Perro Amor / Juan Norberto Lerma

 

 


  

 

 

 

Perro Amor

Juan Norberto Lerma

Perro Amor,

Juan Norberto Lerma ✍️

 📕 En ocasiones, el autor "estorba" a esa potencia o energía que desea contar historias y construir otras realidades. La escritura se transforma entonces en un milagro, en un acto de magia. #libros #Literatura  

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© Derechos Reservados de Autor

Juan Norberto Lerma

Registro Público del Derecho de Autor

 

 

Los Hombres de Agua 

Entre los hombres de agua era común anhelar la disolución o el descanso continuo. La inmovilidad los fascinaba, porque podían entonces tatuarse la piel con el reflejo de aves o flores y, los más diestros, con alguna cara de la luna y un rastro vago de constelaciones. Desde luego, eran seres escurridizos, y no es un adjetivo gratuito, sino un intento de ejemplificar de algún modo su condición más íntima.

Vagaron durante centurias en las zonas del occidente, que fueron las que, al principio, mejor convinieron a su naturaleza. En el norte de Europa y en el mediodía africano, generaciones enteras de estos seres fracasaron una y otra vez, debido a las condiciones atmosféricas y a las corrientes inestables y accidentadas; así que, siguiendo la dirección contraria al recorrido aparente del sol y guiados por algunas corrientes de agua dulce, sin ningún drama individual o colectivo, optaron por el oriente.

Se llamaron a sí mismos “hombres” porque fueron capaces de crear un lenguaje, estilizado a veces, adornado en ocasiones especiales con lotos y, en algunas hojas sueltas rescatadas de cementerios marinos, se documenta que los más hábiles lograron expresarse utilizando burbujas tornasoladas que contenían criaturas acuáticas deslumbrantes. Además, lo que pondría de manifiesto, por lo menos, sus valores espirituales, se dieron el lujo de tener dioses. Naturalmente, eran deidades de naturaleza semejante al agua, aunque no despreciaban a los seres fabulosos que por entonces deambulaban sobre la Tierra custodiando humanos. Había aldeas de agua dulce, salada, y también amarga y putrefacta, lo que determinaba en ellos el color de algo parecido a nuestros cabellos. Las características del agua para ellos no significaban nada. Eran rudos con los hombres de hierro y, a los de tierra, les declararon durante muchas épocas la guerra.

Creían que la lluvia era intermediaria entre la deidad y los ciudadanos; aseguraban, incluso, que les traía noticias de mundos vecinos. Amaban la volatilidad y la fluidez; sin embargo, la noción de eternidad les provocaba un estremecimiento, que en ellos equivalía a la risa. Lo único que deseaban era morir lo más pronto posible y dormir congelados en un equivalente mundano de nuestro Paraíso. Sin embargo, tenían un ciclo otorgado por la naturaleza y ni aun ellos podían quebrantarlo.

Los hombres de agua se enemistaron con los primeros pobladores de la Tierra, debido a que los humanos se aficionaron a robarles a las mujeres de agua. A los humanos les fascinaban las formas esplendorosas de las mujeres de agua y, sobre todo, la facultad que tenían para disolverse y regenerarse durante el transcurso del acto amoroso. Las hembras de esa especie se disgregaban en gotas temblorosas multicolores y dejaban un rastro de plata y, en ocasiones felices, en un vapor que se condensaba en las frondas para caer de nuevo sobre el lecho. Para recuperarse de una de aquellas batallas amorosas, un hombre sano debía dormir ininterrumpidamente bajo tierra durante tres días. Era imposible volver a reunir las partículas puras de la mujer de agua; si regresaba, siempre era otro rostro, otras maneras de susurrar sus olas, distintas humedades, una gama interminable de caricias y de formas originales. Los testimonios dicen que la experiencia amorosa con ellas era única, literal y figurativamente.

Algunas leyendas de pueblos antiguos, los Tork de Akuelang y los Fatm del norte de Ubsi, afirman que los hombres de agua poseyeron a mujeres humanas. Unos dicen que sólo las miraban, y aventuran que esos individuos líquidos gustaban de resbalar por la piel de ellas, pero los más doctos llevan el asunto más allá de la leyenda y presentan testimonios orales de mujeres que indicaron que la posesión de esos seres era dulce y que del ayuntamiento no había producto alguno. Desde luego, a las propagadoras de ese infundio, los hombres las sacrificaron sin miramiento alguno, con una técnica llamada “muerte por agua”.

Cuando los humanos comenzaron a utilizar el fuego, los hombres de agua perdieron la guerra y tuvieron que marcharse a otras latitudes. Sin resentimiento alguno, se fueron deslizando en hilos líquidos hacia lugares templados o fríos. Al término de la Primera Guerra Mundial, un barco que vagaba a la deriva en las orillas de Groenlandia reportó una “estela espumosa que se desplazaba por sí misma en sentido contrario a la corriente natural”. Vista con detenimiento, descubrieron que era una especie de cardumen, integrado por “una especie de seres a veces azules, pero casi siempre blancos o incoloros”.

Ya en tierra, y con la lengua aceitada ----

 Perro Amor,

Juan Norberto Lerma ✍️

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Insomnio con Bala

 

Rómulo Esperanza estaba mirando de nuevo el túnel negro que los muchos días sin dormir le provocaban, cuando a lo lejos escuchó un disparo. Se había trepado a una escalera para alcanzar la cara de la figura de yeso de un San Martín, y ni aun con el estremecimiento que le provocó el ruido dejó de agitar el trapo húmedo para cumplir con su cometido.

El estampido de la bala fue dando tumbos por las paredes coloridas del poblado El Manzano, y el entendimiento de Rómulo Esperanza hizo lo posible por no quedarse muy atrás del zumbido del tiro que disparó un parroquiano en la cantina Los Iluminados. El bicho al que iba dirigida la bala había dado dos vueltas sobre una cerca de piedra negra y, sin exclamar ningún quejido, cayó del otro lado sobre unas botellas. Una docena de pájaros que bebían agua en los charcos se refugiaron en los álamos vecinos, y los niños que acababan de salir de la escuela cayeron de espaldas en las escaleras.

Calle abajo, el estampido se redujo y sus astillas volaron por las callejuelas, pero la bala siguió su curso. En la plaza, sólo se escuchó el zumbido limpio, como de bala nueva, cuando pasó para reposar su carrera en los escondrijos del templo del Señor Santiago.

En cambio, Rómulo Esperanza había dejado de ver el túnel negro que lo perseguía en el instante en que recordó que había sido elegido para representar a un centurión en el drama de la Crucifixión que realizaba año con año la capilla. Hacía varios días que Rómulo Esperanza no dormía; sin embargo, mientras limpiaba los nichos de los santos en el templo del poblado, le pareció sentir un golpe de aire en uno de sus costados y escuchó, casi enseguida, el tintinear de un metal junto al Sagrario, al que él todavía no llegaba con su cubeta y su escalera. Por un instante, Rómulo Esperanza se dijo que quizá el Señor Santiago había escuchado al fin sus oraciones y había comenzado a llover dinero.

Escuchó el revuelo que ocurría allá afuera y, de unos cuantos pasos arenosos, llegó a la puerta. Todavía alcanzó a ver a la gente que se había escondido entre las bancas de la plazoleta y descubrió que, en los costados de las jardineras, estaban agazapados algunos jóvenes. Se sintió liviano y creyó que la voz ronca del balazo le había aguzado los sentidos y que, por lo mismo, notaba una tonalidad distinta en los colores de cuanto lo rodeaba.

Le pareció que las rejas de la ventana de Remedios Estrada estaban recién pintadas y que él, absorto en su insomnio, no se había dado cuenta. Le extrañó no verla a ella vigilando la entrada de la calle, sino a una niña pequeña que, de espaldas al muro, jugaba a atravesar la pared, y lo sorprendente es que lo conseguía.

Tal vez Rómulo Esperanza hubiera vivido durante muchos años de no haber dudado de lo que veía, o, por lo menos, ese instante se le hubiera figurado tan grande como otra vida. Sin embargo, Rómulo parpadeó repetidas veces para creer lo que estaba viendo y, en ese instante, dejó de sentir el suelo; el túnel negro se había instalado en su costado. Una brisa amable lo llevó a mirar de cerca, por última vez, los lugares que había amado, y a descubrir una calle amarilla que nunca antes había visto, y, más tarde, lo depositó con suavidad frente al muro por donde la niña se había escapado.

 

Dioses en la Tierra 

Cansado el género humano de producir horrores, organizó jornadas de oración mundiales, en las que se acogía a las virtudes de sus diversos dioses y les rogaba con voz quebrada su redención.

Su aplicación y fervor fueron premiados. Vinieron sobre la Tierra ángeles de los cielos más remotos a predicar verdades eternas, pero se enamoraron de las mujeres terrícolas y se las robaron. Los hombres, coléricos, los expulsaron. Entonces, llegaron mujeres angelicales consagradas al servicio de los dioses más severos y, los hombres, al paso del tiempo, las corrompieron, utilizándolas para sus exclusivos placeres. Las mujeres las repudiaron y las angélicas tuvieron que marcharse.

Los dioses encaminaron profetas a la Tierra y los hombres los lapidaron; enviaron mensajes envueltos en el disfraz de la naturaleza, y la humanidad no les hizo el menor caso; mandaron plagas y enfermedades desconocidas, y los hombres las combatieron, haciéndose cada vez más invulnerables, y más propensos a cometer mayores iniquidades.

Cansados los dioses de la inhumanidad de la humanidad, decidieron parlamentar con los hombres sin ningún intermediario. En medio de un despliegue de fenómenos naturales exacerbados, descendieron unos y emergieron otros, presentándose a los ojos de los hombres.

Espantados primero, asombrados después, los hombres recibieron con jolgorio a sus dioses, y, en unas cuantas horas, se hallaban con el ánimo dispuesto para, en cualquier descuido de las divinidades, estudiarlos, seccionarlos y clasificarlos según sus orígenes y su jerarquía celestial. En este primer contacto, naturalmente, los hombres temían su destrucción; sin embargo, coligieron que un creador no desecha nunca su obra del todo, sino que la modifica, procurando embellecerla y salvar la parte noble que hay en ella. Así que se convencieron de que ni aun ellos, los eternos, podían sustraerse al orden que habían preestablecido, por lo que tenían que desechar esas funestas ideas y asumir sus errores y desvaríos divinos. Una prueba positiva irrefutable de lo que pensaban era que los dioses los habían confrontado.

Con todo, los hombres dispensaron un trato distinguido a los dioses. Organizaron conferencias magistrales, concentraciones incalculables de gente, enlaces mundiales y, en cada acto, un dios exponía su sabiduría, que, a decir verdad, en el fondo era una paráfrasis de un conocimiento enunciado por hombres antiguos. Todo el discurso se podía reducir en pocos términos a lo siguiente: “Deja en paz a tus dioses; véncete a ti mismo”.

Los dioses se aficionaron demasiado pronto a la fama terrenal, rivalizaban entre sí y competían por dar el mejor ángulo ante las cámaras; gozaban dando entrevistas exclusivas y otorgando autógrafos incunables, y hasta se dejaban ver en playas paradisiacas en compañía de diosas portentosas y un grupo nutrido de incondicionales. Aun cuando ya nada humanamente comprensible tenían que exponer, los dioses telefoneaban a las televisoras y a los diarios y daban a entender que harían revelaciones extraordinarias y portentosas, pero todo terminaba en glosas y protagonismos.

Cuando no cancelaban las reuniones en el último momento, llegaban tarde. Protagonizaron hechos de nota roja memorables, filmaron películas innombrables y, en un lapso relativamente pequeño, se corrompieron de tal forma que unos se volvieron astros o volcanes; otros, convertidos en estatuas de sal por un hado inextricable, fueron arrojados en bateas para ser devorados por rumiantes; y los más terminaron enloquecidos, acompañando en sus correrías a los hombres y errando en infiernos personales, en los que finalmente fueron consumidos.

Luego de que los dioses desaparecieron de la faz de la Tierra, los hombres recapitularon. Irreverentemente pensaron que todo cuanto los dioses habían realizado era un espectáculo de éxito probado en teatros y circos terrenales, con la ventaja, eso sí, de que sus trucos eran incontrovertibles, y, con respecto a sus palabras, discurrieron que no significaban más de lo que podían decir un filósofo o un escritor mediocres.

Con tristeza, pero no sin satisfacción, las criaturas vieron lo similares que eran ellos y sus artesanos, y dedujeron que, más allá de la autoridad de los dioses, debía existir una especie de energía que integrara todo cuanto existe.

Entonces, los hombres actuaron como dioses sabios y finitos por un periodo breve e inventaron máquinas terribles con las que pretendieron entrar en contacto con lo que llamaron “La Esencia de los Seres y las Cosas”. De toda esta locura devinieron catástrofes, tragedias irremediables y muchos murieron presos de visiones espantosas.

Entre tanto, los dioses sobrevivientes al co....


 

 Perro Amor,

Juan Norberto Lerma ✍️

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Noticias de Wark

 

En Wark no existen las calles; lo que hay es un puñado de algo parecido a casas montadas de forma irregular entre los árboles. A sus habitantes, callados y metódicos, casi nunca se les ve en grandes concentraciones.

Lo inusual es que nunca tocan el suelo, dependen absolutamente de frondas generosas para su subsistencia. A veces hay incendios o estampidas de bucéfalos, pero ellos ni aun así bajan, puesto que sus piernas son más frágiles que las de los pájaros. Viven de hojas e insectos y su descendencia, desde los primeros meses, se acostumbra a masticar cortezas de ramas lechosas. No viajan muy lejos y, difícilmente, se les ve cerca de las ciudades.

Naturalmente, mueren, pero sus cuerpos no son enterrados. Realizan un ritual en el que predomina el estatismo y el intercambio de noticias por medio de ademanes. Ahí es cuando concretan bodas y conocen a los más pequeños. De noche, cuando están más conmovidos, cantan y dicen versos que hablan de su debilidad sobre la tierra.

Su voz de todos los días es parecida al crepitar de las hojas en otoño, pero, cuando reverencian a uno de sus muertos, expresan sonidos parecidos a los que hacen los ríos matutinos. La ceremonia termina cuando depositan al muerto en el interior de un árbol hueco. Ese árbol se vuelve sagrado y toma el nombre de la persona fallecida.

La combinación del muerto y el árbol produce gases que de noche se ven azules o morados. Los colores están en relación directa con la edad del fallecido. Es verdad que de noche el bosque inspira curiosidad y que los árboles secos producen miedo. La gente de los alrededores afirma que de ahí se exportan al mundo las dríades, las lamias y los trolls y que es entonces, en esas nuevas formas, cuando esos seres se permiten visitar las ciudades.

La persona que me contó el cuerpo de la información principal que describe a los habitantes de Wark juró que cuanto dijo ha sido corroborado en dos laboratorios universitarios, pero, desde luego, esto último no es seguro. Quienes han indagado el fenómeno se niegan a expresar, públicamente o en privado, cualquier acercamiento que tenga que ver con bosques encantados o figuras de humo.

 

Visiones de un Tirano 

En las tierras rojas de Kalula, un tirano gobernaba a los habitantes de Valle Cristal. Era tal su necesidad de ser obedecido, que daba órdenes a las bestias de la llanura, a las aves rojas del cielo amarillo y, una vez, le mandó al río hacer un camino de espuma para que bajaran a beber sus perros de fuego. Aun a costa de cientos de vidas, sus órdenes eran cabalmente cumplidas.

Una tarde, cuando estaba especialmente aburrido, vio bajar por el camino que bordeaba su castillo de columnas ingrávidas a una pareja de labradores. Le llamó la atención el pelo colorido de la muchacha: era como si se hubiera concentrado en sus rizos la pintura de la mañana o la algarabía de las aves que trinaban sin reposo en los bosques encantados de por ahí cerca; lo sedujeron sus formas suaves y su manera delicada de tomar el antebrazo de su acompañante, un joven de porte digno, algo esmirriado y de rasgos afilados, que se dejaba conducir pacíficamente por el terreno escarpado al arbitrio de la muchacha. De inmediato, el tirano mandó a un emisario a llamarlos. Al poco rato, la muchacha hermosa y un joven ciego estaban frente a él. Al contemplar la juventud y belleza de ambos, el ánimo del tirano se suavizó.

—Es mi deseo que pasen esta noche bajo mi techo —dijo—.

La muchacha miró al joven y descubrió que, en el fondo de sus ojos violetas, se acentuó una sombra.

—Siento contrariarlo, mi señor —respondió—. No es posible que pasemos la noche aquí, puesto que, al llegar la oscuridad, mi esposo se desvanece y predice el futuro, y estimo que con sus delirios y mis cuidados podría turbar vuestro sueño y el de tus siervos.

Al tirano le interesó el poder del ciego e inmediatamente pensó en la forma de arrebatárselo.

—¿Es verdad lo que dices? —preguntó el tirano, un tanto exaltado—.

—Tan cierto como que él sabía que precisamente hoy tú nos mandarías traer e intentarías a toda costa retenernos.

El tirano rio de buena gana y ordenó a su servidumbre que los condujera a uno de los aposentos.

—Sería bueno vigilarlos para comprobar la veracidad de sus palabras y, de ser ciertas, saber lo que a su majestad le deparará el destino en la guerra con los hombres del Señorío de las Cuevas —murmuró al oído del tirano uno de sus funcionarios—.

Varios sirvientes guiaron a la pareja a una habitación lujosa. Era tal la ambición del tirano, que no dudó en ir él mismo, en compañía de tres de sus ayudantes, a espiar a la pareja. El grupo se situó detrás de un cortinaje y, cuando vieron lo que ocurría en la habitación, se pusieron al acecho. Tal como lo había dicho la mujer, al caer las primeras sombras, el ciego se desvaneció y los objetos cercanos saltaron hechos añicos; enseguida, un muro se resquebrajó, dejando ver varios esqueletos humanos; el piso se fracturó y, de las aberturas, brotaron nubes de humo y polvo moradas y escarlatas.

En suma, se produjo tal confusión en la habitación que los ayudantes del tirano creyeron que estaban frente a un demonio, y, como no pudieron soportarlo, huyeron enseguida. Dentro, el ciego rugía y se agitaba; sus ojos parecían lanzar llamaradas de fuego negro y, sobre su fondo violeta, se dibujaban imágenes de mortandades pasadas y calamidades futuras. Sólo la mujer que acompañaba al joven poseído se mantenía impasible. En un rincón, contemplaba fervorosamente una Rueda de la Vida y murmuraba palabras de un canto dulce que rememoraba los tiempos de paz de unos campos rojizos vecinos. Los estremecimientos del ciego fueron disminuyendo paulatinamente. El tirano estaba paralizado. La mujer lo descubrió al terminar de caer un muro. Sentado en el piso, con las piernas cruzadas, el joven comenzó a hablar con una voz muy suave. Parecía mirar a lo lejos y sus palabras resonaban como en un abismo.

—El Grande sol quemó la casa de la lluvia y criaturas etéreas inundaron el alma de todas las cosas sobre la Tierra. El fuego caerá para toda la vida y no habrá quién para atestiguarlo. Sólo el animal feroz enfrentará la muerte; las gacelas se perderán en el bosque astillado y los astros callarán seis mil lunas. El que obedece morirá por órdenes inicuas. Destrabadas del sentido, las conciencias vagarán mil años, lloverá polen en el luto de los hombres y florecerá el infierno. Nadie se salvará de las palabras dichas por el dios del sol y las tinieblas. El soberbio mandará legiones contra legiones y no sobrevivirá la raza que se oculta en sí misma. Bajo tierra crecerá la lengua y reptará hasta la copa de árboles corrompidos; el espejo estallará en el lago y volverán centuplicadas las ansias y el deseo.

El ciego calló, exhaló largamente y, luego, pareció sumirse en un profundo sueño. Todas las frases del joven le resultaban ajenas al tirano, incluso más que la destrucción que reinaba en la habitación. Sin embargo, algo en su interior lo obligaba a intentar desentrañarlas.

—Te ordeno que me digas el significado de lo que acaba de pronunciar este hombre —dijo, dirigiéndose a la mujer, que ahora acomodaba unas piedras diminutas sobre la palma de su mano—.

—Verdad es, soberano, que me podría costar la vida revelar secretos que sólo son murmurados en oídos privilegiados; sin embargo, puesto que me ordenas que desentrañe las palabras de este humilde augur, tu siervo, no podré negarme —respondió la mujer, mirándolo fijamente y suspendiendo bruscamente su labor con las piedrecillas—. Incluso, si me mandaras revelarte la misión que nos fue encomendada, por la cual estamos en tu castillo, y que me está vedado por dioses mayores susurrar siquiera, me sería imposible no complacerte si ese fuera tu deseo.

—Habla, te lo ordeno —murmuró el tirano, en el colmo de la excitación—.

—Mujer, ten cuidado; nuestras vidas penden de tu lengua —murmuró el ciego, que parecía luchar para no perder la conciencia.

Un brillo feroz apareció en el fondo de los ojos turbios del tirano. Ya había olvidado los sucesos extraordinarios que acababa de presenciar momentos antes, y todo su ser era un bloque de ambición que ansiaba apoderarse de la facultad portentosa del ciego. La mujer se arrodilló, cogió una piedrecilla ágata y la colocó sobre su palma. De sus labios brotó un sonido tan dulce como el roce de las nubes de los parajes azules que habitan las mujeres cuyos ojos son del color del agua. El canto se prolongó varios minutos; el tirano estaba cautivado. De pronto, la mujer extendió su mano y le tendió la piedrecilla. El tirano la sintió hervir; sin embargo, no pudo soltarla, porque, con su contacto, experimentó un placer extremo que le recordó su estancia con las impúberes perversas del templo de Qublakoa.

—La guerra será ganada por el Señorío de las Cuevas; a cambio, no morirás y derribarás los muros salados del Señor Dorado —murmuró la mujer—.

Las piedrecillas se incendiaron conforme ella hablaba; instantes después, se apagaron y comenzaron a saltar agonizantes.

—Te nacerá un hijo que dará gloria a tu nombre —añadió la mujer y, de pronto, se detuvo—, sólo si...

El tirano se agitó; de la comisura de sus labios escurría espuma amarilla.

