Perro Amor / Juan Norberto Lerma
Perro
Amor,
Juan
Norberto Lerma ✍️
📕 En ocasiones, el autor
"estorba" a esa potencia o energía que desea contar historias y
construir otras realidades. La escritura se transforma entonces en un milagro,
en un acto de magia. #libros #Literatura
#cultura
#libros #literatura
👉 https://books2read.com/Perro-Amor
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©
Derechos Reservados de Autor
Juan
Norberto Lerma
Registro Público del Derecho de Autor
Los Hombres de Agua
Entre
los hombres de agua era común anhelar la disolución o el descanso continuo. La
inmovilidad los fascinaba, porque podían entonces tatuarse la piel con el
reflejo de aves o flores y, los más diestros, con alguna cara de la luna y un
rastro vago de constelaciones. Desde luego, eran seres escurridizos, y no es un
adjetivo gratuito, sino un intento de ejemplificar de algún modo su condición
más íntima.
Vagaron
durante centurias en las zonas del occidente, que fueron las que, al principio,
mejor convinieron a su naturaleza. En el norte de Europa y en el mediodía
africano, generaciones enteras de estos seres fracasaron una y otra vez, debido
a las condiciones atmosféricas y a las corrientes inestables y accidentadas;
así que, siguiendo la dirección contraria al recorrido aparente del sol y
guiados por algunas corrientes de agua dulce, sin ningún drama individual o
colectivo, optaron por el oriente.
Se
llamaron a sí mismos “hombres” porque fueron capaces de crear un lenguaje,
estilizado a veces, adornado en ocasiones especiales con lotos y, en algunas
hojas sueltas rescatadas de cementerios marinos, se documenta que los más
hábiles lograron expresarse utilizando burbujas tornasoladas que contenían
criaturas acuáticas deslumbrantes. Además, lo que pondría de manifiesto, por lo
menos, sus valores espirituales, se dieron el lujo de tener dioses.
Naturalmente, eran deidades de naturaleza semejante al agua, aunque no
despreciaban a los seres fabulosos que por entonces deambulaban sobre la Tierra
custodiando humanos. Había aldeas de agua dulce, salada, y también amarga y
putrefacta, lo que determinaba en ellos el color de algo parecido a nuestros
cabellos. Las características del agua para ellos no significaban nada. Eran
rudos con los hombres de hierro y, a los de tierra, les declararon durante
muchas épocas la guerra.
Creían
que la lluvia era intermediaria entre la deidad y los ciudadanos; aseguraban,
incluso, que les traía noticias de mundos vecinos. Amaban la volatilidad y la
fluidez; sin embargo, la noción de eternidad les provocaba un estremecimiento,
que en ellos equivalía a la risa. Lo único que deseaban era morir lo más pronto
posible y dormir congelados en un equivalente mundano de nuestro Paraíso. Sin
embargo, tenían un ciclo otorgado por la naturaleza y ni aun ellos podían
quebrantarlo.
Los
hombres de agua se enemistaron con los primeros pobladores de la Tierra, debido
a que los humanos se aficionaron a robarles a las mujeres de agua. A los
humanos les fascinaban las formas esplendorosas de las mujeres de agua y, sobre
todo, la facultad que tenían para disolverse y regenerarse durante el
transcurso del acto amoroso. Las hembras de esa especie se disgregaban en gotas
temblorosas multicolores y dejaban un rastro de plata y, en ocasiones felices,
en un vapor que se condensaba en las frondas para caer de nuevo sobre el lecho.
Para recuperarse de una de aquellas batallas amorosas, un hombre sano debía
dormir ininterrumpidamente bajo tierra durante tres días. Era imposible volver
a reunir las partículas puras de la mujer de agua; si regresaba, siempre era
otro rostro, otras maneras de susurrar sus olas, distintas humedades, una gama
interminable de caricias y de formas originales. Los testimonios dicen que la
experiencia amorosa con ellas era única, literal y figurativamente.
Algunas
leyendas de pueblos antiguos, los Tork de Akuelang y los Fatm del norte de
Ubsi, afirman que los hombres de agua poseyeron a mujeres humanas. Unos dicen
que sólo las miraban, y aventuran que esos individuos líquidos gustaban de
resbalar por la piel de ellas, pero los más doctos llevan el asunto más allá de
la leyenda y presentan testimonios orales de mujeres que indicaron que la
posesión de esos seres era dulce y que del ayuntamiento no había producto
alguno. Desde luego, a las propagadoras de ese infundio, los hombres las
sacrificaron sin miramiento alguno, con una técnica llamada “muerte por agua”.
Cuando
los humanos comenzaron a utilizar el fuego, los hombres de agua perdieron la
guerra y tuvieron que marcharse a otras latitudes. Sin resentimiento alguno, se
fueron deslizando en hilos líquidos hacia lugares templados o fríos. Al término
de la Primera Guerra Mundial, un barco que vagaba a la deriva en las orillas de
Groenlandia reportó una “estela espumosa que se desplazaba por sí misma en
sentido contrario a la corriente natural”. Vista con detenimiento, descubrieron
que era una especie de cardumen, integrado por “una especie de seres a veces
azules, pero casi siempre blancos o incoloros”.
Ya
en tierra, y con la lengua aceitada ----
Perro Amor,
Juan
Norberto Lerma ✍️
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Insomnio con Bala
Rómulo
Esperanza estaba mirando de nuevo el túnel negro que los muchos días sin dormir
le provocaban, cuando a lo lejos escuchó un disparo. Se había trepado a una
escalera para alcanzar la cara de la figura de yeso de un San Martín, y ni aun
con el estremecimiento que le provocó el ruido dejó de agitar el trapo húmedo
para cumplir con su cometido.
El
estampido de la bala fue dando tumbos por las paredes coloridas del poblado El
Manzano, y el entendimiento de Rómulo Esperanza hizo lo posible por no quedarse
muy atrás del zumbido del tiro que disparó un parroquiano en la cantina Los
Iluminados. El bicho al que iba dirigida la bala había dado dos vueltas sobre
una cerca de piedra negra y, sin exclamar ningún quejido, cayó del otro lado
sobre unas botellas. Una docena de pájaros que bebían agua en los charcos se
refugiaron en los álamos vecinos, y los niños que acababan de salir de la
escuela cayeron de espaldas en las escaleras.
Calle
abajo, el estampido se redujo y sus astillas volaron por las callejuelas, pero
la bala siguió su curso. En la plaza, sólo se escuchó el zumbido limpio, como
de bala nueva, cuando pasó para reposar su carrera en los escondrijos del
templo del Señor Santiago.
En
cambio, Rómulo Esperanza había dejado de ver el túnel negro que lo perseguía en
el instante en que recordó que había sido elegido para representar a un
centurión en el drama de la Crucifixión que realizaba año con año la capilla.
Hacía varios días que Rómulo Esperanza no dormía; sin embargo, mientras
limpiaba los nichos de los santos en el templo del poblado, le pareció sentir
un golpe de aire en uno de sus costados y escuchó, casi enseguida, el tintinear
de un metal junto al Sagrario, al que él todavía no llegaba con su cubeta y su
escalera. Por un instante, Rómulo Esperanza se dijo que quizá el Señor Santiago
había escuchado al fin sus oraciones y había comenzado a llover dinero.
Escuchó
el revuelo que ocurría allá afuera y, de unos cuantos pasos arenosos, llegó a
la puerta. Todavía alcanzó a ver a la gente que se había escondido entre las
bancas de la plazoleta y descubrió que, en los costados de las jardineras,
estaban agazapados algunos jóvenes. Se sintió liviano y creyó que la voz ronca
del balazo le había aguzado los sentidos y que, por lo mismo, notaba una
tonalidad distinta en los colores de cuanto lo rodeaba.
Le
pareció que las rejas de la ventana de Remedios Estrada estaban recién pintadas
y que él, absorto en su insomnio, no se había dado cuenta. Le extrañó no verla
a ella vigilando la entrada de la calle, sino a una niña pequeña que, de
espaldas al muro, jugaba a atravesar la pared, y lo sorprendente es que lo
conseguía.
Tal
vez Rómulo Esperanza hubiera vivido durante muchos años de no haber dudado de
lo que veía, o, por lo menos, ese instante se le hubiera figurado tan grande
como otra vida. Sin embargo, Rómulo parpadeó repetidas veces para creer lo que
estaba viendo y, en ese instante, dejó de sentir el suelo; el túnel negro se
había instalado en su costado. Una brisa amable lo llevó a mirar de cerca, por
última vez, los lugares que había amado, y a descubrir una calle amarilla que
nunca antes había visto, y, más tarde, lo depositó con suavidad frente al muro
por donde la niña se había escapado.
Dioses en la Tierra
Cansado
el género humano de producir horrores, organizó jornadas de oración mundiales,
en las que se acogía a las virtudes de sus diversos dioses y les rogaba con voz
quebrada su redención.
Su
aplicación y fervor fueron premiados. Vinieron sobre la Tierra ángeles de los
cielos más remotos a predicar verdades eternas, pero se enamoraron de las
mujeres terrícolas y se las robaron. Los hombres, coléricos, los expulsaron.
Entonces, llegaron mujeres angelicales consagradas al servicio de los dioses
más severos y, los hombres, al paso del tiempo, las corrompieron, utilizándolas
para sus exclusivos placeres. Las mujeres las repudiaron y las angélicas
tuvieron que marcharse.
Los
dioses encaminaron profetas a la Tierra y los hombres los lapidaron; enviaron
mensajes envueltos en el disfraz de la naturaleza, y la humanidad no les hizo
el menor caso; mandaron plagas y enfermedades desconocidas, y los hombres las
combatieron, haciéndose cada vez más invulnerables, y más propensos a cometer
mayores iniquidades.
Cansados
los dioses de la inhumanidad de la humanidad, decidieron parlamentar con los
hombres sin ningún intermediario. En medio de un despliegue de fenómenos
naturales exacerbados, descendieron unos y emergieron otros, presentándose a
los ojos de los hombres.
Espantados
primero, asombrados después, los hombres recibieron con jolgorio a sus dioses,
y, en unas cuantas horas, se hallaban con el ánimo dispuesto para, en cualquier
descuido de las divinidades, estudiarlos, seccionarlos y clasificarlos según
sus orígenes y su jerarquía celestial. En este primer contacto, naturalmente,
los hombres temían su destrucción; sin embargo, coligieron que un creador no
desecha nunca su obra del todo, sino que la modifica, procurando embellecerla y
salvar la parte noble que hay en ella. Así que se convencieron de que ni aun
ellos, los eternos, podían sustraerse al orden que habían preestablecido, por
lo que tenían que desechar esas funestas ideas y asumir sus errores y desvaríos
divinos. Una prueba positiva irrefutable de lo que pensaban era que los dioses
los habían confrontado.
Con
todo, los hombres dispensaron un trato distinguido a los dioses. Organizaron
conferencias magistrales, concentraciones incalculables de gente, enlaces
mundiales y, en cada acto, un dios exponía su sabiduría, que, a decir verdad,
en el fondo era una paráfrasis de un conocimiento enunciado por hombres
antiguos. Todo el discurso se podía reducir en pocos términos a lo siguiente:
“Deja en paz a tus dioses; véncete a ti mismo”.
Los
dioses se aficionaron demasiado pronto a la fama terrenal, rivalizaban entre sí
y competían por dar el mejor ángulo ante las cámaras; gozaban dando entrevistas
exclusivas y otorgando autógrafos incunables, y hasta se dejaban ver en playas
paradisiacas en compañía de diosas portentosas y un grupo nutrido de
incondicionales. Aun cuando ya nada humanamente comprensible tenían que
exponer, los dioses telefoneaban a las televisoras y a los diarios y daban a
entender que harían revelaciones extraordinarias y portentosas, pero todo
terminaba en glosas y protagonismos.
Cuando
no cancelaban las reuniones en el último momento, llegaban tarde. Protagonizaron
hechos de nota roja memorables, filmaron películas innombrables y, en un lapso
relativamente pequeño, se corrompieron de tal forma que unos se volvieron
astros o volcanes; otros, convertidos en estatuas de sal por un hado
inextricable, fueron arrojados en bateas para ser devorados por rumiantes; y
los más terminaron enloquecidos, acompañando en sus correrías a los hombres y
errando en infiernos personales, en los que finalmente fueron consumidos.
Luego
de que los dioses desaparecieron de la faz de la Tierra, los hombres
recapitularon. Irreverentemente pensaron que todo cuanto los dioses habían
realizado era un espectáculo de éxito probado en teatros y circos terrenales,
con la ventaja, eso sí, de que sus trucos eran incontrovertibles, y, con
respecto a sus palabras, discurrieron que no significaban más de lo que podían
decir un filósofo o un escritor mediocres.
Con
tristeza, pero no sin satisfacción, las criaturas vieron lo similares que eran
ellos y sus artesanos, y dedujeron que, más allá de la autoridad de los dioses,
debía existir una especie de energía que integrara todo cuanto existe.
Entonces,
los hombres actuaron como dioses sabios y finitos por un periodo breve e
inventaron máquinas terribles con las que pretendieron entrar en contacto con
lo que llamaron “La Esencia de los Seres y las Cosas”. De toda esta locura
devinieron catástrofes, tragedias irremediables y muchos murieron presos de
visiones espantosas.
Entre tanto, los dioses sobrevivientes al co....
Perro Amor,
Juan
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Noticias de Wark
En
Wark no existen las calles; lo que hay es un puñado de algo parecido a casas
montadas de forma irregular entre los árboles. A sus habitantes, callados y
metódicos, casi nunca se les ve en grandes concentraciones.
Lo
inusual es que nunca tocan el suelo, dependen absolutamente de frondas
generosas para su subsistencia. A veces hay incendios o estampidas de
bucéfalos, pero ellos ni aun así bajan, puesto que sus piernas son más frágiles
que las de los pájaros. Viven de hojas e insectos y su descendencia, desde los
primeros meses, se acostumbra a masticar cortezas de ramas lechosas. No viajan
muy lejos y, difícilmente, se les ve cerca de las ciudades.
Naturalmente,
mueren, pero sus cuerpos no son enterrados. Realizan un ritual en el que
predomina el estatismo y el intercambio de noticias por medio de ademanes. Ahí
es cuando concretan bodas y conocen a los más pequeños. De noche, cuando están
más conmovidos, cantan y dicen versos que hablan de su debilidad sobre la
tierra.
Su
voz de todos los días es parecida al crepitar de las hojas en otoño, pero,
cuando reverencian a uno de sus muertos, expresan sonidos parecidos a los que
hacen los ríos matutinos. La ceremonia termina cuando depositan al muerto en el
interior de un árbol hueco. Ese árbol se vuelve sagrado y toma el nombre de la
persona fallecida.
La
combinación del muerto y el árbol produce gases que de noche se ven azules o
morados. Los colores están en relación directa con la edad del fallecido. Es
verdad que de noche el bosque inspira curiosidad y que los árboles secos
producen miedo. La gente de los alrededores afirma que de ahí se exportan al
mundo las dríades, las lamias y los trolls y que es entonces, en esas nuevas
formas, cuando esos seres se permiten visitar las ciudades.
La
persona que me contó el cuerpo de la información principal que describe a los
habitantes de Wark juró que cuanto dijo ha sido corroborado en dos laboratorios
universitarios, pero, desde luego, esto último no es seguro. Quienes han
indagado el fenómeno se niegan a expresar, públicamente o en privado, cualquier
acercamiento que tenga que ver con bosques encantados o figuras de humo.
Visiones de un Tirano
En
las tierras rojas de Kalula, un tirano gobernaba a los habitantes de Valle
Cristal. Era tal su necesidad de ser obedecido, que daba órdenes a las bestias
de la llanura, a las aves rojas del cielo amarillo y, una vez, le mandó al río
hacer un camino de espuma para que bajaran a beber sus perros de fuego. Aun a
costa de cientos de vidas, sus órdenes eran cabalmente cumplidas.
Una
tarde, cuando estaba especialmente aburrido, vio bajar por el camino que
bordeaba su castillo de columnas ingrávidas a una pareja de labradores. Le
llamó la atención el pelo colorido de la muchacha: era como si se hubiera
concentrado en sus rizos la pintura de la mañana o la algarabía de las aves que
trinaban sin reposo en los bosques encantados de por ahí cerca; lo sedujeron
sus formas suaves y su manera delicada de tomar el antebrazo de su acompañante,
un joven de porte digno, algo esmirriado y de rasgos afilados, que se dejaba
conducir pacíficamente por el terreno escarpado al arbitrio de la muchacha. De
inmediato, el tirano mandó a un emisario a llamarlos. Al poco rato, la muchacha
hermosa y un joven ciego estaban frente a él. Al contemplar la juventud y
belleza de ambos, el ánimo del tirano se suavizó.
—Es
mi deseo que pasen esta noche bajo mi techo —dijo—.
La
muchacha miró al joven y descubrió que, en el fondo de sus ojos violetas, se
acentuó una sombra.
—Siento
contrariarlo, mi señor —respondió—. No es posible que pasemos la noche aquí,
puesto que, al llegar la oscuridad, mi esposo se desvanece y predice el futuro,
y estimo que con sus delirios y mis cuidados podría turbar vuestro sueño y el
de tus siervos.
Al
tirano le interesó el poder del ciego e inmediatamente pensó en la forma de
arrebatárselo.
—¿Es
verdad lo que dices? —preguntó el tirano, un tanto exaltado—.
—Tan
cierto como que él sabía que precisamente hoy tú nos mandarías traer e
intentarías a toda costa retenernos.
El
tirano rio de buena gana y ordenó a su servidumbre que los condujera a uno de
los aposentos.
—Sería
bueno vigilarlos para comprobar la veracidad de sus palabras y, de ser ciertas,
saber lo que a su majestad le deparará el destino en la guerra con los hombres
del Señorío de las Cuevas —murmuró al oído del tirano uno de sus funcionarios—.
Varios
sirvientes guiaron a la pareja a una habitación lujosa. Era tal la ambición del
tirano, que no dudó en ir él mismo, en compañía de tres de sus ayudantes, a
espiar a la pareja. El grupo se situó detrás de un cortinaje y, cuando vieron
lo que ocurría en la habitación, se pusieron al acecho. Tal como lo había dicho
la mujer, al caer las primeras sombras, el ciego se desvaneció y los objetos
cercanos saltaron hechos añicos; enseguida, un muro se resquebrajó, dejando ver
varios esqueletos humanos; el piso se fracturó y, de las aberturas, brotaron
nubes de humo y polvo moradas y escarlatas.
