Juan Norberto Lerma, Cuentos
El día más largo
El día más largo
Las primeras gotas cayeron al mediodía. Los habitantes de Palula estaban habituados a ellas, las escucharon caer sobre sus techos metálicos y continuaron moliendo piedras y lamiendo cristales anaranjados. En el centro de la tarde había un sol blanco cubierto por velos innumerables. Tras de un monte con formas de doncella, trece nubes albergaban una sola parte de la ira del mundo.
Comenzó a llover. Los habitantes de Palula cerraron puertas y ventanas, dispuestos a esperar mejores tiempos para fabricar las vestimentas de La gran Fiera. Llovió esa tarde y continuó lloviendo la noche entera. Llovió durante quince mil seiscientos cuarenta días. La gente se recogió en sus casas; unos optaron por cultivar flores de barro durante el día y a mirar arrobados crecer los huesos de sus descendientes; otros, procurando vencer su indolencia, continuaron hilando lava y de cuando en cuando husmeaban los sueños de los vecinos.
Cuando la lluvia finalmente se detuvo, había un sol lavado a la mitad del cielo. Las nubes se habían ido y dentro de las casas aún se escuchaba el molino de la piedra y el lengüeteo a los cristales.
La gente comenzó a salir. Las calles ya no existían, quienes se encontraban se veían como perfectos desconocidos. Sin embargo, en Palula había un ambiente festivo; a lo lejos, La gran Fiera gruñía.
Los niños chapaleaban entre las raíces de árboles pelados y los viejos descansaban la mirada en La Doncella.........
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Texto incluido en la plaquette "La Bestia entre los Días", de Juan Norberto Lerma
Estampa y cazadores
(Dibujo de la “Escena de caza” en la Cueva de los caballos de La Valltorta. http://www.pinturayartistas.com/estilo-pictorico-africano)
Juan Norberto Lerma
La media docena de cazadores estaba hambrienta. Habían perdido el rastro de un caballo con garras al bordear una ladera, y no les hubiera parecido extraordinario que desde cualquier recoveco les arrojara bocanadas de fuego.
De pronto, en la cima de una colina vieron al ciervo azul, pero estaba prohibido matarlo. Era un animal hermoso y enorme, medía más de dos metros de altura y tenía la envergadura de una canoa para siete hombres. El ciervo azul los miró con altanería, mientras ellos admiraban arrobados su testuz dorada.
Con susurros, tres de los cazadores opinaron que había que escapar cuanto antes, pero dos más hambrientos los sometieron asegurando que era preciso sobrevivir y dominar su miedo. El otro miró a los dos grupos, y acaso más inteligente, escapó a toda prisa. Los dos más decididos, sorprendieron a los temerosos y los aniquilaron con sus lanzas. Entonces, obediente a la naturaleza que los hombres le habían conferido, el animal actuó en consecuencia: los embistió y los destrozó en un par de segundos.
El ciervo azul se fue trotando por las praderas más hermoso que nunca, con las pezuñas estriadas de sangre y ondeando al sol su penacho de fuego.
El universo recién estaba formado, comenzaba a ser coherente; sólo hacían falta ........
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Este texto forma parte del libro "La Bestia entre los Días", de Juan Norberto Lerma
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Este texto forma parte del libro "La Bestia entre los Días", de Juan Norberto Lerma
El fuego
(Imagen tomada de la página: http://www.bibliofiloenmascarado.com)
Juan Norberto Lerma
“He cruzado por siglos y siglos a través de llanuras y estoy cansado” —murmuró la criatura—. “He luchado con monstruos y he dado muerte a mis hermanos como a fieras. Ha sido inevitable y estoy solo”. Dejó caer su cuerpo amorfo sobre el lecho de la pradera.
Molesto acaso por las ámpulas y las piernas llagadas, permaneció atento, tratando de identificar los humores que los vientos coléricos le revelaban. Rememoró arrobado el relámpago atrapado en la piedra y le pidió que lo protegiera. Después de friccionar la roca entre sus extremidades y obtener una chispa, pudo lamer al fin su cuerpo ulcerado.
Intrigados, bestias y enemigos vinieron a observarlo. Les mostró los dientes y gruñó e hizo movimientos de cortar el aire con las garras. Atemorizados, los curiosos huyeron de su rabia. Pero sólo lo suficiente para acecharlo.
Esa noche pudo dormir sin interrupción.......
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Este texto forma parte del libro "La Bestia entre los Días", de Juan Norberto Lerma
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Este texto forma parte del libro "La Bestia entre los Días", de Juan Norberto Lerma
Juan Norberto Lerma
(http://html.rincondelvago.com/la niña enferma_edvard-munch.html)
Al terminar la cena, el día también había concluido; no obstante, el señor Ramírez se sentía lúcido. La somnolencia que le producían la taza de té y su ración de carne asada aún no lograba enturbiarle del todo el entendimiento; sin embargo, la necedad de su vigilia no lo inquietó en lo absoluto. Besó a su mujer por enésima vez, tal como lo venía haciendo desde hacía tres décadas y a pasos cortos se alejó del comedor por el pasillo.
En el noveno año de la última década, antes de abandonarse del todo al sueño, el señor Ramírez había adquirido la costumbre de contemplar el muro junto al que se encontraba su cama. Se entretenía descubriendo figuras en las grietas naturales de la pared, antes de ser vencido por la placidez del entresueño.
Era un juego elemental, como identificar rostros o contornos de animales en las nubes. Sólo que allá, en el fondo celeste, todo era de una fugacidad exasperante. En cambio, en el muro, las imágenes permanecían nítidas y animadas más tiempo; además, no necesitaba hacer ningún esfuerzo mental para construirlas, bastaba mirar en él y aguardar algunos minutos.
Luego de enjuagar sus dientes, adelantó a su mujer en el camino hacía la cama y se recostó a mirar las grietas, disfrutaba la porosidad de la mezcla entre las grecas del tabique. Sin prisa, apareció una virgen perseguida por un fauno; en el extremo inferior de la derecha, una mendiga sin dentadura, sonreía. La imagen lo turbó, pero continuó inmóvil, porque si hacía un movimiento el fauno desaparecía tras un pastizal.
Pese a la tenacidad del señor Ramírez por mantener aislada la visión, ésta se difuminó cuando la virgen parecía rendida; la mendiga se transformó en un sinnúmero de rostros infantiles que reían. Después, todo se tornó nebuloso.
Justo cuando entraba su mujer a la recámara, el señor Ramírez descubrió sobre el fondo blanco de la pared, la silueta de un hombre sobre su lecho. Era un hombre viejo, tendido boca arriba y su cara parecía crispada. El señor Ramírez pensó en la desesperación de El grito de Munch y bostezó sin dejar de mirar la pared. En el margen lateral izquierdo una mujer de cabellos canos parecía buscar acomodo junto al hombre que se debatía en el muro, pero sin explicación alguna de pronto se había quedado para siempre inmóvil. El señor Ramírez tuvo un sobresalto y quiso despertar del todo.
Escuchó el crujir acompasado de un colchón y el rumor de un cuerpo amoldándose a su lado..................
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Este texto forma parte del libro "La Bestia entre los Días", de Juan Norberto Lerma