—¿Cuál es la misión que los dioses les han encomendado? —preguntó, con un aire soporífero en la mirada—. Habla. Te lo ordeno —añadió, al ver que la mujer miraba a su marido como pidiendo su aprobación—.

—Es una tradición entre los habitantes de más allá de Valle Cristal practicar las artes mágicas para ascender por las rebuscadas rutas de la divinidad, tanto como para hurgar en la lengua de los demonios que revelan los secretos que someten a los hombres —respondió la mujer—. En ocasiones, los demonios toman formas divinas y los dioses se divierten con las pasiones humanas. Una noche, mi esposo fue engañado por una de esas visiones. Le dio el don de conocer el futuro, pero no le concedió verlo con sus propios ojos. Así pues, este hombre que se halla ante tu magnífica presencia ha soñado que Yálox, El que todo lo sabe, le revelaba el secreto de su curación y la pérdida de su talento.

El ciego continuaba sentado, con las piernas cruzadas bajo su cuerpo; al escuchar las últimas palabras de su mujer, un violento estremecimiento lo sacudió e hizo que de sus cabellos brotaran pequeñas chispas blancas y amarillas. Al tirano ya nada lo sorprendía; quería llegar hasta el final.

—Continúa, te lo ordeno —dijo.

—La condición impuesta por Yálox, señor de todas las vidas —murmuró con humildad la mujer del ciego—, es encontrar a un hombre dispuesto a perder la parte esencial que lo caracterice. Puede ser una cualidad, un sentido, una virtud, un recuerdo o un miembro del organismo humano. Nadie lo sabe y, por eso, la gracia de dios es una aventura.

Una oleada de calor incendió las entrañas del tirano; si le era dado conocer el futuro, podría subyugar y dar órdenes a naciones enteras. Extendió la mano hacia el ciego y la apoyó paternalmente sobre su hombro.

—Así sea —dijo, arrastrando las palabras—. Es mi voluntad poseer visiones de los días venideros.

Los ojos de la mujer brillaron durante un par de segundos. En el contorno del augur apareció un halo sanguinolento; enderezó su torso y sus labios se entreabrieron. La mujer extrajo de entre sus pechos una bolsa de ante que contenía un juego de cristales multicolores. Los agitó entre sus manos y pronunció una letanía monótona. Escogió uno en el que se veían vetas como las nervaduras que se les atribuyen a los endemoniados y se lo ....

 

 

Ronda con Lobo 

Los animales de La Purísima amanecían destrozados. Les comían las entrañas luego de derribarlos de un tajo sorpresivo en la yugular. Las guardias nocturnas que acampaban en las afueras del pueblo no resolvían la matanza ni contenían la furia y el hambre de la bestia que asolaba el ganado de los ranchos del lugar.

Muchos de los hombres que asistían a las rondas iban como a una fiesta, cantaban al calor del fuego y disipaban sus penas entre tragos; otros, desde su salida al despoblado, daban rienda suelta a sus nostalgias y a su fantasía. No había ningún misterio en las muertes del ganado; hasta el más desprevenido tenía la certeza de que el asesino era un lobo.

Entre el grupo de paisanos se distinguía Ataúlfo Villegas, quien se ufanaba de acertar con su carabina a un zopilote que volara a más de trescientos cincuenta metros de altura, y repetía a voces que, con su arma en el hombro, era capaz de enfrentar lo mismo a brujas que a demonios.

Una noche de junio, sin tener nada en mente, Ataúlfo Villegas se alejó del puesto de vigilancia y canturreó alrededor de los corrales. El viento arremolinaba nubes turbias sobre su cabeza y, en un claro, se detuvo a contemplar su sombra brava, que parecía adelantarlo en el terreno que pisaba.

Toda su vida, Ataúlfo había convivido con los animales del rancho; comprendía con mayor claridad el respingo de una vaca que el mensaje contenido en el pestañeo de una mujer dispuesta a aceptar sus propuestas de amores. De pronto, escuchó los pasos pesados de las bestias que se movieron como si estuvieran olfateando un tufo de peligro proveniente de los matorrales.

Un lobo lo estaba mirando desde unas matas amarillas y parecía leer en su interior su miedo. Era un perrazo gris de la altura de un becerro. Estar en sintonía con las reses tenía su desventaja. Lo supo al retroceder, estremecido de miedo. Ataúlfo quiso gritar, pero sus labios crispados sólo emitieron algo similar a unos mugidos.

Escuchó el roce de unas patas felpudas entre la espesura y alcanzó a ver cuando, de pronto, le brincó el bicho con las fauces abiertas, directo sobre su cuello. Simultáneamente, el estampido de un disparo de su carabina lo hizo caer de espaldas sobre unas matas oscuras.

Con el alboroto, los animales saltaron las trancas y escaparon por el campo abierto, alertando a los demás hombres, que corrieron para ayudar a su compañero. Es probable que Ataúlfo no supiera que en el pueblo se decía que los lobos repudian la carne de los hombres, porque la sustancia del miedo la contamina y la vuelve amarga para su paladar refinado. El rumor de pasos y el estampido de más tiros le llegaron desde muy lejos, pero Ataúlfo continuó sintiendo el roce de un hocico peludo contra su vientre frío y se quedó muy quieto, añorando la tibieza de unas ubres contra sus mejillas.

Ya sin el lobo husmeando por los alrededores, el resto de la comitiva que había participado en los rondines tuvo tiempo de sobra para sorprenderse de que la fiera hubiera saltado limpiamente el cadáver de Ataúlfo Villegas, y que hubiera preferido irse detrás de las ancas deslucidas de un par de yeguas.

 

 

Drag El Conquistador 

A la entrada de Ciudad Mina Roja hay una estatua que, en todo, se asemeja a un héroe antiguo, real o ficticio. Luce una túnica helada color bronce y blande una espada acerada capaz de partir de un tajo a un ser humano. En lugar de rostro, tiene un hueco por el que, según la inclinación del que contempla, lo mismo se puede mirar el templo de las Vírgenes del Agua, que se llama así en memoria de un puñado de muchachas que, en el año 43 después de Cristo, simularon que aceptaban mezclarse con el enemigo y destruyeron una represa para salvar a su pueblo; o bien se puede ver el techo jaspeado de un mercado venido a menos, que sobrevivió a la época de Las Cruzadas y sufrió las bombas de la Segunda Guerra Mundial; y, un poco más a la derecha, se observa una de las trece torres del palacio imperial, desde donde reinaron treinta y dos emperadores.

Anteriormente, los lugareños llamaban a la figura sólo “Drag El Conquistador Vencido”; sin embargo, ahora se le conoce como “Drag El de los Mil Rostros”. A primera vista, el nombre de la efigie parece una incongruencia, pero la nueva manera de designarla cobra sentido cuando se sabe que, como la estatua está colocada en una zona que ofrece una vista privilegiada de la ciudad, los visitantes acostumbran a trepar por los escalones que hay detrás de la figura para colocar sus caras en el óvalo vacío y tomarse fotografías. Los rostros de los visitantes embonan a la perfección en el modelo del héroe o conquistador ahí representado. Desde su altura, los paseantes pueden contemplar la ciudad tal y como la vio Drag cuando la atacó en tres ocasiones, durante nueve meses, y pereció en el intento de doblegarla. Cuando uno se entera de la enemistad de Drag y Ciudad Mina Roja, cobra sentido la disposición de la estatua, y entiende los motivos por los cuales la figura tiene un hueco sobre los hombros, en lugar de la cara del héroe.

La idea de los pobladores de Ciudad Mina Roja de colocar ahí la estatua no es casual. Lo que quieren decir al extranjero es que cualquiera de ellos que intente asolar su ciudad correrá la misma suerte que Drag. Luego de resistir satisfactoriamente los asedios del conquistador (mataron a todos los espías incrustados en su propia ciudad; a continuación, hicieron un riguroso inventario de armas y hombres decididos y se lanzaron al ataque), los habitantes de Ciudad Mina Roja aniquilaron al héroe con una carga nocturna que lo hizo retroceder un par de kilómetros, junto a los Lagos Menores. Ahí fue capturado y pasado a cuchillo sin miramiento alguno.

Posteriormente, los antiguos guerreros que vencieron a Drag El Conquistador fabricaron la estatua con el armamento que le arrebataron a los invasores. Milagrosamente, la espada sobrevive al paso del tiempo y les recuerda el poder de su adversario. Actuando de tal forma, los habitantes de Ciudad Mina Roja consiguieron tres cosas: primero, impedir que la posteridad conociera y quizá admirara los rasgos de su rival; segundo, tenerlo a mano para vigilarlo estrechamente; y, tercero, acaso sea la más importante: convencerse de que Drag estaba muerto y que no los atacaría de nuevo.

 

El Mar Cautivo 

Una tarde de julio, especialmente calurosa, Rodrigo Quintero llegó a Berma, en las tierras nuevas de La Esmeralda. Tomaría un tren a El Manzano para hacerse atender el mal que lo aquejaba desde hacía más de tres años. Aún era joven y fuerte, pero, si su dolencia se empeñaba, no llegaría a los treinta y cinco años. El centro de la ciudad era un hervidero; en las calles atestadas se respiraba un aire caliginoso y, en las aceras, los turistas retardaban el paso como si fueran andando sobre un piso de mermelada.

En la estación de Berma, un oficial revisó con rigor su equipaje. La maleta raquítica de Rodrigo Quintero no contenía más que dos camisas a las que les faltaban algunos botones, una trusa holgada, y un par de calcetines desgastados. Más debajo, se encontraban algunas litografías, varios tubos de pintura y un juego de pinceles perfectamente acomodados. Nueve en total, y un lienzo viejo de algodón rancio, pero siempre listo para ser utilizado. Casi con inquietud, el oficial retiró las manos con prontitud de los artículos que había en la maleta y se le quedó mirando a la cara sin disimulo. Rodrigo alzó los hombros y miró en dirección a la entrada. En la cartera llevaba varios papeles maltratados y un par de credenciales sin fotografías, y el militar hizo una mueca de resignación al descubrir en el fondo tan sólo tres billetes de baja denominación, corrientes y arrugados.

Rodrigo permaneció impávido cuando el hombre le pasó las manos por el pecho, la cintura y las piernas. Minutos después, el oficial le permitió el paso. Balanceando la maleta en la mano, Rodrigo caminó calmosamente por el pasillo. Con parsimonia, pensó que su carga más detestable estaba dentro de sí, en una especie de esquina de su alma; sabía que se había enquistado en su cerebro y que le roía el corazón quinientas veces al día. A las tres con treinta, Rodrigo abordó un trenecillo en el que se adormiló por espacio de dos horas.

Al descender en El Manzano, anduvo al acaso por la estación, mirando los diarios, los cartelones turísticos, los rostros de los recién llegados. Diez minutos más tarde, pareció decidirse y se encaminó a la salida. Bajo un árbol descolorido, hurgó en la bolsa de su camisa. Leyó una dirección y unas instrucciones en un papelillo ajado y enfiló su andar por un callejón que subía. Veinticinco minutos después, entró en un barrio lleno de sol, vagos mendicantes, mujeres carnosas y niños desdentados.

Rodrigo estaba ahí para una cura por olvido. Por casualidad había escuchado la referencia en una cantina hacía apenas dos años. El hombre del que escuchó el dato fue parco, lo dijo sin que nadie se lo preguntara y como si hablara desde una región helada. En tres trazos dibujó un tratamiento eficaz para los dolores que producen los recuerdos amargos. Fue como un latigazo de luz para los pesares de Rodrigo, porque el hombre que lo contó, minutos después, olvidó hasta el lugar en el que se encontraba y, cuando los que lo rodeaban lo interrogaron, respondió, durante un buen rato, con palabras enrevesadas, que no sabía a lo que se referían. Aunque los que estaban cerca del sujeto entendieron sus palabras, por alguna razón que no comprendían, no les quedó duda de que hablaba en una lengua desconocida.

Al doblar por la calle General Arsenio Balladares, Rodrigo se encontró de pronto con la fachada que el hombre aquel había descrito desde su lucidez o desde una charca de olvido. Era cierto, el establecimiento existía. Dos años y muchas vísceras podridas le habían costado decidirse, pero, al fin, la cura estaba al alcance de sus manos. Estaba a la mitad de esa calle populosa, colindaba con una tienda de vestidos de novia y una peluquería. Al frente del local había una puerta diminuta, por la que apenas podía entrar un hombre de complexión mediana. En el frente decolorado, colgaba un letrero que ofertaba los servicios que Rodrigo requería.

Lo recibió un hombrecillo calvo, de gafas y con un gabán muy grande. Era hablantín y zalamero; le dirigió varias sonrisas y, enseguida, tasó el valor de sus servicios. Rodrigo asintió en silencio. El hombrecillo le tendió entonces un frasco transparente que se perdía entre sus manos. Rodrigo torció la boca y quiso esbozar una sonrisa, pero el hombrecillo lo apuró con los ojos. Le pidió sus datos generales, los anotó en un cuadernillo, y le indicó un pasillo que conducía a una habitación marcada con el número siete.

En el trayecto hacia la pieza no se cruzaron con nadie; el corredor era lóbrego y estaba vacío. Para animarlo, el sujeto le contó que por ese local habían pasado desde parias hasta hombres con futuro. Rodrigo se alzó de hombros y caminó con cuidado para no tropezar con los pies del pequeño. En el umbral carcomido de una habitación, el hombrecillo le exigió la paga y le advirtió que no se volverían a ver nunca y que, cuando todo hubiera concluido, un empleado lo conduciría hasta la salida. Sin decir nada más, se despidieron.

Una vez a solas, Rodrigo fue hasta el fondo de la habitación y abrió la ventana. A lo lejos vio el destello de un mar anaranjado y, en el fondo, unas montañas azules. Respiró hondo y se quedó mirando desdeñosamente el vaivén de varios barcos anclados en la bahía.

Rodrigo se tomó las gotas del olvido. Al instante sintió que un torbellino de imágenes le nublaba el entendimiento y, para aliviar el malestar, se tendió bocabajo sobre la cama. Con las escenas de toda su vida dándole vueltas en la cabeza, sintió un ahogo que lo sacudió varias veces, como a un pez fuera del agua, y, tres minutos después, de alguna manera percibió que el torbellino aminoraba su fuerza y que se convertía en una especie de cascada.

Dos horas después, Rodrigo Quintero sintió que una especie de hueco se había abierto detrás de sus ojos y que algo, tan sutil como una mariposa, planeaba aquí y allá dentro de su cabeza y que no conseguía fijar su atención en nada. Le llevó un poco de tiempo descubrir que el hueco que sentía en su mente se llenaba con las cosas inmediatas, al alcance de su mano, y que mirar los objetos que lo rodeaban le aliviaba el desconcierto.

Los sucesos remotos y recientes guardados en su memoria aún iban y venían en su mente, justo como los barcos que había visto antes por la ventana. Unos partían con las velas desplegadas, otros eran tan viejos que simplemente se hundían, pero el mar sobre el que flotaban no se iba; esas aguas permanecían cautivas en la bahía.

Cuando los recuerdos dulces y amargos de su vida se hubieron borrado de su mente, dio con un espejo y se estuvo contemplando por espacio de una hora. No sabía quién era, pero algo en su interior que no se había borrado ni se borraría del todo le decía que él era Rodrigo Quintero. Le llamó la atención la mueca que le obligaba a fruncir los labios y mostrar su dentadura. Luego de ensayar varias veces, comprendió que, al sonreír, el aspecto de su rostro se volvía tolerable. Sobre el lavabo, se humedeció los ojos y le pareció maravillosa la textura del agua y de la toalla. Permaneció mirando el espejo y le llevó más de una hora comprender que, para el sujeto que estaba ahí dentro, en el reflejo, los objetos eran reales y que, para él, que estaba enfrente, los objetos también lo eran, pero afuera.

Revisó la habitación y le bastó echar un vistazo para sentirla como si fuera suya. A tientas encontró su maleta y, sin mucho esfuerzo, la abrió. No los recordaba, pero encontró rápidamente los pinceles, sus tubos de colores y los documentos de su cartera. Se sentó a mitad de la habitación y, lentamente, comenzó a hacer trazos en el aire, como si pretendiera rellenar los huecos que danzaban dentro de la amplitud vacía de su memoria. Dibujó lo que veía por la ventana, la ventana y un par de barcos quejumbrosos, y dos o tres recuerdos anidados en el filo de un abatimiento que no cedía del todo.

Al poco rato olvidó el mar y las montañas y cuanto había visto frente al espejo, pero en su mente se clavaron las flores azules de la colcha y los rombos del papel de las paredes.

Había estado pintando lo que le faltaba a su mundo, pero todo se desvanecía. El hueco era cada vez mayor en su mente, y sus pinceladas, esporádicas y sin talento alguno. Sin embargo, persistió y se contentó con matizar algunas zonas áridas de la nueva existencia que para él comenzaba.

El menjurje funcionaba; ya había anochecido cuando tocaron a su puerta. Era el empleado que lo llevaría a la salida. Lo encontró con el lienzo desplegado en uno de los muros. En la parte superior, sin saberlo, Rodrigo había pintado dos escenas fundamentales en su vida: un destello con cara de mujer serpenteando entre unos árboles quemados y, en el fondo, la puertecilla entreabierta de una choza construida con pan. En la otra imagen aparecía un búho moribundo cubierto por la escarcha y media docena de alimañas que esperaban pacientemente para mordisquearle las entrañas. En la parte de abajo había trazos de figuras humanas fantasmales; nadie hubiera sido capaz de identificar un rostro; sin embargo, en los ojos de las figuras residía la perplejidad y la desidia. El hombre esbozó una sonrisa torcida y le tocó el hombro.

Bajo una luz macilenta, la sombra de Rodrigo Quintero se alargaba como una hebra de aceite mientras descendía a tientas por el callejón lleno de fango. Estaba en la parte alta de la ciudad, pero no la veía; se concentró en el ladrido de los perros y en el golpeteo rítmico de sus pisadas. Había olvidado al hombrecillo, su lienzo, junto con los pinceles, y, por momentos, hasta su nombre, pero el dolor que lo estremecía permanecía anidado en un doblez podrido de su conciencia. La cara le ardía y no lograba controlar el temblor de sus manos.

Una luciérnaga cruzó frente a sus ojos y Rodrigo Q....

 

 

Un Día de Furia 

 

La turba estaba a punto de alcanzarlo, y en su arma sólo quedaban dos balas. En el puente de las Amazonas, Carlo Bon se volvió a mirar a sus perseguidores de frente y disparó una vez más hacia el grupo enardecido. No se detuvo a comprobar si alguno de sus perseguidores caía herido; por el contrario, saltó una cerca y, doblando hacia la izquierda, continuó corriendo hasta la callejuela de los comercios. El estampido sólo había retardado a la muchedumbre; al ver a Carlo apuntándoles con el arma, hombres y mujeres se abrieron como un abanico multicolor en el que predominaba un matiz oscuro. Milagrosamente, la bala continuó su curso sin herir a ninguno; al final perdió fuerza y fue a caer junto a la banca de uno de los muchos parques desolados de Aurora Hill. Cuando el temor de ser heridos se fue diluyendo, el furor de los perseguidores se duplicó. Volvieron a agruparse y cruzaron el puente por donde se perdió su presa.

Sin sorpresa, Carlo Bon vio, en el fondo de la calle, un camión de carnes que obstruía el tránsito y su carrera. Al instante, comprendió que, con la sola fuerza de sus piernas, nunca lograría burlar a sus perseguidores. Se detuvo frente a la pescadería. El mostrador estaba forrado con mosaico azul; al frente estaba una sirena estilizada de grandes pechos y escamas rosadas; en el fondo, un lecho de caracolas verdes invitaba al reposo. Con un veloz movimiento, Carlo Bon amagó al encargado y, enseguida, saltó detrás del mostrador. Golpeó al dependiente en la cabeza con el arma justo cuando la muchedumbre entraba por la bocacalle. El hombre se derrumbó y, sin apuro, Carlo Bon lo empujó con el pie debajo del mueble. Se despojó de su rompevientos azul marino y lo arrojó a un lado. A tientas, escondió su arma en la cintura, tomó un cuchillo y, pacíficamente, comenzó a limar las branquias de un pez frío. Decenas de hombres y mujeres pasaron corriendo por el frente del negocio.

Uno de ellos, un hombre maduro de bigote tupido, se detuvo para tomar aliento frente al puesto en el que estaba Carlo Bon.

—¿Viste por dónde se fue el hombre que perseguimos? —le soltó a boca de jarro y, sin esperar respuesta, agregó—: Es un asesino.

—Lo vi pasar —respondió Carlo Bon, ocultando apenas sus jadeos—. Llevaba un arma en la mano. Lo vi escurrirse, allá por las tiendas de los judíos.

Eso estaba detrás del camión enorme que ahora se movía lentamente, tal como lo habría hecho una bestia prehistórica en un pantano, esquivando cuidadosamente los autos estacionados. De pronto, el hombre se quedó mirando con desconfianza el pez, como si los ojos muertos del animal le parecieran demasiado fríos.

—Ha matado a tres allá atrás —dijo el sujeto, resoplando en varias ocasiones, y señaló con la cabeza un lugar lejano—. Es preciso detenerlo y darle un escarmiento.

Carlo Bon tuvo el impulso de responder que a lo mejor aquellos tres individuos merecían la muerte, pero el temblor de sus manos y la resequedad de su boca lo obligaron a guardar silencio. Más repuesto, aventuró cuidadosamente:

—Debe ser como usted dice. Ya lo creo que ese hombre merece una buena tunda. Si pudiera, los acompañaría. Sería todo un espectáculo verlo morir a palos.

El individuo tragó un par de bocanadas de aire, esbozó una sonrisa y movió la cabeza afirmativamente varias veces. Luego, como si lo pensara mejor, dijo:

—Aunque, en el fondo, a lo mejor no le faltaba razón —se detuvo para mirar las maniobras que hacían sus compañeros para esquivar el camión de carnes atravesado a la mitad de la calle—. Como quiera que sea, se trataba de su mujer y de uno de sus amigos. Lo malo fue que, en la huida, se le atravesó el portero de la cafetería —añadió el hombre, casi con el aliento recuperado—.

