de
ganarse un comentario positivo, Carlota le ofreció a su madre hacerle un corte
de cabello. La mujer no respondió —casi nunca lo hacía—, pero ella, de
cualquier forma, tres días después llevó de la estética donde trabajaba todos
los utensilios necesarios para realizar un corte y exfoliarle el cuero
cabelludo. Acomodó a su pequeño sobre la cama y a ella la colocó en una silla
junto a la ventana; el gato le andaba por los tobillos y, cada que sentía su
contacto, Carlota lo empujaba.
Comenzó
a cortar con mucha paciencia para no molestar a la señora. A lo lejos, se
escuchó a un panadero que pregonaba; las campanas del templo daban las ocho de
la noche y llamaban a la última misa del día. Carlota veía por la ventana
abierta las sombras que llegaron a tomar posesión del patio, como si fueran
guardianes milenarios e informes que tuvieran la misión de custodiar una
fortaleza, y a la gallina que dormitaba en su escalera. La muchacha comprendió
que tendría que darse prisa, porque en unos minutos ya no vería nada, y a su
madre la luz del foco le hería la mirada, la fastidiaba.
De
pronto, inexplicablemente, un mechón blanco escapó de las manos de Carlota y,
como si tuviera vida propia, comenzó a revolotearle sobre la cara. Impulsado
por una ráfaga desconocida, el cabello flotó como una pluma vieja, color perla,
sobre su frente y le buscaba la barbilla. Carlota ahogó un grito y, de un
manotazo, se deshizo de la criatura que la acosaba. Entonces miró al gato
borroso junto a la silla; tenía el cuerpo tenso y el pelo erizado, listas las
garras para caer sobre su presa. Cuando el mechón se fue volando por la
ventana, el gato se relajó, aunque permaneció alerta; parecía que aún no se
acostumbraba a ser testigo de las pesadillas que iban y venían.
En la penumbra, Carlota le buscó la cara a su madre y, con la capa negra que le había puesto para proteger sus vestiduras, se le figuró un ave carroñera de gran tamaño. Silenciosa y con los ojos cargados de sangre, su madre parecía esperar que todo....
Domingo de Fútbol
I
La
vida de Mayolo se podía describir como un largo partido de fútbol: dos medios
tiempos llenos de acción y mucho juego para la tribuna. El primero, acaso más
rudo, lleno de regates durante su infancia, en la que robaba pan de las casas
que encontraba sin marcaje alguno.
Como
quiera que fuera, si era sorprendido, las piernas siempre le alcanzaban para
correr a esconderse entre las zanjas o en las medias construcciones, antes de
que cualquiera de sus seis hermanos le arrebatara el trofeo que había obtenido
en el terreno de juego. En el segundo tiempo, las enseñanzas del primero le
habían sido de mucha utilidad. Sabía hacerle firuletes a la vida y dominar con
el alma fría los ataques lanzados desde el campo enemigo.
La
vida le había reservado una posición única y exclusiva: podía cubrirse de
gloria y ser exaltado con un entusiasmo digno de un héroe o, en el siguiente
instante, ser defenestrado y condenado al abismo del olvido. En los juegos
callejeros, siempre escogió tener la pelota consigo; le gustaba estar asediado
y desviar, en el último momento, el tiro y, de manera natural, fue colocado en
la portería.
Es
verdad que había anotado varios tantos en la vida. Sin embargo, todos estaban
marcados por la sospecha de que había hecho trampa. Y así era. En todos lados
donde lo ponían, empujaba al contrario, lo mareaba y se apoderaba de lo que
podía. Al inicio de las hostilidades amorosas, se había mostrado ducho;
bombardeaba a las mujeres con flores y poemas que nunca explicaba de dónde
habían salido. Se paseaba por su área grande como un galán de película antigua,
muy estirado y lleno de vaselina. Sus trucos le habían funcionado, y sentía
que, desde hacía mucho, la tribuna lo aclamaba.
Un
domingo de junio, Mayolo se había cubierto de gloria, pero, contra todos los
pronósticos, su vida se desbarataba.
Ese
día, Mayolo reía y gritaba con el resto de los Corsarios, su equipo de fútbol,
en una esquina de la calle. En ese momento, festejado por sus compañeros, se
sentía parte fundamental de la exultación que los invadía a todos. Un medio de
contención regresó de la tienda con las enésimas cervezas y se las entregó a
él, al héroe de la mañana.