En
suma, se produjo tal confusión en la habitación que los ayudantes del tirano
creyeron que estaban frente a un demonio, y, como no pudieron soportarlo,
huyeron enseguida. Dentro, el ciego rugía y se agitaba; sus ojos parecían
lanzar llamaradas de fuego negro y, sobre su fondo violeta, se dibujaban
imágenes de mortandades pasadas y calamidades futuras. Sólo la mujer que
acompañaba al joven poseído se mantenía impasible. En un rincón, contemplaba
fervorosamente una Rueda de la Vida y murmuraba palabras de un canto dulce que
rememoraba los tiempos de paz de unos campos rojizos vecinos. Los
estremecimientos del ciego fueron disminuyendo paulatinamente. El tirano estaba
paralizado. La mujer lo descubrió al terminar de caer un muro. Sentado en el
piso, con las piernas cruzadas, el joven comenzó a hablar con una voz muy
suave. Parecía mirar a lo lejos y sus palabras resonaban como en un abismo.
—El
Grande sol quemó la casa de la lluvia y criaturas etéreas inundaron el alma de
todas las cosas sobre la Tierra. El fuego caerá para toda la vida y no habrá
quién para atestiguarlo. Sólo el animal feroz enfrentará la muerte; las gacelas
se perderán en el bosque astillado y los astros callarán seis mil lunas. El que
obedece morirá por órdenes inicuas. Destrabadas del sentido, las conciencias
vagarán mil años, lloverá polen en el luto de los hombres y florecerá el
infierno. Nadie se salvará de las palabras dichas por el dios del sol y las
tinieblas. El soberbio mandará legiones contra legiones y no sobrevivirá la
raza que se oculta en sí misma. Bajo tierra crecerá la lengua y reptará hasta
la copa de árboles corrompidos; el espejo estallará en el lago y volverán
centuplicadas las ansias y el deseo.
El
ciego calló, exhaló largamente y, luego, pareció sumirse en un profundo sueño.
Todas las frases del joven le resultaban ajenas al tirano, incluso más que la
destrucción que reinaba en la habitación. Sin embargo, algo en su interior lo
obligaba a intentar desentrañarlas.
—Te
ordeno que me digas el significado de lo que acaba de pronunciar este hombre
—dijo, dirigiéndose a la mujer, que ahora acomodaba unas piedras diminutas
sobre la palma de su mano—.
—Verdad
es, soberano, que me podría costar la vida revelar secretos que sólo son
murmurados en oídos privilegiados; sin embargo, puesto que me ordenas que
desentrañe las palabras de este humilde augur, tu siervo, no podré negarme
—respondió la mujer, mirándolo fijamente y suspendiendo bruscamente su labor
con las piedrecillas—. Incluso, si me mandaras revelarte la misión que nos fue
encomendada, por la cual estamos en tu castillo, y que me está vedado por
dioses mayores susurrar siquiera, me sería imposible no complacerte si ese
fuera tu deseo.
—Habla,
te lo ordeno —murmuró el tirano, en el colmo de la excitación—.
—Mujer,
ten cuidado; nuestras vidas penden de tu lengua —murmuró el ciego, que parecía
luchar para no perder la conciencia.
Un
brillo feroz apareció en el fondo de los ojos turbios del tirano. Ya había
olvidado los sucesos extraordinarios que acababa de presenciar momentos antes,
y todo su ser era un bloque de ambición que ansiaba apoderarse de la facultad
portentosa del ciego. La mujer se arrodilló, cogió una piedrecilla ágata y la
colocó sobre su palma. De sus labios brotó un sonido tan dulce como el roce de
las nubes de los parajes azules que habitan las mujeres cuyos ojos son del
color del agua. El canto se prolongó varios minutos; el tirano estaba
cautivado. De pronto, la mujer extendió su mano y le tendió la piedrecilla. El
tirano la sintió hervir; sin embargo, no pudo soltarla, porque, con su
contacto, experimentó un placer extremo que le recordó su estancia con las impúberes
perversas del templo de Qublakoa.
—La
guerra será ganada por el Señorío de las Cuevas; a cambio, no morirás y
derribarás los muros salados del Señor Dorado —murmuró la mujer—.
Las
piedrecillas se incendiaron conforme ella hablaba; instantes después, se
apagaron y comenzaron a saltar agonizantes.
—Te
nacerá un hijo que dará gloria a tu nombre —añadió la mujer y, de pronto, se
detuvo—, sólo si...
El
tirano se agitó; de la comisura de sus labios escurría espuma amarilla.
—¿Cuál
es la misión que los dioses les han encomendado? —preguntó, con un aire
soporífero en la mirada—. Habla. Te lo ordeno —añadió, al ver que la mujer
miraba a su marido como pidiendo su aprobación—.
—Es
una tradición entre los habitantes de más allá de Valle Cristal practicar las
artes mágicas para ascender por las rebuscadas rutas de la divinidad, tanto
como para hurgar en la lengua de los demonios que revelan los secretos que
someten a los hombres —respondió la mujer—. En ocasiones, los demonios toman
formas divinas y los dioses se divierten con las pasiones humanas. Una noche,
mi esposo fue engañado por una de esas visiones. Le dio el don de conocer el
futuro, pero no le concedió verlo con sus propios ojos. Así pues, este hombre
que se halla ante tu magnífica presencia ha soñado que Yálox, El que todo lo
sabe, le revelaba el secreto de su curación y la pérdida de su talento.
El
ciego continuaba sentado, con las piernas cruzadas bajo su cuerpo; al escuchar
las últimas palabras de su mujer, un violento estremecimiento lo sacudió e hizo
que de sus cabellos brotaran pequeñas chispas blancas y amarillas. Al tirano ya
nada lo sorprendía; quería llegar hasta el final.
—Continúa,
te lo ordeno —dijo.
—La
condición impuesta por Yálox, señor de todas las vidas —murmuró con humildad la
mujer del ciego—, es encontrar a un hombre dispuesto a perder la parte esencial
que lo caracterice. Puede ser una cualidad, un sentido, una virtud, un recuerdo
o un miembro del organismo humano. Nadie lo sabe y, por eso, la gracia de dios
es una aventura.
Una
oleada de calor incendió las entrañas del tirano; si le era dado conocer el
futuro, podría subyugar y dar órdenes a naciones enteras. Extendió la mano
hacia el ciego y la apoyó paternalmente sobre su hombro.
—Así
sea —dijo, arrastrando las palabras—. Es mi voluntad poseer visiones de los
días venideros.
Los ojos de la mujer brillaron durante un par de segundos. En el contorno del augur apareció un halo sanguinolento; enderezó su torso y sus labios se entreabrieron. La mujer extrajo de entre sus pechos una bolsa de ante que contenía un juego de cristales multicolores. Los agitó entre sus manos y pronunció una letanía monótona. Escogió uno en el que se veían vetas como las nervaduras que se les atribuyen a los endemoniados y se lo ....
Ronda con Lobo
Los
animales de La Purísima amanecían destrozados. Les comían las entrañas luego de
derribarlos de un tajo sorpresivo en la yugular. Las guardias nocturnas que
acampaban en las afueras del pueblo no resolvían la matanza ni contenían la
furia y el hambre de la bestia que asolaba el ganado de los ranchos del lugar.
Muchos
de los hombres que asistían a las rondas iban como a una fiesta, cantaban al
calor del fuego y disipaban sus penas entre tragos; otros, desde su salida al
despoblado, daban rienda suelta a sus nostalgias y a su fantasía. No había
ningún misterio en las muertes del ganado; hasta el más desprevenido tenía la
certeza de que el asesino era un lobo.
Entre
el grupo de paisanos se distinguía Ataúlfo Villegas, quien se ufanaba de
acertar con su carabina a un zopilote que volara a más de trescientos cincuenta
metros de altura, y repetía a voces que, con su arma en el hombro, era capaz de
enfrentar lo mismo a brujas que a demonios.
Una
noche de junio, sin tener nada en mente, Ataúlfo Villegas se alejó del puesto
de vigilancia y canturreó alrededor de los corrales. El viento arremolinaba
nubes turbias sobre su cabeza y, en un claro, se detuvo a contemplar su sombra
brava, que parecía adelantarlo en el terreno que pisaba.
Toda
su vida, Ataúlfo había convivido con los animales del rancho; comprendía con
mayor claridad el respingo de una vaca que el mensaje contenido en el pestañeo
de una mujer dispuesta a aceptar sus propuestas de amores. De pronto, escuchó
los pasos pesados de las bestias que se movieron como si estuvieran olfateando
un tufo de peligro proveniente de los matorrales.
Un
lobo lo estaba mirando desde unas matas amarillas y parecía leer en su interior
su miedo. Era un perrazo gris de la altura de un becerro. Estar en sintonía con
las reses tenía su desventaja. Lo supo al retroceder, estremecido de miedo.
Ataúlfo quiso gritar, pero sus labios crispados sólo emitieron algo similar a
unos mugidos.
Escuchó
el roce de unas patas felpudas entre la espesura y alcanzó a ver cuando, de
pronto, le brincó el bicho con las fauces abiertas, directo sobre su cuello.
Simultáneamente, el estampido de un disparo de su carabina lo hizo caer de
espaldas sobre unas matas oscuras.
Con
el alboroto, los animales saltaron las trancas y escaparon por el campo
abierto, alertando a los demás hombres, que corrieron para ayudar a su
compañero. Es probable que Ataúlfo no supiera que en el pueblo se decía que los
lobos repudian la carne de los hombres, porque la sustancia del miedo la
contamina y la vuelve amarga para su paladar refinado. El rumor de pasos y el
estampido de más tiros le llegaron desde muy lejos, pero Ataúlfo continuó
sintiendo el roce de un hocico peludo contra su vientre frío y se quedó muy
quieto, añorando la tibieza de unas ubres contra sus mejillas.
Ya
sin el lobo husmeando por los alrededores, el resto de la comitiva que había
participado en los rondines tuvo tiempo de sobra para sorprenderse de que la
fiera hubiera saltado limpiamente el cadáver de Ataúlfo Villegas, y que hubiera
preferido irse detrás de las ancas deslucidas de un par de yeguas.
Drag El Conquistador
A
la entrada de Ciudad Mina Roja hay una estatua que, en todo, se asemeja a un
héroe antiguo, real o ficticio. Luce una túnica helada color bronce y blande
una espada acerada capaz de partir de un tajo a un ser humano. En lugar de
rostro, tiene un hueco por el que, según la inclinación del que contempla, lo
mismo se puede mirar el templo de las Vírgenes del Agua, que se llama así en
memoria de un puñado de muchachas que, en el año 43 después de Cristo,
simularon que aceptaban mezclarse con el enemigo y destruyeron una represa para
salvar a su pueblo; o bien se puede ver el techo jaspeado de un mercado venido
a menos, que sobrevivió a la época de Las Cruzadas y sufrió las bombas de la
Segunda Guerra Mundial; y, un poco más a la derecha, se observa una de las
trece torres del palacio imperial, desde donde reinaron treinta y dos
emperadores.
Anteriormente,
los lugareños llamaban a la figura sólo “Drag El Conquistador Vencido”; sin
embargo, ahora se le conoce como “Drag El de los Mil Rostros”. A primera vista,
el nombre de la efigie parece una incongruencia, pero la nueva manera de
designarla cobra sentido cuando se sabe que, como la estatua está colocada en
una zona que ofrece una vista privilegiada de la ciudad, los visitantes
acostumbran a trepar por los escalones que hay detrás de la figura para colocar
sus caras en el óvalo vacío y tomarse fotografías. Los rostros de los
visitantes embonan a la perfección en el modelo del héroe o conquistador ahí
representado. Desde su altura, los paseantes pueden contemplar la ciudad tal y
como la vio Drag cuando la atacó en tres ocasiones, durante nueve meses, y
pereció en el intento de doblegarla. Cuando uno se entera de la enemistad de
Drag y Ciudad Mina Roja, cobra sentido la disposición de la estatua, y entiende
los motivos por los cuales la figura tiene un hueco sobre los hombros, en lugar
de la cara del héroe.
La
idea de los pobladores de Ciudad Mina Roja de colocar ahí la estatua no es
casual. Lo que quieren decir al extranjero es que cualquiera de ellos que
intente asolar su ciudad correrá la misma suerte que Drag. Luego de resistir
satisfactoriamente los asedios del conquistador (mataron a todos los espías
incrustados en su propia ciudad; a continuación, hicieron un riguroso
inventario de armas y hombres decididos y se lanzaron al ataque), los
habitantes de Ciudad Mina Roja aniquilaron al héroe con una carga nocturna que
lo hizo retroceder un par de kilómetros, junto a los Lagos Menores. Ahí fue
capturado y pasado a cuchillo sin miramiento alguno.
Posteriormente,
los antiguos guerreros que vencieron a Drag El Conquistador fabricaron la
estatua con el armamento que le arrebataron a los invasores. Milagrosamente, la
espada sobrevive al paso del tiempo y les recuerda el poder de su adversario.
Actuando de tal forma, los habitantes de Ciudad Mina Roja consiguieron tres
cosas: primero, impedir que la posteridad conociera y quizá admirara los rasgos
de su rival; segundo, tenerlo a mano para vigilarlo estrechamente; y, tercero,
acaso sea la más importante: convencerse de que Drag estaba muerto y que no los
atacaría de nuevo.
El Mar Cautivo
Una
tarde de julio, especialmente calurosa, Rodrigo Quintero llegó a Berma, en las
tierras nuevas de La Esmeralda. Tomaría un tren a El Manzano para hacerse
atender el mal que lo aquejaba desde hacía más de tres años. Aún era joven y
fuerte, pero, si su dolencia se empeñaba, no llegaría a los treinta y cinco
años. El centro de la ciudad era un hervidero; en las calles atestadas se
respiraba un aire caliginoso y, en las aceras, los turistas retardaban el paso
como si fueran andando sobre un piso de mermelada.
En
la estación de Berma, un oficial revisó con rigor su equipaje. La maleta
raquítica de Rodrigo Quintero no contenía más que dos camisas a las que les
faltaban algunos botones, una trusa holgada, y un par de calcetines
desgastados. Más debajo, se encontraban algunas litografías, varios tubos de
pintura y un juego de pinceles perfectamente acomodados. Nueve en total, y un
lienzo viejo de algodón rancio, pero siempre listo para ser utilizado. Casi con
inquietud, el oficial retiró las manos con prontitud de los artículos que había
en la maleta y se le quedó mirando a la cara sin disimulo. Rodrigo alzó los
hombros y miró en dirección a la entrada. En la cartera llevaba varios papeles
maltratados y un par de credenciales sin fotografías, y el militar hizo una mueca
de resignación al descubrir en el fondo tan sólo tres billetes de baja
denominación, corrientes y arrugados.
Rodrigo
permaneció impávido cuando el hombre le pasó las manos por el pecho, la cintura
y las piernas. Minutos después, el oficial le permitió el paso. Balanceando la
maleta en la mano, Rodrigo caminó calmosamente por el pasillo. Con parsimonia,
pensó que su carga más detestable estaba dentro de sí, en una especie de
esquina de su alma; sabía que se había enquistado en su cerebro y que le roía
el corazón quinientas veces al día. A las tres con treinta, Rodrigo abordó un
trenecillo en el que se adormiló por espacio de dos horas.
Al
descender en El Manzano, anduvo al acaso por la estación, mirando los diarios,
los cartelones turísticos, los rostros de los recién llegados. Diez minutos más
tarde, pareció decidirse y se encaminó a la salida. Bajo un árbol descolorido,
hurgó en la bolsa de su camisa. Leyó una dirección y unas instrucciones en un
papelillo ajado y enfiló su andar por un callejón que subía. Veinticinco
minutos después, entró en un barrio lleno de sol, vagos mendicantes, mujeres
carnosas y niños desdentados.
Rodrigo
estaba ahí para una cura por olvido. Por casualidad había escuchado la
referencia en una cantina hacía apenas dos años. El hombre del que escuchó el
dato fue parco, lo dijo sin que nadie se lo preguntara y como si hablara desde
una región helada. En tres trazos dibujó un tratamiento eficaz para los dolores
que producen los recuerdos amargos. Fue como un latigazo de luz para los
pesares de Rodrigo, porque el hombre que lo contó, minutos después, olvidó
hasta el lugar en el que se encontraba y, cuando los que lo rodeaban lo
interrogaron, respondió, durante un buen rato, con palabras enrevesadas, que no
sabía a lo que se referían. Aunque los que estaban cerca del sujeto entendieron
sus palabras, por alguna razón que no comprendían, no les quedó duda de que
hablaba en una lengua desconocida.
Al
doblar por la calle General Arsenio Balladares, Rodrigo se encontró de pronto
con la fachada que el hombre aquel había descrito desde su lucidez o desde una
charca de olvido. Era cierto, el establecimiento existía. Dos años y muchas
vísceras podridas le habían costado decidirse, pero, al fin, la cura estaba al
alcance de sus manos. Estaba a la mitad de esa calle populosa, colindaba con
una tienda de vestidos de novia y una peluquería. Al frente del local había una
puerta diminuta, por la que apenas podía entrar un hombre de complexión
mediana. En el frente decolorado, colgaba un letrero que ofertaba los servicios
que Rodrigo requería.
Lo
recibió un hombrecillo calvo, de gafas y con un gabán muy grande. Era hablantín
y zalamero; le dirigió varias sonrisas y, enseguida, tasó el valor de sus
servicios. Rodrigo asintió en silencio. El hombrecillo le tendió entonces un
frasco transparente que se perdía entre sus manos. Rodrigo torció la boca y
quiso esbozar una sonrisa, pero el hombrecillo lo apuró con los ojos. Le pidió
sus datos generales, los anotó en un cuadernillo, y le indicó un pasillo que
conducía a una habitación marcada con el número siete.
En
el trayecto hacia la pieza no se cruzaron con nadie; el corredor era lóbrego y
estaba vacío. Para animarlo, el sujeto le contó que por ese local habían pasado
desde parias hasta hombres con futuro. Rodrigo se alzó de hombros y caminó con
cuidado para no tropezar con los pies del pequeño. En el umbral carcomido de
una habitación, el hombrecillo le exigió la paga y le advirtió que no se
volverían a ver nunca y que, cuando todo hubiera concluido, un empleado lo
conduciría hasta la salida. Sin decir nada más, se despidieron.
Una
vez a solas, Rodrigo fue hasta el fondo de la habitación y abrió la ventana. A
lo lejos vio el destello de un mar anaranjado y, en el fondo, unas montañas
azules. Respiró hondo y se quedó mirando desdeñosamente el vaivén de varios
barcos anclados en la bahía.