—Como dije, será un buen espectáculo cuando lo atrapen. ¿Quién iba a decirle al pobre infeliz que el mismo día que encuentra a su mujer con su amigo, por la tarde moriría apaleado?

El perseguidor asintió con la cabeza. Vio a Carlo Bon acodarse en el mostrador y se volvió para mirar cómo se alejaban los otros; pareció dudar y clavó sus ojos en los del pescado.

—Tiene razón —murmuró—, aunque, por otra parte, se trataba de tres seres humanos.

Carlo Bon se agitó, blandió el cuchillo y le asestó una puñalada feroz al pez frío.

—Ya verá cómo al final lo encuentran tendido en una esquina con una bala metida entre las costillas. Estos dramas siempre terminan así. No vale la pena tomarse la molestia de perseguir a esos sujetos; ellos mismos acaban consigo.

—En todo caso, sería lo mejor —dijo, animándose, el perseguidor—. Así nos evitaría la molestia de molerlo hasta cobrarle la muerte del portero.

Carlo Bon se encaró en silencio con aquel hombre. En sus ojos ensangrentados había una chispa de tristeza y desesperanza que el otro interpretó como falta de sueño.

—Se van —dijo de pronto el tipo, indicando a sus compañeros con un movimiento de cabeza—. Están sacudiendo a los judíos.

—Ya verá como ocurre lo que le dije —murmuró Carlo Bon sin ganas—.

El hombre sonrió complacido y avanzó dos pasos.

—Les están dando duro —gritó y comenzó a correr hacia el lugar en el que se había desatado una trifulca en la que caían hombres y mujeres, y volaban anafres y sillas—.

Carlo Bon no respondió; escuchaba los gritos de la turba y las protestas de los comerciantes, pero no se asomó siquiera. Comprendió que, aunque en ese momento le dijera a ese hombre que era a él a quien perseguían, no le creería. Echó una mirada bajo el mostrador y vio que el pescadero continuaba inconsciente.

Los gritos descompuestos de los judíos aumentaron y no le permitieron hundirse en sus pensamientos. La turba daba rienda suelta a su violencia y Carlo Bon sabía que todas esas personas no se marcharían de ahí hasta que aplicaran su justicia o hasta que, al final, su ira quedara completamente satisfecha, lo que sucediera primero, aunque la justicia y la ira no coincidieran.

Sin piedad, con el rostro crispado, apuñaló una y otra vez al pez frío y, entonces, de pronto, tuvo una inspiración que pensó que podría salvarle la vida. Al instante, se borraron de su mente las imágenes de su mujer muerta y de su amigo. Lentamente, se llevó la mano a la cintura y dejó caer su pistola cerca de las manos del comerciante desmadejado. El hombre comenzaba a despertarse y Carlo Bon lo volvió a golpear en la cabeza. Lo despojó con rapidez de la pechera embadurnada de sangre y se la colocó a toda prisa.

De alguna manera, Carlo Bon sintió que su temor disminuía enseguida, como si fuera posible que, con la pechera, hubiera adquirido no sólo una especie de disfraz, sino también un poco de la identidad del pescadero. Sin perder un segundo, Carlo Bon brincó el mostrador y cayó a la calle como para seguir huyendo. En cambio, se plantó frente al puesto, comenzó a dar gritos y a hacerle señas violentas a la muchedumbre. Instó a la gente a volver para entregarle en las manos al pescadero.

Allá abajo, el pescadero se había recuperado; a tientas encontró el arma y, en lo primero que pensó, fue en usarla en contra del tipo que lo había golpeado. A tumbos, fue a pararse frente a Carlo Bon, que aún tenía el cuchillo en la mano. Carlo Bon dividía su atención entre la multitud enfurecida y el pescadero. Como en una epifanía, creyó que su salvación estaba cerca y que podría rehacer su vida en otra parte, y morir viejo y aburrido, con otro nombre y pasivo, en cualquiera de las avenidas de Aurora Hill.

El pescadero apenas tuvo tiempo de levantar el arma y miró desconcertado a la gente que corría. La multitud se detuvo a unos cuantos metros de ellos.

—Son dos, el que tiene la pistola es el asesino —gritó un hombre armado con el tubo de una cañería—.

Carlo Bon comprendió que estaba salvado, pero, como un destello, cruzó por su mente la escena de su mujer y su amigo, y se le nublaron los ojos hasta que se le volvieron como los de un pez frío. Debió de haberse vuelto loco o un demonio lo debió de haber poseído, porque, cuando se le acercó el hombre con el que hacía dos minutos había conversado, le tiró una cuchillada y el sujeto se dobló sobre sí como una rama golpeada por un rayo. Cuando Carlo Bon le dio una segunda puñalada al sujeto, palpó el cuerpo fofo y gelatinoso del tipo con la palma de su mano, y sintió como si una corriente eléctrica de horror y ansiedad lo poseyera, y un segundo después permitió que el cuerpo herido y desmadejado se derrumbara. Entonces, Carlo Bon empuñó con fuerza el cuchillo de nuevo, sintió que al fin su angustia se había terminado y esperó a pie firme que la turba se le viniera encima.

Perro Amor,

Juan Norberto Lerma ✍️

 📕 En ocasiones, el autor "estorba" a esa potencia o energía que desea contar historias y construir otras realidades. La escritura se transforma entonces en un milagro, en un acto de magia. #libros #Literatura  

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Un Departamento Oscuro

 

El señor Bhog ocupaba el departamento siete del número quince de la Rue André Barsacq. No era de su propiedad; sin embargo, cualquiera que se diera una vuelta por ahí habría advertido que eran uno y la misma cosa. El departamento era viejo y, en consonancia, los días mejores del señor Bhog se habían esfumado en contemplaciones y soliloquios enfebrecidos. Por las paredes de las habitaciones subían manchas salitrosas que semejaban antiguos habitantes fosilizados y, para estar a tono, en las tardes lluviosas del barrio, bendecido por la presencia de la Basilique de l’Immaculée Conception, los pies del señor Bhog se cubrían de manchas de tonalidad verdosa y se negaban a dar un paso; los vidrios de las ventanas estaban rotos y los cerrojos, echados a perder; en cambio, al señor Bhog lo agitaban vientos interiores que helaban su alma y sus ventanas abiertas al mundo permitían, a quien así lo quisiera, mirar la oscuridad que lo habitaba.

El señor Bhog era obsesivo hasta la estupidez y, una vez que caía en ese estado, se volvía aún más obsesivo. Los ruidos del mercado callejero cercano penetraban por las ventanas maltrechas y se aposentaban en lo que, en otros tiempos, habían sido una sala y un recibidor, haciendo más patente su soledad. De cuando en cuando, tocaba a la puerta un predicador vagabundo con la intención de poner el universo de la salvación a sus pies e, invariablemente, el señor Bhog hacía gala de su tozudez lastimosa. El reino de Dios era algo incomprensible y lejano para él; prefería la seguridad de sus galletas y el pasador defendiendo la puerta. El predicador se marchaba asombrado de la terquedad del señor Bhog, que oponía citas mundanas a versículos que hubieran podido conmover a un turco y haber hecho brotar agua en el desierto. En aquellas ocasiones, al hombre de fe no le quedaba más que arrastrar con él la infelicidad que el hombrecillo aquel transmitía.

En sus últimos tiempos, el señor Bhog perdió la fuerza de uno de sus brazos, se le cayeron tres dientes, la lengua se le inflamó hasta casi asfixiarlo y dejó para siempre de bañarse; en consonancia, el departamento se cubrió de capas de grasa y polvo, uno de sus muros interiores se derrumbó y el techo tuvo para siempre filtraciones.

Por esa época, al señor Bhog le dio por espiar el agua pacífica y turbia de la caja del retrete. Tenía la sensación de que se derramaría si no estaba él ahí para empujar el flotador y detenerla. Cuando recibía algún visitante ocasional y le solicitaba utilizar el sanitario, el señor Bhog esperaba pacientemente a que se abriera la puertecilla desportillada del baño y, sin ningún pudor, corría inmediatamente a verificar que la palanca estuviera en el lugar correcto y que la válvula cumpliera con su cometido. Cada vez que el señor Bhog acudía al retrete, repetía el mismo procedimiento.

Una tarde que no esperaba nada, entró al baño y, luego de esforzarse mucho, le pareció ver que un hilillo fino de agua escurría por un costado de la taza. Lo más extraño era que el agua no formaba charcos, sino que parecía evaporarse antes de llegar al suelo, justamente como si manara exclusivamente para él. Comprobó, no obstante, que el flotador funcionaba a las mil maravillas. Entonces, el señor Bhog se atormentó por horas pensando en los reclamos que le haría el dueño, a sabiendas de que, comparado con el desorden general que imperaba en el departamento, la filtración era un trastorno intrascendente.

Le resultó imposible conciliar el sueño; cada vez que cerraba los ojos veía una y otra vez el flotador fuera de su lugar y le parecía que la válvula barbotaba burbujas verdosas que hacían “flop” y “plaf” en uno de los pasillos. Como si obedeciera un mandato irresistible, se levantó y fue a mirar de nuevo el depósito. El hilillo de agua se mantenía ahí, caracoleaba por un costado del retrete y se perdía junto a la pared. Cada vez que alargaba las manos para intentar frenar el flujo del agua, la luz de la calle que se colaba por las ventanas le daba a su piel un tono espectral. Desesperanzado, estuvo mirando largos minutos la sombra de un gato en el jardín y los caprichosos rastros del agua. De pronto, el señor Bhog advirtió que el hilillo se convertía en un chorro pujante, que, con naturalidad, buscaba la coladera, y sintió que algo en su interior se agitaba. Era como una corriente de tristeza que arrastraba en su camino todas las imágenes queridas de su vida v...

 

Cazadores 

Soy la bestia que vaga por la costra de la tierra. Soy el que se puso de pie y dio muerte a las fieras. Soy el indomable, el aliento que apresura el mundo. Soy el hombre, el de las garras y las llagas. Me lamo la piel, solitario y sin queja.

Acosado por el grupo de los míos, estoy sentado en la cima de un peñasco. Quizá no debí oponerme a que comieran la carne ni bebieran la sangre de los prisioneros primagitas; así no hubiera puesto en peligro mi vida, aunque, tarde o temprano, se habrían dado cuenta de que yo cambiaba torsos hermosos enemigos por vísceras de cerdo y carne de gacela.

De cualquier forma, pronto me darán alcance y, entonces, podré considerarme hombre muerto. Las ramas crujen en el sendero; las aves se disparan entre las desgarraduras del cielo. Todos los animales tienen miedo.

Ellos están por ahí, vadeando un río, escalando la ladera, acechando mi sueño. Entre los grupos que me persiguen estarán mi padre y mis hermanos. Pronto veré sus caras temibles y crueles. Para castigarme, me asesinarán y se hartarán con mi carne.

El viento me trae humores violentos que me hacen permanecer alerta y alteran mis sueños. Sólo una cosa me hace sentir orgulloso de mi raza y de mi pueblo: son cazadores feroces; somos implacables, mejores que las fieras.

 

 

Círculo de Sueño

 

Desde dentro del auto veían el interior de Báltica, la tienda que habían elegido para robar. Faltaría media hora para que el gerente ordenara cerrarla. Eran dos los individuos que vigilaban desde el auto. Lucas, el que se hallaba frente al volante, fumaba y tamborileaba con los dedos sobre el asiento; el otro, Manolo, tenía gotas de sudor en la nariz, cambiaba la música de la radio y pensaba como obseso que el asalto tendría un mal final.

Manolo no quería decirle nada a Lucas, pero la noche anterior había tenido un sueño extravagante. Había soñado una especie de laberinto. En el sueño, Manolo vagaba dentro de una casa oscura con infinidad de cuartos altos. Por supuesto, la habitación principal de esa casa era la suya y tenía que entrar para recuperar un reloj o algo parecido a una bombilla. Los pasillos parecían amigables, iluminados, con una maceta de geranios y poleo aquí y allá, pero eran los peores, porque, cada vez que recorría uno, lo llevaba al mismo lugar de donde había partido. En el sueño, le pareció normal que la salida de esa trampa o laberinto estuviera en la alcoba principal, la suya. Sin embargo, saber que precisamente ahí lo esperaban varios sujetos armados lo sobresaltó en el sueño e incluso ahora que lo recordaba. Una vez que resolvía cuál era el pasillo correcto, llegar a la alcoba no significaba ninguna complicación, porque en la puerta tenía estampada la cabeza de una serpiente que palpitaba. La verdadera dificultad estribaba en enfrentar a los individuos oscuros que se paseaban parsimoniosamente dentro de la habitación y lo aguardaban. Contra todos sus deseos, Manolo entró a la alcoba. En la lucha que siguió, sintió que, con un filo helado, un estampido le desgarraba uno de los costados. Entonces despertó, se tocó el cuerpo, respiró agitado y maldijo el reloj o la bombilla que buscaba en sueños.

Recién había recordado su sueño al estar frente a la tienda; la luz del mostrador brillaba como la de la alcoba de su sueño. Sólo le faltaba sentir el golpe de un puñal junto a su axila, y, al pensar en esto, abrió los ojos que tenía abiertos y quiso despertar de su pesadilla, pero estaba bien despierto y sudaba.

Sintió algo golpeándole las costillas suavemente y estuvo a punto de dar un salto, bajar al arroyo y gritar que sólo se trataba de un maldito sueño. Era Lucas, que le hacía indicaciones y le golpeaba con el codo.

—¿Qué maldita cosa tienes hoy? —preguntó Lucas—. ¿Estás nervioso o qué demonios?

—No —dijo Manolo, y se pasó el dorso de la mano por los labios resecos—.

—Faltan quince minutos. Tú le das al policía.

—Tú irás sobre el gerente, ¿no? —preguntó Manolo, como repasando lo acordado, pero en realidad lo que no quería hacer era detenerse a pensar en su sueño—.

Pensó que la luz tenía la culpa de todo. La luz que iluminaba la alcoba de su sueño era blanca, como la del negocio. Las letras del anuncio de la tienda eran de colores, y el negro del policía, el lila de las empleadas, la camisola café de los choferes sólo le recordaban las vestimentas de sus contrarios.

—Le das al policía —rugió Lucas de nuevo—.

Manolo se sobresaltó. Pese a todo, no quería que lo mataran ni tener que matar a nadie. No quería recordar que, en estos casos, había muertes, que la gente moría y que se desangraba por los costados, bajo la axila.

—Dijimos que sin tiros —replicó apenas—.

—Se ve muy vivo.

—¿Quién? ¿El policía? —balbuceó Manolo—. Con abrirle la cabeza será suficiente —añadió, para disimular el temblor de sus labios agrietados—.

De pronto, Lucas entrecerró los ojos y se mantuvo quieto.

—Ya cerraron —exclamó, sin prestar atención a lo que Manolo dijo—.

Cinco minutos más tarde, los empleados de Báltica salían por una puertecilla adyacente; eran siete mujeres y dos jóvenes que apenas pasaban de los veinte años. El policía continuaba dentro; se quedaría ahí hasta el día siguiente. En el auto, Lucas verificó, en lo posible, que su arma funcionara correctamente e instó a que Manolo lo imitara. Manolo fingió que obedecía; él sabía que no la utilizaría. Descendieron del automóvil; un último empleado se despedía en el umbral de la puertecilla que custodiaba el policía.

Se distribuyeron tal como lo tenían planeado, uno a cada lado, como si cruzaran ocasionalmente por la calle, volteando hacia otro lado que no fuera la puertecilla, pero sin anclar la vista en nada. El empleado se retiró, tintineando unas llaves. Manolo sujetó con fuerza su arma, esperó a que Lucas tocara en la caseta y dijera que era Rodrigo Mendoza, el empleado que le daba mantenimiento a los extractores. El policía abrió enseguida.

Era increíble lo fácil que estaba resultando todo y lo parecida que era la distribución interior del negocio al caserón de su sueño. Al frente estaba una caseta oscura; detrás se veía un corredor y, tal vez, unos baños. En la esquina había otro pasillo. Encañonando al policía, lo obligaron a tenderse en el piso. De pronto, Lucas se desprendió del grupo, interceptó en el pasillo al gerente y lo llevó a rastras hasta la oficina.

La pesadilla había terminado; en un segundo, Lucas tendría el dinero y, entonces, se largarían. Manolo no quería mirarle el rostro al policía por si se veía obligado a dispararle. No le gustaban las muecas de los agonizantes; si perdían la conciencia pronto, bueno, pero, si no, más tarde vería su rostro doliente en cada trago. Mejor así, que se quedara quieto, desarmado, con las manos extendidas, mientras él le sujetaba el cuello con su pie firmemente, como a un cerdo en el matadero.

Manolo escuchó ruidos allá dentro y se inquietó; apretó aún más el cuello del policía. Parecía que Lucas revolvía la oficina; se oyeron caer anaqueles, un vidrio que se rompía y, de pronto, Manolo vio que el negocio se iluminaba. Maldita luz, maldito imbécil. Por qué había tenido que prender la luz y recordarle su pesadilla. No sabía lo que estaba pasando allá adentro y, a cada instante, su dedo se crispaba en el gatillo. Obligó al policía a levantarse y lo condujo por muchos cuartos hasta dar con su compañero. El gerente estaba inconsciente sobre el piso y su sangre formaba un charquillo.

—Te dije que le dieras —le gritó Lucas a Manolo cuando lo vio llegar con el vigilante a rastras—.

El policía torció la boca, se hincó con los ojos desorbitados y se soltó llorando en medio de Lucas y Manolo.

—No va a hacer nada —dijo Manolo, admirado del resplandor de las lámparas y de que ahí dentro nadie lo hubiera estado esperando—.

Lucas terminó de guardar un fajo grueso de billetes en su chamarra y, con furia, acercó su rostro al del policía.

—¿Dónde guardan lo demás? —dijo—.

El policía negó con la cabeza. No sabía. En el instante en que Lucas encañonaba al policía y le descerrajaba un tiro ent....


Perro Amor,

Juan Norberto Lerma ✍️

 📕 En ocasiones, el autor "estorba" a esa potencia o energía que desea contar historias y construir otras realidades. La escritura se transforma entonces en un milagro, en un acto de magia. #libros #Literatura  

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Perro Amor

 

El perro era robusto, de mirada pacífica, blanco y capaz de matar a un hombre. Se llamaba Mongol. Se echaba indolentemente a la entrada de la casa los días de sol y sobre la estampa de cacería de un tapete cuando Marcela dejaba abierta la puerta de la recámara, y era sencillamente infeliz los domingos que Luis lo bañaba, aun cuando, más tarde, se le permitiera trepar y babear los sillones.

Marcela amaba al perro; era de Luis, pero lo mismo ella quería a Luis, a “su” perro y “su” Luis. Mongol le correspondía perrunamente; amaba la risa de muñeca bondadosa de Marcela, su manera de acicalarle el pelo y el olor misterioso que se desprendía de debajo de sus vestidos. Marcela lo atendía, le llenaba la bandeja con cabezas de pollo y lo dejaba morderle los chanclos y lamerle los dedos de los pies largamente durante los desayunos.

Sin embargo, Mongol obedecía en todo a Luis. Luis decía “sit” y el perro instantáneamente se sentaba; le decía “wait” y Mongol, por reflejo, aguzaba las orejas y tensaba los músculos del cuello. A veces, cuando estaban solos, para probar su educación de asesino, lograda a golpes y trozos crudos de carne de caballo en una granja de Los Álamos, Luis le ordenaba “watch”, y la mirada amarilla del perro penetraba los rincones y las hendiduras de la barda, cubierta por una buganvilia; su olfato se intensificaba y la brisa le acercaba la orilla del mar, el olor ofensivo del pez tigre y el aroma de una perra en celo, negra, allá por los lodazales de la bahía. Con todo ese conocimiento entrando por su nariz, el ser perruno de Mongol se enardecía, siempre a la espera de la orden culminante. Pero nunca llegaba la indicación final y, con un ligero temblor, el perro se relajaba cuando Luis, con un dejo voluntariosamente satisfecho en la voz, abría la boca para murmurar “free”.

En el historial de sangre de Mongol se contaba el ataque a dos marineros, la muerte de decenas de pollos, el asalto feroz a un jabalí del tamaño de un ternero y haberle hecho frente a un depredador majestuoso en el Valle de Los Álamos. Durante un par de semanas había perseguido un puma que mataba las ovejas de las granjas vecinas. Al principio lo había guiado George, un ex policía que llevaba soldada a su mano una escopeta Browning portuguesa. Era el vigilante que los granjeros habían contratado para cazar o ahuyentar a la fiera. George solicitó el mejor perro rastreador e, inmediatamente, lo llevaron a unas jaulas en las que mantenían, en perfectas condiciones, a varios animales.

Le ofrecieron un par de pastores, pero George no se decidía; criticaba su fisonomía y su corta alzada. Estaba a punto de elegir a un perrazo pardo de orejas aguzadas, cuando pasó por el frente de la jaula de un labrador que parecía dormir boca arriba. Estaba extendido sobre el piso, con los genitales expuestos y la cabeza vencida. George estaba a punto de soltar una carcajada cuando el perro olfateó un aroma desconocido y, en una fracción de segundo, se desperezó y le hizo frente, enseñándole los colmillos.

El hombre dio un salto hacia atrás y soltó su escopeta. Mongol sacó una de sus patas por los barrotes y, sin perder de vista a los hombres, intentó jalar el arma hasta la entrada de su jaula. Una orden en voz alta lo mantuvo quieto. Enfadado, George recogió su arma y pidió como compañero de su aventura precisamente a ese perro. Desde que lo bajó de la camioneta y lo vio saltar entre las matas, como demonio al acecho, George comprendió que pocas cosas tendría que enseñarle al perro. Ambos habían simpatizado y, de ahí en adelante, Mongol condujo, a su modo, la tarea de localizar al puma. Pasaron tres noches en blanco; George fumaba pacientemente un cigarro tras otro y seguía en silencio el paso que le marcaba el perro. La cuarta noche, al fin, encontraron la pista de aquel fantasma elusivo.

El puma era grande, pálido y sanguinario. Mongol lo espió a contraviento y, en poco tiempo, había memorizado sus movimientos. Concluyó que era como un gato, con los mismos hábitos y rutinas, sólo que de mayor envergadura, y mortal como una sobredosis de veneno. Sin embargo, no se engañaba. El gato era frágil por naturaleza y el puma, pesado y elástico; el gato era ligero y el puma, carnicero.