Sin
inmutarse, Mayolo destapó con los dientes una botella, bebió reposadamente y,
como si se tratara de un pase muchas veces ensayado, se la entregó calmosamente
a un defensa contiguo. El defensa bebió, a su vez, un trago largo y, casi con
desgano, como para hacer tiempo, hizo llegar la cerveza al centro delantero.
Ninguno
de los jugadores que rodeaban a Mayolo parecía notar su necesidad de llenar los
huecos de la conversación general con descripciones de jugadas reconstruidas
hasta el asco:
—Yo
pensé que la tenía que parar a fuerza —dijo Mayolo—. Para ganar, ¿no? Oí los
gritos de: “¡La va a fallar!”, y me le quedé mirando directo a los ojos… Sentí
cómo me fue bajando algo frío de la nuca, y se fue resbalando por mi espalda…
Era
la séptima ocasión que relataba detalladamente la angustia que había sentido
frente al tirador del penalti; sin embargo, había algo que no alcanzaba a
entender del todo: el tiro ya había sido detenido hacía horas, y la angustia
continuaba alojada ahí, en un punto vital del área de su corazón. En su
interior, era como si aún se estuvieran disputando el balón con los pies una
docena de jugadores frente a su nariz, y él no pudiera intervenir, porque en
sus dominios estaba limitado a usar preferentemente las manos y, además, era
torpe de piernas. En su fantasía, invariablemente, la jugada terminaba en
falta, y el árbitro, inflexible, todas las veces marcaba penal.
—Lo
pusiste nervioso, Mayolo —afirmó el defensa, y creyó que sus palabras bien
valían otro trago de cerveza—.
—Eso
era todo, Mayolo: verlo a la cara y romperle la concentración, ¿no te lo dije?
—intervino un extremo bullicioso, alcanzándole la botella al defensa—.
El
rostro de Mayolo se iluminó con una sonrisa amarillenta. Miró con satisfacción
las caras felices y expectantes de sus compañeros.
—El
derecho siempre la quiere cruzar; para engañar al portero, ¿no? Me quería
clarear, pero le adiviné las intenciones. Alcancé a ver cómo se quebró hacia su
izquierda cuando comenzó a correr, y me dije: “No, me la va a tirar a mi
izquierda; o sea, al revés, ¿no?” —se interrumpió para masticar la otra
corcholata, la escupió, displicente, y bebió para embotar el latido intenso de
su pulso, para nulificar esa losa negra que de nuevo le oprimía el pecho—.
—Pero
la atajaste, Mayolo. Eso es lo que cuenta —recalcó un medio creativo de
mejillas marcadas por la viruela—.
—Pues,
sí. Tuve suerte —aventuró Mayolo modestamente, esperando que el creativo
hilvanara frases que celebraran el nacimiento de su leyenda—.
—¡Cuál
suerte, mi Mayolo! —exclamó el defensa, y Mayolo lo maldijo en silencio por
haber impedido que el creativo cantara su epopeya—. Hoy estuviste en plan de
arquerazo, los mandaste en cero; lo que es hoy, no pasó ni el aire.
Las
últimas palabras fueron ahogadas por el motor de un camión carguero; sin
embargo, a Mayolo le quedó clara la alabanza. Tuvo que conformarse con eso,
porque enseguida su tropa solicitó sus dientes para destapar otra cerveza.
II
Mayolo se detuvo junto a un eucalipto torcido. Se hallaba a la mitad del camellón de la Avenida Martel. Su gloria se había consumido. Por más que intentaba equilibrarse, no lo conseguía. Insultó al árbol, al frío y a la oscuridad gelatinosa que no le permi...
Las Mariposas Cantan de Noche
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Una Tarde Sin Perros
El
niño tal vez tendría nueve años, y cualquiera que viera con detenimiento su
pantalón y su camiseta podía atribuirles varios años de uso. Se llamaba Jorge;
se había criado entre los lodazales y las casuchas construidas con láminas de
cartón y desechos de Tlayohua.
Hacía
dos meses que no se presentaba en la escuela, sin que nadie de su familia se
hubiera enterado, y los días que no acompañaba a su padre a recoger las cuotas
de la vigilancia para el Ayuntamiento, dedicaba todo su tiempo a traficar
cigarrillos, solventes y pegamentos tóxicos para los adictos de los
alrededores; y, además, en su tiempo libre, intercambiaba estampas de
futbolistas con niños de calles circunvecinas. Toda esa actividad comercial lo
mismo le había permitido convivir con personajes patibularios que conocer
perfectamente los escondrijos y los límites de la localidad.