Rodrigo
se tomó las gotas del olvido. Al instante sintió que un torbellino de imágenes
le nublaba el entendimiento y, para aliviar el malestar, se tendió bocabajo
sobre la cama. Con las escenas de toda su vida dándole vueltas en la cabeza,
sintió un ahogo que lo sacudió varias veces, como a un pez fuera del agua, y,
tres minutos después, de alguna manera percibió que el torbellino aminoraba su
fuerza y que se convertía en una especie de cascada.
Dos
horas después, Rodrigo Quintero sintió que una especie de hueco se había
abierto detrás de sus ojos y que algo, tan sutil como una mariposa, planeaba
aquí y allá dentro de su cabeza y que no conseguía fijar su atención en nada.
Le llevó un poco de tiempo descubrir que el hueco que sentía en su mente se
llenaba con las cosas inmediatas, al alcance de su mano, y que mirar los
objetos que lo rodeaban le aliviaba el desconcierto.
Los
sucesos remotos y recientes guardados en su memoria aún iban y venían en su
mente, justo como los barcos que había visto antes por la ventana. Unos partían
con las velas desplegadas, otros eran tan viejos que simplemente se hundían,
pero el mar sobre el que flotaban no se iba; esas aguas permanecían cautivas en
la bahía.
Cuando
los recuerdos dulces y amargos de su vida se hubieron borrado de su mente, dio
con un espejo y se estuvo contemplando por espacio de una hora. No sabía quién
era, pero algo en su interior que no se había borrado ni se borraría del todo
le decía que él era Rodrigo Quintero. Le llamó la atención la mueca que le
obligaba a fruncir los labios y mostrar su dentadura. Luego de ensayar varias
veces, comprendió que, al sonreír, el aspecto de su rostro se volvía tolerable.
Sobre el lavabo, se humedeció los ojos y le pareció maravillosa la textura del
agua y de la toalla. Permaneció mirando el espejo y le llevó más de una hora
comprender que, para el sujeto que estaba ahí dentro, en el reflejo, los
objetos eran reales y que, para él, que estaba enfrente, los objetos también lo
eran, pero afuera.
Revisó
la habitación y le bastó echar un vistazo para sentirla como si fuera suya. A
tientas encontró su maleta y, sin mucho esfuerzo, la abrió. No los recordaba,
pero encontró rápidamente los pinceles, sus tubos de colores y los documentos
de su cartera. Se sentó a mitad de la habitación y, lentamente, comenzó a hacer
trazos en el aire, como si pretendiera rellenar los huecos que danzaban dentro
de la amplitud vacía de su memoria. Dibujó lo que veía por la ventana, la
ventana y un par de barcos quejumbrosos, y dos o tres recuerdos anidados en el
filo de un abatimiento que no cedía del todo.
Al
poco rato olvidó el mar y las montañas y cuanto había visto frente al espejo,
pero en su mente se clavaron las flores azules de la colcha y los rombos del
papel de las paredes.
Había
estado pintando lo que le faltaba a su mundo, pero todo se desvanecía. El hueco
era cada vez mayor en su mente, y sus pinceladas, esporádicas y sin talento
alguno. Sin embargo, persistió y se contentó con matizar algunas zonas áridas
de la nueva existencia que para él comenzaba.
El
menjurje funcionaba; ya había anochecido cuando tocaron a su puerta. Era el
empleado que lo llevaría a la salida. Lo encontró con el lienzo desplegado en
uno de los muros. En la parte superior, sin saberlo, Rodrigo había pintado dos
escenas fundamentales en su vida: un destello con cara de mujer serpenteando
entre unos árboles quemados y, en el fondo, la puertecilla entreabierta de una
choza construida con pan. En la otra imagen aparecía un búho moribundo cubierto
por la escarcha y media docena de alimañas que esperaban pacientemente para
mordisquearle las entrañas. En la parte de abajo había trazos de figuras
humanas fantasmales; nadie hubiera sido capaz de identificar un rostro; sin
embargo, en los ojos de las figuras residía la perplejidad y la desidia. El
hombre esbozó una sonrisa torcida y le tocó el hombro.
Bajo
una luz macilenta, la sombra de Rodrigo Quintero se alargaba como una hebra de
aceite mientras descendía a tientas por el callejón lleno de fango. Estaba en
la parte alta de la ciudad, pero no la veía; se concentró en el ladrido de los
perros y en el golpeteo rítmico de sus pisadas. Había olvidado al hombrecillo,
su lienzo, junto con los pinceles, y, por momentos, hasta su nombre, pero el
dolor que lo estremecía permanecía anidado en un doblez podrido de su
conciencia. La cara le ardía y no lograba controlar el temblor de sus manos.
Una luciérnaga cruzó frente a sus ojos y Rodrigo Q....
Un Día de Furia
La
turba estaba a punto de alcanzarlo, y en su arma sólo quedaban dos balas. En el
puente de las Amazonas, Carlo Bon se volvió a mirar a sus perseguidores de
frente y disparó una vez más hacia el grupo enardecido. No se detuvo a
comprobar si alguno de sus perseguidores caía herido; por el contrario, saltó una
cerca y, doblando hacia la izquierda, continuó corriendo hasta la callejuela de
los comercios. El estampido sólo había retardado a la muchedumbre; al ver a
Carlo apuntándoles con el arma, hombres y mujeres se abrieron como un abanico
multicolor en el que predominaba un matiz oscuro. Milagrosamente, la bala
continuó su curso sin herir a ninguno; al final perdió fuerza y fue a caer
junto a la banca de uno de los muchos parques desolados de Aurora Hill. Cuando
el temor de ser heridos se fue diluyendo, el furor de los perseguidores se
duplicó. Volvieron a agruparse y cruzaron el puente por donde se perdió su
presa.
Sin
sorpresa, Carlo Bon vio, en el fondo de la calle, un camión de carnes que
obstruía el tránsito y su carrera. Al instante, comprendió que, con la sola
fuerza de sus piernas, nunca lograría burlar a sus perseguidores. Se detuvo
frente a la pescadería. El mostrador estaba forrado con mosaico azul; al frente
estaba una sirena estilizada de grandes pechos y escamas rosadas; en el fondo,
un lecho de caracolas verdes invitaba al reposo. Con un veloz movimiento, Carlo
Bon amagó al encargado y, enseguida, saltó detrás del mostrador. Golpeó al
dependiente en la cabeza con el arma justo cuando la muchedumbre entraba por la
bocacalle. El hombre se derrumbó y, sin apuro, Carlo Bon lo empujó con el pie
debajo del mueble. Se despojó de su rompevientos azul marino y lo arrojó a un
lado. A tientas, escondió su arma en la cintura, tomó un cuchillo y,
pacíficamente, comenzó a limar las branquias de un pez frío. Decenas de hombres
y mujeres pasaron corriendo por el frente del negocio.
Uno
de ellos, un hombre maduro de bigote tupido, se detuvo para tomar aliento
frente al puesto en el que estaba Carlo Bon.
—¿Viste
por dónde se fue el hombre que perseguimos? —le soltó a boca de jarro y, sin
esperar respuesta, agregó—: Es un asesino.
—Lo
vi pasar —respondió Carlo Bon, ocultando apenas sus jadeos—. Llevaba un arma en
la mano. Lo vi escurrirse, allá por las tiendas de los judíos.
Eso
estaba detrás del camión enorme que ahora se movía lentamente, tal como lo
habría hecho una bestia prehistórica en un pantano, esquivando cuidadosamente
los autos estacionados. De pronto, el hombre se quedó mirando con desconfianza
el pez, como si los ojos muertos del animal le parecieran demasiado fríos.
—Ha
matado a tres allá atrás —dijo el sujeto, resoplando en varias ocasiones, y
señaló con la cabeza un lugar lejano—. Es preciso detenerlo y darle un
escarmiento.
Carlo
Bon tuvo el impulso de responder que a lo mejor aquellos tres individuos
merecían la muerte, pero el temblor de sus manos y la resequedad de su boca lo
obligaron a guardar silencio. Más repuesto, aventuró cuidadosamente:
—Debe
ser como usted dice. Ya lo creo que ese hombre merece una buena tunda. Si
pudiera, los acompañaría. Sería todo un espectáculo verlo morir a palos.
El
individuo tragó un par de bocanadas de aire, esbozó una sonrisa y movió la
cabeza afirmativamente varias veces. Luego, como si lo pensara mejor, dijo:
—Aunque,
en el fondo, a lo mejor no le faltaba razón —se detuvo para mirar las maniobras
que hacían sus compañeros para esquivar el camión de carnes atravesado a la
mitad de la calle—. Como quiera que sea, se trataba de su mujer y de uno de sus
amigos. Lo malo fue que, en la huida, se le atravesó el portero de la cafetería
—añadió el hombre, casi con el aliento recuperado—.
—Como
dije, será un buen espectáculo cuando lo atrapen. ¿Quién iba a decirle al pobre
infeliz que el mismo día que encuentra a su mujer con su amigo, por la tarde
moriría apaleado?
El
perseguidor asintió con la cabeza. Vio a Carlo Bon acodarse en el mostrador y
se volvió para mirar cómo se alejaban los otros; pareció dudar y clavó sus ojos
en los del pescado.
—Tiene
razón —murmuró—, aunque, por otra parte, se trataba de tres seres humanos.
Carlo
Bon se agitó, blandió el cuchillo y le asestó una puñalada feroz al pez frío.
—Ya
verá cómo al final lo encuentran tendido en una esquina con una bala metida
entre las costillas. Estos dramas siempre terminan así. No vale la pena tomarse
la molestia de perseguir a esos sujetos; ellos mismos acaban consigo.
—En
todo caso, sería lo mejor —dijo, animándose, el perseguidor—. Así nos evitaría
la molestia de molerlo hasta cobrarle la muerte del portero.
Carlo
Bon se encaró en silencio con aquel hombre. En sus ojos ensangrentados había
una chispa de tristeza y desesperanza que el otro interpretó como falta de
sueño.
—Se
van —dijo de pronto el tipo, indicando a sus compañeros con un movimiento de
cabeza—. Están sacudiendo a los judíos.
—Ya
verá como ocurre lo que le dije —murmuró Carlo Bon sin ganas—.
El
hombre sonrió complacido y avanzó dos pasos.
—Les
están dando duro —gritó y comenzó a correr hacia el lugar en el que se había
desatado una trifulca en la que caían hombres y mujeres, y volaban anafres y
sillas—.
Carlo
Bon no respondió; escuchaba los gritos de la turba y las protestas de los
comerciantes, pero no se asomó siquiera. Comprendió que, aunque en ese momento
le dijera a ese hombre que era a él a quien perseguían, no le creería. Echó una
mirada bajo el mostrador y vio que el pescadero continuaba inconsciente.
Los
gritos descompuestos de los judíos aumentaron y no le permitieron hundirse en
sus pensamientos. La turba daba rienda suelta a su violencia y Carlo Bon sabía
que todas esas personas no se marcharían de ahí hasta que aplicaran su justicia
o hasta que, al final, su ira quedara completamente satisfecha, lo que
sucediera primero, aunque la justicia y la ira no coincidieran.
Sin
piedad, con el rostro crispado, apuñaló una y otra vez al pez frío y, entonces,
de pronto, tuvo una inspiración que pensó que podría salvarle la vida. Al
instante, se borraron de su mente las imágenes de su mujer muerta y de su
amigo. Lentamente, se llevó la mano a la cintura y dejó caer su pistola cerca
de las manos del comerciante desmadejado. El hombre comenzaba a despertarse y
Carlo Bon lo volvió a golpear en la cabeza. Lo despojó con rapidez de la
pechera embadurnada de sangre y se la colocó a toda prisa.
De
alguna manera, Carlo Bon sintió que su temor disminuía enseguida, como si fuera
posible que, con la pechera, hubiera adquirido no sólo una especie de disfraz,
sino también un poco de la identidad del pescadero. Sin perder un segundo,
Carlo Bon brincó el mostrador y cayó a la calle como para seguir huyendo. En
cambio, se plantó frente al puesto, comenzó a dar gritos y a hacerle señas violentas
a la muchedumbre. Instó a la gente a volver para entregarle en las manos al
pescadero.
Allá
abajo, el pescadero se había recuperado; a tientas encontró el arma y, en lo
primero que pensó, fue en usarla en contra del tipo que lo había golpeado. A
tumbos, fue a pararse frente a Carlo Bon, que aún tenía el cuchillo en la mano.
Carlo Bon dividía su atención entre la multitud enfurecida y el pescadero. Como
en una epifanía, creyó que su salvación estaba cerca y que podría rehacer su
vida en otra parte, y morir viejo y aburrido, con otro nombre y pasivo, en
cualquiera de las avenidas de Aurora Hill.
El
pescadero apenas tuvo tiempo de levantar el arma y miró desconcertado a la
gente que corría. La multitud se detuvo a unos cuantos metros de ellos.
—Son
dos, el que tiene la pistola es el asesino —gritó un hombre armado con el tubo
de una cañería—.
Carlo
Bon comprendió que estaba salvado, pero, como un destello, cruzó por su mente
la escena de su mujer y su amigo, y se le nublaron los ojos hasta que se le
volvieron como los de un pez frío. Debió de haberse vuelto loco o un demonio lo
debió de haber poseído, porque, cuando se le acercó el hombre con el que hacía
dos minutos había conversado, le tiró una cuchillada y el sujeto se dobló sobre
sí como una rama golpeada por un rayo. Cuando Carlo Bon le dio una segunda
puñalada al sujeto, palpó el cuerpo fofo y gelatinoso del tipo con la palma de
su mano, y sintió como si una corriente eléctrica de horror y ansiedad lo
poseyera, y un segundo después permitió que el cuerpo herido y desmadejado se derrumbara.
Entonces, Carlo Bon empuñó con fuerza el cuchillo de nuevo, sintió que al fin
su angustia se había terminado y esperó a pie firme que la turba se le viniera
encima.
Perro
Amor,
Juan
Norberto Lerma ✍️
📕 En ocasiones, el autor
"estorba" a esa potencia o energía que desea contar historias y
construir otras realidades. La escritura se transforma entonces en un milagro,
en un acto de magia. #libros #Literatura
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Un Departamento Oscuro
El
señor Bhog ocupaba el departamento siete del número quince de la Rue André
Barsacq. No era de su propiedad; sin embargo, cualquiera que se diera una
vuelta por ahí habría advertido que eran uno y la misma cosa. El departamento
era viejo y, en consonancia, los días mejores del señor Bhog se habían esfumado
en contemplaciones y soliloquios enfebrecidos. Por las paredes de las
habitaciones subían manchas salitrosas que semejaban antiguos habitantes
fosilizados y, para estar a tono, en las tardes lluviosas del barrio, bendecido
por la presencia de la Basilique de l’Immaculée Conception, los pies del señor
Bhog se cubrían de manchas de tonalidad verdosa y se negaban a dar un paso; los
vidrios de las ventanas estaban rotos y los cerrojos, echados a perder; en
cambio, al señor Bhog lo agitaban vientos interiores que helaban su alma y sus
ventanas abiertas al mundo permitían, a quien así lo quisiera, mirar la
oscuridad que lo habitaba.
El
señor Bhog era obsesivo hasta la estupidez y, una vez que caía en ese estado,
se volvía aún más obsesivo. Los ruidos del mercado callejero cercano penetraban
por las ventanas maltrechas y se aposentaban en lo que, en otros tiempos,
habían sido una sala y un recibidor, haciendo más patente su soledad. De cuando
en cuando, tocaba a la puerta un predicador vagabundo con la intención de poner
el universo de la salvación a sus pies e, invariablemente, el señor Bhog hacía
gala de su tozudez lastimosa. El reino de Dios era algo incomprensible y lejano
para él; prefería la seguridad de sus galletas y el pasador defendiendo la
puerta. El predicador se marchaba asombrado de la terquedad del señor Bhog, que
oponía citas mundanas a versículos que hubieran podido conmover a un turco y
haber hecho brotar agua en el desierto. En aquellas ocasiones, al hombre de fe
no le quedaba más que arrastrar con él la infelicidad que el hombrecillo aquel
transmitía.
En
sus últimos tiempos, el señor Bhog perdió la fuerza de uno de sus brazos, se le
cayeron tres dientes, la lengua se le inflamó hasta casi asfixiarlo y dejó para
siempre de bañarse; en consonancia, el departamento se cubrió de capas de grasa
y polvo, uno de sus muros interiores se derrumbó y el techo tuvo para siempre
filtraciones.
Por
esa época, al señor Bhog le dio por espiar el agua pacífica y turbia de la caja
del retrete. Tenía la sensación de que se derramaría si no estaba él ahí para
empujar el flotador y detenerla. Cuando recibía algún visitante ocasional y le
solicitaba utilizar el sanitario, el señor Bhog esperaba pacientemente a que se
abriera la puertecilla desportillada del baño y, sin ningún pudor, corría
inmediatamente a verificar que la palanca estuviera en el lugar correcto y que
la válvula cumpliera con su cometido. Cada vez que el señor Bhog acudía al
retrete, repetía el mismo procedimiento.
Una
tarde que no esperaba nada, entró al baño y, luego de esforzarse mucho, le
pareció ver que un hilillo fino de agua escurría por un costado de la taza. Lo
más extraño era que el agua no formaba charcos, sino que parecía evaporarse
antes de llegar al suelo, justamente como si manara exclusivamente para él.
Comprobó, no obstante, que el flotador funcionaba a las mil maravillas.
Entonces, el señor Bhog se atormentó por horas pensando en los reclamos que le
haría el dueño, a sabiendas de que, comparado con el desorden general que
imperaba en el departamento, la filtración era un trastorno intrascendente.
Le resultó imposible conciliar el sueño; cada vez que cerraba los ojos veía una y otra vez el flotador fuera de su lugar y le parecía que la válvula barbotaba burbujas verdosas que hacían “flop” y “plaf” en uno de los pasillos. Como si obedeciera un mandato irresistible, se levantó y fue a mirar de nuevo el depósito. El hilillo de agua se mantenía ahí, caracoleaba por un costado del retrete y se perdía junto a la pared. Cada vez que alargaba las manos para intentar frenar el flujo del agua, la luz de la calle que se colaba por las ventanas le daba a su piel un tono espectral. Desesperanzado, estuvo mirando largos minutos la sombra de un gato en el jardín y los caprichosos rastros del agua. De pronto, el señor Bhog advirtió que el hilillo se convertía en un chorro pujante, que, con naturalidad, buscaba la coladera, y sintió que algo en su interior se agitaba. Era como una corriente de tristeza que arrastraba en su camino todas las imágenes queridas de su vida v...