Pero Mongol era perro, pariente de lobos, feroz como hiena y astuto como zorro. Cuando estaba inspirado, sus pensamientos se parecían a los de un hombre. Así que lo estuvo acechando poco más de una semana; pacientemente, esperó a que matara una última oveja y que tuviera la barriga llena. Era una noche desangelada; el gato salvaje bajó al arroyo a beber agua en un riachuelo que cantaba entre una docena de árboles desgreñados. Los rumores nocturnos aminoraron conforme el puma avanzaba. El majestuoso felino se detuvo para ventear a izquierda y derecha antes de arrimarse con seguridad a la orilla plateada. Lentamente, sus patas se hundieron en la arena blanda y, cuando se relamía los bigotes, saboreando un largo trago, Mongol apareció detrás de un matorral, con su cabeza esculpida en mármol de tan inmóvil.

Midió al bicho durante un par de segundos y, antes de que George pudiera hacer algo, el perro saltó entre las matas oscuras, corrió los treinta metros que lo separaban del gato y cayó ferozmente sobre su espina dorsal arqueada. Azorado, el puma se revolvió para repeler el ataque, pero se encontró con las mandíbulas poderosas de Mongol atenazándole el cuello y el hombre armado que, a gritos, llamaba al perro. Dos zarpazos dieron en los costados de Mongol, pero no soltó a su presa hasta escuchar los primeros disparos. El puma estaba moribundo, gruñendo desde el agua, y apenas podía creer que un perro lo hubiera derrotado. Un último disparo de George mandó al bicho al fondo del arroyo y, haciendo un alarde de energía, Mongol tuvo la entereza de jalarlo con sus fauces hasta la orilla.

Mongol supo, desde entonces, que pertenecía a una especie única y temeraria. Sus ojos nostálgicos decían que todas las épocas para ellos habían sido solitarias, plagadas de persecuciones legendarias y frustraciones cotidianas. Casi sabía que su especie no había avanzado nada en el tiempo y que, si en algo se diferenciaba de sus antepasados, era en la suavidad de su pelaje, porque los dientes lo mismo se le pudrirían y las pulgas lo perseguirían hasta el fin de las eras. En sus momentos felices, Mongol no cambiaba su perrunidad por la postura en dos piernas de los hombres que había conocido. Con algo de dolor, George le había entregado a Mongol a un marinero a cambio de una escopeta recortada y treinta cajas de balas. Por motivos que Mongol desconocía, el marinero lo había dejado en una jaula de un veterinario, donde lo descubrió Luis y se lo llevó para que cuidara su propiedad y a Marcela.

Desde que Luis y Marcela no le tiraban la pelota y el aro, sus días de perro se habían vuelto tediosos, monótonos, y, en su madurez de perro, no los maldecía. Mongol ya no correteaba al atardecer gatos; había exterminado casi a todos los de las casas vecinas y se había ganado a pulso el respeto de los sobrevivientes; en cambio, se había aficionado a los pájaros. Las aves lo inquietaban al punto de hacerlo saltar feliz por los aires para intentar atrapar entre sus fauces a las palomas. Por las noches, se paseaba a su antojo por los patios, vigilaba la reja de la entrada, les ladraba a las partidas de marineros borrachos y escarbaba en la tierra del jardín, guiado por su olfato, en busca de alimañas y bichos nocturnos. En ocasiones, no pegaba el ojo en toda la noche, permanecía cuidando las sombras cambiantes de los dos truenos sembrados en el frente de la casa; amanecía con la mirada roja y tenía que recurrir a toda su perrunidad para reunir fuerzas y mover el rabo cuando Luis, oloroso a lavanda, cruzaba el patio con su portafolios en la mano.

La casa permanecía silenciosa durante las mañanas y el perro podía recuperar el sueño antes de que el sol cayera a plomo en el patio, adonde se movía, como entresueños, al despedir a Luis casi de madrugada. Marcela lo buscaba en la perrera, entre los helechos y el auto viejo. Mongol entreabría los ojos y veía a la muchacha como en una enorme secuencia de fotografías iridiscentes. Sacudía varias veces su enorme cabeza y recuperaba la visión del diario; bostezaba, gañía para indicarle a Marcela que se hallaba a la sombra del lavadero. Marcela se acercaba a él, murmuraba su nombre y le ofrecía la piel de su pie descalzo para que la lamiera. Pasaban la tarde juntos, Marcela haciendo llamadas telefónicas y hojeando revistas de moda, y Mongol, tendido a sus pies, como una alfombra de pelos viva.

Una noche se rompió la paz nocturna de la casa; Mongol escuchó voces alteradas dentro de las habitaciones y un alboroto de cosas que se rompían. Al principio, el perro se inquietó y ladró un poco, pero reconoció el tono firme de la voz de Marcela y se tranquilizó enseguida. Dormitó durante tres minutos, ignorando el silbato insistente de un buque retrasado y los ruidos incesantes que provenían de las habitaciones. El azotar de una puerta lo alertó por completo; Marcela salía. Luis salió detrás de Marcela; en la penumbra, los dos hablaban en susurros.

Mongol percibía la violencia en sus palabras y actitudes. Vio a Luis jalar a Marcela por un brazo y, por un segundo, erizó el pelaje de su lomo. Sin embargo, no llegó a gruñir, pues Marcela se sacudió la garra de Luis con un movimiento brusco. Viéndolo bien, todo parecía un juego, como los que había aprendido hacía años en la granja de Los Álamos. Mongol no perdía detalle del bailoteo de las dos siluetas. Si se trataba de un juego, terminarían por llamarlo y, si no lo era, haría un hoyo donde pudiera evadir las visiones de perros fantasmales que, en los amaneceres, lo asaltaban. Ahora, Marcela y Luis gritaban. Quizá, si Marcela se callaba, pronto podría soñar que cazaba en matas prehistóricas y que enterraba sus colmillos temibles en pieles delicadas.

Luis había vuelto a las habitaciones; Marcela no gritaba más. El perro comenzó a cavar; el desorden parecía haber concluido por esa noche. Las capas interiores de la tierra estaban llenas de bichos; Mongol, con sus zarpas, los ahuyentaba y su espíritu de perro empezaba a turbarse con la emoción de la caza. De pronto, Luis regresó; recomenzaron las voces alteradas de Luis y de Marcela. Los vio de nuevo frente a frente en el patio, levantó las orejas y movió el rabo.

Envuelta en un abrigo, Marcela caminó hasta la reja de la entrada. Luis la siguió, dando voces, y se detuvo junto a ella. Sólo Luis hablaba; Marcela lloraba, movía de un lado a otro la cabeza y sus ojos destellaban como pozas encendidas. Mongol se acercó a Luis, se restregó contra sus piernas y fue a olfatear a Marcela. Ya tendría tiempo Mongol de terminar su agujero; contento, aspiraba el aroma de coneja que emanaba de los muslos de Marcela. Le ofreció la cab....

 

Bump-Bump  

I 

En la ciudad de Boylan, Alfonso Kuriaki descendió del autobús 14 y caminó por la calle de Las Lunas, ¡Clap! ¡Clap!, sucia de luz amarillenta. Un último niño, ¡Uhmf! ¡Plaf!, ¡Plaf!, se refugió en el umbral del templo de Los Sagrados Corazones y sus ojos indiscretos interrogaron con interés el umbral de una escalinata.

Antes de llegar a su puerta, Alfonso Kuriaki, ¡Clin! ¡Clin! y ¡Zap!, ¡por fin en casa!

Amanda Perula, presurosa, dejó cuanto estaba haciendo, que, por lo demás, no era gran cosa, y, ¡Smack!, ¡Smack! ¡Shujjjj! ¡Shhhfuu!

Kuriaki simplemente, ¡Puf!, ¡Puf!

Enseguida, Amanda corrió a la cocina, ¡Trash!, ¡Trash!; ¡Flop! ¡Click!, y, alguna vez, ¡Crash!

Alfonso Kuriaki miró en derredor y respiró un aire desolado, ¡Sufffff! ¡Hum!, ¡Ah!, ¡Click!, ¡Zack! ¡Zap!, y una música lejana,

 

hizo que su barbilla se estremeciera.

Amanda, ¡Mmm!, ¡Uf!, y, sin dejar de andar la casa, ¡Clock!, ¡Clock! ¡Tlinck!, mientras él repasaba los acontecimientos notables ocurridos en el día: ¡Grr!, ¡Grr!, ¡Arff!, ¡Arff!; y, luego, ya más tarde, ¡Klinch! ¡Klinch!; ¡Klinch! ¡Hump!

Amanda lo interrogó vagamente: ¿el trabajo? Kuriaki quiso decir, ¡Prrt!, pero contestó: así-así. ¿La comida? Muy-muy. ¿Cansado? Sí que, ¡Ufff! ¿Acercarse? ¡Zcks!, ¡Zcks!, y el televisor sin sueño, bla-bla-bla.

Un perfume, ¡Ssff!, ¡Sfuu!

Un chasquido sobre el cuello y una mano extraviada sobre un cuerpo cubierto por telas que, ¡Sshh!, ¡Sshh!, y que se acomodaba, ¡MMM!, ¡MMM!, para que una boca, ¡Mchlll!, ¡Mchlll!... 

II  

Al terminar el día, ¡Fuuuuu!, y también, ¡Shshhhh!, entre el follaje. Todo había oscurecido y sólo se escuchaba, ¡RRRRrrrrr!, en la calle, y, a veces, el ladrido de un perro solitario; Kuriaki ya únicamente tenía fuerzas para apartarse de Amanda, que, ¡Hummm!, ¡ZZZzzz!, ¡MMMmmmm!

En silencio, concentrado en el rumor de su cabello sobre la almohada, lo asaltaron más dudas que remordimientos y, entonces, se levantó y, ¿?, ¿? Tuckump, ¿?, ¿? Tuckump, Tuckump, caminó sin rumbo por la habitación.

En el borde de la cama, no pudo evitar sentir cómo lo invadía la sensación de estar rendido al abrir, ¡Cropck!, y cerrar, ¡Blam!, un cajón que acumulaba encendedores, balas, vías de escape y algunos recuerdos que, en la penumbra, no reconocía.

Algo en su pecho, ¡Bump!, ¡Bump!, ¡Bump!, ¡Bump!...

De pronto, el frío del metal en la mano de Alfonso Kuriaki se anidó en su sien, y, ¡Bang!

Su oído derecho, sordo por el estampido, ya no logró captar, ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!

En cambio, le pareció que su oído izquierdo crecía, aumentaba de tamaño, hasta convertirse en un pozo infinito donde sólo lograba escuchar el golpeteo de una gota que descendía, ¡Clapck! ¡Clapck! ¡Clapck!


Perro Amor,

Juan Norberto Lerma ✍️

 📕 En ocasiones, el autor "estorba" a esa potencia o energía que desea contar historias y construir otras realidades. La escritura se transforma entonces en un milagro, en un acto de magia. #libros #Literatura  

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La Detención del Ciudadano Equis 

 

—¡Hey, usted, abra! ¡Sabemos que está ahí dentro! —gritó una voz frente a una de las viviendas de la calle Infinita—.

La puerta crujió al ser embestida por dos cuerpos rubicundos. Enseguida, penetraron en la habitación un par de hombres de facciones delicadas. Eran Botch y Fletcher, agentes de investigaciones especiales de Ciudad Kukulita. Desde luego, Botch y Fletcher advirtieron que la puerta siempre había estado abierta, y, por un instante, les distrajo el rechinido que a sus espaldas aún hacía la hoja de madera al balancearse sobre las bisagras herrumbrosas.

Sin sorpresa, Rodrigo Equis, que era la persona que habitaba el cuartucho y a quien Botch y Fletcher se habían dirigido dándole la orden de abrir, tomó una libreta de encima de un escritorio y, al verlos frente a él, la puso bajo su brazo.

—Está bien —dijo—. Vamos.

—Oiga, espere. No tan de prisa — exclamó Botch y dejó correr su mirada azul por la habitación. Hizo un gesto de desagrado. Se ajustó la corbata y fue a sentarse en el borde de la cama. A una indicación de Botch, Fletcher fue a cerrar la puerta con el pasador—.

Los dos individuos se miraron y asintieron con un movimiento de cabeza:

—¡Siéntese! —gritaron al mismo tiempo—.

Resignado, Rodrigo Equis se hundió en un sillón desportillado y se cruzó de brazos. Botch y Fletcher midieron la habitación con la mirada. Luego, clavaron la vista en Rodrigo: tenía el cabello enmarañado, los pómulos saltados y los ojos brillantes y húmedos. Se volvieron a mirar entre sí y fruncieron los labios.

—No se desespere, amigo —dijo Botch—.

Con desgano, fue hacia una pila de libros colocada sobre la mesa y se entretuvo hojeando algunos; Fletcher fue al fondo del cuarto e intentó encender el aparato de televisión que descubrió, confundido entre bultos de revistas y periódicos viejos, en uno de los rincones de la estancia.

Rodrigo Equis, incómodo, se frotó las palmas de las manos y fijó su mirada en el piso descascarado.

—¡Manténgase tranquilo! —le gritó Fletcher, sin despegar la vista de la pantalla del televisor—.

Rodrigo dejó de friccionar sus manos. Respiró hondo e intentó relajarse. Por lo demás, sabía que era inútil oponerse a ellos, a lo que ellos representaban. En la calle se decían muchas cosas; había escuchado los rumores de que la autoridad lo requeriría y, ya desde entonces, había decidido que era preferible mantener la puerta sin el cerrojo corrido, para evitar que la destrozaran a golpes; la sola posibilidad de violencia, en cualquiera de sus formas, lo aterrorizaba. "En todo caso, quizá esta habitación servirá de refugio a algún otro", había pensado anteriormente e, incluso, lo volvió a pensar en ese instante.

—¿Desde cuándo no funciona? —preguntó Fletcher, señalando el televisor. Buscó dentro del bolsillo superior de su saco hasta encontrar un puro y lo encendió.

—No recuerdo —respondió Equis y entrelazó los dedos de sus manos, colocándolos sobre su vientre—.

Fletcher exhaló una bocanada de humo y su rostro se tornó nebuloso.

—Debe agregar a sus frases la palabra “señor” —lo instruyó Fletcher—. La manera correcta de dirigirse a mí es: "No recuerdo, señor” —continuó—. ¡Repítalo!

—No recuerdo, señor —murmuró Equis y supo que, a partir de esa frase, podía considerarse detenido.

Pensó que todo transcurría de conformidad con los relatos de detenciones que, en la ciudad, cualquiera podía repetir en voz baja. Las gentes describían detalladamente los allanamientos e interrogatorios, aun sin haber tomado parte activa en ellos y sin que hubieran sido siquiera testigos de ninguno.

El detenido se preguntó si los agentes acaso no tomarían como ejemplo a seguir las tramas de comportamiento que los mismos habitantes de Kukulita les atribuían, y todo esto lo llevó a considerar la posibilidad de que fueran los propios moradores de la ciudad quienes generaran y sostuvieran la crueldad de sus opresores. Su idea le pareció estúpida y su conclusión, un error terrible.

Turbado, suspendió el flujo de sus pensamientos. Sintió desprecio por los intrusos porque sabía que no eran capaces de tener siquiera un poco de inventiva, o, al menos, así le parecía en ese momento. De cualquier forma, se dijo que era inútil lamentarse; comprendió que, de alguna manera, siempre había sido un prisionero a la espera de ser llevado frente al tribunal que lo juzgaría.

—¿Tiene miedo, amigo? —preguntó Botch, contemplando una pila de libros—.

—No —respondió Rodrigo Equis, y agregó con un murmullo: “señor”—.

Botch escogió un libro y, enseguida, otro, se recostó sobre la cama y comenzó a leer el primero para sí.

—¿Quién le avisó que vendríamos? — exclamó Fletcher, sin dejar de mirar el televisor y sacudiéndose el polvo de su gabardina—.

—Nadie, señor —respondió con seguridad Equis—, yo los esperaba. Nadie me avisó.

—De cualquier manera, no hubiera podido hacer nada —dijo Fletcher y esbozó una sonrisa que pretendió ser bondadosa y que sólo consiguió transfigurarle el rostro en una máscara de crueldad—. Pero, de cualquier forma, tarde o temprano, ya averiguaremos quién se lo dijo —concluyó—.

Rodrigo Equis se estremeció: no esperaba ser redimido, puesto que el acto de contrición le parecía vulgar y se sentía incapaz de representarlo, pero, de ninguna manera, quería que los visitantes le arrancaran algún nombre. Le resultaba doloroso tener que implicar a otro. Apretó las mandíbulas y un hilillo de sangre serpenteó por una de las comisuras de su boca.

—Al final, siempre dicen todo —afirmó Botch, aparentemente concentrado en su libro, y dio vuelta a la página.

—¿Cuál es su nombre, amigo? —preguntó Fletcher, comenzando a dar vueltas alrededor del televisor—.

—Mi nombre es “Equis” o “Ninguno”, señor. Es decir, el que ustedes deseen, señor. Además, si soy culpable, ¿qué importa? Ustedes lo saben tan bien como yo.

—Qué bueno que así sea; así todo resultará más fácil —respondió Fletcher. Enseguida, simuló limpiar la pantalla y aspiró, repetidas veces, el humo de su puro—.

—De cualquier modo, nos tendrá que decir todo, amigo —afirmó Botch. Se ensalivó la punta del dedo índice y volvió a cambiar de página.

—Por supuesto, lo diré todo, menos los nombres, señor.

—¿Por qué los nombres no? —gritó Fletcher y sopló el polvo de la perilla del televisor.

—Sería largo y tedioso. Además, seguramente ustedes ya los saben, señor.

—Cierto —respondió Fletcher y miró, con ojos brillantes, en el otro extremo de la habitación a su compañero, que interrumpió la lectura para también mirarlo y asentir con un movimiento de cabeza—.

—No tiemble, amigo —dijo Botch cuando vio que Equis apretaba los brazos contra sí; sin embargo, no retiró el libro de la altura de su cara.

—Me parece que aquí hay algo extraño —dijo Fletcher, sin dejar de dar vueltas alrededor del televisor.

Finalmente, se detuvo, hizo un gesto de extrañeza, apagó su puro en la palma de su otra mano y lo guardó en el bolsillo de su saco. Miró hacia el techo y se sentó en una silla polvorienta. Extrajo del interior de su gabardina un libro grueso y lo arrojó contra el techo. Rodrigo Equis vio la abertura que esa especie de Biblia hizo en las láminas; sin embargo, no logró escuchar el ruido que el libro debería haber hecho al caer sobre el techo. Se volvió para mirar a Botch y a Fletcher y, por un instante, tuvo la impresión de que ese libro era una especie de proyectil lanzado al infinito.

—No se ponga difícil, amigo —dijo Fletcher, con la vista fija en el agujero de ahí arriba. Miró al detenido, subió a la silla y saltó para caer con fuerza en el piso—.

Botch despegó la vista de su lectura al sentir que algunas piedrecillas le caían sobre el cabello. Se volvió para mirar las paredes inflamadas por la pintura brotada y, a continuación, vio a Fletcher volver a subir a la silla y dar otro salto. Chasqueó con los labios y continuó con su lectura.

—Resulta imposible —dijo Fletcher y, desalentado, se sentó a mirar el agujero del techo—.

—No necesito describirle el castigo que le espera, ¿verdad, amigo? —dijo de pronto Botch, con el libro bien sujeto sobre su rostro—.

—No, señor, lo sé —respondió Equis y amoldó su cuerpo en el sillón, como si estuviera reconociendo al tacto su estructura—.

—Tal vez pensó que nunca vendríamos por usted, ¿no es así, que nunca nos daríamos cuenta de su manera de conducirse? ¡Vaya descaro el suyo, amigo! — exclamó Fletcher, sin dejar de contemplar el agujero—.

—Sólo pensé que se retrasaban un poco, señor.

Botch interrumpió su lectura. Dejó de lado el libro sobre la cama y se levantó, cogió otro y fue, de nuevo, a recostarse.

—Se creen listillos. Sin embargo, siempre los atrapamos. Nadie debe quedar sin castigo —dijo piadosamente Fletcher, con la mirada perdida en el hueco y con el ceño fruncido.

—¿Qué significa esto? —gritó de pronto Botch desde la cama y le mostró al detenido las páginas blancas de un libro.

—Es una especie de libro para estimular la imaginación, señor. Puede usted, en él, leer lo que desee, tanto si...

—¿Por qué no me lo dijo antes? —lo interrumpió, malhumorado, Botch—. ¿No creerá usted acaso que yo no...?

—Este tipo es peligroso —murmuró Fletcher, sentado en la silla y oscilando la cabeza de arriba hacia abajo. Cada vez que su mirada descubría el hueco, interrumpía su movimiento para mirar con cuidado los bordes.

—Entiendo —dijo, soñadoramente ensimismado, Botch. Colocó el libro de cabeza y comenzó a hojearlo por el final—. Muy interesante —murmuró—. De pronto, me siento muy inteligente —terminó por decir, complacido.

—El final, no —gritó Fletcher, sin dejar de oscilar la cabeza.

—¿Por qué no? —preguntó Botch, con el rostro iluminado.

—Los finales son tristes —respondió Fletcher, echando la cabeza de un lado a otro—. Siempre han sido tristes.

—Este no, escucha: "sonomáv, otsil, átsE" —le leyó Botch a su compañero—.

—Tienes razón, no es triste —dijo Fletcher y subió un cajón de madera a la silla para intentar alcanzar el hueco del techo—.

—¿Puedo fumar, señor? —dijo Rodrigo Equis, sin dirigirse específicamente a ninguno de sus captores.

—Por supuesto que no, amigo. ¿Qué pretende? ¿Acaso no nos ha dado ya suficientes molestias? — exclamó Fletcher, con la cabeza fuera de la habitación—.

—Oiga, amigo: es usted simpático —dijo Botch, sin soltar el libro—. Es una lástima que sea culpable.

—Sí —respondió Equis—, pero sólo estaremos juntos poco tiempo, señor.

—Así es —afirmó Botch, indiferente, y cambió de página enseguida—.