En
sus enfrentamientos diarios con los viciosos, en lo hondo de las zanjas y los
baldíos, el alma de Jorge se había endurecido. Más de una vez lo habían robado;
en esas ocasiones, llegaba a su casa con el cuerpo molido y la nariz
destrozada; sin embargo, algo había aprendido. Era paciente y buen observador
y, como buen animal que conocía a sus presas, sabía esperar su oportunidad para
asestar golpes contundentes.
Aprendió
a clasificar a la perfección los estados eufóricos y depresivos de los
drogadictos, y, en más de una ocasión, se desquitó de alguna golpiza,
robándoles la sustancia o llevando hasta la profundidad de la zanja a
compañeros mayores para que, en lo que él crecía, les dieran a sus enemigos un
escarmiento.
Sin
embargo, tenía una debilidad: Jorge odiaba y temía a los perros que pululaban
en las calles de Tlayohua. Como quiera que fuera, estaba acostumbrado a los
desaires de las señoras mal encaradas que les arrojaban un par de monedas a él
y a su padre durante su recorrido para recolectar las cuotas de la vigilancia.
Casi todas las personas que aparecían en las puertas los miraban con odio e
impaciencia, y actuaban de tal manera que parecía que, en lugar de estar
cubriendo una obligación, estuvieran atendiendo las peticiones de un par de
limosneros. Las actitudes de rechazo de la gente eran tolerables para Jorge;
sin embargo, no podía sufrir las persecuciones de los perros, y era lo que más
detestaba los días que acompañaba a su padre en su recorrido puerta por puerta
para recaudar las cuotas de la vigilancia.
La
historia del temor y odio de Jorge a los perros había tenido su origen un año
antes. Las condiciones precarias de la familia y el alcoholismo de su padre
jamás le habían permitido al chiquillo tener un juguete que no fueran muñecos
de plástico, un papalote raquítico o canicas despostilladas; y, una noche de
marzo, cuando contaba con nueve años, había tenido la osadía de recoger un
cachorro que gañía melancólicamente en los alrededores de la fosa séptica del
lote que ocupaba junto con sus padres.
El
perro era negro y tenía el pelo apelmazado. Cuando lo vio, se le figuró un
juguete vivo, más hermoso y lucidor que los que ostentaban los niños de las
colonias por donde vagaba. Jorge se le acercó con más devoción que admirado, y
el animalillo le lamió la mano. Al instante se hicieron amigos. Como para
conjurar el destino del animal y dotarlo de una rudeza indispensable que le
asegurara la sobrevivencia en un mundo hostil, Jorge lo llamó simplemente
Fiera, y en la caja de cartón donde lo mantuvo durante las noches, pintó con un
crayón una F estilizada.
En
los ratos en que no traficaba, Jorge le enseñó al cachorro a hacer suertes con
las que pensaba obtener algunas monedas en el mercado. El primer mes lo
alimentó con sopa y tortillas, pero luego discurrió que, para que creciera
fuerte y lo acompañara en sus correrías, tendría que darle carne, leche y
huevos, alimentos que ni él mismo comía.
En
los establos los trataron peor que a limosneros, y en cuanto los veían, los
echaban a patadas. Un domingo, en un descuido de Jorge, de una patada el
carnicero le había tirado un diente a Fiera, y desde entonces, cuando Jorge lo
llamaba para alimentarlo, el animalillo se le quedaba mirando con sus ojos
turbios, cubiertos por un eterno velo de melancolía, y hasta olvidó
repentinamente las suertes que ya tenía ensayadas.
Ajenos
a cualquier cosa que no fueran sus propias preocupaciones, los padres de Jorge
quizá ni se enteraron de que su hijo tenía una mascota y que, por las mañanas,
salía en dirección de los gallineros vecinos, de donde robaba huevos para
alimentar a su cachorro.
Astuto
como animal de presa, el chiquillo vigiló las costumbres de los dueños de las
gallinas y, cuando los veía salir a llevar a los hijos a la escuela, caía
velozmente sobre los nidos y escapaba a toda prisa con un par de huevos en los
bolsillos, siempre perseguido por un barullo de plumas y un cacaraqueo
enloquecido, que dejaba de escuchar al dar vuelta en la alambrada que habían
colocado los vecinos para que las vacas sueltas no se comieran los árboles
frutales de los huertecillos personales que cultivaban.