Cazadores
Soy
la bestia que vaga por la costra de la tierra. Soy el que se puso de pie y dio
muerte a las fieras. Soy el indomable, el aliento que apresura el mundo. Soy el
hombre, el de las garras y las llagas. Me lamo la piel, solitario y sin queja.
Acosado
por el grupo de los míos, estoy sentado en la cima de un peñasco. Quizá no debí
oponerme a que comieran la carne ni bebieran la sangre de los prisioneros
primagitas; así no hubiera puesto en peligro mi vida, aunque, tarde o temprano,
se habrían dado cuenta de que yo cambiaba torsos hermosos enemigos por vísceras
de cerdo y carne de gacela.
De
cualquier forma, pronto me darán alcance y, entonces, podré considerarme hombre
muerto. Las ramas crujen en el sendero; las aves se disparan entre las
desgarraduras del cielo. Todos los animales tienen miedo.
Ellos
están por ahí, vadeando un río, escalando la ladera, acechando mi sueño. Entre
los grupos que me persiguen estarán mi padre y mis hermanos. Pronto veré sus
caras temibles y crueles. Para castigarme, me asesinarán y se hartarán con mi
carne.
El
viento me trae humores violentos que me hacen permanecer alerta y alteran mis
sueños. Sólo una cosa me hace sentir orgulloso de mi raza y de mi pueblo: son
cazadores feroces; somos implacables, mejores que las fieras.
Círculo de Sueño
Desde
dentro del auto veían el interior de Báltica, la tienda que habían elegido para
robar. Faltaría media hora para que el gerente ordenara cerrarla. Eran dos los
individuos que vigilaban desde el auto. Lucas, el que se hallaba frente al
volante, fumaba y tamborileaba con los dedos sobre el asiento; el otro, Manolo,
tenía gotas de sudor en la nariz, cambiaba la música de la radio y pensaba como
obseso que el asalto tendría un mal final.
Manolo
no quería decirle nada a Lucas, pero la noche anterior había tenido un sueño
extravagante. Había soñado una especie de laberinto. En el sueño, Manolo vagaba
dentro de una casa oscura con infinidad de cuartos altos. Por supuesto, la
habitación principal de esa casa era la suya y tenía que entrar para recuperar
un reloj o algo parecido a una bombilla. Los pasillos parecían amigables,
iluminados, con una maceta de geranios y poleo aquí y allá, pero eran los
peores, porque, cada vez que recorría uno, lo llevaba al mismo lugar de donde
había partido. En el sueño, le pareció normal que la salida de esa trampa o
laberinto estuviera en la alcoba principal, la suya. Sin embargo, saber que
precisamente ahí lo esperaban varios sujetos armados lo sobresaltó en el sueño
e incluso ahora que lo recordaba. Una vez que resolvía cuál era el pasillo
correcto, llegar a la alcoba no significaba ninguna complicación, porque en la
puerta tenía estampada la cabeza de una serpiente que palpitaba. La verdadera
dificultad estribaba en enfrentar a los individuos oscuros que se paseaban
parsimoniosamente dentro de la habitación y lo aguardaban. Contra todos sus
deseos, Manolo entró a la alcoba. En la lucha que siguió, sintió que, con un
filo helado, un estampido le desgarraba uno de los costados. Entonces despertó,
se tocó el cuerpo, respiró agitado y maldijo el reloj o la bombilla que buscaba
en sueños.
Recién
había recordado su sueño al estar frente a la tienda; la luz del mostrador
brillaba como la de la alcoba de su sueño. Sólo le faltaba sentir el golpe de
un puñal junto a su axila, y, al pensar en esto, abrió los ojos que tenía
abiertos y quiso despertar de su pesadilla, pero estaba bien despierto y
sudaba.
Sintió
algo golpeándole las costillas suavemente y estuvo a punto de dar un salto,
bajar al arroyo y gritar que sólo se trataba de un maldito sueño. Era Lucas,
que le hacía indicaciones y le golpeaba con el codo.
—¿Qué
maldita cosa tienes hoy? —preguntó Lucas—. ¿Estás nervioso o qué demonios?
—No
—dijo Manolo, y se pasó el dorso de la mano por los labios resecos—.
—Faltan
quince minutos. Tú le das al policía.
—Tú
irás sobre el gerente, ¿no? —preguntó Manolo, como repasando lo acordado, pero
en realidad lo que no quería hacer era detenerse a pensar en su sueño—.
Pensó
que la luz tenía la culpa de todo. La luz que iluminaba la alcoba de su sueño
era blanca, como la del negocio. Las letras del anuncio de la tienda eran de
colores, y el negro del policía, el lila de las empleadas, la camisola café de
los choferes sólo le recordaban las vestimentas de sus contrarios.
—Le
das al policía —rugió Lucas de nuevo—.
Manolo
se sobresaltó. Pese a todo, no quería que lo mataran ni tener que matar a
nadie. No quería recordar que, en estos casos, había muertes, que la gente
moría y que se desangraba por los costados, bajo la axila.
—Dijimos
que sin tiros —replicó apenas—.
—Se
ve muy vivo.
—¿Quién?
¿El policía? —balbuceó Manolo—. Con abrirle la cabeza será suficiente —añadió,
para disimular el temblor de sus labios agrietados—.
De
pronto, Lucas entrecerró los ojos y se mantuvo quieto.
—Ya
cerraron —exclamó, sin prestar atención a lo que Manolo dijo—.
Cinco
minutos más tarde, los empleados de Báltica salían por una puertecilla
adyacente; eran siete mujeres y dos jóvenes que apenas pasaban de los veinte
años. El policía continuaba dentro; se quedaría ahí hasta el día siguiente. En
el auto, Lucas verificó, en lo posible, que su arma funcionara correctamente e
instó a que Manolo lo imitara. Manolo fingió que obedecía; él sabía que no la
utilizaría. Descendieron del automóvil; un último empleado se despedía en el
umbral de la puertecilla que custodiaba el policía.
Se
distribuyeron tal como lo tenían planeado, uno a cada lado, como si cruzaran
ocasionalmente por la calle, volteando hacia otro lado que no fuera la
puertecilla, pero sin anclar la vista en nada. El empleado se retiró,
tintineando unas llaves. Manolo sujetó con fuerza su arma, esperó a que Lucas
tocara en la caseta y dijera que era Rodrigo Mendoza, el empleado que le daba
mantenimiento a los extractores. El policía abrió enseguida.
Era
increíble lo fácil que estaba resultando todo y lo parecida que era la
distribución interior del negocio al caserón de su sueño. Al frente estaba una
caseta oscura; detrás se veía un corredor y, tal vez, unos baños. En la esquina
había otro pasillo. Encañonando al policía, lo obligaron a tenderse en el piso.
De pronto, Lucas se desprendió del grupo, interceptó en el pasillo al gerente y
lo llevó a rastras hasta la oficina.
La
pesadilla había terminado; en un segundo, Lucas tendría el dinero y, entonces,
se largarían. Manolo no quería mirarle el rostro al policía por si se veía
obligado a dispararle. No le gustaban las muecas de los agonizantes; si perdían
la conciencia pronto, bueno, pero, si no, más tarde vería su rostro doliente en
cada trago. Mejor así, que se quedara quieto, desarmado, con las manos
extendidas, mientras él le sujetaba el cuello con su pie firmemente, como a un
cerdo en el matadero.
Manolo
escuchó ruidos allá dentro y se inquietó; apretó aún más el cuello del policía.
Parecía que Lucas revolvía la oficina; se oyeron caer anaqueles, un vidrio que
se rompía y, de pronto, Manolo vio que el negocio se iluminaba. Maldita luz,
maldito imbécil. Por qué había tenido que prender la luz y recordarle su
pesadilla. No sabía lo que estaba pasando allá adentro y, a cada instante, su
dedo se crispaba en el gatillo. Obligó al policía a levantarse y lo condujo por
muchos cuartos hasta dar con su compañero. El gerente estaba inconsciente sobre
el piso y su sangre formaba un charquillo.
—Te
dije que le dieras —le gritó Lucas a Manolo cuando lo vio llegar con el
vigilante a rastras—.
El
policía torció la boca, se hincó con los ojos desorbitados y se soltó llorando
en medio de Lucas y Manolo.
—No
va a hacer nada —dijo Manolo, admirado del resplandor de las lámparas y de que
ahí dentro nadie lo hubiera estado esperando—.
Lucas
terminó de guardar un fajo grueso de billetes en su chamarra y, con furia,
acercó su rostro al del policía.
—¿Dónde
guardan lo demás? —dijo—.
El policía negó con la cabeza. No sabía. En el instante en que Lucas encañonaba al policía y le descerrajaba un tiro ent....
Perro
Amor,
Juan
Norberto Lerma ✍️
📕 En ocasiones, el autor "estorba" a esa potencia o energía que desea contar historias y construir otras realidades. La escritura se transforma entonces en un milagro, en un acto de magia. #libros #Literatura
#cultura #libros #literatura
👉 https://books2read.com/Perro-Amor
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Perro Amor
El
perro era robusto, de mirada pacífica, blanco y capaz de matar a un hombre. Se
llamaba Mongol. Se echaba indolentemente a la entrada de la casa los días de
sol y sobre la estampa de cacería de un tapete cuando Marcela dejaba abierta la
puerta de la recámara, y era sencillamente infeliz los domingos que Luis lo
bañaba, aun cuando, más tarde, se le permitiera trepar y babear los sillones.
Marcela
amaba al perro; era de Luis, pero lo mismo ella quería a Luis, a “su” perro y
“su” Luis. Mongol le correspondía perrunamente; amaba la risa de muñeca
bondadosa de Marcela, su manera de acicalarle el pelo y el olor misterioso que
se desprendía de debajo de sus vestidos. Marcela lo atendía, le llenaba la
bandeja con cabezas de pollo y lo dejaba morderle los chanclos y lamerle los
dedos de los pies largamente durante los desayunos.
Sin
embargo, Mongol obedecía en todo a Luis. Luis decía “sit” y el perro
instantáneamente se sentaba; le decía “wait” y Mongol, por reflejo, aguzaba las
orejas y tensaba los músculos del cuello. A veces, cuando estaban solos, para
probar su educación de asesino, lograda a golpes y trozos crudos de carne de
caballo en una granja de Los Álamos, Luis le ordenaba “watch”, y la mirada
amarilla del perro penetraba los rincones y las hendiduras de la barda,
cubierta por una buganvilia; su olfato se intensificaba y la brisa le acercaba
la orilla del mar, el olor ofensivo del pez tigre y el aroma de una perra en
celo, negra, allá por los lodazales de la bahía. Con todo ese conocimiento
entrando por su nariz, el ser perruno de Mongol se enardecía, siempre a la
espera de la orden culminante. Pero nunca llegaba la indicación final y, con un
ligero temblor, el perro se relajaba cuando Luis, con un dejo voluntariosamente
satisfecho en la voz, abría la boca para murmurar “free”.
En
el historial de sangre de Mongol se contaba el ataque a dos marineros, la
muerte de decenas de pollos, el asalto feroz a un jabalí del tamaño de un
ternero y haberle hecho frente a un depredador majestuoso en el Valle de Los
Álamos. Durante un par de semanas había perseguido un puma que mataba las
ovejas de las granjas vecinas. Al principio lo había guiado George, un ex
policía que llevaba soldada a su mano una escopeta Browning portuguesa. Era el
vigilante que los granjeros habían contratado para cazar o ahuyentar a la
fiera. George solicitó el mejor perro rastreador e, inmediatamente, lo llevaron
a unas jaulas en las que mantenían, en perfectas condiciones, a varios
animales.
Le
ofrecieron un par de pastores, pero George no se decidía; criticaba su
fisonomía y su corta alzada. Estaba a punto de elegir a un perrazo pardo de
orejas aguzadas, cuando pasó por el frente de la jaula de un labrador que
parecía dormir boca arriba. Estaba extendido sobre el piso, con los genitales
expuestos y la cabeza vencida. George estaba a punto de soltar una carcajada
cuando el perro olfateó un aroma desconocido y, en una fracción de segundo, se
desperezó y le hizo frente, enseñándole los colmillos.
El
hombre dio un salto hacia atrás y soltó su escopeta. Mongol sacó una de sus
patas por los barrotes y, sin perder de vista a los hombres, intentó jalar el
arma hasta la entrada de su jaula. Una orden en voz alta lo mantuvo quieto.
Enfadado, George recogió su arma y pidió como compañero de su aventura
precisamente a ese perro. Desde que lo bajó de la camioneta y lo vio saltar
entre las matas, como demonio al acecho, George comprendió que pocas cosas
tendría que enseñarle al perro. Ambos habían simpatizado y, de ahí en adelante,
Mongol condujo, a su modo, la tarea de localizar al puma. Pasaron tres noches
en blanco; George fumaba pacientemente un cigarro tras otro y seguía en
silencio el paso que le marcaba el perro. La cuarta noche, al fin, encontraron
la pista de aquel fantasma elusivo.
El
puma era grande, pálido y sanguinario. Mongol lo espió a contraviento y, en
poco tiempo, había memorizado sus movimientos. Concluyó que era como un gato,
con los mismos hábitos y rutinas, sólo que de mayor envergadura, y mortal como
una sobredosis de veneno. Sin embargo, no se engañaba. El gato era frágil por
naturaleza y el puma, pesado y elástico; el gato era ligero y el puma,
carnicero.
Pero
Mongol era perro, pariente de lobos, feroz como hiena y astuto como zorro.
Cuando estaba inspirado, sus pensamientos se parecían a los de un hombre. Así
que lo estuvo acechando poco más de una semana; pacientemente, esperó a que
matara una última oveja y que tuviera la barriga llena. Era una noche
desangelada; el gato salvaje bajó al arroyo a beber agua en un riachuelo que
cantaba entre una docena de árboles desgreñados. Los rumores nocturnos
aminoraron conforme el puma avanzaba. El majestuoso felino se detuvo para
ventear a izquierda y derecha antes de arrimarse con seguridad a la orilla
plateada. Lentamente, sus patas se hundieron en la arena blanda y, cuando se
relamía los bigotes, saboreando un largo trago, Mongol apareció detrás de un
matorral, con su cabeza esculpida en mármol de tan inmóvil.
Midió
al bicho durante un par de segundos y, antes de que George pudiera hacer algo,
el perro saltó entre las matas oscuras, corrió los treinta metros que lo
separaban del gato y cayó ferozmente sobre su espina dorsal arqueada. Azorado,
el puma se revolvió para repeler el ataque, pero se encontró con las mandíbulas
poderosas de Mongol atenazándole el cuello y el hombre armado que, a gritos,
llamaba al perro. Dos zarpazos dieron en los costados de Mongol, pero no soltó
a su presa hasta escuchar los primeros disparos. El puma estaba moribundo,
gruñendo desde el agua, y apenas podía creer que un perro lo hubiera derrotado.
Un último disparo de George mandó al bicho al fondo del arroyo y, haciendo un
alarde de energía, Mongol tuvo la entereza de jalarlo con sus fauces hasta la
orilla.
Mongol
supo, desde entonces, que pertenecía a una especie única y temeraria. Sus ojos
nostálgicos decían que todas las épocas para ellos habían sido solitarias,
plagadas de persecuciones legendarias y frustraciones cotidianas. Casi sabía
que su especie no había avanzado nada en el tiempo y que, si en algo se
diferenciaba de sus antepasados, era en la suavidad de su pelaje, porque los
dientes lo mismo se le pudrirían y las pulgas lo perseguirían hasta el fin de
las eras. En sus momentos felices, Mongol no cambiaba su perrunidad por la
postura en dos piernas de los hombres que había conocido. Con algo de dolor,
George le había entregado a Mongol a un marinero a cambio de una escopeta
recortada y treinta cajas de balas. Por motivos que Mongol desconocía, el marinero
lo había dejado en una jaula de un veterinario, donde lo descubrió Luis y se lo
llevó para que cuidara su propiedad y a Marcela.
Desde
que Luis y Marcela no le tiraban la pelota y el aro, sus días de perro se
habían vuelto tediosos, monótonos, y, en su madurez de perro, no los maldecía.
Mongol ya no correteaba al atardecer gatos; había exterminado casi a todos los
de las casas vecinas y se había ganado a pulso el respeto de los
sobrevivientes; en cambio, se había aficionado a los pájaros. Las aves lo
inquietaban al punto de hacerlo saltar feliz por los aires para intentar
atrapar entre sus fauces a las palomas. Por las noches, se paseaba a su antojo
por los patios, vigilaba la reja de la entrada, les ladraba a las partidas de
marineros borrachos y escarbaba en la tierra del jardín, guiado por su olfato,
en busca de alimañas y bichos nocturnos. En ocasiones, no pegaba el ojo en toda
la noche, permanecía cuidando las sombras cambiantes de los dos truenos
sembrados en el frente de la casa; amanecía con la mirada roja y tenía que
recurrir a toda su perrunidad para reunir fuerzas y mover el rabo cuando Luis,
oloroso a lavanda, cruzaba el patio con su portafolios en la mano.
La
casa permanecía silenciosa durante las mañanas y el perro podía recuperar el
sueño antes de que el sol cayera a plomo en el patio, adonde se movía, como
entresueños, al despedir a Luis casi de madrugada. Marcela lo buscaba en la
perrera, entre los helechos y el auto viejo. Mongol entreabría los ojos y veía
a la muchacha como en una enorme secuencia de fotografías iridiscentes. Sacudía
varias veces su enorme cabeza y recuperaba la visión del diario; bostezaba,
gañía para indicarle a Marcela que se hallaba a la sombra del lavadero. Marcela
se acercaba a él, murmuraba su nombre y le ofrecía la piel de su pie descalzo
para que la lamiera. Pasaban la tarde juntos, Marcela haciendo llamadas
telefónicas y hojeando revistas de moda, y Mongol, tendido a sus pies, como una
alfombra de pelos viva.
Una
noche se rompió la paz nocturna de la casa; Mongol escuchó voces alteradas
dentro de las habitaciones y un alboroto de cosas que se rompían. Al principio,
el perro se inquietó y ladró un poco, pero reconoció el tono firme de la voz de
Marcela y se tranquilizó enseguida. Dormitó durante tres minutos, ignorando el
silbato insistente de un buque retrasado y los ruidos incesantes que provenían
de las habitaciones. El azotar de una puerta lo alertó por completo; Marcela
salía. Luis salió detrás de Marcela; en la penumbra, los dos hablaban en
susurros.