—¿Vive solo, amigo? —dijo Fletcher, sin dejar de oscilar la cabeza.

—Sí, señor; solo.

—¿Tiene hermanos?

—El mundo está lleno de ellos, señor; pero, cómo saber cuáles son, cómo identificarlos.

—Muy conmovedor, en verdad, amigo; pero le pregunto si tiene familiares.

—Estoy solo, señor.

—¿Mujer?

—Se marchó.

—¿Hijos?

—No existen.

—¿Mujeres?

—Seres tan terribles como nosotros.

—¿Madre?

—Murió.

—¿Más mujeres?

—Amé a algunas.

—¿Padre?

—Lo extraño, señor.

—¿Amigos?

—Dejé de tenerlos.

—¿Usted?

—…

No hubo respuesta.

—¿No soporta a la gente o qué, amigo? —gritó Botch desde el fondo de la cama, volviendo a interrumpir su lectura—.

—Algunas veces detesto a las personas; pero soportarlas, sí, señor.

—¿Lo dice acaso por nosotros? —aventuró Fletcher, dejando de oscilar la cabeza—.

—No, señor; es en general.

—Entonces, no se opondrá a dar nombres, ¿no es así, amigo?

—Son dos cosas distintas, señor. Además, ¿qué nombres? No los sé.

—No importa. Invente; da lo mismo —exclamó Fletcher desde el techo. Extendió los brazos al máximo en dirección a la abertura de ahí arriba, sacó las manos de la habitación, ensanchó el agujero y sonrió estúpidamente. Enseguida, haciendo un gran esfuerzo, retiró del techo sus manos cuajadas de polvo diamantino. Se sentó en la silla y permaneció ensimismado—. Es inútil —dijo, y entrecerró los párpados—.

—Deberíamos marcharnos, señor — exclamó Rodrigo Equis y acomodó su cuadernillo bajo el brazo.

—Hemos trabajado demasiado, cierto —se quejó Botch desde la cama, sin despegar los ojos del libro—- Pero, espere, no se precipite. ¿A qué tanto apresuramiento?

—No sé, señor; sólo que el viento se cuela y...

—No pretenderá hacernos una mala jugada, ¿verdad, amigo?

—No. Lo que sucede es que no quisiera prolongar más esta angustia, señor.

—La culpa es suya, amigo.

—Es estúpido; sin embargo, de pronto tengo la imperiosa necesidad de confesar, señor —murmuró Rodrigo Equis y permaneció escuchando el resonar de sus palabras, como si no pudiera creer lo que sentía y lo que acababa de decir—.

—No será necesario, amigo; al menos, no ahora —respondió Fletcher desde su silla, sacudiendo las manos para librarse del polvo—.

—Pero es que yo quiero hacerlo, señor —balbuceó Equis—. Al menos, así me lo parece en este instante.

—En todo caso, no nos corresponde escucharlo —intervino Botch—.

—¿No me escucharán, acaso? —gritó Equis y volteó a mirar a sus dos captores; no obstante, ambos lo ignoraron—.

—Hace años que lo vigilamos, amigo; siempre con la creencia de que recapacitaría. Sin embargo, nunca ha querido adaptarse; todo ha sido en vano. Perdimos demasiado tiempo con usted —dijo por fin Fletcher, sin dejar de sacudir sus manos—.

—Entonces, ¿por qué tantas preguntas?

—Porque somos justos, amigo. Nadie lo ha obligado a responderlas… aún —dijo tranquilamente Botch, que, incluso, se permitió esbozar una sonrisa breve y, a continuación, siguió leyendo—.

—No cabe duda de que soy un estúpido —musitó Equis—.

—Sí, lo es; pero por otras razones. No por las que usted deduce —dijo Fletcher desde su silla, contento de que, por fin, hubiera terminado de desempolvar sus manos—. Lo comprendo perfectamente. Sé cómo se siente, amigo.

—La angustia me hace parecer cobarde, pero, en verdad, no lo soy —gritó Equis, como para tratar de justificar su pasividad y su miedo—. Por una parte, quisiera matarlos, pero, por la otra, le temo a la ley y, aún más, a la persecución de mi conciencia — murmuró amargamente—.

—No debería expresarse así, amigo. Nosotros, lo que representamos nosotros, velamos sus sueños, fuimos sus guardianes. Cuidamos de usted, le ofrecimos todo cuanto pudiera ser imprescindible para que se reformara, pero, de manera sistemática, lo rechazó. Aunque nunca lo pueda entender, usted también es parte de todo aquello que ataca y le provoca repulsión —afirmó Botch, sosteniendo el libro sobre su cara—. Su insatisfacción perpetua debería bastar como castigo; sin embargo, debemos escarmentar en usted a otros. En verdad, es usted una desgracia. Hubiéramos querido que no desperdiciara su miserable existencia —terminó, con un tono de falsa compunción—.

—A pesar de todo, no estoy equivocado —murmuró el detenido—. Yo tenía esperanzas...

— Pero, ¿de qué demonios habla usted, amigo? ¿Esperanza de qué? Entre nosotros no hay cabida para ella, puesto que, si alguna vez existió, la sustituimos por los hechos. Me refiero a la realidad que usted detesta, desde luego. Todo cuanto pudiera hacer eso que usted llama “esperanza”, nosotros lo hacemos por ella. Lo que usted pretende no existe, y, si existiera, no sería posible. Nosotros somos La Esperanza, así puede llamarnos si lo desea. Claro que usted ya no podrá hablar con nadie, pero dígaselo a sí mismo; se sentirá bien y es lo mejor para todos.

—¿Y toda la demás gente? ¿Qué pasará con ella?

—A cada uno le ajustaremos cuentas en su momento —dijo Fletcher, comenzando a manipular los controles del televisor—.

—No me refería a eso —dijo Equis—, sino al desencanto.

—Ah, despreocúpese, amigo; ya pondremos orden. Y no piense, sería peor.

—De cualquier forma, no puedo dejar de sentir rabia —murmuró Equis, casi inexpresivo—. Cuando el cinismo es la norma, todos aquellos que no participan de él están condenados; en otras palabras, para ustedes, soy un hipócrita.

—Si insiste en hablar, espere un segundo —dijo exultante Botch y dejó de lado el libro—.

Sincrónicamente, los dos hombres se pusieron de pie. Se vendaron los nudillos con girones de una sábana que rasgaron. Uno de ellos fue a sujetar a Equis por el cuello y el otro le hundió los puños en el vientre, repetidas veces. Más tarde, Botch y Fletcher intercambiaron posiciones. Se detuvieron prudentemente cuando consideraron que las vísceras de Rodrigo Equis estaban a punto de estallar.

— Pero, ¿por qué? —murmuró Equis en un instante muerto de la escena que se desarrollaba y dejó caer la barbilla sobre su plexo—.

—Es sólo para darle validez a la confesión, ¿sabe? Es un procedimiento normal, de rutina —respondió Botch, con cara seria—. Tenga, vomite aquí —agregó, ofreciéndole un puñado de tela hecha trizas—.

Un momento después, Botch extrajo de su saco una banda con los colores de la ciudad y la cruzó sobre su pecho. Se cambió la corbata por una de color oscuro, fue hacia el escritorio frente al cual se encontraba Equis y derribó cuanto había sobre la superficie.

Fletcher improvisó de manera inmediata una rejilla de prácticas judiciales con ayuda de la silla puesta patas arriba entre el escritorio y el sillón para simular barrotes; cogió de algún lugar un espejo de cuerpo entero y lo colocó frente a Equis. Acto seguido, hizo mutis tras un estante desvencijado y reapareció con un atado de documentos bajo el brazo, que entregó con prontitud a Botch.

—Para evitarnos el molesto trámite de señalar cada uno de los actos infames cometidos por usted y por los cuales se le persigue, a continuación, en la pantalla aparecerá —y señaló el espejo—, en conjunto, la suma de sus equívocos —pronunció con tono engolado Botch, colocado detrás del escritorio—.

Rodrigo Equis vio su propia imagen reflejada en el espejo y, por una esquina, la de Fletcher, que diligentemente le acomodaba el cuello de la camisa y le alisaba, casi afectuosamente, el cabello. Equis pensó que, en realidad, no había gran diferencia entre lo que la gente imaginaba que sucedía cuando estos hombres irrumpían en la vida de cualquiera y la escena que se desarrollaba ahora, y se obstinó en el silencio.

—Mi cliente ratifica lo antes dicho y se declara culpable —dijo Fletcher, que se encontraba detrás de Equis, y retiró enseguida el espejo—. He intentado el soborno —le murmuró al oído—, pero la autoridad responde que tiene órdenes precisas; “de arriba”, ya sabe —señaló, con el índice, una de sus sienes e hizo girar su mano—.

Botch, aún colocado detrás del escritorio, se despojó de la banda de colores y la corbata y, haciendo un esfuerzo, estiró las manos para golpear de nueva cuenta a Equis, en tanto Fletcher lo asfixiaba. Instantes después, Fletcher buscó entre sus ropas su puro, lo encendió y se entretuvo mirando colocar a Botch una bolsa plástica sobre el rostro de Equis; Fletcher perforó la bolsa con la brasa de su puro y arrojó bocanadas de humo por la abertura. Más tarde, entre los dos, le aplicaron a Equis corriente eléctrica en puntos vitales de su cuerpo, pero se detuvieron porque el olor a carne quemada los hacía estornudar.

De pronto, Botch se volvió a colocar la banda con los colores de la ciudad y se sentó sobre el escritorio. Miró a Equis con curiosidad por entre las patas....

 

Ojos de Paloma 

Cuando Gerôme estuvo junto al palomar, se sintió a salvo. Hacía muchos años que Vivian había dejado de buscarlo ahí, desde que a la mujer se le comenzaron a inflamar los pies y le aparecieron en las piernas unas venas verdes y gruesas que le impedían dar pasos en los escalones que conducían a la azotea. Allá arriba, Gerôme ya no escuchaba los reproches de Vivian y, al fin, pudo respirar aliviado.

Todavía permaneció unos instantes a la expectativa en el cubo de la escalera; no descartaba del todo que la furia de Vivian lo alcanzara en las alturas. Era domingo, sus hijos se habían marchado hacía menos de una hora. Desde la cima del edificio número ocho de la Rue André Del Sarte, Gerôme podía mirar a sus anchas los monumentos a la fe y preguntarse por qué, si las creencias eran tan sólidas, necesitaban pregonarse de manera tan ostentosa. Torció la boca y se conformó con la grandilocuencia de las nubes. Si quería, sin ningún esfuerzo, podía imaginarse conduciendo su saeta maravillosa, su Corvette rojo, cruzando veloz por el Boulevard Barbès, cuya compra había provocado la furia de Vivian y la sonrisa despectiva de su par de hijos.

A sus espaldas, escuchó el aleteo inquieto de las palomas. En ese instante, desde el cielo, una docena se dejaba caer como copos de nieve de sabores sobre su cabeza, y algunas descendieron torpemente sobre el suelo blanco. Gerôme se dio media vuelta para mirar las aves y tuvo que agitar las manos frente a su cara para evitar que las que retrasaron su aterrizaje lo golpearan.

El palomar ya resultaba estrecho para las decenas de pichones que revoloteaban dentro del espacio rectangular de seis por cuatro. A un costado de la entrada de la jaula, junto a una pala, estaban colgadas sus ropas de trabajo doméstico: un pantalón de peto y una camiseta desgarrada. Ceremoniosamente, Gerôme comenzó a vestirse para hacer la limpieza del palomar.

Le parecía mentira, pero, veinte años atrás, se había casado con Vivian por sus ojos de paloma, que alguna vez habían tenido un aspecto manso y colores que iban del gris de las mañanas al cielo naranja de los besos en la penumbra de los zaguanes.

En los costados del marco de la entrada de la jaula sobresalían, aquí y allá, alambres puntiagudos, sueltos y oxidados, que revelaban el paso del tiempo y el descuido del palomar. Las palomas que anidaban permanecieron inalterables cuando Gerôme abrió del todo la puertecilla. Sólo las más jóvenes revolotearon inquietas y provocaron un remolino de plumón suave que lo obligó a soplar repetidamente sobre su nariz y ojos, y que hizo que perdiera parcialmente la visibilidad.

Al inclinarse para entrar, Gerôme sintió algo parecido al ardor de una quemadura en un costado de la frente; podría haber sido lo mismo un aletazo que el arañazo de un alambre. Vivian y sus hijos exageraban; podría deshacerse con facilidad del automóvil. En cuanto quisiera. ¿Lo quería? No, no quería deshacerse de su Corvette rojo, por lo menos, no ahora. Lo difícil sería encontrar la motivación para que lo hiciera. A los sesenta años, la vida apenas comenzaba a compensar su fidelidad a la fábrica de manteles, y el negocio pedía a gritos expandirse.

Con uno de sus dedos empapado de saliva, se alivió el escozor de la frente y les tiró, consecutivamente, seis puñados de trigo a las aves. El alborozo de los animales lo conmovió; permaneció embebido mucho tiempo admirando su caminar plástico y elegante, y se abstrajo escuchando los arrumacos de las madres con sus pichones. Comenzó a contar las aves, pero perdió la cuenta al rebasar las setenta y nueve.

A través de la tela de alambre, miró a lo lejos; en uno de esos pisos de París estaba el cielo al lado de Beatrix, una trigueña de veintinueve años que aspiraba a casarse con él en el otoño próximo. En la calle, el tránsito era más lento y la cúpula del Sacré Cœur más blanca; en la frente, Gerôme seguía sintiendo un ardor que le quemaba.

Muchas palomas volvían a sus nidos mientras Gerôme paleaba una y otra vez, removiendo la arena y el aserrín de la jaula. Casi pudo experimentar ternura cuando una de ellas se posó sobre su hombro y comenzó a explorar tímidamente su frente con el pico. Desvió la vista un instante para mirarla y sintió el calor de su ala plástica junto a su mejilla. Vio la lenteja negra de su pupila sobre el globo ocular anaranjado del iris y lanzó un largo suspiro. Pacientemente, la paloma continuó picoteando la herida y, un minuto más tarde, de la frente de Gerôme comenzó a correr un hilillo de sangre que le humedeció la ceja. Dos palomas más no esperaron su turno y peleaban con la otra sobre el hombro de Gerôme. Él estaba abstraído, reviviendo pasajes anteriores de la convivencia con Vivian, los tiempos idos y, sobre todo, su futuro arrebatador con Beatrix y su automóvil nuevo.

De pronto, Gerôme sintió la punzada aguda de un dolor que provenía de su cabeza. Las palomas estaban excitadas por la sangre y revoloteaban inquietas a su alrededor, esperando su oportunidad de picotearle la frente. Con un movimiento vi....

 

Variaciones Sobre un Tapete

 

“Casi en el mismo instante de cerrar desde dentro la puerta del baño, Márkol experimentó la primera oleada de ansiedad. Por su mente cruzó otra vez la escena que había soñado a intervalos en el espacio de tres días: su cabeza rodaba sobre el tapete con figuras de animales fantásticos que le había comprado, un martes de mercado, a un vendedor de rostro deforme. Eso era todo; sin embargo, era demasiado; durante el día, sus nervios estaban crispados”.

“Aquel martes, apenas el comerciante vio aparecer a Márkol, le dirigió miradas de alivio. Los dos servían al Culto, los dos eran seguidores de la Energía. El individuo aquel le aseguró que, bien usado, el tapete obraba maravillas. Sin embargo, le advirtió que el estado emocional del propietario podía erosionar o exaltar, de manera notoria, sus relaciones con las Potestades. Márkol se encogió de hombros, intercambiaron un par de palabras más y se despidieron”.

“El tapete era una especie de pasadizo que desembocaba a los pies de la mansión del señor del Culto; su Libro lo decía. Si Márkol conseguía descifrar los arabescos y la geometría desplegada en la superficie trivial del artilugio, de tal suerte que se pusiera en el camino hacia la divinidad que reina sobre todas las divinidades, su cuerpo se incendiaría con un fuego sin quemadura, sus ojos verían, al fin, la esencia de todas las cosas y no volvería a poner un pie sobre la tierra. Sin embargo, no sería fácil; el conocimiento desplegado sobre el tejido era custodiado por aquellos animales y seres fantásticos ahí plasmados, eran antiguos cancerberos destinados a destrozar a los fatuos y no iniciados. Sólo cuando llegó a su casa, Márkol se dio cuenta de que el vendedor parecía haberlo estado esperando. Sin embargo, los practicantes del Culto saben que no existen las casualidades, y Márkol discurrió, calmosamente, que la Energía los había alineado”.

“Desde entonces, luego de estudiar concienzudamente, durante cinco días continuos, los movimientos de las bestias de hilo sintético desde los cuatro puntos cardinales del tapete, a Márkol no le costaba trabajo imaginar, incluso durante el día, su rostro bañado por un chorro de sangre que manaba de una regadera. Dedujo que se trataba de un símbolo que, de buenas a primeras, no le revelaba su significado; podía ser la fuente del conocimiento que lo llamaba o el aliento que transcurre dentro de todas las unidades creadas, pues la divinidad no se comunica con los elementos que abundan entre los días”.

“Llegó la fecha señalada por la Energía a la que Márkol rendía culto y que aquel vendedor obedecía. Había realizado el ayuno que el Culto ordenaba y, casi en el mismo instante de cerrar desde dentro la puerta del baño, Márkol experimentó la primera oleada de ansiedad. Haciendo un esfuerzo, cambió el curso de sus pensamientos y se distrajo acomodando la tira de zacate plástico sobre la jabonera. Se desnudó enseguida y abrió la llave”.

“Sin las ropas limitando sus movimientos, se creyó ligero y diestro para el combate que le esperaba. El rumor del agua escurriendo por su cuerpo amortiguó el primer gruñido que rasguñaba la puerta desde fuera. Una punzada fría le heló el costado cuando, por fin, pudo escucharlo; no obstante, Márkol tuvo la entereza de alcanzar un jabón que olía a un jardín remoto y comenzó a frotarse el pelo”.

“Tuvo que detenerse cuando escuchó, con claridad, el rugido de las hordas de Zafiro que intentaban derribar la puerta. Se replegó contra el muro e intentó templar su ánimo; los arañazos eran continuos y, de pronto, horrorizado, Márkol vio que una garra atravesaba limpiamente el metal de la puerta”.

“Estaba en lo cierto, eran los muds de Zafiro. La espuma del jabón sobre su cara le desfiguraba el rostro, y, en algún resquicio de su ser, algo le decía que no estaba preparado para enfrentarlos. Su salvación flaqueaba. Alcanzó, a tientas, la manija de la otra llave y dejó fluir, sobre sus hombros temblorosos, el agua fría. Detrás de esa especie de cortina, sintió alivio por estar aún vivo, pero los primeros muds ya escalaban el lavabo. Eran del tamaño de un puño mediano y poseían un salvajismo a toda prueba”.

“Cuando Márkol estuvo a su alcance, los muds lo acuchillaron con ferocidad extrema. Más tarde, su cabeza rodó sobre el tapete y sus ojos permanecieron abiertos mucho tiempo bajo el chorro de agua fría”.

Esta es la historia que Gerardo Bocanegra escribió momentos antes de que su cuerpo fuera hallado, precisamente bajo el chorro de la regadera. Alertados por el agua que corría por los pasillos, los vecinos echaron la puerta abajo y lo encontraron hundido en sí mismo, con la cabeza sobre las rodillas. Horrorizados, llamaron a la policía.

Cuando, por fin, pudo ser localizado, el vendedor de tapetes permaneció en silencio la mayor parte del tiempo, pero no pudo ocultar la satisfacción de que su presencia fuera determinante para reconstruir los detalles plasmados en el tapete que, con el agua, se habían deslavado. El rostro del vendedor no estaba deforme, como lo consignaba el relato de Gerardo Bocanegra; los investigadores comprendieron que el autor se había permitido ci....

 

Caín Explicado 

Cuando Caín y Abel realizaron sus ofrendas a Yahvé, Caín, agricultor, presentó, a disgusto, el producto de su tarea: frutos y semillas. Abel, pastor, le ofreció, de buena gana, a Yahvé la sangre primigenia de su rebaño de ovejas. La ofrenda de Abel, es decir, la sangre, fue más suculenta a los ojos de Dios.

Enfurecido por el desprecio, Caín mató a Abel, pero, en realidad, a quien hubiera querido destruir era a Yahvé. Abel, pastor, generoso libador de sangre de ovejas, fue pasto de chacales porque tuvo la mala suerte de estar en el lugar equivocado.

Caín, agricultor, se fue maldito por la tierra. Es posible que, para completar su venganza, aún continúe sembrando campos y edificando ciudades.


Perro Amor,

Juan Norberto Lerma ✍️

 📕 En ocasiones, el autor "estorba" a esa potencia o energía que desea contar historias y construir otras realidades. La escritura se transforma entonces en un milagro, en un acto de magia. #libros #Literatura  

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La Rueda de la Vida 

Es fama popular que en el templo situado en las tierras altas de Pilkam, en un paraje llamado Murey, habita el único dios vivo.

Rabindranath, El Poseso, había escuchado hablar de él y, en los ratos que la enfermedad le permitía expresarse de tal forma que fuera comprendido por sus semejantes, manifestaba su deseo de realizar una visita de cuerpo presente al recinto de la luz y del conocimiento supremos.

Amigos y parientes habían ignorado sus peticiones durante lustro y medio; apaciguaban su ánimo exponiéndolo al amparo de la parsimonia de los bosques y del parloteo de las aves benignas, y le daban largas contándole los portentos que ocurrían en las ciudades vecinas. Mientras tanto, Rabindranath había compuesto cantos para desolar los campos y escrito oraciones para hacer llover fuego. Inmerso en su trabajo, además, apiló cuarenta y nueve mil setecientos veintitrés salmos para combatir a los demonios del cuerpo y del alma, descubrió treinta y seis conjuros para dominar a las fieras y nueve para doblegar el corazón de las mujeres. Sin embargo, nada de eso le servía, pues su corazón se hallaba cerca del cielo y su cuerpo se debatía en el infierno. Su único consuelo era la esperanza de contemplar, por una sola vez, al dios vivo.