Enfurecidos por los continuos saqueos de sus gallineros, un sujeto de apellido Guerrero y Pedro el radiotécnico se organizaron para montar una guardia discreta en horas establecidas en los alrededores de los nidos. Sin embargo, su celo se diluyó en cuanto descubrieron el placer incomparable de mirar a las mujeres de cara lavada y vestidos ajustados, que salían rum...
Las Mariposas Cantan de Noche
Así
que Ricky volvió una tarde de nubes negras y un viento que sacudía las láminas
de cartón de las casuchas. Se había marchado siguiendo un impulso vago, que
para él sólo significaba la necesidad de moverse sin importar a dónde, y volvía
quizá demasiado pronto o muy tarde; lo mismo daba, las circunstancias se
encargarían de demostrárselo. Lo que le quedaba claro es que la misma sensación
que lo había obligado a marcharse lo había forzado a volver a sus terrenos.
Ricky
ni siquiera le dio oportunidad a la gente que lo conocía de extrañarlo lo
suficiente, como para que, con los meses y los años, le comenzaran a atribuir
virtudes y capacidades imposibles, que sólo pueden pertenecer a los muertos.
Ricky les negó a sus contemporáneos la ocasión de reconstruirlo a su gusto, y
por eso sería odiado, cuando años después los habitantes de Tlayohua recordaran
esa tarde que lo vieron en la entrada de la calle. Ricky los dejó sin ganas de
preguntarse o de saber si, de verdad, era posible que el que veían en esa calle
polvosa fuera él.
Detenido
ahí, en la esquina, su figura resultaba inconfundible. Le bastó pararse sobre
la acera despostillada de la calle Relicario para sentirse de nuevo en lo que
consideraba su territorio.
Estaba
limpio, como la gente lo recordaba. Sin embargo, llevaba su pantalón de
mezclilla costroso y una chamarra, también de mezclilla, negra, con la cara de
un ángel estampado en la espalda. Respiró, con satisfacción, una bocanada de
sol y polvo, y se pasó la mano por una mejilla. No era muy alto y parecía tener
en el rostro más años que los veintisiete que cargaba.
Caminó
con aplomo hasta la mitad de la calle y empujó una puertecilla de madera. Un
perro le salió al paso. Displicente, Ricky le tiró una patada. Dentro de la
habitación, su madre tenía la mirada clavada en una tela con flores. Medio
ciega, la mujer todavía cosía manteles a mano. En cuanto lo vio, torció la
boca.
—Desgraciado.
Dejaste a la muchacha así, nada más; la botaste como una cosa. ¡Dijiste que te
harías responsable! —exclamó la mujer—.
—Esas
son cosas de ella y mías, Má —respondió Ricky, y dejó vagar su mirada por el
cuartucho—.
Lo
encontró idéntico, salvo por unas cortinas con garzas rosadas que no estaban
cuando él entraba por ahí. Enseguida se acercó a la estufa.
—¿Son
cosas tuyas?, pero la dejaste aquí con nosotros. Ni siquiera tuviste el valor
de entregarla en su casa.
—Liria
sabe bien el camino de ida y de regreso, Má. Deje ya de fastidiarme. Por una
maldita vez. Carajo, Má —replicó—.
—Su
hermano te matará. Sin que venga a cuento, lo dice en La Blanquita. Se lo
platica a todos con los que se junta. Se lo contaron a tu padre. Debes irte
—replicó la mujer, retorciéndose las manos, y comenzó a llorar sin
aspavientos—.
—Sí,
cómo no. ¡Qué me va a hacer ése, Má! —dijo Ricky, con aire distraído,
paseándose frente a las cacerolas sentadas en la estufa—.
—Vete,
lárgate. Termina de una buena vez.
—Estese
tranquila, Má. ¿Quiere ver que no me hace nada? Quisiera que, de veras, me
buscara para darle una buena… ¿Tiene algo de comer? —dijo Ricky, escarbando
dentro de una olla requemada—.
La
mujer hizo un gesto de incredulidad; luego le indicó con la cabeza una sartén
sobre la mesa. Con la mano, Ricky se apoderó de dos bocados y, de pronto, en la
esquina de un espejo, vio el reflejo de algo parecido a un muchacho trepado
sobre un caballo imponente. Ricky no se inmutó; se conocía bastante. Era la
primera imagen que le salía al encuentro para destantearlo y llevarlo por
terrenos desconocidos.