Mongol
percibía la violencia en sus palabras y actitudes. Vio a Luis jalar a Marcela
por un brazo y, por un segundo, erizó el pelaje de su lomo. Sin embargo, no
llegó a gruñir, pues Marcela se sacudió la garra de Luis con un movimiento
brusco. Viéndolo bien, todo parecía un juego, como los que había aprendido
hacía años en la granja de Los Álamos. Mongol no perdía detalle del bailoteo de
las dos siluetas. Si se trataba de un juego, terminarían por llamarlo y, si no
lo era, haría un hoyo donde pudiera evadir las visiones de perros fantasmales
que, en los amaneceres, lo asaltaban. Ahora, Marcela y Luis gritaban. Quizá, si
Marcela se callaba, pronto podría soñar que cazaba en matas prehistóricas y que
enterraba sus colmillos temibles en pieles delicadas.
Luis
había vuelto a las habitaciones; Marcela no gritaba más. El perro comenzó a
cavar; el desorden parecía haber concluido por esa noche. Las capas interiores
de la tierra estaban llenas de bichos; Mongol, con sus zarpas, los ahuyentaba y
su espíritu de perro empezaba a turbarse con la emoción de la caza. De pronto,
Luis regresó; recomenzaron las voces alteradas de Luis y de Marcela. Los vio de
nuevo frente a frente en el patio, levantó las orejas y movió el rabo.
Envuelta en un abrigo, Marcela caminó hasta la reja de la entrada. Luis la siguió, dando voces, y se detuvo junto a ella. Sólo Luis hablaba; Marcela lloraba, movía de un lado a otro la cabeza y sus ojos destellaban como pozas encendidas. Mongol se acercó a Luis, se restregó contra sus piernas y fue a olfatear a Marcela. Ya tendría tiempo Mongol de terminar su agujero; contento, aspiraba el aroma de coneja que emanaba de los muslos de Marcela. Le ofreció la cab....
Bump-Bump
I
En
la ciudad de Boylan, Alfonso Kuriaki descendió del autobús 14 y caminó por la
calle de Las Lunas, ¡Clap! ¡Clap!, sucia de luz amarillenta. Un último niño,
¡Uhmf! ¡Plaf!, ¡Plaf!, se refugió en el umbral del templo de Los Sagrados
Corazones y sus ojos indiscretos interrogaron con interés el umbral de una
escalinata.
Antes
de llegar a su puerta, Alfonso Kuriaki, ¡Clin! ¡Clin! y ¡Zap!, ¡por fin en
casa!
Amanda
Perula, presurosa, dejó cuanto estaba haciendo, que, por lo demás, no era gran
cosa, y, ¡Smack!, ¡Smack! ¡Shujjjj! ¡Shhhfuu!
Kuriaki
simplemente, ¡Puf!, ¡Puf!
Enseguida,
Amanda corrió a la cocina, ¡Trash!, ¡Trash!; ¡Flop! ¡Click!, y, alguna vez,
¡Crash!
Alfonso
Kuriaki miró en derredor y respiró un aire desolado, ¡Sufffff! ¡Hum!, ¡Ah!,
¡Click!, ¡Zack! ¡Zap!, y una música lejana,
hizo
que su barbilla se estremeciera.
Amanda,
¡Mmm!, ¡Uf!, y, sin dejar de andar la casa, ¡Clock!, ¡Clock! ¡Tlinck!, mientras
él repasaba los acontecimientos notables ocurridos en el día: ¡Grr!, ¡Grr!,
¡Arff!, ¡Arff!; y, luego, ya más tarde, ¡Klinch! ¡Klinch!; ¡Klinch! ¡Hump!
Amanda
lo interrogó vagamente: ¿el trabajo? Kuriaki quiso decir, ¡Prrt!, pero
contestó: así-así. ¿La comida? Muy-muy. ¿Cansado? Sí que, ¡Ufff! ¿Acercarse?
¡Zcks!, ¡Zcks!, y el televisor sin sueño, bla-bla-bla.
Un
perfume, ¡Ssff!, ¡Sfuu!
Un chasquido sobre el cuello y una mano extraviada sobre un cuerpo cubierto por telas que, ¡Sshh!, ¡Sshh!, y que se acomodaba, ¡MMM!, ¡MMM!, para que una boca, ¡Mchlll!, ¡Mchlll!...
II
Al
terminar el día, ¡Fuuuuu!, y también, ¡Shshhhh!, entre el follaje. Todo había
oscurecido y sólo se escuchaba, ¡RRRRrrrrr!, en la calle, y, a veces, el
ladrido de un perro solitario; Kuriaki ya únicamente tenía fuerzas para
apartarse de Amanda, que, ¡Hummm!, ¡ZZZzzz!, ¡MMMmmmm!
En
silencio, concentrado en el rumor de su cabello sobre la almohada, lo asaltaron
más dudas que remordimientos y, entonces, se levantó y, ¿?, ¿? Tuckump, ¿?, ¿?
Tuckump, Tuckump, caminó sin rumbo por la habitación.
En
el borde de la cama, no pudo evitar sentir cómo lo invadía la sensación de
estar rendido al abrir, ¡Cropck!, y cerrar, ¡Blam!, un cajón que acumulaba
encendedores, balas, vías de escape y algunos recuerdos que, en la penumbra, no
reconocía.
Algo
en su pecho, ¡Bump!, ¡Bump!, ¡Bump!, ¡Bump!...
De
pronto, el frío del metal en la mano de Alfonso Kuriaki se anidó en su sien, y,
¡Bang!
Su
oído derecho, sordo por el estampido, ya no logró captar, ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
En
cambio, le pareció que su oído izquierdo crecía, aumentaba de tamaño, hasta
convertirse en un pozo infinito donde sólo lograba escuchar el golpeteo de una
gota que descendía, ¡Clapck! ¡Clapck! ¡Clapck!
Perro
Amor,
Juan
Norberto Lerma ✍️
📕 En ocasiones, el autor
"estorba" a esa potencia o energía que desea contar historias y
construir otras realidades. La escritura se transforma entonces en un milagro,
en un acto de magia. #libros #Literatura
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La Detención del Ciudadano Equis
—¡Hey,
usted, abra! ¡Sabemos que está ahí dentro! —gritó una voz frente a una de las
viviendas de la calle Infinita—.
La
puerta crujió al ser embestida por dos cuerpos rubicundos. Enseguida,
penetraron en la habitación un par de hombres de facciones delicadas. Eran
Botch y Fletcher, agentes de investigaciones especiales de Ciudad Kukulita.
Desde luego, Botch y Fletcher advirtieron que la puerta siempre había estado
abierta, y, por un instante, les distrajo el rechinido que a sus espaldas aún
hacía la hoja de madera al balancearse sobre las bisagras herrumbrosas.
Sin
sorpresa, Rodrigo Equis, que era la persona que habitaba el cuartucho y a quien
Botch y Fletcher se habían dirigido dándole la orden de abrir, tomó una libreta
de encima de un escritorio y, al verlos frente a él, la puso bajo su brazo.
—Está
bien —dijo—. Vamos.
—Oiga,
espere. No tan de prisa — exclamó Botch y dejó correr su mirada azul por la
habitación. Hizo un gesto de desagrado. Se ajustó la corbata y fue a sentarse
en el borde de la cama. A una indicación de Botch, Fletcher fue a cerrar la
puerta con el pasador—.
Los
dos individuos se miraron y asintieron con un movimiento de cabeza:
—¡Siéntese!
—gritaron al mismo tiempo—.
Resignado,
Rodrigo Equis se hundió en un sillón desportillado y se cruzó de brazos. Botch
y Fletcher midieron la habitación con la mirada. Luego, clavaron la vista en
Rodrigo: tenía el cabello enmarañado, los pómulos saltados y los ojos
brillantes y húmedos. Se volvieron a mirar entre sí y fruncieron los labios.
—No
se desespere, amigo —dijo Botch—.
Con
desgano, fue hacia una pila de libros colocada sobre la mesa y se entretuvo
hojeando algunos; Fletcher fue al fondo del cuarto e intentó encender el
aparato de televisión que descubrió, confundido entre bultos de revistas y
periódicos viejos, en uno de los rincones de la estancia.
Rodrigo
Equis, incómodo, se frotó las palmas de las manos y fijó su mirada en el piso
descascarado.
—¡Manténgase
tranquilo! —le gritó Fletcher, sin despegar la vista de la pantalla del
televisor—.
Rodrigo
dejó de friccionar sus manos. Respiró hondo e intentó relajarse. Por lo demás,
sabía que era inútil oponerse a ellos, a lo que ellos representaban. En la
calle se decían muchas cosas; había escuchado los rumores de que la autoridad
lo requeriría y, ya desde entonces, había decidido que era preferible mantener
la puerta sin el cerrojo corrido, para evitar que la destrozaran a golpes; la
sola posibilidad de violencia, en cualquiera de sus formas, lo aterrorizaba.
"En todo caso, quizá esta habitación servirá de refugio a algún
otro", había pensado anteriormente e, incluso, lo volvió a pensar en ese
instante.
—¿Desde
cuándo no funciona? —preguntó Fletcher, señalando el televisor. Buscó dentro
del bolsillo superior de su saco hasta encontrar un puro y lo encendió.
—No
recuerdo —respondió Equis y entrelazó los dedos de sus manos, colocándolos
sobre su vientre—.
Fletcher
exhaló una bocanada de humo y su rostro se tornó nebuloso.
—Debe
agregar a sus frases la palabra “señor” —lo instruyó Fletcher—. La manera
correcta de dirigirse a mí es: "No recuerdo, señor” —continuó—. ¡Repítalo!
—No
recuerdo, señor —murmuró Equis y supo que, a partir de esa frase, podía
considerarse detenido.
Pensó
que todo transcurría de conformidad con los relatos de detenciones que, en la
ciudad, cualquiera podía repetir en voz baja. Las gentes describían
detalladamente los allanamientos e interrogatorios, aun sin haber tomado parte
activa en ellos y sin que hubieran sido siquiera testigos de ninguno.
El
detenido se preguntó si los agentes acaso no tomarían como ejemplo a seguir las
tramas de comportamiento que los mismos habitantes de Kukulita les atribuían, y
todo esto lo llevó a considerar la posibilidad de que fueran los propios
moradores de la ciudad quienes generaran y sostuvieran la crueldad de sus
opresores. Su idea le pareció estúpida y su conclusión, un error terrible.
Turbado,
suspendió el flujo de sus pensamientos. Sintió desprecio por los intrusos
porque sabía que no eran capaces de tener siquiera un poco de inventiva, o, al
menos, así le parecía en ese momento. De cualquier forma, se dijo que era
inútil lamentarse; comprendió que, de alguna manera, siempre había sido un
prisionero a la espera de ser llevado frente al tribunal que lo juzgaría.
—¿Tiene
miedo, amigo? —preguntó Botch, contemplando una pila de libros—.
—No
—respondió Rodrigo Equis, y agregó con un murmullo: “señor”—.
Botch
escogió un libro y, enseguida, otro, se recostó sobre la cama y comenzó a leer
el primero para sí.
—¿Quién
le avisó que vendríamos? — exclamó Fletcher, sin dejar de mirar el televisor y
sacudiéndose el polvo de su gabardina—.
—Nadie,
señor —respondió con seguridad Equis—, yo los esperaba. Nadie me avisó.
—De
cualquier manera, no hubiera podido hacer nada —dijo Fletcher y esbozó una
sonrisa que pretendió ser bondadosa y que sólo consiguió transfigurarle el
rostro en una máscara de crueldad—. Pero, de cualquier forma, tarde o temprano,
ya averiguaremos quién se lo dijo —concluyó—.
Rodrigo
Equis se estremeció: no esperaba ser redimido, puesto que el acto de contrición
le parecía vulgar y se sentía incapaz de representarlo, pero, de ninguna
manera, quería que los visitantes le arrancaran algún nombre. Le resultaba
doloroso tener que implicar a otro. Apretó las mandíbulas y un hilillo de
sangre serpenteó por una de las comisuras de su boca.
—Al
final, siempre dicen todo —afirmó Botch, aparentemente concentrado en su libro,
y dio vuelta a la página.
—¿Cuál
es su nombre, amigo? —preguntó Fletcher, comenzando a dar vueltas alrededor del
televisor—.
—Mi
nombre es “Equis” o “Ninguno”, señor. Es decir, el que ustedes deseen, señor.
Además, si soy culpable, ¿qué importa? Ustedes lo saben tan bien como yo.
—Qué
bueno que así sea; así todo resultará más fácil —respondió Fletcher. Enseguida,
simuló limpiar la pantalla y aspiró, repetidas veces, el humo de su puro—.
—De
cualquier modo, nos tendrá que decir todo, amigo —afirmó Botch. Se ensalivó la
punta del dedo índice y volvió a cambiar de página.
—Por
supuesto, lo diré todo, menos los nombres, señor.
—¿Por
qué los nombres no? —gritó Fletcher y sopló el polvo de la perilla del
televisor.
—Sería
largo y tedioso. Además, seguramente ustedes ya los saben, señor.
—Cierto
—respondió Fletcher y miró, con ojos brillantes, en el otro extremo de la
habitación a su compañero, que interrumpió la lectura para también mirarlo y
asentir con un movimiento de cabeza—.
—No
tiemble, amigo —dijo Botch cuando vio que Equis apretaba los brazos contra sí;
sin embargo, no retiró el libro de la altura de su cara.
—Me
parece que aquí hay algo extraño —dijo Fletcher, sin dejar de dar vueltas
alrededor del televisor.
Finalmente,
se detuvo, hizo un gesto de extrañeza, apagó su puro en la palma de su otra
mano y lo guardó en el bolsillo de su saco. Miró hacia el techo y se sentó en
una silla polvorienta. Extrajo del interior de su gabardina un libro grueso y
lo arrojó contra el techo. Rodrigo Equis vio la abertura que esa especie de
Biblia hizo en las láminas; sin embargo, no logró escuchar el ruido que el
libro debería haber hecho al caer sobre el techo. Se volvió para mirar a Botch
y a Fletcher y, por un instante, tuvo la impresión de que ese libro era una
especie de proyectil lanzado al infinito.
—No
se ponga difícil, amigo —dijo Fletcher, con la vista fija en el agujero de ahí
arriba. Miró al detenido, subió a la silla y saltó para caer con fuerza en el
piso—.
Botch
despegó la vista de su lectura al sentir que algunas piedrecillas le caían
sobre el cabello. Se volvió para mirar las paredes inflamadas por la pintura
brotada y, a continuación, vio a Fletcher volver a subir a la silla y dar otro
salto. Chasqueó con los labios y continuó con su lectura.
—Resulta
imposible —dijo Fletcher y, desalentado, se sentó a mirar el agujero del techo—.
—No
necesito describirle el castigo que le espera, ¿verdad, amigo? —dijo de pronto
Botch, con el libro bien sujeto sobre su rostro—.
—No,
señor, lo sé —respondió Equis y amoldó su cuerpo en el sillón, como si
estuviera reconociendo al tacto su estructura—.
—Tal
vez pensó que nunca vendríamos por usted, ¿no es así, que nunca nos daríamos
cuenta de su manera de conducirse? ¡Vaya descaro el suyo, amigo! — exclamó
Fletcher, sin dejar de contemplar el agujero—.
—Sólo
pensé que se retrasaban un poco, señor.
Botch
interrumpió su lectura. Dejó de lado el libro sobre la cama y se levantó, cogió
otro y fue, de nuevo, a recostarse.
—Se
creen listillos. Sin embargo, siempre los atrapamos. Nadie debe quedar sin
castigo —dijo piadosamente Fletcher, con la mirada perdida en el hueco y con el
ceño fruncido.
—¿Qué
significa esto? —gritó de pronto Botch desde la cama y le mostró al detenido
las páginas blancas de un libro.
—Es
una especie de libro para estimular la imaginación, señor. Puede usted, en él,
leer lo que desee, tanto si...
—¿Por
qué no me lo dijo antes? —lo interrumpió, malhumorado, Botch—. ¿No creerá usted
acaso que yo no...?
—Este
tipo es peligroso —murmuró Fletcher, sentado en la silla y oscilando la cabeza
de arriba hacia abajo. Cada vez que su mirada descubría el hueco, interrumpía
su movimiento para mirar con cuidado los bordes.
—Entiendo
—dijo, soñadoramente ensimismado, Botch. Colocó el libro de cabeza y comenzó a
hojearlo por el final—. Muy interesante —murmuró—. De pronto, me siento muy
inteligente —terminó por decir, complacido.
—El
final, no —gritó Fletcher, sin dejar de oscilar la cabeza.
—¿Por
qué no? —preguntó Botch, con el rostro iluminado.
—Los
finales son tristes —respondió Fletcher, echando la cabeza de un lado a otro—.
Siempre han sido tristes.
—Este
no, escucha: "sonomáv, otsil, átsE" —le leyó Botch a su compañero—.
—Tienes
razón, no es triste —dijo Fletcher y subió un cajón de madera a la silla para
intentar alcanzar el hueco del techo—.
—¿Puedo
fumar, señor? —dijo Rodrigo Equis, sin dirigirse específicamente a ninguno de
sus captores.
—Por
supuesto que no, amigo. ¿Qué pretende? ¿Acaso no nos ha dado ya suficientes
molestias? — exclamó Fletcher, con la cabeza fuera de la habitación—.
—Oiga,
amigo: es usted simpático —dijo Botch, sin soltar el libro—. Es una lástima que
sea culpable.
—Sí
—respondió Equis—, pero sólo estaremos juntos poco tiempo, señor.
—Así
es —afirmó Botch, indiferente, y cambió de página enseguida—.
—¿Vive
solo, amigo? —dijo Fletcher, sin dejar de oscilar la cabeza.
—Sí,
señor; solo.
—¿Tiene
hermanos?
—El
mundo está lleno de ellos, señor; pero, cómo saber cuáles son, cómo
identificarlos.
—Muy
conmovedor, en verdad, amigo; pero le pregunto si tiene familiares.
—Estoy
solo, señor.
—¿Mujer?
—Se
marchó.
—¿Hijos?
—No
existen.
—¿Mujeres?
—Seres
tan terribles como nosotros.
—¿Madre?
—Murió.
—¿Más
mujeres?
—Amé
a algunas.
—¿Padre?
—Lo
extraño, señor.
—¿Amigos?
—Dejé
de tenerlos.
—¿Usted?
—…
No
hubo respuesta.