Una tarde de la estación helada, sus parientes se dignaron escuchar sus súplicas, cedieron a su insistencia y se pusieron en camino. Durante el trayecto, Rabindranath no abrió la boca; miraba arrobado las tierras pobladas de árboles murmurantes y les respondía con caravanas y ademanes de recogimiento. Se entretuvo durante días ideando un lenguaje nuevo para comunicarse con el dios vivo, en tanto que sus familiares proveían el agua y la comida. Un mes y veintisiete días después, con la luna en la espalda, subieron por el sendero de una montaña que, de lejos, semejaba una barca. Durmieron a la entrada del pueblo y Rabindranath aprovechó para iniciar su ayuno y purificar su espíritu con cantos que recordaban quejidos de animales.

Desde un promontorio, por la mañana, divisó el templo y vio, a lo lejos, que la multitud de peregrinos se apiñaba en el interior, sobrepasando el recinto. Las filas de fieles rebasaban la explanada, se perdían en las tierras bajas de los invernaderos vigilados por guardianes de ojos iridiscentes y bordeaban el territorio de los recolectores de cristales amargos y multicolores.

Los peregrinos eran pacientes; esperaban su turno de compartir con la deidad el par de minutos que, a todos los visitantes, por derecho les correspondían. Sólo aquí y allá se veía algún movimiento brusco cuando alguno caía presa de convulsiones, vencido, a veces, por el sueño, la enfermedad o el hambre. Entonces, Rabindranath acudía a prestar ayuda.

En el quinto día de espera, los familiares de Rabindranath desistieron y se marcharon maldiciendo el frío y los malos olores. Ajeno a todo lo que no tuviera relación con su cercanía con el dios vivo, Rabindranath apenas notó que los fieles vecinos lo habían despojado de cuanto le proveyeron sus familiares para su subsistencia.

La séptima noche de su llegada, Rabindranath sintió que lo llevaban a empujones hacia las columnas que escoltaban los escalones de un área en penumbra. Despabilado, se dejó conducir por un pasillo que se iba reduciendo hasta sólo permitir el paso de un hombre de complexión mediana, y que terminaba en una entrada por la cual se tenía que pasar forzosamente arrodillado.

Del otro lado, el salón era amplio y había una ventana situada en el fondo, que, estratégicamente, daba a dos inmensidades: la del infinito y el océano. Rabindranath murmuró una bendición a modo de saludo e hizo una caravana que se prolongó hasta que su rostro se posó en el suelo, y permaneció así hasta que escuchó un chasquido como de agua lejana.

El dios vivo miraba a Rabindranath y, cuando suspiró, fue como si una bocanada de fuego y flores le estremeciera la espalda y el entendimiento. Rabindranath, El Poseso, nunca había estado tan lúcido como cuando se encontró en la estancia del dios vivo. Decenas de frases atropelladas acudían a su mente y todas se perdían en un embudo que lo conducían al terreno de las interrogaciones.

Iba a comenzar una oración, pero, desperezándose, con un ademán autoritario, el dios vivo lo detuvo. A continuación, Rabindranath escuchó su nombre repetido millares de veces y, en todas, le pareció que resonaba un eco de tambor de fiesta y leña quebrándose en su aldea.

Rabindranath ensayó el lenguaje que había diseñado para preguntar por el misterio de las zonas oscuras del sueño y acerca del jinete ciego que asola el futuro; sin embargo, no pudo articular palabra. El dios vivo lo miraba y Rabindranath contemplaba la inmensidad unificada. Rabindranath, El Poseso, podía pedir un deseo como cualquier peregrino y alejar, para siempre, a los demonios que se comían sus entrañas desde hacía 35 años. En cambio, pensaba. Dedujo que, en algún lugar de su mente, debía de haber una especie de almacén infinito, puesto que las ventanas de sus ojos eran capaces de percibir y plasmar, simultáneamente, en su interior la imagen del mundo, de la inmensidad y del dios vivo.

—Hace muchos años que no deseo nada de este mundo —murmuró, por fin, Rabindranath con su voz de todos los días—, vivir con el entendimiento que me corresponde me ha brindado placeres y amarguras suficientes. Sin embargo, quisiera comprender cómo tú, un hombre cuya apariencia se corresponde con la mía, puedes ser considerado un dios vivo.

—Podría hacer que mil fieras te persiguieran y que tus conjuros no surtieran el menor efecto en ellas —tronó la voz del dios vivo—, también podría hacer que lloviera sobre tu cabeza la sangre de tus antecesores; sin embargo, los trucos son para los profanos, tal parece que, a ti, hay que convencerte con asombros mayores.

El dios vivo hizo un ademán apenas perceptible y, enseguida, intercambió su lugar con Rabindranath. El dios vivo era ahora Rabindranath, sin dejar de ser el dios vivo, y Rabindranath era el dios vivo, sin que apenas variara su condición de Rabindranath.

—En este momento, y siempre, eres y has sido como soy yo —apuntó, con énfasis, el dios vivo—, sin embargo, tú elegiste ser un hombre y, por tanto, tu condición y poderes, aunque no están limitados, sólo pueden actuar en el terreno de lo humano. Los demonios que te habitan comparten también su ser conmigo y con cuanto nos rodea. Somos uno y lo mismo; el camino que conduce al fuego, en algún momento, se bifurca y te ofrece las posibilidades del día. Eso que tú llamas inmensidad está compuesto de pequeñeces. Yo soy el dios vivo y quienes ponen su fe en mí contribuyen a que así sea.

Rabindranath apenas notaba el cambio en su condición espiritual y mundana y pensó que el dios vivo le tomaba el pelo. Torpe en el manejo de su nuevo estado, se atrevió a usar el poder que en él brotaba. Entonces, creó aberraciones en mundos establecidos, desequilibró nuevos mundos con plagas, desbarató la materia en dimensiones ínfimas y, por unos instantes, se entretuvo asolando la ciudad de los mil templos infieles.

Con apenas desearlo, el dios vivo restableció el orden de cuanto existe, y Rabindranath, avergonzado, desistió en su intento de ejercitar sus poderes temporales divinos.

De pronto, el dios vivo llamó su atención señalando la ventana.

—Escucha —dijo—.

Rabindranath se concentró en el rumor que le llegaba del otro lado del muro. Identificó la voz del dios vivo entremezclada con las olas. Todas las voces interiores de Rabindranath se apaciguaron paulatinamente y advirtió cómo aumentó el rumor del agua hasta que le zumbaron los oídos y se fue quedando dormido.

El dios vivo permaneció impasible mientras, de le....

 

Agua Oscura

 

Una noche de luna, Richard Bretbert, El Orador de las Montañas, caminaba cerca de El Gran Lago. Las plantas aleteaban a su paso, bañadas de luz blanca y azul, y el mundo, en ese instante, sólo era un esbozo y susurraba. Escuchó un chapaleo a lo lejos y se volvió para mirar, apenas, el arco de agua que dibujó en el viento un pez de plata o una ráfaga de luz de luna. El ruido se prolongó, acompasado, en el agua y saltó de las orillas hasta sus oídos.

Richard Bretbert continuó avanzando, pero era como si el sonido cadencioso del agua lo estuviera hipnotizando y lo llamara. El pez o el relámpago se meció en el aire un par de veces más y, al sumergirse, agitó aún más el agua del lago. Richard Bretbert quiso continuar con su camino y avanzó un par de zancadas, pero una estrella oscura o un halcón nocturno que cruzó, como un destello, estuvo a punto de golpearle la frente.

El monje se detuvo, tal como lo había hecho hacía 35 años, cuando era un fugitivo, y llegó a un portal con figuras labradas de querubines en piedra gris y rojiza, y le contó al confesor que, en un rato de rabia en su cuartel militar, había terminado con la vida de dos hombres. Richard Bretbert tocó con su barbilla su pecho y lanzó un suspiro que reverberó, ajeno, entre las ramas de los fresnos y los sauces de la espesura. Había caminado de noche durante tres lustros desde el poblado hasta su hogar en las faldas de la cordillera y jamás se le había ocurrido acercarse a El Gran Lago, y, precisamente, esa noche de mayo sentía que, desde el agua, lo llamaban.

Iluminada por la luz de la luna, su figura, aún erguida, parecía levitar en tramos cortos hasta la orilla de El Gran Lago. Conforme se acercó, el monje sintió que el sonido del vaivén del agua que había escuchado no provenía del lago, sino de su pecho alterado.

Los peces se inquietaron con la sombra del hombre y un fuego fatuo incendió los restos de unas raíces atestadas de bichos de piel fría. Richard Bretbert estaba tan cerca de los labios del agua que pensó que parecía un lienzo tendido, específicamente, a su paso para que continuara avanzando y caminara sobre el lago. Se arrepintió, enseguida, de su soberbia y murmuró una oración para someter su orgullo. Se detuvo en la orilla y volvió a escuchar la voz ronca y rítmica del lago, que se estrellaba contra el fuelle alterado de su pecho, que, en ese momento, lo animaba.

Richard Bretbert miró la luna en el centro de esa especie de espejo de plumas blancas y azules y descubrió el reflejo de su rostro, por primera vez, tal como no lo veía desde hacía años. Aunque él hubiera querido marcharse, de pronto, su cuerpo cayó de rodillas y comenzó a temblar, como si se congelara. En la superficie de El Gran Lago, Richard Bretbert vio sus rasgos ajados, marcados por la penitencia y la miseria, y, como en un gran caleidoscopio, cruzaron ante sus ojos la luna, las nubes que se transformaban en bocetos de ciudades, y algunos desgarrones de caras de hombres y mujeres que creía olvidados. Sabía que la voz del lago algo le decía, pero no alcanzaba a comprender lo que significaba.

En ese instante, Richard Bretbert hubiera querido ser un pez de plata o un halcón nocturno para ser parte del mundo natural que no pregunta nada, porque le basta con ser parte del misterio que conforma la existencia. De improviso, percibió una especie de destello en el cielo y el reflejo de los astros sobre la superficie del agua, que era, como decir, sobre la tierra misma que él caminaba, velado, apenas, por las ondulaciones, pero más hondo. Pensó que podía ser un llamado de Dios o del diablo y que era él quien tenía que decidirlo.

En sus años de reclusión, no había alcanzado jamás la santidad, y es posible que ni siquiera la deseara, pero la rabia se había ido y algo humano le quedaba; ahora le bastaba, incluso, ser sólo una nube, pero únicamente era un hombre de rodillas que temblaba y que el agua se tragaba.

Por la mañana, las barcas ....


 

Bajo Tierra

 

 

“Vivir solo porque los otros te abandonaron, desde luego, es una tragedia, pero entregar tu individualidad a la manada es fabricar tu ruina”.

Víctor Roil

  

I

 

Lo más difícil fue dar el primer paso, dejar de llamarme Víctor Roil y ser uno menos en las calles. Lo demás fue acostumbrarme a mirar rostros anónimos entre vagón y vagón, y, a veces, viajar en un convoy solitario.

Entonces se me figuró que era como si yo fuera una partícula, endemoniadamente consciente, de una masa informe en donde, desde luego, mi conocimiento terminaba en mí mismo. Pero esa revelación ocurrió mucho tiempo después. Para que la sangre fluya de otro modo, es necesario tener una herida. Y yo la tenía; incluso podría afirmar que nací con ella.

La gente posee una capacidad de abstracción asombrosa. Metidos en sí mismos, nadie reparó en mi aspecto astroso; a ninguno le resulté un objeto de interés. Sólo los niños, en algunas ocasiones, al verme, sonreían. Sin embargo, era curioso; tuve que aceptarlo, nunca fui más visto ni tampoco más ignorado.

Para sobrevivir me bastó con robar alimentos; cuando no había señoras a las cuales despojar, mendigaba dinero. No me gustaba soltar discursos lastimeros en los pasillos porque distraía a la gente y me miraba con lástima; incluso, algunas personas llegaron a mostrarse melancólicas y eso me deprimía.

Algunas veces pensé en herirme, lo que fuera, un ojo, el brazo, una pierna, pero me avergonzaba vender mis llagas. En cambio, preferí contar a esa gente una historia que les gustara, una que apelara a su infelicidad y que pudiera conmover a cualquiera.

Entonces, los que me escuchaban sentían la necesidad de regalarme monedas para comprar su generosidad, su nobleza, y se abstenían de ejercitar su bondad con sus semejantes. Es un procedimiento perverso, muy simple.

 

 

II

 

 

“Es probable que las historias aquellas en donde los animales hablaban con los hombres sean verdaderas; sólo que ellos prefirieron seguir siendo puros”.

Víctor Roil

 

 

Obligado a estar solo, todo el tiempo procuro pensar para sentirme acompañado; eso me da lucidez y entonces puedo escribir unas cuantas líneas en un papel cualquiera. No las rotulo, no van dirigidas a nadie en especial, aunque bien sé que no son para cualquiera. Las dejo, a una hora de aglomeración, en la vitrina de una toma de agua o en una banca, al lado de una pareja que se bebe el aliento, desesperada.

En realidad, mis líneas no son propiamente una historia y mucho menos una carta; son anotaciones, observaciones ácidas cargadas de cólera y recriminaciones abstractas contra mis semejantes que habitan el mundo exterior.

Por supuesto, se trata de reflexiones viscerales en las que siempre termino por describir mi angustia, y esas sensaciones de asco y horror que hicieron que me refugiara lejos del mundo externo, en el subsuelo. Es un poco como estar ya muerto.

Naturalmente, mi apreciación del mundo es subjetiva; por lo mismo, traté de objetivarla (el hecho de que me encuentre aquí, por ejemplo) para destruir puentes, borrar líneas de contacto con los otros.

Por lo regular, me sucedía que, al intentar comunicarme con alguien, inmediatamente percibía su vaciedad; como si ellos sólo pudieran ser cuerpos deshabitados, cuerpos compactos rellenos de órganos independientes, sin una rendija para colarse ahí dentro e intentar entablar un diálogo entre dos sensibilidades.

No es que yo hubiera creído que los individuos eran estúpidos; sólo pensaba que estaban ausentes de sí mismos, porque todo el tiempo estaban volcados hacia afuera. Se me figuraban casas abandonadas.

Mas, por otra parte, ¿cómo comunicar la desesperanza, la ira que a menudo me acometía y el legítimo sentimiento de percibirme ajeno, de ser extraño en un mundo de gente extraña?

Quizá por eso comencé a escribir mis líneas y no pronuncio palabras de viva voz: para propiciar mi extinción y evitar el prejuicio y la lástima que sienten por mí mis semejantes. Pero, ni aun en el subsuelo, olvido las palabras que conforman mi ser y que me sostienen, y sé muy bien que, si pudiera pensar en imágenes, volvería al mundo natural y de nuevo sería un animal puro. El mundo tendría de nuevo armonía para mí y, entonces, yo desaparecería.

En uno de mis primeros textos escribí: “He querido escapar. Es decir, yo quisiera estar muerto de verdad y no representar esta farsa. Soy Víctor Roil y tengo 35 años. Vine por mi voluntad, cuando descubrí que yo era el primer hombre y que también podía ser todos los hombres”.

“Desde mis primeros años advertí que era un desterrado; las épocas que siguieron lo confirmaron. Tuve una familia y un lugar seguro. Hablaba con personas, pero había una barrera…”.

En otra escribí: “Nunca pude encontrar a un semejante; las doctrinas no me ayudaron. En una etapa de oscuridad extrema, me permití acercarme a un grupo de personas a las que yo consideraba superiores. Decían que amaban las bellas artes y las cosas humanas”.

“Había pintores que cultivaban el arte de colorear sus telas con sabores, músicos que basaban la armonía en el equilibrio de los líquidos alcalinos de los órganos humanos, escritores que traducían y plasmaban en hojas inmaculadas la piedad de los alacranes”.

“Me aceptaron porque yo no aportaba nada ni rivalizaba con ellos; simplemente los escuchaba y eso era suficiente para tener, incluso, un lugar destacado en la tertulia”.

“Yo trataba de entender sus propuestas y estoy seguro de que, cuando meditaba, era capaz de llevar más allá las técnicas que proponían. Eran diestros en su arte, únicos, y, por lo tanto, jamás me considerarían uno de los suyos…”.

 

 

III

 

 

“El hombre malgasta su inteligencia en tretas prácticas para conseguir sus objetivos inmediatos; por ese camino lanza su espíritu a la realidad más pueril y permite que la herrumbre se cebe en su verdadera casa”.

Víctor Roil

 

 

Hubo una vez en que estuve a punto de acabar con todo, de volver a la superficie con la carga a cuestas del fracaso. Fue una noche que me distraje memorizando rutas y transbordos y llegué a una de las terminales. Me perdí entre la gente (vaya expresión terrible); salí de allí y anduve por talleres y galeras. No obstante, me acerqué, confiado, a los vagones y los recorrí uno a uno en busca de (iba a decir de seres humanos) restos de comida. Entre los asientos descubrí a una mujer; su cuerpo estaba doblado sobre sí, completamente laxo; parecía un amasijo de prendas abandonadas.

Tuve un sobresalto, porque la mujer mantenía en sus piernas el extremo de un sobre rasgado, y una hoja borroneada sobresalía por entre los cierres de su bolso. Pensé que ella (tal vez) venía en mi busca (y eso hubiera sido para mí el fin) o que ella también, pronto, comenzaría a enviar textos.

La observé durante minutos, me mantuve a la espera de que ella hiciera un movimiento. No lo hizo. Me acerqué aún más y golpeé uno de los vidrios con el puño, primero tímidamente y, luego, con fuerza. Corrí hacia otro tren para esconderme y poder mirarla. La mujer despertó y miró alrededor; pegó el rostro y las manos al cristal. Ya desperezada del todo, intentó saltar por el hueco de la ventanilla; sin embargo, seguramente los letreros de advertencia de descarga eléctrica la detuvieron.

En ese momento pensé que no debí haberla despertado, que el habernos visto brevemente alguna vez en el trayecto del tren no me otorgaba ningún derecho para interrumpir sus sueños. Me dije que era un abuso de mi parte; yo no deseaba salvarla; además, nadie me aseguraba que ella no fuera un poco feliz inmersa en sus sueños. En todo caso, pensé, ninguna persona debería despertar a nadie; todos tenemos libertad de deambular en nuestras propias pesadillas.

De pronto, el rostro de la mujer se crispó con una mueca desesperada. Cuando comenzó a pedir auxilio a gritos, me relajé. Entonces supe que no venía a buscarme ni traía respuestas (de cualquier forma, yo no hago preguntas) y que su terror obedecía al encierro. La mujer estaba despierta, viva, y me miraba. La ayudé a salir.

La muchacha tenía frío, tenía los ojos… No eran nada, ni fango ni lunas ni pozas turbias ni ninguna otra cosa; eran ojos de mujer asustada, primero por el encierro y, luego, por mi cercanía, sólo eso. Habló conmigo, pero sola, luego para ella misma. Yo no podía hacer absolutamente nada por ella y ella lo sabía. Yo le hablé de un periodo corto de mi vida allá arriba y le expliqué largamente el asunto de mis textos, y la mujer me pidió que le contara lo que escribía ahí en aquellas líneas encimadas.

Por un instante sentí que la barrera entre mis semejantes y yo se había derrumbado. Estuve al descubierto, sin protección alguna. Sin embargo, comprendí que una cosa era poner por escrito mis reflexiones y otra muy distinta decírselas a una mujer en las profundidades de la tierra (casi podría decir, depositarlas en las entrañas de alguna mujer). Ante su insistencia, le dije cualquier cosa y vi cómo, entre ella y yo, creció la barrera. No obstante, su expresión cambió para indicarme que ella estaba dispuesta a creerme todo lo que yo le dijera.

Más tarde, le mostré los recovecos de las galerías. Le dije de las vías alternas, los cruces, los pasillos hacia el exterior; apretujados en el nicho de un túnel, también le hablé de la parte oscura de mí, y, luego, le pedí que se marchara.

Ya era la madrugada; caminamos sobre los durmientes largo rato, sin decir nada. Insensiblemente, llegamos al exterior. En la cima de nuestro recorrido vimos la ciudad iluminada, sus calles vacías, temibles, sus habitantes atrapados en caminos largos y oscuros. Es verdad que las luces me llamaban; las farolas trazaron el itinerario de mi naufragio y desembocaron en mi vida antigua: una calle vaporosa, una habitación que se desintegraba. Comencé a temblar y sentí que me partía en pedazos. Aquello que creía olvidado no estaba tan lejos como yo pensaba; a donde quiera que fuera, esas imágenes me acompañarían. “Ven conmigo”, dijo ella en un susurro y me tendió la mano, y, en ese instante, su brazo se me figuró una bifurcación en mi camino. Resistí como pude para no quebrarme y salir tras la mujer; creo que mi convicción de ser mejor que aquellos que habitan la superficie me detuvo. De pronto, me sentí muy triste y hambriento. Con la mujer todavía a mi lado, sentí algo de lástima por ella; estaba convencido de que no debí haberla despertado. No la miré más, no quise mirar cómo se marchaba, di media vuelta y volví, enseguida, bajo tierra.

Con todo, la mujer era agradable; ella no necesitaba escribir textos para comunicar su desolación. Eso lo entendí días más tarde, y yo no fui capaz de adivinar su determinación de abandonar el mundo de un modo radical y manso. Me dio por creer que ella era la respuesta a mi desorden subterráneo, que ella hubiera conjurado mis demonios interiores de haber tenido tiempo o de habérselo yo permitido. En ocasiones pienso que las mujeres siempre son un lastre o, las mejores, un faro para no extraviarse en la infinitud de las preguntas…

 

 

IV

 

 

“La realidad es una y alcanza para todos, pero la tuya empieza cuando, de verdad, cierras los ojos y te quedas callado”.

Víctor Roil

 

 

Lo demás ya no le será dado a Víctor Roil saberlo; la siguiente semana se tiró al paso de uno de los primeros convoyes de la mañana. Encontré papeles sueltos con los que reconstruyo su itinerario, el día a día de sus estaciones.

Lo que sigue es el remache de la vida de Víctor Roil, una impronta que puso en práctica durante años o, en todo caso, su epitafio: “Sólo quedaba ceder, amar la servidumbre (y eso es tanto como ser cínico), o bien, estar bajo tierra. Yo elegí lo último…”.