Antes
había visto buitres del doble de una persona, brujas que cabían en un foco y
demonios de tamaño humano, sin cuernos, pero que, al hablarle, le
descarapelaban los conductos auditivos. A esa nueva figura nunca la había
visto: sus rasgos le parecieron como más amigables, una cara amarilla, un primo
lejano.
Todavía
estaba intentando asimilar el gesto de la cara del jinete que había visto y la
postura solemne del caballo en el espejo, cuando, dentro de la pieza, apareció
una joven exuberante. Era su hermana. Llevaba poca ropa, los ojos brillantes y
los colores subidos en la cara.
—Cerdo,
eres peor que un perro —gritó, y se abalanzó para golpearlo—.
Intentó
jalarlo por los cabellos, pero Ricky dio un paso de lado y le sujetó las manos.
De un aventón, se deshizo de ella con facilidad.
—Te
robaste todo, me dejaste sin nada —exclamó la muchacha desde el suelo,
contenida apenas por la madre—.
—No
todo era tuyo —respondió Ricky, con desgano—. Los relojes los conseguimos entre
los dos, ¿quién te ponía a los tipos? Yo también llevaba mi parte, ¿no? Te
pagaré lo que haga falta.
—Tu
padre te matará; no quiere verte en la casa —balbuceó su madre, con el rostro
escurrido por las lágrimas—.
La
cara de Ricky se iluminó con una sonrisa; se le hicieron unos hoyuelos en las
mejillas y mostró sus dientes parejos.
—No
se crea todo lo que dice mi padre, Má. ¡Me va a matar! Nada más falta que yo me
deje —dijo, y alcanzó una cadenilla que estaba a un lado del televisor, y se la
echó en la bolsa del pantalón—.
La
muchacha le gritó que soltara el dije con la cadena e intentó pelear por ella.
Su madre la contuvo con las dos manos. Ricky hurgó dentro de su chamarra y
extrajo un atado de billetes; separó unos pocos y les arrojó el resto a las
mujeres.
—Ahí
tienes. A ver si así dejas de ladrar cuando regrese —dijo—.
Se
volvió a mirar por un segundo la esquina del espejo y salió a las nubes negras
y al viento que soplaba entre las calles. Ricky se movía con seguridad, mirando
aquí y allá en los umbrales, retardando la vista en los baldíos y encajándola,
con regocijo, en las mujeres que distinguía entre las casuchas.
Las
personas con las que se cruzaba lo miraban con respeto: nunca les había hecho
nada, pero sabían de lo que era capaz. Conocían su histori...
In Memoriam
Al
regresar de clases, Beto salía en busca de Óscar para ir, en su compañía, a
explorar charcas o a curiosear en las obras del alcantarillado de Tlayohua,
detenidas en calles aledañas a la suya. Más tarde, juntos iban a la puerta de
Fabiola para relatarle, en detalle, sus descubrimientos.
Un
jueves de abril, Beto entró a la habitación de su casa y vio la figura
desgastada, encorvada, de su madre sobre la máquina de coser. Le gustaba
fantasear que el ruido del pedal de la máquina era el traqueteo de una
locomotora. Alguna noche, Beto se había dormido con la angustia de que, a la
mañana siguiente, al despertar, se encontraría con que, de verdad, la casa se
había desplazado durante su sueño, y entonces sufría, porque no volvería a
mirar nunca más a Óscar y a Fabiola.
Ese
día, Beto dejó su atado de libros maltrechos sobre la cama y retrocedió,
intentando pasar desapercibido.
—Mamá,
Beto ya se va —escuchó decir a uno de sus hermanos, sobre el estrépito de la
máquina—.
Su
madre no respondió, estaba ausente; sólo veía sus pespuntes, la línea punteada
de su costura, semejante a un monorriel interminable que la llevaba —Dios
sabía— a qué parajes.
Beto
salió, se detuvo en los límites de la casa de Óscar y lo llamó a gritos. Le
extrañó que fuera Ticha quien acudiera a su llamado. Ticha era apenas unos años
mayor que Beto; le sonrió.
—Óscar
no está, Beto.
Con
Ticha, Beto no se cohibía como con Fabiola; con ella podía hablar sin
tartamudeos.
—¿Sabes
a dónde fue?
—No;
salió hace rato.
—¿Estará
viendo la televisión en la casa de Miguel?
—No
sé. Nada más se salió. Si lo ves, dile que mi mamá no tarda en llegar. Que se
apure. Y no se vayan a ir a meter a los tubos del drenaje, porque dice mi tía
que están llenos de vagos. Le dices, ¿eh?