—¿No
soporta a la gente o qué, amigo? —gritó Botch desde el fondo de la cama,
volviendo a interrumpir su lectura—.
—Algunas
veces detesto a las personas; pero soportarlas, sí, señor.
—¿Lo
dice acaso por nosotros? —aventuró Fletcher, dejando de oscilar la cabeza—.
—No,
señor; es en general.
—Entonces,
no se opondrá a dar nombres, ¿no es así, amigo?
—Son
dos cosas distintas, señor. Además, ¿qué nombres? No los sé.
—No
importa. Invente; da lo mismo —exclamó Fletcher desde el techo. Extendió los
brazos al máximo en dirección a la abertura de ahí arriba, sacó las manos de la
habitación, ensanchó el agujero y sonrió estúpidamente. Enseguida, haciendo un
gran esfuerzo, retiró del techo sus manos cuajadas de polvo diamantino. Se
sentó en la silla y permaneció ensimismado—. Es inútil —dijo, y entrecerró los
párpados—.
—Deberíamos
marcharnos, señor — exclamó Rodrigo Equis y acomodó su cuadernillo bajo el
brazo.
—Hemos
trabajado demasiado, cierto —se quejó Botch desde la cama, sin despegar los
ojos del libro—- Pero, espere, no se precipite. ¿A qué tanto apresuramiento?
—No
sé, señor; sólo que el viento se cuela y...
—No
pretenderá hacernos una mala jugada, ¿verdad, amigo?
—No.
Lo que sucede es que no quisiera prolongar más esta angustia, señor.
—La
culpa es suya, amigo.
—Es
estúpido; sin embargo, de pronto tengo la imperiosa necesidad de confesar,
señor —murmuró Rodrigo Equis y permaneció escuchando el resonar de sus
palabras, como si no pudiera creer lo que sentía y lo que acababa de decir—.
—No
será necesario, amigo; al menos, no ahora —respondió Fletcher desde su silla,
sacudiendo las manos para librarse del polvo—.
—Pero
es que yo quiero hacerlo, señor —balbuceó Equis—. Al menos, así me lo parece en
este instante.
—En
todo caso, no nos corresponde escucharlo —intervino Botch—.
—¿No
me escucharán, acaso? —gritó Equis y volteó a mirar a sus dos captores; no
obstante, ambos lo ignoraron—.
—Hace
años que lo vigilamos, amigo; siempre con la creencia de que recapacitaría. Sin
embargo, nunca ha querido adaptarse; todo ha sido en vano. Perdimos demasiado
tiempo con usted —dijo por fin Fletcher, sin dejar de sacudir sus manos—.
—Entonces,
¿por qué tantas preguntas?
—Porque
somos justos, amigo. Nadie lo ha obligado a responderlas… aún —dijo
tranquilamente Botch, que, incluso, se permitió esbozar una sonrisa breve y, a
continuación, siguió leyendo—.
—No
cabe duda de que soy un estúpido —musitó Equis—.
—Sí,
lo es; pero por otras razones. No por las que usted deduce —dijo Fletcher desde
su silla, contento de que, por fin, hubiera terminado de desempolvar sus
manos—. Lo comprendo perfectamente. Sé cómo se siente, amigo.
—La
angustia me hace parecer cobarde, pero, en verdad, no lo soy —gritó Equis, como
para tratar de justificar su pasividad y su miedo—. Por una parte, quisiera
matarlos, pero, por la otra, le temo a la ley y, aún más, a la persecución de
mi conciencia — murmuró amargamente—.
—No
debería expresarse así, amigo. Nosotros, lo que representamos nosotros, velamos
sus sueños, fuimos sus guardianes. Cuidamos de usted, le ofrecimos todo cuanto
pudiera ser imprescindible para que se reformara, pero, de manera sistemática,
lo rechazó. Aunque nunca lo pueda entender, usted también es parte de todo
aquello que ataca y le provoca repulsión —afirmó Botch, sosteniendo el libro
sobre su cara—. Su insatisfacción perpetua debería bastar como castigo; sin
embargo, debemos escarmentar en usted a otros. En verdad, es usted una
desgracia. Hubiéramos querido que no desperdiciara su miserable existencia
—terminó, con un tono de falsa compunción—.
—A
pesar de todo, no estoy equivocado —murmuró el detenido—. Yo tenía
esperanzas...
—
Pero, ¿de qué demonios habla usted, amigo? ¿Esperanza de qué? Entre nosotros no
hay cabida para ella, puesto que, si alguna vez existió, la sustituimos por los
hechos. Me refiero a la realidad que usted detesta, desde luego. Todo cuanto
pudiera hacer eso que usted llama “esperanza”, nosotros lo hacemos por ella. Lo
que usted pretende no existe, y, si existiera, no sería posible. Nosotros somos
La Esperanza, así puede llamarnos si lo desea. Claro que usted ya no podrá
hablar con nadie, pero dígaselo a sí mismo; se sentirá bien y es lo mejor para
todos.
—¿Y
toda la demás gente? ¿Qué pasará con ella?
—A
cada uno le ajustaremos cuentas en su momento —dijo Fletcher, comenzando a
manipular los controles del televisor—.
—No
me refería a eso —dijo Equis—, sino al desencanto.
—Ah,
despreocúpese, amigo; ya pondremos orden. Y no piense, sería peor.
—De
cualquier forma, no puedo dejar de sentir rabia —murmuró Equis, casi
inexpresivo—. Cuando el cinismo es la norma, todos aquellos que no participan
de él están condenados; en otras palabras, para ustedes, soy un hipócrita.
—Si
insiste en hablar, espere un segundo —dijo exultante Botch y dejó de lado el
libro—.
Sincrónicamente,
los dos hombres se pusieron de pie. Se vendaron los nudillos con girones de una
sábana que rasgaron. Uno de ellos fue a sujetar a Equis por el cuello y el otro
le hundió los puños en el vientre, repetidas veces. Más tarde, Botch y Fletcher
intercambiaron posiciones. Se detuvieron prudentemente cuando consideraron que
las vísceras de Rodrigo Equis estaban a punto de estallar.
—
Pero, ¿por qué? —murmuró Equis en un instante muerto de la escena que se
desarrollaba y dejó caer la barbilla sobre su plexo—.
—Es
sólo para darle validez a la confesión, ¿sabe? Es un procedimiento normal, de
rutina —respondió Botch, con cara seria—. Tenga, vomite aquí —agregó,
ofreciéndole un puñado de tela hecha trizas—.
Un
momento después, Botch extrajo de su saco una banda con los colores de la
ciudad y la cruzó sobre su pecho. Se cambió la corbata por una de color oscuro,
fue hacia el escritorio frente al cual se encontraba Equis y derribó cuanto
había sobre la superficie.
Fletcher
improvisó de manera inmediata una rejilla de prácticas judiciales con ayuda de
la silla puesta patas arriba entre el escritorio y el sillón para simular
barrotes; cogió de algún lugar un espejo de cuerpo entero y lo colocó frente a
Equis. Acto seguido, hizo mutis tras un estante desvencijado y reapareció con
un atado de documentos bajo el brazo, que entregó con prontitud a Botch.
—Para
evitarnos el molesto trámite de señalar cada uno de los actos infames cometidos
por usted y por los cuales se le persigue, a continuación, en la pantalla
aparecerá —y señaló el espejo—, en conjunto, la suma de sus equívocos
—pronunció con tono engolado Botch, colocado detrás del escritorio—.
Rodrigo
Equis vio su propia imagen reflejada en el espejo y, por una esquina, la de
Fletcher, que diligentemente le acomodaba el cuello de la camisa y le alisaba,
casi afectuosamente, el cabello. Equis pensó que, en realidad, no había gran
diferencia entre lo que la gente imaginaba que sucedía cuando estos hombres
irrumpían en la vida de cualquiera y la escena que se desarrollaba ahora, y se
obstinó en el silencio.
—Mi
cliente ratifica lo antes dicho y se declara culpable —dijo Fletcher, que se
encontraba detrás de Equis, y retiró enseguida el espejo—. He intentado el
soborno —le murmuró al oído—, pero la autoridad responde que tiene órdenes
precisas; “de arriba”, ya sabe —señaló, con el índice, una de sus sienes e hizo
girar su mano—.
Botch,
aún colocado detrás del escritorio, se despojó de la banda de colores y la
corbata y, haciendo un esfuerzo, estiró las manos para golpear de nueva cuenta
a Equis, en tanto Fletcher lo asfixiaba. Instantes después, Fletcher buscó
entre sus ropas su puro, lo encendió y se entretuvo mirando colocar a Botch una
bolsa plástica sobre el rostro de Equis; Fletcher perforó la bolsa con la brasa
de su puro y arrojó bocanadas de humo por la abertura. Más tarde, entre los
dos, le aplicaron a Equis corriente eléctrica en puntos vitales de su cuerpo,
pero se detuvieron porque el olor a carne quemada los hacía estornudar.
De pronto, Botch se volvió a colocar la banda con los colores de la ciudad y se sentó sobre el escritorio. Miró a Equis con curiosidad por entre las patas....
Ojos de Paloma
Cuando
Gerôme estuvo junto al palomar, se sintió a salvo. Hacía muchos años que Vivian
había dejado de buscarlo ahí, desde que a la mujer se le comenzaron a inflamar
los pies y le aparecieron en las piernas unas venas verdes y gruesas que le
impedían dar pasos en los escalones que conducían a la azotea. Allá arriba,
Gerôme ya no escuchaba los reproches de Vivian y, al fin, pudo respirar
aliviado.
Todavía
permaneció unos instantes a la expectativa en el cubo de la escalera; no
descartaba del todo que la furia de Vivian lo alcanzara en las alturas. Era
domingo, sus hijos se habían marchado hacía menos de una hora. Desde la cima
del edificio número ocho de la Rue André Del Sarte, Gerôme podía mirar a sus
anchas los monumentos a la fe y preguntarse por qué, si las creencias eran tan
sólidas, necesitaban pregonarse de manera tan ostentosa. Torció la boca y se
conformó con la grandilocuencia de las nubes. Si quería, sin ningún esfuerzo,
podía imaginarse conduciendo su saeta maravillosa, su Corvette rojo, cruzando
veloz por el Boulevard Barbès, cuya compra había provocado la furia de Vivian y
la sonrisa despectiva de su par de hijos.
A
sus espaldas, escuchó el aleteo inquieto de las palomas. En ese instante, desde
el cielo, una docena se dejaba caer como copos de nieve de sabores sobre su
cabeza, y algunas descendieron torpemente sobre el suelo blanco. Gerôme se dio
media vuelta para mirar las aves y tuvo que agitar las manos frente a su cara
para evitar que las que retrasaron su aterrizaje lo golpearan.
El
palomar ya resultaba estrecho para las decenas de pichones que revoloteaban
dentro del espacio rectangular de seis por cuatro. A un costado de la entrada
de la jaula, junto a una pala, estaban colgadas sus ropas de trabajo doméstico:
un pantalón de peto y una camiseta desgarrada. Ceremoniosamente, Gerôme comenzó
a vestirse para hacer la limpieza del palomar.
Le
parecía mentira, pero, veinte años atrás, se había casado con Vivian por sus
ojos de paloma, que alguna vez habían tenido un aspecto manso y colores que
iban del gris de las mañanas al cielo naranja de los besos en la penumbra de
los zaguanes.
En
los costados del marco de la entrada de la jaula sobresalían, aquí y allá,
alambres puntiagudos, sueltos y oxidados, que revelaban el paso del tiempo y el
descuido del palomar. Las palomas que anidaban permanecieron inalterables
cuando Gerôme abrió del todo la puertecilla. Sólo las más jóvenes revolotearon
inquietas y provocaron un remolino de plumón suave que lo obligó a soplar
repetidamente sobre su nariz y ojos, y que hizo que perdiera parcialmente la
visibilidad.
Al
inclinarse para entrar, Gerôme sintió algo parecido al ardor de una quemadura
en un costado de la frente; podría haber sido lo mismo un aletazo que el
arañazo de un alambre. Vivian y sus hijos exageraban; podría deshacerse con
facilidad del automóvil. En cuanto quisiera. ¿Lo quería? No, no quería
deshacerse de su Corvette rojo, por lo menos, no ahora. Lo difícil sería
encontrar la motivación para que lo hiciera. A los sesenta años, la vida apenas
comenzaba a compensar su fidelidad a la fábrica de manteles, y el negocio pedía
a gritos expandirse.
Con
uno de sus dedos empapado de saliva, se alivió el escozor de la frente y les
tiró, consecutivamente, seis puñados de trigo a las aves. El alborozo de los
animales lo conmovió; permaneció embebido mucho tiempo admirando su caminar
plástico y elegante, y se abstrajo escuchando los arrumacos de las madres con
sus pichones. Comenzó a contar las aves, pero perdió la cuenta al rebasar las
setenta y nueve.
A
través de la tela de alambre, miró a lo lejos; en uno de esos pisos de París
estaba el cielo al lado de Beatrix, una trigueña de veintinueve años que
aspiraba a casarse con él en el otoño próximo. En la calle, el tránsito era más
lento y la cúpula del Sacré Cœur más blanca; en la frente, Gerôme seguía
sintiendo un ardor que le quemaba.
Muchas
palomas volvían a sus nidos mientras Gerôme paleaba una y otra vez, removiendo
la arena y el aserrín de la jaula. Casi pudo experimentar ternura cuando una de
ellas se posó sobre su hombro y comenzó a explorar tímidamente su frente con el
pico. Desvió la vista un instante para mirarla y sintió el calor de su ala
plástica junto a su mejilla. Vio la lenteja negra de su pupila sobre el globo
ocular anaranjado del iris y lanzó un largo suspiro. Pacientemente, la paloma
continuó picoteando la herida y, un minuto más tarde, de la frente de Gerôme
comenzó a correr un hilillo de sangre que le humedeció la ceja. Dos palomas más
no esperaron su turno y peleaban con la otra sobre el hombro de Gerôme. Él
estaba abstraído, reviviendo pasajes anteriores de la convivencia con Vivian,
los tiempos idos y, sobre todo, su futuro arrebatador con Beatrix y su
automóvil nuevo.
De pronto, Gerôme sintió la punzada aguda de un dolor que provenía de su cabeza. Las palomas estaban excitadas por la sangre y revoloteaban inquietas a su alrededor, esperando su oportunidad de picotearle la frente. Con un movimiento vi....
Variaciones Sobre un Tapete
“Casi
en el mismo instante de cerrar desde dentro la puerta del baño, Márkol
experimentó la primera oleada de ansiedad. Por su mente cruzó otra vez la
escena que había soñado a intervalos en el espacio de tres días: su cabeza
rodaba sobre el tapete con figuras de animales fantásticos que le había
comprado, un martes de mercado, a un vendedor de rostro deforme. Eso era todo;
sin embargo, era demasiado; durante el día, sus nervios estaban crispados”.
“Aquel
martes, apenas el comerciante vio aparecer a Márkol, le dirigió miradas de
alivio. Los dos servían al Culto, los dos eran seguidores de la Energía. El
individuo aquel le aseguró que, bien usado, el tapete obraba maravillas. Sin
embargo, le advirtió que el estado emocional del propietario podía erosionar o
exaltar, de manera notoria, sus relaciones con las Potestades. Márkol se
encogió de hombros, intercambiaron un par de palabras más y se despidieron”.
“El
tapete era una especie de pasadizo que desembocaba a los pies de la mansión del
señor del Culto; su Libro lo decía. Si Márkol conseguía descifrar los arabescos
y la geometría desplegada en la superficie trivial del artilugio, de tal suerte
que se pusiera en el camino hacia la divinidad que reina sobre todas las
divinidades, su cuerpo se incendiaría con un fuego sin quemadura, sus ojos
verían, al fin, la esencia de todas las cosas y no volvería a poner un pie
sobre la tierra. Sin embargo, no sería fácil; el conocimiento desplegado sobre
el tejido era custodiado por aquellos animales y seres fantásticos ahí
plasmados, eran antiguos cancerberos destinados a destrozar a los fatuos y no
iniciados. Sólo cuando llegó a su casa, Márkol se dio cuenta de que el vendedor
parecía haberlo estado esperando. Sin embargo, los practicantes del Culto saben
que no existen las casualidades, y Márkol discurrió, calmosamente, que la
Energía los había alineado”.
“Desde
entonces, luego de estudiar concienzudamente, durante cinco días continuos, los
movimientos de las bestias de hilo sintético desde los cuatro puntos cardinales
del tapete, a Márkol no le costaba trabajo imaginar, incluso durante el día, su
rostro bañado por un chorro de sangre que manaba de una regadera. Dedujo que se
trataba de un símbolo que, de buenas a primeras, no le revelaba su significado;
podía ser la fuente del conocimiento que lo llamaba o el aliento que transcurre
dentro de todas las unidades creadas, pues la divinidad no se comunica con los
elementos que abundan entre los días”.
“Llegó
la fecha señalada por la Energía a la que Márkol rendía culto y que aquel
vendedor obedecía. Había realizado el ayuno que el Culto ordenaba y, casi en el
mismo instante de cerrar desde dentro la puerta del baño, Márkol experimentó la
primera oleada de ansiedad. Haciendo un esfuerzo, cambió el curso de sus
pensamientos y se distrajo acomodando la tira de zacate plástico sobre la
jabonera. Se desnudó enseguida y abrió la llave”.
“Sin
las ropas limitando sus movimientos, se creyó ligero y diestro para el combate
que le esperaba. El rumor del agua escurriendo por su cuerpo amortiguó el
primer gruñido que rasguñaba la puerta desde fuera. Una punzada fría le heló el
costado cuando, por fin, pudo escucharlo; no obstante, Márkol tuvo la entereza
de alcanzar un jabón que olía a un jardín remoto y comenzó a frotarse el pelo”.
“Tuvo
que detenerse cuando escuchó, con claridad, el rugido de las hordas de Zafiro
que intentaban derribar la puerta. Se replegó contra el muro e intentó templar
su ánimo; los arañazos eran continuos y, de pronto, horrorizado, Márkol vio que
una garra atravesaba limpiamente el metal de la puerta”.
“Estaba
en lo cierto, eran los muds de Zafiro. La espuma del jabón sobre su cara le
desfiguraba el rostro, y, en algún resquicio de su ser, algo le decía que no
estaba preparado para enfrentarlos. Su salvación flaqueaba. Alcanzó, a tientas,
la manija de la otra llave y dejó fluir, sobre sus hombros temblorosos, el agua
fría. Detrás de esa especie de cortina, sintió alivio por estar aún vivo, pero
los primeros muds ya escalaban el lavabo. Eran del tamaño de un puño mediano y
poseían un salvajismo a toda prueba”.