“Sólo después se me reveló la angustia escrita en las grietas de sus labios —escribió de mí en un texto sin fecha—, la inquietud en la curva prominente de sus cejas, y la desolación impresa en las arenas movedizas de sus ojos sin fondo. Toda ella era una especie de texto en donde leer la escritura de su alma. No fui capaz de hacerlo, pero ya no me martirizo por mi torpeza. Entiendo que fue un vicio que adquirí temprano, cuando comencé a leer libros y me desinteresé de los rostros humanos…”.

“He llegado a contemplar la posibilidad de salir; sin embargo, me detiene el convencimiento de que el estar solo me aterra”.

“Es imposible permanecer de fijo en la oscuridad y, aun cuando me producen repulsa las miradas extraviadas de las personas que me rodean, la cercanía impúdica de los pasajeros, tengo que viajar como todos. Por las mañanas siento un escalofrío que asciende por mi espalda y que se aloja en el cabello, ya erizado, de mi nuca; me dejo arrastrar a las entrañas del vagón, que se me figura un vientre promiscuo y sofocante. Pese a todo, nunca hablaré con los extraños. Enviaré textos, líneas como estas, y seguiré conforme, tan sólo con su compañía”.

 

 

V

 

 

“Lo mejor de un hombre siempre emerge en los instantes climáticos; lo peor, también”.

Víctor Roil

 

 

“El silencio se iguala con la frialdad de las vías y vago sin reposo entre los túneles. Cuando todo está en calma, busco un respiradero; tengo la esperanza de que llueva para alejar de mí esos bichos que me siguen deliberadamente. Más tarde, al terminar estas líneas, treparé por la escalerilla al andén y desprenderé una hoja o cartulina (elegiré una consistente) de los espacios dedicados a la propaganda. Escribiré otras líneas en el reverso y las abandonaré en alguna cabina o, por la mañana, arrojaré la hoja con mis párrafos en un corredor concurrido, mientras observo cómo la gente aguarda, con los dedos crispados, en los hombros de cualquier cuerpo cercano”.

“Cualquier día, una ráfaga naranja me embestirá, arrancará de mi mano las palabras escritas, las hará revolotear entre una tormenta de rodillas tersas y relámpagos de piernas que marcharán, presurosas, a ninguna parte, al encuentro de cualquier cosa que los aleje, en definitiva, de ellos mismos. El golpe de luz que producirá mi cuerpo será momentáneo, breve, pero intenso. Un rayo. Acaso de verdad el alma, dispersándose en la maravilla que compone este universo”.

 

 

VI

 

 

“La tragedia del hombre consiste en vivir dentro de la manada; no han descubierto que la individualidad y el silencio engendran lobos”.

Víctor Roil

 

 

“…Con todo, asistía a las reuniones, fumaba y bebía a su lado y pasé extensas veladas escuchando disertaciones abstractas que creaban paraísos inefables, lo cual no me parecía mal; sin embargo, los seres que deambulaban en esos castillos retóricos eran bultos deformes sin ningún hálito humano. ‘El arte es inhumano’, escuché decir varias veces en las reuniones y tenían razón, pero ellos utilizaban esa fórmula para justificar la muchedumbre de obscenidades y bajezas que pululaban en sus piezas, y que obedecían más a su falta de talento que a la idea de reflejar una constante espiritual o destacar una fibra humana. ‘Es necesario exaltar la parte oscura del hombre para que la alquimia ocurra’, decían otros, y los que escuchaban meneaban afirmativamente la cabeza…”

En el reverso de una cartulina que describe las propiedades de una cerveza rubia, Víctor Roil escribió: “Entre los asistentes regulares a la tertulia había una mujer menuda y agradable. Se llamaba Babe Zuleica, sus ademanes eran vaporosos, tenía la propiedad de hacer aparecer las cosas en el momento en que las miraba. Desde luego, los objetos ya estaban ahí, pero ella los dotaba de vida. No sé cómo explicarlo, pero así sucedía. No era difícil enamorarse de ella. Constantemente me colocaba, a propósito, frente a sus ojos, para que, con su poder, me volviera un ser concreto, pero no corrí con suerte”.

“Una noche, Babe Zuleica bebió demasiado. La ter....

 

En Nombre de Caín 

Cuando Caín mató a Abel, sólo Yahvé fue testigo del crimen y lo maldijo. El cuerpo de Abel fue devorado por las fieras, pero se conservó el relato que consigna su humildad y justifica su paso por la tierra. Caín corrió a esconderse y, años después, en otras latitudes, encontró la muerte.

Adán y Eva esperaron a sus hijos aquella tarde y lo mismo la siguiente. Pero Caín y Abel nunca regresaron a casa. Años después, la pareja de Adán y Eva encontró la noticia de que, en unas tierras que había hecho florecer con su ciencia, Caín había muerto, rodeado de una larga descendencia. Los padres sintieron una pena infinita por su primogénito.

Incapacitados por las enfermedades terrenales y la avanzada edad para desplazarse hasta donde yacía el cuerpo muerto de Caín, únicamente ordenaron inmolar, en su nombre, una oveja.

Aunque los textos bíblicos no lo registran, esta vez Yahvé aceptó, gustoso, el sacrificio en nombre del primer humano nacido sobre la Tierra y, piadosamente, perdonó el desprecio que alguna vez había tenido por Caín.

Perro Amor,

Juan Norberto Lerma ✍️

 📕 En ocasiones, el autor "estorba" a esa potencia o energía que desea contar historias y construir otras realidades. La escritura se transforma entonces en un milagro, en un acto de magia. #libros #Literatura  

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Yerros Metafísicos 

Cuando los rótcras de la patrulla del Ministerio Ético de los Nórdicos entraron en el habitáculo de Bengala Orión 317, encontraron el cuerpo inerte de Kárim, tendido sobre su lado izquierdo, dentro del espacio de la burbuja esterilizadora. Contra lo que esperaban, Kárim tenía su uniforme reglamentario puesto, lo cual era contrario al uso común, pues las normas de higiene exigían la desnudez completa dentro de los espacios destinados a desinfectar la piel.

El dispositivo anestésico estaba encendido y los funcionarios tuvieron que apagarlo, utilizar filtros respiratorios apropiados y ventilar de inmediato la burbuja esterilizadora y la zona en la que estaba colocado el lecho de mercurio, para impedir que los vapores soporíferos los derrumbaran antes de hacerse una clara imagen del cuadro frente al que se encontraban.

Debido a que los nueve rótcras que irrumpieron en la vivienda hallaron ya sin energía vital a Kárim, suspendieron el proceso administrativo que se les había encomendado, dieron parte a sus superiores, quienes los instruyeron sobre los pasos a seguir en casos como el de Kárim y les solicitaron que presentaran un informe puntual. 

 

***

 

Esta es la historia de la última hora de Kárim, acaso sólo minutos, un habitante de Acid Meta cuya vida terminó en circunstancias poco comunes y que no pudo jamás llegar a contemplar los paisajes y vaivenes de las almas universales que habitan en las entidades de todos los sistemas solares, tal como se lo había propuesto como único fin que justificara su existencia. Una de las versiones del texto, y quizá la última, me la entregó un profesor de Derecho, que a su vez lo recibió de un decano de Humanidades del Colegio Hispanoamericano, en el que yo ocupaba un cubículo conocido con el nombre oscuro de Coordinación de Directrices y Metodologías. Pese al rimbombante nombramiento, no era yo más que el encargado de foliar, duplicar y entregar los programas de cada asignatura y de recabar las firmas que los profesores estaban obligados a estampar en los documentos administrativos. Una tarde de agosto del año terrestre 2002, Héctor Ramiro Esquer, eximio doctor en Derecho Procesal, Penal y, hasta maestro en casuística, se acercó hasta mi cubil y, luego de un saludo con la cabeza, sacó de una especie de valija algo parecido a un expediente y lo arrojó sobre mi escritorio.

—A ti, que te interesa leer cualquier cosa que cae entre tus manos, tal vez quieras echarle una mirada a esto —dijo—. En una de esas, hasta eres capaz de hacer un texto. Que te diviertas, te va a interesar el tema —añadió y, como lo miré sin saber qué responderle, para animarme me dio una palmada en el hombro y se alejó de mi escritorio con una sonrisa—.

El atado de hojas que me entregó no tenía carátula, estaba ajado y apenas se sostenía con un broche oxidado en el centro. Lo miré en un par de ocasiones y, luego, lo arrojé a un archivo, cerca de donde yo colocaba los libros que llevaba de casa y que, una vez que los terminaba de leer, con el pretexto de releer algunos pasajes, se quedaban ahí, pero la verdad es que la mayoría de las veces dejaba los libros en el cubículo por mera indolencia.

Ocho o nueve meses después, al final del curso, eché en una caja todos los libros para llevármelos a casa, pues no volvería a mi cubículo hasta el próximo año escolar. Cuando estaba acomodándolos en mi librero, descubrí el texto polvoriento que me había dado el profesor de Derecho. Una sola ojeada me bastó para darme cuenta de que el texto, en efecto, no era literario, y pensé que tal vez era histórico. Y, conforme fui obligándome a avanzar en la lectura, me di cuenta de que era técnico, fantástico, estrambótico, ditirámbico, litúrgico y canónico. Al final, llegué a la conclusión de que es alegórico, pero, tal como tuve la osadía de acomodarlo, cada persona que lo lea tendrá su propia opinión.

Ignoro si el documento tuvo más propietarios, y debería importar conocer el origen, porque, de alguna forma, el texto y la historia se entrelazan, y hasta es posible que se explicaran uno a la otra, y viceversa. De cualquier forma, considero que no está por demás declarar desde ahora que es posible que, si recibí el texto, no fue para que simplemente lo leyera y lo devolviera, tal como, en realidad, años después hice, pero tuve la precaución de hacerme con un par de copias para modificarlo, tal como me viniera en gana, cuando yo quisiera o pudiera.

Leyendo un poco aquí, preguntando allá, he logrado deducir que, tal como recibí el texto, era una especie de narración construida con recortes arrancados arbitrariamente de pasajes históricos transfigurados, para mostrar o denunciar, tal vez, la muerte de una persona que realmente existió, o que, de plano, fue escrito para advertir y probar que, al mismo tiempo que los adelantos tecnológicos nos liberan de las actividades físicas, proporcionan a quienes ejercen el poder la capacidad de deducirnos en lo más íntimo de nuestro ser, y que cada vez nuestras vidas interiores son menos privadas y, para los imperios, más públicas. Es posible que, para quienes ejercen el poder, no seamos ya más que un puñado de simples algoritmos que se conjugan rutinariamente, hasta formar un patrón, y que, con las herramientas adecuadas, puedan predecir incluso nuestros más oscuros pensamientos.

Aunque en el informe que los funcionarios entregaron al Ministerio Ético de los Nórdicos no se consigna, es posible que la extinción de la energía vital de Kárim evitara que los ejecutores de sentencias lo pulverizaran. En un apartado especial del documento, se explica que su cuerpo fue conservado y destinado al estudio médico de los más jóvenes y que se le puede observar, provisto del equipo adecuado para no deteriorar su constitución orgánica, en la sala especial de un edificio administrativo dedicado a casos que esperan a que los estudios técnicos adecuados arrojen luz sobre las circunstancias precisas en que las entidades perdieron la energía vital que los animaba.

El relato de las últimas acciones de Kárim se desprende de los archivos sustraídos del Ministerio Ético de los Nórdicos, que dominan Acid Meta, y para mí aún es un misterio la manera en que pudieron burlar la vigilancia de la administración, que, en el mismo texto, se presume inexpugnable. Por versiones orales de fuentes fidedignas que estudiaron el texto, sé que la primera versión está escrita en un lenguaje burocrático plagado de jerga técnica y que resulta ilegible para los no iniciados. Uno de los funcionarios que asistió a la reconstrucción de la escena en la que encontraron a Kárim sin energía vital, o que, en todo caso, siguió de cerca la reconstrucción de las circunstancias en las que encontraron el cuerpo de Kárim, o de quien demonios haya sido la persona que representa el personaje al que, en el texto, llaman Kárim, le reveló a uno de mis informantes que fue él quien trasladó el primer texto al lenguaje cotidiano, y es de ahí de donde tomo la versión que transcribo.

Tal como si no tuviera importancia, el traductor o copista anotó, al pie de la tercera página, que las descripciones del estado exaltado de Kárim las reconstruyeron expertos en estados emocionales complejos, estudiosos del carácter de la burocracia y técnicos infalibles dedicados a recrear circunstancias, para mí, casi esotéricas, a partir de los hallazgos de datos atomizados, en lo que ellos llaman el Archivo Colectivo. Cuando tuve el documento entre mis manos y creí entender de lo que se trataba, de inmediato me di a la tarea de ordenarlo. Desde luego, me tomé algunas libertades, pero respeto la esencia del segundo documento.

 

***

 

“Una misión administrativa que termina con el hallazgo de un cuerpo inerte”.

 

A un lado del cuerpo de la entidad, colocado en decúbito lateral izquierdo, había unas pinzas de las llamadas brotagarras, con máculas verdosas, y, en el piso laminado, corrían tres riachuelos de sustancia negra y dos de un líquido denso colorido, ya contaminados, porque la burbuja esterilizadora no estaba sellada herméticamente. En lo alto del hueso temporal, la entidad tenía una úlcera de fatiga que anunciaba la extenuación y mostraba evidencias de que tenía derecho a solicitar un periodo de lasitud en los tubos de iridio.

 

***

 

Lo que sigue es una traducción libre o una simple copia de la reconstrucción que los expertos realizaron del estado espiritual o psicológico de Kárim, con ayuda de teorías deductivas que, según los entendidos, les permiten fijar, casi sin equivocación, una ficción, ellos lo llaman mapa temperamental, del sujeto al que someten a un estudio.

 

***

 

Kárim terminó de desinfectar su cuerpo y salió de su burbuja esterilizadora, envuelto en una nube de vapor azul. Más allá de la especie de música que resonaba en su habitáculo, Kárim escuchó una turbulencia intermitente en la atmósfera e identificó el sonido, similar a un rumor de arena, con el que se empalmaban a la estructura de Acid Meta las naves que llegaban de las regiones del Sol Granado.

Kárim se sobresaltó y, de inmediato, fue con precaución a mirar a través de la ventana, en el lado izquierdo. No pudo confirmar que una nave se hubiera estacionado, pero miró hacia lo alto y descubrió los seis pétalos de la luna violeta debajo de la cúpula de estrellas amarillas. El panorama que observó allá afuera era el de todas las jornadas y la contemplación casi lo tranquilizó, enseguida.

Le vino a la mente que era inusual que las aeronaves aparcaran junto a su edificio; sólo podía significar que el Ministerio Ético de los Nórdicos requería a una entidad fugitiva. Era posible, incluso, que los rótcras de la patrulla punitiva ya estuvieran subiendo en el cilindro neumático a las habitaciones más elevadas, quizás a una cercana a la que él habitaba o, quién lo sabía, tal vez a alguna del mismo nivel en el que él vivía. Sufrió un espasmo de terror cuando pensó que acaso podría ser él a quien los rótcras buscaran.

Le cruzaron por la mente un par de acontecimientos inusuales que habían alterado su rutina en las últimas siete jornadas y a los cuales, hasta ese momento, les había restado importancia: un yogro violeta que se le cruzó a la mitad del día, hacía cinco fechas, cuando iba de camino a una clínica de sueño, y una máctrica que había estado a punto de carbonizarlo en el trayecto al edificio en el que habitaba, hacía tan sólo dos jornadas.

El yogro era una especie de torbellino del tamaño de un foco doméstico cualquiera, pero estaba programado para absorber objetos simples y los cuerpos que tocaba; la máctrica parecía una nube de un tamaño menor al de una almohada y eliminaba a sus presas con descargas radioactivas. Kárim había logrado librarse del yogro gracias a que escuchó unas voces alteradas que provenían de un puente. Se detuvo para mirar lo que ocurría allá en lo alto, justo cuando estaba a punto de tocar el artefacto. La discusión, o lo que fuera que hubiera pasado en el puente, había sido providencial. El yogro se mantuvo ahí, a dos palmos de distancia, y Kárim tuvo tiempo de extraer su pulverizador y exterminar el aparato destructivo.

Es posible que su pura indolencia o un descuido afortunado le hubieran puesto a salvo de la máctrica, pues llevaba consigo un sensor de cargas, el cual no debía haber llevado, porque las normas que regían a los contadores de yerros metafísicos, como él, estipulaban que únicamente debían utilizarlos en la oscuridad. Ya no recordaba si llevaba ceñido el detector de cargas en el brazo izquierdo por pura desidia o simplemente no había advertido que lo llevaba consigo. Como hubiera sido, el detector le avisó de la presencia de la máctrica un par de pasos antes de que soltara su carga y Kárim la atrapó en una espuma azul que se condensaba al instante sobre los objetos que tocaba, y, enseguida, la envió a uno de los laboratorios de Acid Meta. Kárim había informado puntualmente al Ministerio Ético de los Nórdicos de los dos acontecimientos que habían alterado su rutina, y la Escan, de voz cordial, que lo atendió le respondió que sí, que, en ocasiones, esas cosas ocurrían y ponían en peligro a los ciudadanos, y le prometió entregarles a sus superiores el reporte.

Que digan los que saben si acaso es una ley natural que, en los momentos determinantes de su existencia, los seres de cualquier época realicen las acciones más anodinas que les vienen en gana, y que pretendan retrasar su fin, o, por lo menos, no ser conscientes de que su suerte ya fue echada. Unos repiten sílabas como mantras, otros intentan derribar muros con las uñas, y otros, incluso, ven la película de su vida. Más vulgar, acaso, para disimular los temores que le habían provocado la sospecha de que los rótcras fueran a buscarlo a él, y disipar su sobresalto, Kárim trepó a su lecho de mercurio y, enseguida, comenzó a acicalarse los espolones radiales y a cortar sus garras con un dispositivo que tenía el doble del tamaño de una de sus manos. Cuando terminó, por hábito o deformación profesional, sólo contó obsesivamente los montones de uñas que había acumulado sobre su lecho de mercurio.

En dos parpadeos comparó la cifra que obtuvo con las garras y espolones físicos que tenía. Sus ojos se abrieron con sorpresa y despidieron un destello verdoso.

“No puede ser —murmuró—, aquí hay algo que anda mal. ¿3 pilas con 31 desechos y sólo 20 garras y 10 espolones? En la Era de la Estrella Púrpura tenía 34 piezas completas. Ahora debería tener 29, no, 30. ¿De dónde salió, pues, 1 garra más? Alguien me está fastidiando”.

Kárim se estremeció, porque la equivocación que acababa de cometer quedaría registrada en los archivos de la memoria colectiva, y sabía que tendría que reportarla a sus superiores y que se sumaría a la lista de errores que él mismo había cometido en las últimas fechas, y que, acaso, su empleo podría quedar en riesgo. A Kárim lo aterraba que sus superiores recordaran el caso en el que un descuido suyo había propiciado que un par de bandoleros irrumpieran en una estancia de sueño en la que había centenares de ciudadanos. Los sujetos habían desconectado la máquina que suministraba los vapores placenteros que dirigían los sueños y les permitieron a los ciudadanos que, por primera vez en su existencia, a su libre albedrío, soñaran lo que les viniera en gana. Kárim tenía sobre sí el caso de una Escan a la que había escondido durante varios días en su vivienda, porque ella ya no deseaba asistir a la clínica en la que utilizaban sus formas para producir juguetes eróticos y, otro, más escandaloso aún, en el que, por un descuido de Kárim, una Radial había tergiversado los registros para quedarse con una cría y pretendió no entregarla al Ministerio de Educación. La Radial se había olvidado, o fingía haberse olvidado, que los críos eran de la ciudad y quería tenerlo consigo más tiempo del que indicaban las normas.

Desde luego, unos funcionarios especializados habían devuelto las cosas a la normalidad; la Escan fue condenada a tomar un par de cursos de obediencia, y la Radial había sido despojada de su capacidad de generar habitantes para la ciudad. Kárim no sabía, y en ese momento no le importaba, si la entidad femenina había sido enviada a un reformatorio o si había sido pulverizada.

Kárim lamentó la disminución de su capacidad para identificar las sutilezas, crucial en su profesión de Contador de Yerros Metafísicos, e intentó detener el flujo de sus pensamientos. Si Kárim continuaba revisando mentalmente su expediente, seguro encontraría más asuntos que le impedirían postularse como Testigo de Almas. Sintió que un ligero malestar le rondaba el centro de la cabeza.

 

***

 

Sujeto de 158 creds y 180 talurs. Composición de la masa corporal natural, estructura de carbono, postura vertical, posiblemente hasta 500 raus de fuerza, candidato ideal para las primeras filas en combates de atmósferas sin gravedad.

 

***

 

Era seguro que decenas de los miembros del Ministerio Ético de los Nórdicos sabían que, si existía una sola entidad que anhelara vehementemente ser Testigo de Almas, era Kárim. Además, reconocían que, debido a su formación gremial y a su personalidad introvertida, lo merecía. A quienes querían escucharlo, les describía el misterio de las infinitas combinaciones etéreas y operaciones emotivas que se realizan a diario en el interior de cualquier ser pensante vivo para elegir, tan sólo, abrir una puerta. Sabía que la profesión que emprendería no era una ciencia exacta y que su labor, acaso, sería interminable, pero precisamente era la composición azarosa de caracteres y la conjugación de deseos e ilusiones de los seres lo que lo fascinaba. Él se imaginaba las almas como lienzos con formas y luces impredecibles y colores únicos y diversos, que ni siquiera un artista de lo abstruso ni la naturaleza, más brutal y ciega, hubieran sido capaces de plasmar. Creía que su trabajo consistiría en algo así como descubrir y convivir, a cada instante, con una especie de universos finitos.

Kárim había comenzado su carrera profesional en el Ministerio Ético de los Nórdicos desde que había cumplido 100 orbitales, justo cuando se le cayeron de forma natural los primeros 5 pares de espolones radiales de los 25 con los que nacían los de su especie.

A partir de entonces, Kárim había sido Asistente Emocional, Oficiante de Iras Colectivas, Director de Estética Espiritual y Contador de Yerros Metafísicos. Cada ciclo de 50 orbitales, los de su especie perdían 5 pares de espolones radiales y era el momento de ascender un peldaño en la escalera burocrática. Cuando llegaban a su máximo de energía vital, los individuos de su raza tenían 5 pares de espolones radiales y se consideraba que estaban en plena madurez; eran los primeros en alistarse en las guerras y tenían el pleno derecho de escoger la ocupación que mejor les viniera en gana.