Beto
miró a su alrededor. Óscar se había esfumado. Por los baldíos de Tlayohua, vio
a lo lejos palas mecánicas y campamentos de obreros. Unos perros se gruñían en
su lote. Los vio rodar, golpearse los lomos contra el cubículo de madera de la
fosa séptica. Les arrojó, sin muchas ganas, un par de piedras.
En
el fondo de la calle, unos niños corrían detrás de una pelota. Óscar no se
encontraba entre ellos, y Beto no quería ir a explorar solo los campamentos ni
se atrevía a llamar, por su cuenta, a Fabiola. Le temía al padre de Fabiola
—que, en realidad, no era su padre—, un sujeto que, cuando la madre de Fabiola
tenía guardia en hospitales, una o dos veces al mes, de alguna manera siempre
se las arreglaba para llegar antes que la mujer a la casa y le prohibía a
Fabiola salir y recibir visitas.
Los
registros del vertedero común sobrepasaban la altura del terreno y parecían
montículos redondos en el centro de la calle de terracería. Beto se sentó en la
coladera más cercana a la puerta de Fabiola. A Beto le gustaba aspirar el aroma
pestilente que despedía la cañería. Se avergonzaba de su debilidad; sin
embargo, no podía evitar disfrutar ese olor agrio, tibio, encerrado, secreto.
Comenzó
a arrojar trozos de madera en el sumidero y a mirar cómo caían, para poder
husmear en los orificios sin despertar sospechas. Era un gusto algo retorcido y
tal vez hasta antinatural —bien lo sabía— que nunca reconocería delante de
Óscar y Fabiola. Oler el tufo de porquerías que corrían ahí abajo lo hacía
experimentar sensaciones oscuras, prohibidas, placenteras.
Aspiró un par de bocanadas y, turb....
Las Mariposas Cantan de Noche
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Página de Autor
Juan
Norberto Lerma
Escritor
Nací
en el Distrito Federal, y la vida me enseñó muy pronto que la que me
correspondía estaba en otra parte.
Mi
infancia se desarrolló entre tolvaneras memorables y guerras de lodo. Crecí
entre el descampado y, para mi fortuna, mi libertad nunca fue absoluta.
Fui
a la escuela como casi todos. La sufrí como muchos, y la abandoné sin
sentimiento de culpa, como tantos. Posteriormente, regresé, pero ni ella ni yo
fuimos nunca más los mismos.
La
escuela primaria eran tres salones rodeados de fango, con micas verdes en lugar
de vidrios. El patio comenzaba en el umbral del salón y terminaba en las
increíbles faldas de las cadenas de montes negros que contemplé, a lo lejos,
durante años.
Acepté
con indiferencia los sucesivos años de instrucción escolar y, a su debido
tiempo, los libros vinieron a mí. Me hallaron desconcertado, lastimado,
envuelto en batallas desiguales. Hubo páginas consoladoras y, las más,
reveladoras. Desde entonces, la vida nunca ha sido más la misma.
He
colaborado en distintas publicaciones periodísticas y culturales, como
Exilio.mx, e-consulta, Conexión Norte Sur, Diario 24 Horas, etcétera. Colaboro
con reseñas literarias en un programa que transmite Radio BUAP, 96.9 FM.
Gané
el primer lugar de cuento en un concurso convocado por la Universidad Nacional
Autónoma de México.
El
Departamento de Actividades Culturales de la Facultad de Estudios Superiores
Zaragoza editó una plaquette con algunos textos de mi autoría, y la presentaron
en la Feria del Libro del Palacio de Minería.
Estudié
Creación Literaria en la FES Zaragoza, Ciudad de México, y asistí a cursos de
literatura en distintas instituciones.
En
2024, Ediciones Ibarrola publicó mi libro de cuentos Las Mariposas Cantan
de Noche, que ahora publico de forma independiente. Actualmente, tengo
tres libros más de cuentos; uno de ellos se llama Muerte en Estado
Natural.
De
forma independiente, he publicado los libros de cuentos La Bestia entre
los Días y Perro Amor.
También
publiqué de forma independiente tres libros de poesía: Delirium, El
Imperio del Polvo y Cristo Pastor, Madre de Hierro.
Para
vivir, elegí la literatura, y para sobrevivir, el periodismo. La literatura es
una actitud ante la vida; el periodismo, sólo una forma de subsistencia.
Las Mariposas Cantan de Noche
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