“Cuando
Márkol estuvo a su alcance, los muds lo acuchillaron con ferocidad extrema. Más
tarde, su cabeza rodó sobre el tapete y sus ojos permanecieron abiertos mucho
tiempo bajo el chorro de agua fría”.
Esta
es la historia que Gerardo Bocanegra escribió momentos antes de que su cuerpo
fuera hallado, precisamente bajo el chorro de la regadera. Alertados por el
agua que corría por los pasillos, los vecinos echaron la puerta abajo y lo
encontraron hundido en sí mismo, con la cabeza sobre las rodillas.
Horrorizados, llamaron a la policía.
Cuando, por fin, pudo ser localizado, el vendedor de tapetes permaneció en silencio la mayor parte del tiempo, pero no pudo ocultar la satisfacción de que su presencia fuera determinante para reconstruir los detalles plasmados en el tapete que, con el agua, se habían deslavado. El rostro del vendedor no estaba deforme, como lo consignaba el relato de Gerardo Bocanegra; los investigadores comprendieron que el autor se había permitido ci....
Caín Explicado
Cuando
Caín y Abel realizaron sus ofrendas a Yahvé, Caín, agricultor, presentó, a
disgusto, el producto de su tarea: frutos y semillas. Abel, pastor, le ofreció,
de buena gana, a Yahvé la sangre primigenia de su rebaño de ovejas. La ofrenda
de Abel, es decir, la sangre, fue más suculenta a los ojos de Dios.
Enfurecido
por el desprecio, Caín mató a Abel, pero, en realidad, a quien hubiera querido
destruir era a Yahvé. Abel, pastor, generoso libador de sangre de ovejas, fue
pasto de chacales porque tuvo la mala suerte de estar en el lugar equivocado.
Caín, agricultor, se fue maldito por la tierra. Es posible que, para completar su venganza, aún continúe sembrando campos y edificando ciudades.
Perro
Amor,
Juan
Norberto Lerma ✍️
📕 En ocasiones, el autor
"estorba" a esa potencia o energía que desea contar historias y
construir otras realidades. La escritura se transforma entonces en un milagro,
en un acto de magia. #libros #Literatura
#cultura
#libros #literatura
👉 https://books2read.com/Perro-Amor
La Rueda de la Vida
Es
fama popular que en el templo situado en las tierras altas de Pilkam, en un
paraje llamado Murey, habita el único dios vivo.
Rabindranath,
El Poseso, había escuchado hablar de él y, en los ratos que la enfermedad le
permitía expresarse de tal forma que fuera comprendido por sus semejantes,
manifestaba su deseo de realizar una visita de cuerpo presente al recinto de la
luz y del conocimiento supremos.
Amigos
y parientes habían ignorado sus peticiones durante lustro y medio; apaciguaban
su ánimo exponiéndolo al amparo de la parsimonia de los bosques y del parloteo
de las aves benignas, y le daban largas contándole los portentos que ocurrían
en las ciudades vecinas. Mientras tanto, Rabindranath había compuesto cantos
para desolar los campos y escrito oraciones para hacer llover fuego. Inmerso en
su trabajo, además, apiló cuarenta y nueve mil setecientos veintitrés salmos
para combatir a los demonios del cuerpo y del alma, descubrió treinta y seis
conjuros para dominar a las fieras y nueve para doblegar el corazón de las
mujeres. Sin embargo, nada de eso le servía, pues su corazón se hallaba cerca
del cielo y su cuerpo se debatía en el infierno. Su único consuelo era la
esperanza de contemplar, por una sola vez, al dios vivo.
Una
tarde de la estación helada, sus parientes se dignaron escuchar sus súplicas,
cedieron a su insistencia y se pusieron en camino. Durante el trayecto,
Rabindranath no abrió la boca; miraba arrobado las tierras pobladas de árboles
murmurantes y les respondía con caravanas y ademanes de recogimiento. Se
entretuvo durante días ideando un lenguaje nuevo para comunicarse con el dios
vivo, en tanto que sus familiares proveían el agua y la comida. Un mes y
veintisiete días después, con la luna en la espalda, subieron por el sendero de
una montaña que, de lejos, semejaba una barca. Durmieron a la entrada del
pueblo y Rabindranath aprovechó para iniciar su ayuno y purificar su espíritu
con cantos que recordaban quejidos de animales.
Desde
un promontorio, por la mañana, divisó el templo y vio, a lo lejos, que la
multitud de peregrinos se apiñaba en el interior, sobrepasando el recinto. Las
filas de fieles rebasaban la explanada, se perdían en las tierras bajas de los
invernaderos vigilados por guardianes de ojos iridiscentes y bordeaban el
territorio de los recolectores de cristales amargos y multicolores.
Los
peregrinos eran pacientes; esperaban su turno de compartir con la deidad el par
de minutos que, a todos los visitantes, por derecho les correspondían. Sólo
aquí y allá se veía algún movimiento brusco cuando alguno caía presa de
convulsiones, vencido, a veces, por el sueño, la enfermedad o el hambre.
Entonces, Rabindranath acudía a prestar ayuda.
En
el quinto día de espera, los familiares de Rabindranath desistieron y se
marcharon maldiciendo el frío y los malos olores. Ajeno a todo lo que no
tuviera relación con su cercanía con el dios vivo, Rabindranath apenas notó que
los fieles vecinos lo habían despojado de cuanto le proveyeron sus familiares
para su subsistencia.
La
séptima noche de su llegada, Rabindranath sintió que lo llevaban a empujones
hacia las columnas que escoltaban los escalones de un área en penumbra.
Despabilado, se dejó conducir por un pasillo que se iba reduciendo hasta sólo
permitir el paso de un hombre de complexión mediana, y que terminaba en una
entrada por la cual se tenía que pasar forzosamente arrodillado.
Del
otro lado, el salón era amplio y había una ventana situada en el fondo, que,
estratégicamente, daba a dos inmensidades: la del infinito y el océano.
Rabindranath murmuró una bendición a modo de saludo e hizo una caravana que se
prolongó hasta que su rostro se posó en el suelo, y permaneció así hasta que
escuchó un chasquido como de agua lejana.
El
dios vivo miraba a Rabindranath y, cuando suspiró, fue como si una bocanada de
fuego y flores le estremeciera la espalda y el entendimiento. Rabindranath, El
Poseso, nunca había estado tan lúcido como cuando se encontró en la estancia
del dios vivo. Decenas de frases atropelladas acudían a su mente y todas se
perdían en un embudo que lo conducían al terreno de las interrogaciones.
Iba
a comenzar una oración, pero, desperezándose, con un ademán autoritario, el
dios vivo lo detuvo. A continuación, Rabindranath escuchó su nombre repetido
millares de veces y, en todas, le pareció que resonaba un eco de tambor de
fiesta y leña quebrándose en su aldea.
Rabindranath
ensayó el lenguaje que había diseñado para preguntar por el misterio de las
zonas oscuras del sueño y acerca del jinete ciego que asola el futuro; sin
embargo, no pudo articular palabra. El dios vivo lo miraba y Rabindranath
contemplaba la inmensidad unificada. Rabindranath, El Poseso, podía pedir un
deseo como cualquier peregrino y alejar, para siempre, a los demonios que se
comían sus entrañas desde hacía 35 años. En cambio, pensaba. Dedujo que, en
algún lugar de su mente, debía de haber una especie de almacén infinito, puesto
que las ventanas de sus ojos eran capaces de percibir y plasmar,
simultáneamente, en su interior la imagen del mundo, de la inmensidad y del
dios vivo.
—Hace
muchos años que no deseo nada de este mundo —murmuró, por fin, Rabindranath con
su voz de todos los días—, vivir con el entendimiento que me corresponde me ha
brindado placeres y amarguras suficientes. Sin embargo, quisiera comprender
cómo tú, un hombre cuya apariencia se corresponde con la mía, puedes ser
considerado un dios vivo.
—Podría
hacer que mil fieras te persiguieran y que tus conjuros no surtieran el menor
efecto en ellas —tronó la voz del dios vivo—, también podría hacer que lloviera
sobre tu cabeza la sangre de tus antecesores; sin embargo, los trucos son para
los profanos, tal parece que, a ti, hay que convencerte con asombros mayores.
El
dios vivo hizo un ademán apenas perceptible y, enseguida, intercambió su lugar
con Rabindranath. El dios vivo era ahora Rabindranath, sin dejar de ser el dios
vivo, y Rabindranath era el dios vivo, sin que apenas variara su condición de
Rabindranath.
—En
este momento, y siempre, eres y has sido como soy yo —apuntó, con énfasis, el
dios vivo—, sin embargo, tú elegiste ser un hombre y, por tanto, tu condición y
poderes, aunque no están limitados, sólo pueden actuar en el terreno de lo
humano. Los demonios que te habitan comparten también su ser conmigo y con
cuanto nos rodea. Somos uno y lo mismo; el camino que conduce al fuego, en
algún momento, se bifurca y te ofrece las posibilidades del día. Eso que tú
llamas inmensidad está compuesto de pequeñeces. Yo soy el dios vivo y quienes
ponen su fe en mí contribuyen a que así sea.
Rabindranath
apenas notaba el cambio en su condición espiritual y mundana y pensó que el
dios vivo le tomaba el pelo. Torpe en el manejo de su nuevo estado, se atrevió
a usar el poder que en él brotaba. Entonces, creó aberraciones en mundos
establecidos, desequilibró nuevos mundos con plagas, desbarató la materia en
dimensiones ínfimas y, por unos instantes, se entretuvo asolando la ciudad de
los mil templos infieles.
Con
apenas desearlo, el dios vivo restableció el orden de cuanto existe, y
Rabindranath, avergonzado, desistió en su intento de ejercitar sus poderes
temporales divinos.
De
pronto, el dios vivo llamó su atención señalando la ventana.
—Escucha
—dijo—.
Rabindranath
se concentró en el rumor que le llegaba del otro lado del muro. Identificó la
voz del dios vivo entremezclada con las olas. Todas las voces interiores de
Rabindranath se apaciguaron paulatinamente y advirtió cómo aumentó el rumor del
agua hasta que le zumbaron los oídos y se fue quedando dormido.
El dios vivo permaneció impasible mientras, de le....
Agua Oscura
Una
noche de luna, Richard Bretbert, El Orador de las Montañas, caminaba cerca de
El Gran Lago. Las plantas aleteaban a su paso, bañadas de luz blanca y azul, y
el mundo, en ese instante, sólo era un esbozo y susurraba. Escuchó un chapaleo
a lo lejos y se volvió para mirar, apenas, el arco de agua que dibujó en el
viento un pez de plata o una ráfaga de luz de luna. El ruido se prolongó,
acompasado, en el agua y saltó de las orillas hasta sus oídos.
Richard
Bretbert continuó avanzando, pero era como si el sonido cadencioso del agua lo
estuviera hipnotizando y lo llamara. El pez o el relámpago se meció en el aire
un par de veces más y, al sumergirse, agitó aún más el agua del lago. Richard
Bretbert quiso continuar con su camino y avanzó un par de zancadas, pero una
estrella oscura o un halcón nocturno que cruzó, como un destello, estuvo a
punto de golpearle la frente.
El
monje se detuvo, tal como lo había hecho hacía 35 años, cuando era un fugitivo,
y llegó a un portal con figuras labradas de querubines en piedra gris y rojiza,
y le contó al confesor que, en un rato de rabia en su cuartel militar, había
terminado con la vida de dos hombres. Richard Bretbert tocó con su barbilla su
pecho y lanzó un suspiro que reverberó, ajeno, entre las ramas de los fresnos y
los sauces de la espesura. Había caminado de noche durante tres lustros desde
el poblado hasta su hogar en las faldas de la cordillera y jamás se le había
ocurrido acercarse a El Gran Lago, y, precisamente, esa noche de mayo sentía
que, desde el agua, lo llamaban.
Iluminada
por la luz de la luna, su figura, aún erguida, parecía levitar en tramos cortos
hasta la orilla de El Gran Lago. Conforme se acercó, el monje sintió que el
sonido del vaivén del agua que había escuchado no provenía del lago, sino de su
pecho alterado.
Los
peces se inquietaron con la sombra del hombre y un fuego fatuo incendió los
restos de unas raíces atestadas de bichos de piel fría. Richard Bretbert estaba
tan cerca de los labios del agua que pensó que parecía un lienzo tendido,
específicamente, a su paso para que continuara avanzando y caminara sobre el
lago. Se arrepintió, enseguida, de su soberbia y murmuró una oración para
someter su orgullo. Se detuvo en la orilla y volvió a escuchar la voz ronca y
rítmica del lago, que se estrellaba contra el fuelle alterado de su pecho, que,
en ese momento, lo animaba.
Richard
Bretbert miró la luna en el centro de esa especie de espejo de plumas blancas y
azules y descubrió el reflejo de su rostro, por primera vez, tal como no lo
veía desde hacía años. Aunque él hubiera querido marcharse, de pronto, su
cuerpo cayó de rodillas y comenzó a temblar, como si se congelara. En la
superficie de El Gran Lago, Richard Bretbert vio sus rasgos ajados, marcados
por la penitencia y la miseria, y, como en un gran caleidoscopio, cruzaron ante
sus ojos la luna, las nubes que se transformaban en bocetos de ciudades, y
algunos desgarrones de caras de hombres y mujeres que creía olvidados. Sabía
que la voz del lago algo le decía, pero no alcanzaba a comprender lo que
significaba.
En
ese instante, Richard Bretbert hubiera querido ser un pez de plata o un halcón
nocturno para ser parte del mundo natural que no pregunta nada, porque le basta
con ser parte del misterio que conforma la existencia. De improviso, percibió
una especie de destello en el cielo y el reflejo de los astros sobre la
superficie del agua, que era, como decir, sobre la tierra misma que él
caminaba, velado, apenas, por las ondulaciones, pero más hondo. Pensó que podía
ser un llamado de Dios o del diablo y que era él quien tenía que decidirlo.
En
sus años de reclusión, no había alcanzado jamás la santidad, y es posible que
ni siquiera la deseara, pero la rabia se había ido y algo humano le quedaba;
ahora le bastaba, incluso, ser sólo una nube, pero únicamente era un hombre de
rodillas que temblaba y que el agua se tragaba.
Por la mañana, las barcas ....
Bajo Tierra
“Vivir
solo porque los otros te abandonaron, desde luego, es una tragedia, pero
entregar tu individualidad a la manada es fabricar tu ruina”.
Víctor
Roil
I
Lo
más difícil fue dar el primer paso, dejar de llamarme Víctor Roil y ser uno
menos en las calles. Lo demás fue acostumbrarme a mirar rostros anónimos entre
vagón y vagón, y, a veces, viajar en un convoy solitario.
Entonces
se me figuró que era como si yo fuera una partícula, endemoniadamente
consciente, de una masa informe en donde, desde luego, mi conocimiento
terminaba en mí mismo. Pero esa revelación ocurrió mucho tiempo después. Para
que la sangre fluya de otro modo, es necesario tener una herida. Y yo la tenía;
incluso podría afirmar que nací con ella.
La
gente posee una capacidad de abstracción asombrosa. Metidos en sí mismos, nadie
reparó en mi aspecto astroso; a ninguno le resulté un objeto de interés. Sólo
los niños, en algunas ocasiones, al verme, sonreían. Sin embargo, era curioso;
tuve que aceptarlo, nunca fui más visto ni tampoco más ignorado.
Para
sobrevivir me bastó con robar alimentos; cuando no había señoras a las cuales
despojar, mendigaba dinero. No me gustaba soltar discursos lastimeros en los
pasillos porque distraía a la gente y me miraba con lástima; incluso, algunas
personas llegaron a mostrarse melancólicas y eso me deprimía.
Algunas
veces pensé en herirme, lo que fuera, un ojo, el brazo, una pierna, pero me
avergonzaba vender mis llagas. En cambio, preferí contar a esa gente una
historia que les gustara, una que apelara a su infelicidad y que pudiera
conmover a cualquiera.
Entonces,
los que me escuchaban sentían la necesidad de regalarme monedas para comprar su
generosidad, su nobleza, y se abstenían de ejercitar su bondad con sus
semejantes. Es un procedimiento perverso, muy simple.
II
“Es
probable que las historias aquellas en donde los animales hablaban con los
hombres sean verdaderas; sólo que ellos prefirieron seguir siendo puros”.
Víctor
Roil
Obligado
a estar solo, todo el tiempo procuro pensar para sentirme acompañado; eso me da
lucidez y entonces puedo escribir unas cuantas líneas en un papel cualquiera.
No las rotulo, no van dirigidas a nadie en especial, aunque bien sé que no son
para cualquiera. Las dejo, a una hora de aglomeración, en la vitrina de una
toma de agua o en una banca, al lado de una pareja que se bebe el aliento,
desesperada.
En
realidad, mis líneas no son propiamente una historia y mucho menos una carta;
son anotaciones, observaciones ácidas cargadas de cólera y recriminaciones
abstractas contra mis semejantes que habitan el mundo exterior.
Por
supuesto, se trata de reflexiones viscerales en las que siempre termino por
describir mi angustia, y esas sensaciones de asco y horror que hicieron que me
refugiara lejos del mundo externo, en el subsuelo. Es un poco como estar ya
muerto.
Naturalmente,
mi apreciación del mundo es subjetiva; por lo mismo, traté de objetivarla (el
hecho de que me encuentre aquí, por ejemplo) para destruir puentes, borrar
líneas de contacto con los otros.
Por
lo regular, me sucedía que, al intentar comunicarme con alguien, inmediatamente
percibía su vaciedad; como si ellos sólo pudieran ser cuerpos deshabitados,
cuerpos compactos rellenos de órganos independientes, sin una rendija para
colarse ahí dentro e intentar entablar un diálogo entre dos sensibilidades.
No
es que yo hubiera creído que los individuos eran estúpidos; sólo pensaba que
estaban ausentes de sí mismos, porque todo el tiempo estaban volcados hacia
afuera. Se me figuraban casas abandonadas.
Mas,
por otra parte, ¿cómo comunicar la desesperanza, la ira que a menudo me
acometía y el legítimo sentimiento de percibirme ajeno, de ser extraño en un
mundo de gente extraña?
Quizá
por eso comencé a escribir mis líneas y no pronuncio palabras de viva voz: para
propiciar mi extinción y evitar el prejuicio y la lástima que sienten por mí
mis semejantes. Pero, ni aun en el subsuelo, olvido las palabras que conforman
mi ser y que me sostienen, y sé muy bien que, si pudiera pensar en imágenes,
volvería al mundo natural y de nuevo sería un animal puro. El mundo tendría de
nuevo armonía para mí y, entonces, yo desaparecería.