Kárim volvió a sumar las pilas de residuos, pero lo hizo, ya sin ganas, y sin soltar el artefacto con el que había rebanado las tiras de garras estriadas. Terminó de contar y, como obtuvo un resultado distinto al que esperaba, atribuyó su nuevo error a que estaba ocupado cortando mientras contaba, y a que sólo veía de soslayo los residuos que había acumulado sobre su lecho de mercurio.

Sin dejar de pensar en la convocatoria que harían sus superiores y en la disminución de su capacidad para identificar las sutilezas, elemental e indispensable en su profesión de Contador de Yerros Metafísicos, se incorporó de un salto. Irguió de golpe su figura piramidal, ajustó su bata y se desplazó, tediosamente, por la habitación hasta quedar frente a una pared en la que podía contemplar una proyección nítida de su cuerpo.

Sabía que, para ajustar las cuentas de los desechos de uñas y espolones con sus resultados, podía mutilarse y borrar o alterar los registros de sus emociones en los archivos de la memoria colectiva cuando quisiera. Si decidía mutilarse, el error que había cometido al sumar sus uñas quedaría oculto, y, además, su hoja de registro quedaría limpia y podría dejar su profesión de Contador de Yerros Metafísicos y convertirse en Testigo de Almas. Pero, desde luego, un breve escaneo de su sistema nervioso lo delataría y estaría condenado, entonces, a deambular entre los barrios habitados por escorias universales, o, quizá, sería enviado a desempeñar trabajos imprecisos en lunas improbables, todo con tal de desaparecerlo por haber osado mentirle al Ministerio Ético de los Nórdicos, el poder al que no se le puede engañar, porque todo lo controla.

¿Y si le hubieran nacido otras garras sin que él lo supiera? Quizá, si se lo preguntaban, y Kárim sabía con exactitud que sus superiores se lo preguntarían durante cualquier examen rutinario, podría responder que se equivocó en la suma de los restos de sus espolones radiales y sus garras porque no había tomado en cuenta que había sufrido una mutación genética y juraría, lo cual era cierto, que él no había bebido sustancias extrañas para alterar sus órganos o funciones corporales, sino que los desajustes se debían a los residuos envenenados que se pegaban a sus pulgares cuando, ocasionalmente, manipulaba los aceleradores de uranio.

También era posible mentir descaradamente, pues, en los registros, el dolor físico y emocional aparecían de manera general, representados con logaritmos que se confundían y se conjugaban con las cifras que arrojaban los placeres, las dudas y las equivocaciones del espíritu, y nadie, en su sano juicio, se tomaba el trabajo de analizar con precisión el origen de la masa de fórmulas y números; sólo se tomaban en bloque, a menos que se tratara de averiguar algún delito. Cuando se investigaban crímenes, se atomizaban los registros y, si se comprobaba la culpabilidad, sin ningún preámbulo, se pulverizaba al delincuente.

 

***

 

Entidad con 20 garras y 10 espolones completos, en plena madurez dinámica. Apto para asumir el siguiente puesto burocrático. Maceraciones en radio y cúbito. Fractura radial distal media de las muñecas. Sustancias líquidas, aún sin solidificar, sobre la piel. En general, no se observan signos de violencia en el organismo.

 

***

 

Era inútil, Kárim lo sabía; apenas su monitor espiritual lo interrogara, tendría que decir la verdad, o, lo que era peor, el funcionario la descubriría por sí mismo. Tal vez la única solución a su alcance era hacer lo que había visto hacer a otros y perder, por la fuerza, una o dos de sus garras, las necesarias para ajustar las cuentas que le habían fallado, pero, por supuesto, le acarrearía un daño físico y el dolor lo tendría postrado un par de días, y, lo que resultaba riesgoso, es que, desde el instante en que se mutilara, no tendría jamás sosiego y debería dedicar el resto de su existencia a mantener oculto su engaño, y, lo que era seguro, a evitar que el Ministerio Ético de los Nórdicos lo pulverizara.

Pese a todo, dentro de un instante tendría que salir a cumplir con su trabajo, y, si se decidía a mutilarse para justificar su equivocación, podría atribuir el dolor a su preocupación por el ascenso que deseaba a toda costa, y a las amenazas de los bandoleros de la Nebulosa Delta que habían amenazado con iniciar una nueva guerra, o, bien, a la disciplina y al celo excesivo que aplicaba en su trabajo.

Kárim comenzó a acomodarse las crenchas luminosas de la coronilla y sus ojos destellaron los colores del arcoíris cuando se descubrió, en el reflejo de la pantalla, una llaga diminuta, apenas perceptible, en la parte más alta de la frente. Entonces, la mirada de Kárim se condensó en tres rayas de fuego en el centro de la especie de máscara estriada que tenía por cara.

“El resultado de las sumas de mis garras y espolones es intrascendente, lo que cuenta es el servicio que he prestado a mi raza durante los últimos 200 orbitales” —concluyó—.

 

***

 

Ausencia de sensibilidad corporal posible en el momento de la muerte. Escamas en el suelo de la burbuja esterilizadora, congruentes con la higiene corporal cotidiana.

Observación exterior: utensilios personales simétricos, tal como lo marca el diseño mobiliario del habitáculo.

En la categoría de Variable no Identificada y a título de Destinado a Estricto Análisis Técnico Posterior: a las 09000 Tiempo Acid Meta, sobre el lecho de mercurio, 31 pilas de escamas, provenientes de las garras y espolones radiales de la entidad.

 

***

 

La marca, apenas perceptible, que Kárim se había descubierto era el anuncio de que podría aspirar a un filamento sensible y a una etapa de ajuste nervioso, pues la antena que le brotaba en la frente habría alcanzado su punto máximo en la temporada de los vientos saturnales, y le conferiría el pleno derecho de solicitar un periodo de laxitud en .....

 

Frecuencia Alterada 

Esta historia es pública, ocurrió en el sur de Romalia, pero, por sus alcances, bien podría haber sucedido en cualquiera de los otros puntos cardinales, y lo mismo habría sacudido a quienes hubieran tenido la oportunidad de conocerla de primera mano.

Una noche de fuegos artificiales, luego de andar entre las calles desoladas del centro de la ciudad, Daniel Corona realizó una llamada telefónica a una estación comercial de la radio. Quería comunicarse con Magda.

Daniel pretendía utilizar la estación como enlace entre él y la mujer, pero, quizá, lo dominaba más la intención de forzar a Magda a responderle, puesto que ella se negaba a cruzar palabra con él desde hacía más de cuatro semanas. Él aún no se convencía de que Magda ya estaba a miles de kilómetros, no sólo del lugar del que Daniel hacía su llamado, sino, lo que era peor, también de su alma.

Mientras Daniel aguardaba la comunicación con la mano crispada en la bocina, se le figuró que las fibras de su corazón comenzaban a vibrar, estimuladas por la ansiedad que la sola posibilidad de hablar con Magda le provocaba; le pareció incluso que las vibraciones abarcaban todo su cuerpo, convirtiéndolo, por algún mecanismo interno, en un emisor de señales amorosas que se ajustaban a la frecuencia radial de la estación.

Los empleados de la radio, lejos de oponerse a la intermediación, exhortaron a Daniel a hilvanar frases conmovedoras; esa era precisamente su labor, y su negocio. Después de varios anuncios de los patrocinadores y puentes musicales lánguidos, se escuchó un tecleo telefónico.

Las ondas del agua se difunden de manera concéntrica, mecen a los patos y hacen estremecer a la más pequeña brizna que crece en las orillas; acaso las de la radio se difunden de una manera más azarosa y sutil y sacuden el espíritu de los enamorados, porque, en el instante en que Daniel marcaba, en otra parte de la ciudad, Alfredo España encendió su aparato de radio, un poco fastidiado por el recuerdo de la reciente discusión que había tenido con Magda. Es posible que estuviera molesto consigo mismo por la violencia de sus celos homicidas, y la estupidez de las mujeres al provocarlos abiertamente, mencionando hechos felices ocurridos con parejas anteriores. A Alfredo le pareció una manía presuntuosa que las mujeres recalquen insidiosamente su existencia pasada, para resaltar el hecho de que no han nacido justo en el momento en que un hombre posa por primera vez sus ojos en ellas.

No obstante, Alfredo se tranquilizó escuchando la música, se calmó milagrosamente por completo, tal como si la explosión anímica del mediodía hubiera dejado en su interior un desierto habitado sólo por imágenes de Magda: los ojos húmedos de Magda mirándole los suyos turbios, sus manos temblorosas amoldándose a los recovecos de su vientre y sus caderas, unas hebras de cabello atrapadas en la comisura de su boca.

Por un capricho de enamorado, durante la noche Alfredo España eligió la misma frecuencia radial que Daniel Corona para hacer pública la pasión que sentía por Magda; confirmó horarios, sintonizó la radio, se alejó del aparato en busca del teléfono. En tanto, Daniel adivinaba el timbrar intermitente del teléfono de Magda en algún punto de la ciudad.

Al establecerse la comunicación para Daniel, se escuchó por la radio la voz de Magda:

—Buenas tardes. Está usted hablando a Marítima Vega, compañía naviera. ¿Con quién desea comunicarse?

—¡Hola!, soy yo. Te estoy hablando de una estación de radio —dijo precipitadamente Daniel—, y por el teléfono, por supuesto —aclaró enseguida—. Es una sorpresa…, mi amor…

—¿…?

—¿Tienes por ahí cerca un aparato de radio?

Luego de reconocer la voz de Daniel, Magda se limitó a exclamar, enfadada: ¡Humm! Y luego dijo:

—No tengo nada de qué hablar contigo. Lo siento, por favor olvida mi número telefónico.

—Espera, Magda. Por lo menos escúchame…

—Lo siento, estoy trabajando…

—… De verdad te estoy llamando de una estación de radio…, si tienes un aparato cerca, enciéndelo en Delta Radio, 67.3 de F.M. Estamos en “Heart’s Connection”…

—Discúlpame, tengo que colgar.

—… Te juro que lo sucedido en la casa de Imelda fue un terrible error. ¿Cómo iba a querer hacerte daño? En todo caso, yo estaba ebrio y Verónica vino a mí con sus historias. Tú me habías dejado solo, por eso le creí cuando me dijo que alguien se besaba contigo en una de las habitaciones. Lo demás fue una idiotez, lo sé, perdóname. Fue Verónica quien prácticamente me obligó a acostarme con ella…

—Daniel, eso para mí ya no tiene importancia. Debí habértelo dicho antes…

—Lo podemos solucionar, amor. Magda, yo sé que tú aún me amas…

Hay instantes que únicamente nos pertenecen a nosotros, que son exclusivos, y pareciera ser que sólo en ellos existimos en plenitud; lo demás es “la vida”, ir de aquí para allá a lo largo de la existencia, buscando esos momentos que nos pertenecen sólo a nosotros. Eso debe haber sido, o algo parecido, lo que le ocurrió a Alfredo España, porque, cuando logró hacer contacto con la estación, le pidieron que esperara, escuchó voces y música, pero no entendió nada. No le dieron tiempo de explicarles su deseo de hacer saber al gran público que su soledad al fin había terminado y que sentía una urgente necesidad de esparcir en el espacio las notas amorosas de su pecho exultante. En silencio, esperando con la bocina impersonal pegada a la boca y al oído, Alfredo imaginó en ese instante buques errabundos contactándose en mares imposibles, buques embriagados navegando en aguas volubles, buques cuya tripulación era de origen oscuro y tan vieja como el mundo.

Los empleados de la estación de radio, que en el ínterin eran puestos al tanto de la situación amorosa de las personas que hacían los llamados, decidieron intervenir en la conversación de Daniel y Magda para evitar que ella diera por concluida la comunicación. Se presentaron. Se dirigieron a Magda, tratando de parecer conciliadores. Para justificar su intromisión, los conductores (un hombre y una mujer) explicaron a la muchacha el formato y la finalidad del programa: “Estamos al aire, Magda. ¿Tienes un aparato de radio cerca? Sí, seguramente lo tienes. Enciéndelo y localiza Delta Radio, 67.3 de F.M. Estás en Heart’s Connection. Qué te parece”.

De pronto todos callaron; sólo se distinguieron los sonidos característicos del ir y venir de personas agitadas y el rechinar de escritorios, junto con el intento de sintonizar una radio desquiciada que recorría el cuadrante en ambas direcciones.

Convencido de that Magda hacía lo que le pidieron los conductores del programa, Daniel exclamó triunfante, como si el haberla llamado por intermediación de la radio hubiera sido una prueba máxima de amor:

—¿Ves lo que soy capaz de hacer por ti, Magda?

—De cualquier forma, no tengo nada que decirte —murmuró Magda, intimidada por escuchar su voz en la radio por única vez—. ¿Qué no entiendes? —agregó, modulando su tono, quizá fascinada por su timbre vocal, tal vez satisfecha de su acento entre suplicante y sensual—.

En algún extremo de la línea, la audiencia pudo escuchar simultáneamente murmullos-risas-gritos y silbidos, y luego la voz de Magda:

—Lo siento, Daniel, tengo que colgar.

Sin transición, los conductores del programa comenzaron a hablar acerca de la capacidad infinita del espíritu para perdonar, recordaron ejemplos, citaron parábolas y, sobre todo, se lamentaron por la falta de sensibilidad, la desconsideración de Magda con el auditorio que no podría ser partícipe del desenlace de lo que ellos consideraron “una bonita historia de amor”. Justo en ese instante, la frecuencia se vició, tal vez debido al volumen excesivo de una radio demasiado cercana al teléfono, y no se entendieron las respuestas de Magda.

Cuando el sonido se restableció, Daniel suplicó-rogó-imploró, puso como testigos de la intensidad de sus sentimientos a los conductores del programa, a los operadores de la radio y al público que sintonizaba la frecuencia en ese momento. Con un tono monocorde, sin inflexiones, Daniel lo mismo argumentó en su favor que describió dolores amorosos.

Por una confusión, los operadores de....


Perro Amor,

Juan Norberto Lerma ✍️

 📕 En ocasiones, el autor "estorba" a esa potencia o energía que desea contar historias y construir otras realidades. La escritura se transforma entonces en un milagro, en un acto de magia. #libros #Literatura  

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Secretos Reales 

Educado para mandar ejércitos y sobrellevar con dignidad sus emociones, en la primavera de 1247, Ralph Wright, heredero de una dinastía que había subyugado durante 325 años las tierras de la Península Fría, cumplió diecinueve años. Eagle Castle era el lugar desde donde Ralph Wright ejercería su despotismo. Era un hogar luminoso, regado por ríos de espuma y en el que, en las peores épocas, florecían abejas por racimos. Cuando lograba escapar de la severa vigilancia de sus mentores, corría a refugiarse en la biblioteca y pasaba horas mirando láminas de demonios avasallados por los de su estirpe. Sin embargo, en las tardes lánguidas, su carácter inquisitivo y voluntarioso lo llevaba al galope por los bosques y montañas de su vasto territorio.

Al término de sus lecciones de astrología, el príncipe deambulaba por los salones lúgubres del castillo. Su memoria, plagada de símbolos y constelaciones, absorbía detalles intrascendentes de los muros y, con esos exiguos datos, fraguaba conspiraciones y escapes inverosímiles.

Una noche, más por curiosidad que por vicio, acechó una conversación de siervos detrás de una columna. Escuchó con claridad hablar de una habitación prohibida y de una leyenda oscura que amenazaba su sangre, su casa y su destino. Su ánimo aventurero y sus deseos de descifrar misterios le sugirieron no lanzarse contra la servidumbre, sino desentrañar el misterio.

Evitó a los historiadores de su linaje y se negó a cometer la infamia de entrevistar a sus lacayos, que, a cambio de dinero, serían capaces de inventar ascendencias anodinas que justificaran la nobleza de su sangre. En cambio, dio rienda suelta a su imaginación desenfrenada; por las noches conversaba con los astros y leía, página tras página, El Libro de la Iluminación.

No ignoraba que todo castillo contiene pasillos secretos y habitaciones ingratas; haciendo cálculos y auscultaciones, limitó sus curiosidades a un punto preciso, situado entre el salón de recibimiento a majestades imperiales y el aposento de sus amadísimos padres. Lo estudió durante cuatro estaciones.

A punto de cumplir los veinte años, Ralph Wright detuvo sus indagaciones y conversó con los reyes en una cámara en la cual un rayo de sol opacaba el oro de sus coronas y en la que unos pájaros diminutos, fabricados especialmente para ellos, entonaban melodías que hacían palidecer el conmovedor sonido del entrechocar de los diamantes que brotaba de una fuente en movimiento continuo, situada en un atrio de mármol rosado.

Nada se supo del coloquio ni nadie sabrá jamás lo que se dijo en esa cámara habitada por sangres nobles, descendientes directos de una divinidad temprana que reinó durante las primeras eras desde el centro de un volcán, actualmente venido a menos.

La noche siguiente, el príncipe leyó en el firmamento su futuro. Guiado por un mandato superior al de sus padres, destrozó varios muros y, al final, halló la habitación que desde hacía casi un año perturbaba su sueño. Se encaminó a la puerta amenazante. La abrió y quedó de frente a su pasado. Una bocanada de oscuridad le azotó los ojos, como un bicho nocivo.

El sitio no era muy grande, si acaso era mayor que el púlpito de los sermones, pero contenía tanta iniquidad vuelta polvo y tesoros robados a otros monarcas, que, para su sensibilidad, el espectáculo resultaba vomitivo. Ralph Wright avanzó a tropezones; sus pies arrastraron huesos largos y cráneos de enemigos milenarios torturados. La fetidez le nubló la mente y la comprensión le hirió, con un tajo cruel de luz, el entendimiento.

No era desce....

 

El Funeral de Sócrates 

Al funeral de Sócrates asistieron decenas de curiosos; lloraron y departieron solemnemente alrededor de la tumba con vinos de color subido y manjares que se desbarataban en los labios. A la caída del sol llegaron varios personajes notables en la vida de Atenas. Unos dijeron: “Sócrates no está muerto y es un delito grave que no lo esté, puesto que ha incumplido una sentencia expresa de nuestros tribunales. Sus amigos lo han colocado en una nave y viaja al extranjero. Si Sócrates estuviera muerto, luego, entonces, estaría dando la cara desde su tumba abierta para que todos lo veamos. Y, aun así, es probable que sólo estuviera inmóvil. Así pues, Sócrates es culpable de cometer un crimen para evitar un crimen”. Eran sofistas que habían asistido al funeral con la única finalidad de arrojarle su desprecio a quien los había derrotado en todas las arenas, incluida la de la muerte.

En un grupo más allá de unos árboles amarillos se escuchó: “En efecto, Sócrates escapó y ahora es más libre que nosotros. El cuerpo que enterramos era suyo; sin embargo, lo que era Sócrates se reparte entre nosotros a partes iguales”. Estos eran escépticos, que simpatizaban con algunas ideas socráticas y que habían aprovechado la muerte de Sócrates para apaciguar su sed de conocimiento, bebiendo vinos de buena calidad.

En otro grupo, situado alrededor de una hoguera de boñigas, se dijo: “Sócrates era estúpido, pudo tener cuanto quería, pero prefirió su estúpida sabiduría”. Estos comieron abundantemente y bebieron hasta perder la cordura. Luego se reunieron en una taberna atestada de mujeres y lloraron amargamente sobre la desnudez de sus caderas.

En un último grupo reducido, en el que nadie lloraba, se dijo: “Sócrates, en verdad, era sabio, prefirió la muerte a vivir envilecido. ¿Acaso su congruencia no lo vuelve a nuestros ojos un ser puro?”.

Estos se apoderaron de la biografía de Sócrates y la desentrañaron según sus propias luces, coligieron lo que, aun al mismo Sócrates, no le fue revelado de sí mismo por su intelecto. De la paciencia de Sócrates derivaron tomos inabarcables, lo convirtieron en un santón y fundaron una religión nueva, cuyo templo se sostiene en una tumba y se extiende hasta las orillas de los mares.

 

 

Sobre el Autor 

Juan Norberto Lerma

Escritor

 

Nací en el Distrito Federal y la vida me enseñó muy pronto que la existencia que me correspondía estaba en otra parte.

Mi infancia se desarrolló entre tolvaneras memorables y guerras de lodo. Crecí entre el descampado y, para mi fortuna, mi libertad nunca fue absoluta.

Fui a la escuela como todos y la sufrí como muchos, con un sentimiento de culpa que aún me persigue.

La escuela primaria a la que asistí consistía en tres o cinco salones rodeados de fango, con micas verdes en lugar de cristales en las ventanas. El patio comenzaba en el umbral del salón y terminaba en las increíbles faldas de las cadenas de montes negros que rodean a la ciudad.

Acepté con indiferencia los sucesivos años de instrucción escolar y, a su debido tiempo, los libros vinieron a mí. Me encontraron envuelto en batallas desiguales y me descubrieron el sentido que buscaba para mi vida. Hubo páginas consoladoras y, las más, reveladoras. Desde entonces, la vida nunca ha sido más la misma.

Soy escritor y he trabajado en el periodismo. También soy difusor cultural. He colaborado en un programa que transmite Radio BUAP, 96.9 FM.

Gané el primer lugar de cuento en un concurso convocado por la Universidad Nacional Autónoma de México.

El Departamento de Actividades Culturales de la Facultad de Estudios Superiores Zaragoza editó una plaquette con algunos textos de mi autoría y la presentaron en la Feria del Libro del Palacio de Minería.

En 2024, Ediciones Ibarrola publicó mi libro de cuentos Las Mariposas Cantan de Noche.

De forma independiente publiqué el libro de cuentos La Bestia entre los Días.

También publiqué, de forma independiente, tres libros de poesía: Delirium; El Imperio del Polvo; y Cristo Pastor, Madre de Hierro.

Perro Amor,

Juan Norberto Lerma ✍️

 📕 En ocasiones, el autor "estorba" a esa potencia o energía que desea contar historias y construir otras realidades. La escritura se transforma entonces en un milagro, en un acto de magia. #libros #Literatura  

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