En
uno de mis primeros textos escribí: “He querido escapar. Es decir, yo quisiera
estar muerto de verdad y no representar esta farsa. Soy Víctor Roil y tengo 35
años. Vine por mi voluntad, cuando descubrí que yo era el primer hombre y que
también podía ser todos los hombres”.
“Desde
mis primeros años advertí que era un desterrado; las épocas que siguieron lo
confirmaron. Tuve una familia y un lugar seguro. Hablaba con personas, pero
había una barrera…”.
En
otra escribí: “Nunca pude encontrar a un semejante; las doctrinas no me
ayudaron. En una etapa de oscuridad extrema, me permití acercarme a un grupo de
personas a las que yo consideraba superiores. Decían que amaban las bellas
artes y las cosas humanas”.
“Había
pintores que cultivaban el arte de colorear sus telas con sabores, músicos que
basaban la armonía en el equilibrio de los líquidos alcalinos de los órganos
humanos, escritores que traducían y plasmaban en hojas inmaculadas la piedad de
los alacranes”.
“Me
aceptaron porque yo no aportaba nada ni rivalizaba con ellos; simplemente los
escuchaba y eso era suficiente para tener, incluso, un lugar destacado en la
tertulia”.
“Yo
trataba de entender sus propuestas y estoy seguro de que, cuando meditaba, era
capaz de llevar más allá las técnicas que proponían. Eran diestros en su arte,
únicos, y, por lo tanto, jamás me considerarían uno de los suyos…”.
III
“El
hombre malgasta su inteligencia en tretas prácticas para conseguir sus
objetivos inmediatos; por ese camino lanza su espíritu a la realidad más pueril
y permite que la herrumbre se cebe en su verdadera casa”.
Víctor
Roil
Hubo
una vez en que estuve a punto de acabar con todo, de volver a la superficie con
la carga a cuestas del fracaso. Fue una noche que me distraje memorizando rutas
y transbordos y llegué a una de las terminales. Me perdí entre la gente (vaya
expresión terrible); salí de allí y anduve por talleres y galeras. No obstante,
me acerqué, confiado, a los vagones y los recorrí uno a uno en busca de (iba a
decir de seres humanos) restos de comida. Entre los asientos descubrí a una
mujer; su cuerpo estaba doblado sobre sí, completamente laxo; parecía un
amasijo de prendas abandonadas.
Tuve
un sobresalto, porque la mujer mantenía en sus piernas el extremo de un sobre
rasgado, y una hoja borroneada sobresalía por entre los cierres de su bolso.
Pensé que ella (tal vez) venía en mi busca (y eso hubiera sido para mí el fin)
o que ella también, pronto, comenzaría a enviar textos.
La
observé durante minutos, me mantuve a la espera de que ella hiciera un
movimiento. No lo hizo. Me acerqué aún más y golpeé uno de los vidrios con el
puño, primero tímidamente y, luego, con fuerza. Corrí hacia otro tren para
esconderme y poder mirarla. La mujer despertó y miró alrededor; pegó el rostro
y las manos al cristal. Ya desperezada del todo, intentó saltar por el hueco de
la ventanilla; sin embargo, seguramente los letreros de advertencia de descarga
eléctrica la detuvieron.
En
ese momento pensé que no debí haberla despertado, que el habernos visto
brevemente alguna vez en el trayecto del tren no me otorgaba ningún derecho
para interrumpir sus sueños. Me dije que era un abuso de mi parte; yo no
deseaba salvarla; además, nadie me aseguraba que ella no fuera un poco feliz
inmersa en sus sueños. En todo caso, pensé, ninguna persona debería despertar a
nadie; todos tenemos libertad de deambular en nuestras propias pesadillas.
De
pronto, el rostro de la mujer se crispó con una mueca desesperada. Cuando
comenzó a pedir auxilio a gritos, me relajé. Entonces supe que no venía a
buscarme ni traía respuestas (de cualquier forma, yo no hago preguntas) y que
su terror obedecía al encierro. La mujer estaba despierta, viva, y me miraba.
La ayudé a salir.
La
muchacha tenía frío, tenía los ojos… No eran nada, ni fango ni lunas ni pozas
turbias ni ninguna otra cosa; eran ojos de mujer asustada, primero por el
encierro y, luego, por mi cercanía, sólo eso. Habló conmigo, pero sola, luego
para ella misma. Yo no podía hacer absolutamente nada por ella y ella lo sabía.
Yo le hablé de un periodo corto de mi vida allá arriba y le expliqué largamente
el asunto de mis textos, y la mujer me pidió que le contara lo que escribía ahí
en aquellas líneas encimadas.
Por
un instante sentí que la barrera entre mis semejantes y yo se había derrumbado.
Estuve al descubierto, sin protección alguna. Sin embargo, comprendí que una
cosa era poner por escrito mis reflexiones y otra muy distinta decírselas a una
mujer en las profundidades de la tierra (casi podría decir, depositarlas en las
entrañas de alguna mujer). Ante su insistencia, le dije cualquier cosa y vi
cómo, entre ella y yo, creció la barrera. No obstante, su expresión cambió para
indicarme que ella estaba dispuesta a creerme todo lo que yo le dijera.
Más
tarde, le mostré los recovecos de las galerías. Le dije de las vías alternas,
los cruces, los pasillos hacia el exterior; apretujados en el nicho de un
túnel, también le hablé de la parte oscura de mí, y, luego, le pedí que se
marchara.
Ya
era la madrugada; caminamos sobre los durmientes largo rato, sin decir nada.
Insensiblemente, llegamos al exterior. En la cima de nuestro recorrido vimos la
ciudad iluminada, sus calles vacías, temibles, sus habitantes atrapados en
caminos largos y oscuros. Es verdad que las luces me llamaban; las farolas
trazaron el itinerario de mi naufragio y desembocaron en mi vida antigua: una
calle vaporosa, una habitación que se desintegraba. Comencé a temblar y sentí
que me partía en pedazos. Aquello que creía olvidado no estaba tan lejos como
yo pensaba; a donde quiera que fuera, esas imágenes me acompañarían. “Ven
conmigo”, dijo ella en un susurro y me tendió la mano, y, en ese instante, su
brazo se me figuró una bifurcación en mi camino. Resistí como pude para no
quebrarme y salir tras la mujer; creo que mi convicción de ser mejor que
aquellos que habitan la superficie me detuvo. De pronto, me sentí muy triste y
hambriento. Con la mujer todavía a mi lado, sentí algo de lástima por ella;
estaba convencido de que no debí haberla despertado. No la miré más, no quise
mirar cómo se marchaba, di media vuelta y volví, enseguida, bajo tierra.
Con
todo, la mujer era agradable; ella no necesitaba escribir textos para comunicar
su desolación. Eso lo entendí días más tarde, y yo no fui capaz de adivinar su
determinación de abandonar el mundo de un modo radical y manso. Me dio por
creer que ella era la respuesta a mi desorden subterráneo, que ella hubiera
conjurado mis demonios interiores de haber tenido tiempo o de habérselo yo
permitido. En ocasiones pienso que las mujeres siempre son un lastre o, las
mejores, un faro para no extraviarse en la infinitud de las preguntas…
IV
“La
realidad es una y alcanza para todos, pero la tuya empieza cuando, de verdad,
cierras los ojos y te quedas callado”.
Víctor
Roil
Lo
demás ya no le será dado a Víctor Roil saberlo; la siguiente semana se tiró al
paso de uno de los primeros convoyes de la mañana. Encontré papeles sueltos con
los que reconstruyo su itinerario, el día a día de sus estaciones.
Lo
que sigue es el remache de la vida de Víctor Roil, una impronta que puso en
práctica durante años o, en todo caso, su epitafio: “Sólo quedaba ceder, amar
la servidumbre (y eso es tanto como ser cínico), o bien, estar bajo tierra. Yo
elegí lo último…”.
“Sólo
después se me reveló la angustia escrita en las grietas de sus labios —escribió
de mí en un texto sin fecha—, la inquietud en la curva prominente de sus cejas,
y la desolación impresa en las arenas movedizas de sus ojos sin fondo. Toda
ella era una especie de texto en donde leer la escritura de su alma. No fui
capaz de hacerlo, pero ya no me martirizo por mi torpeza. Entiendo que fue un
vicio que adquirí temprano, cuando comencé a leer libros y me desinteresé de
los rostros humanos…”.
“He
llegado a contemplar la posibilidad de salir; sin embargo, me detiene el
convencimiento de que el estar solo me aterra”.
“Es
imposible permanecer de fijo en la oscuridad y, aun cuando me producen repulsa
las miradas extraviadas de las personas que me rodean, la cercanía impúdica de
los pasajeros, tengo que viajar como todos. Por las mañanas siento un
escalofrío que asciende por mi espalda y que se aloja en el cabello, ya
erizado, de mi nuca; me dejo arrastrar a las entrañas del vagón, que se me
figura un vientre promiscuo y sofocante. Pese a todo, nunca hablaré con los
extraños. Enviaré textos, líneas como estas, y seguiré conforme, tan sólo con
su compañía”.
V
“Lo
mejor de un hombre siempre emerge en los instantes climáticos; lo peor,
también”.
Víctor
Roil
“El
silencio se iguala con la frialdad de las vías y vago sin reposo entre los
túneles. Cuando todo está en calma, busco un respiradero; tengo la esperanza de
que llueva para alejar de mí esos bichos que me siguen deliberadamente. Más
tarde, al terminar estas líneas, treparé por la escalerilla al andén y
desprenderé una hoja o cartulina (elegiré una consistente) de los espacios
dedicados a la propaganda. Escribiré otras líneas en el reverso y las
abandonaré en alguna cabina o, por la mañana, arrojaré la hoja con mis párrafos
en un corredor concurrido, mientras observo cómo la gente aguarda, con los
dedos crispados, en los hombros de cualquier cuerpo cercano”.
“Cualquier
día, una ráfaga naranja me embestirá, arrancará de mi mano las palabras
escritas, las hará revolotear entre una tormenta de rodillas tersas y
relámpagos de piernas que marcharán, presurosas, a ninguna parte, al encuentro
de cualquier cosa que los aleje, en definitiva, de ellos mismos. El golpe de
luz que producirá mi cuerpo será momentáneo, breve, pero intenso. Un rayo.
Acaso de verdad el alma, dispersándose en la maravilla que compone este
universo”.
VI
“La
tragedia del hombre consiste en vivir dentro de la manada; no han descubierto
que la individualidad y el silencio engendran lobos”.
Víctor
Roil
“…Con
todo, asistía a las reuniones, fumaba y bebía a su lado y pasé extensas veladas
escuchando disertaciones abstractas que creaban paraísos inefables, lo cual no
me parecía mal; sin embargo, los seres que deambulaban en esos castillos
retóricos eran bultos deformes sin ningún hálito humano. ‘El arte es inhumano’,
escuché decir varias veces en las reuniones y tenían razón, pero ellos
utilizaban esa fórmula para justificar la muchedumbre de obscenidades y bajezas
que pululaban en sus piezas, y que obedecían más a su falta de talento que a la
idea de reflejar una constante espiritual o destacar una fibra humana. ‘Es
necesario exaltar la parte oscura del hombre para que la alquimia ocurra’,
decían otros, y los que escuchaban meneaban afirmativamente la cabeza…”
En
el reverso de una cartulina que describe las propiedades de una cerveza rubia,
Víctor Roil escribió: “Entre los asistentes regulares a la tertulia había una
mujer menuda y agradable. Se llamaba Babe Zuleica, sus ademanes eran vaporosos,
tenía la propiedad de hacer aparecer las cosas en el momento en que las miraba.
Desde luego, los objetos ya estaban ahí, pero ella los dotaba de vida. No sé
cómo explicarlo, pero así sucedía. No era difícil enamorarse de ella.
Constantemente me colocaba, a propósito, frente a sus ojos, para que, con su
poder, me volviera un ser concreto, pero no corrí con suerte”.
“Una noche, Babe Zuleica bebió demasiado. La ter....
En Nombre de Caín
Cuando
Caín mató a Abel, sólo Yahvé fue testigo del crimen y lo maldijo. El cuerpo de
Abel fue devorado por las fieras, pero se conservó el relato que consigna su
humildad y justifica su paso por la tierra. Caín corrió a esconderse y, años
después, en otras latitudes, encontró la muerte.
Adán
y Eva esperaron a sus hijos aquella tarde y lo mismo la siguiente. Pero Caín y
Abel nunca regresaron a casa. Años después, la pareja de Adán y Eva encontró la
noticia de que, en unas tierras que había hecho florecer con su ciencia, Caín
había muerto, rodeado de una larga descendencia. Los padres sintieron una pena
infinita por su primogénito.
Incapacitados
por las enfermedades terrenales y la avanzada edad para desplazarse hasta donde
yacía el cuerpo muerto de Caín, únicamente ordenaron inmolar, en su nombre, una
oveja.
Aunque los textos bíblicos no lo registran, esta vez Yahvé aceptó, gustoso, el sacrificio en nombre del primer humano nacido sobre la Tierra y, piadosamente, perdonó el desprecio que alguna vez había tenido por Caín.
Perro
Amor,
Juan
Norberto Lerma ✍️
📕 En ocasiones, el autor
"estorba" a esa potencia o energía que desea contar historias y
construir otras realidades. La escritura se transforma entonces en un milagro,
en un acto de magia. #libros #Literatura
#cultura
#libros #literatura
👉 https://books2read.com/Perro-Amor
Yerros Metafísicos
Cuando
los rótcras de la patrulla del Ministerio Ético de los Nórdicos entraron en el
habitáculo de Bengala Orión 317, encontraron el cuerpo inerte de Kárim, tendido
sobre su lado izquierdo, dentro del espacio de la burbuja esterilizadora.
Contra lo que esperaban, Kárim tenía su uniforme reglamentario puesto, lo cual
era contrario al uso común, pues las normas de higiene exigían la desnudez
completa dentro de los espacios destinados a desinfectar la piel.
El
dispositivo anestésico estaba encendido y los funcionarios tuvieron que
apagarlo, utilizar filtros respiratorios apropiados y ventilar de inmediato la
burbuja esterilizadora y la zona en la que estaba colocado el lecho de
mercurio, para impedir que los vapores soporíferos los derrumbaran antes de
hacerse una clara imagen del cuadro frente al que se encontraban.
Debido
a que los nueve rótcras que irrumpieron en la vivienda hallaron ya sin energía
vital a Kárim, suspendieron el proceso administrativo que se les había
encomendado, dieron parte a sus superiores, quienes los instruyeron sobre los
pasos a seguir en casos como el de Kárim y les solicitaron que presentaran un
informe puntual.
***
Esta
es la historia de la última hora de Kárim, acaso sólo minutos, un habitante de
Acid Meta cuya vida terminó en circunstancias poco comunes y que no pudo jamás
llegar a contemplar los paisajes y vaivenes de las almas universales que
habitan en las entidades de todos los sistemas solares, tal como se lo había
propuesto como único fin que justificara su existencia. Una de las versiones
del texto, y quizá la última, me la entregó un profesor de Derecho, que a su
vez lo recibió de un decano de Humanidades del Colegio Hispanoamericano, en el
que yo ocupaba un cubículo conocido con el nombre oscuro de Coordinación de
Directrices y Metodologías. Pese al rimbombante nombramiento, no era yo más que
el encargado de foliar, duplicar y entregar los programas de cada asignatura y
de recabar las firmas que los profesores estaban obligados a estampar en los
documentos administrativos. Una tarde de agosto del año terrestre 2002, Héctor
Ramiro Esquer, eximio doctor en Derecho Procesal, Penal y, hasta maestro en
casuística, se acercó hasta mi cubil y, luego de un saludo con la cabeza, sacó
de una especie de valija algo parecido a un expediente y lo arrojó sobre mi
escritorio.
—A
ti, que te interesa leer cualquier cosa que cae entre tus manos, tal vez
quieras echarle una mirada a esto —dijo—. En una de esas, hasta eres capaz de
hacer un texto. Que te diviertas, te va a interesar el tema —añadió y, como lo
miré sin saber qué responderle, para animarme me dio una palmada en el hombro y
se alejó de mi escritorio con una sonrisa—.
El
atado de hojas que me entregó no tenía carátula, estaba ajado y apenas se
sostenía con un broche oxidado en el centro. Lo miré en un par de ocasiones y,
luego, lo arrojé a un archivo, cerca de donde yo colocaba los libros que
llevaba de casa y que, una vez que los terminaba de leer, con el pretexto de
releer algunos pasajes, se quedaban ahí, pero la verdad es que la mayoría de
las veces dejaba los libros en el cubículo por mera indolencia.
Ocho
o nueve meses después, al final del curso, eché en una caja todos los libros
para llevármelos a casa, pues no volvería a mi cubículo hasta el próximo año
escolar. Cuando estaba acomodándolos en mi librero, descubrí el texto
polvoriento que me había dado el profesor de Derecho. Una sola ojeada me bastó
para darme cuenta de que el texto, en efecto, no era literario, y pensé que tal
vez era histórico. Y, conforme fui obligándome a avanzar en la lectura, me di
cuenta de que era técnico, fantástico, estrambótico, ditirámbico, litúrgico y
canónico. Al final, llegué a la conclusión de que es alegórico, pero, tal como
tuve la osadía de acomodarlo, cada persona que lo lea tendrá su propia opinión.
Ignoro
si el documento tuvo más propietarios, y debería importar conocer el origen,
porque, de alguna forma, el texto y la historia se entrelazan, y hasta es
posible que se explicaran uno a la otra, y viceversa. De cualquier forma,
considero que no está por demás declarar desde ahora que es posible que, si
recibí el texto, no fue para que simplemente lo leyera y lo devolviera, tal
como, en realidad, años después hice, pero tuve la precaución de hacerme con un
par de copias para modificarlo, tal como me viniera en gana, cuando yo quisiera
o pudiera.
Leyendo
un poco aquí, preguntando allá, he logrado deducir que, tal como recibí el
texto, era una especie de narración construida con recortes arrancados
arbitrariamente de pasajes históricos transfigurados, para mostrar o denunciar,
tal vez, la muerte de una persona que realmente existió, o que, de plano, fue
escrito para advertir y probar que, al mismo tiempo que los adelantos
tecnológicos nos liberan de las actividades físicas, proporcionan a quienes
ejercen el poder la capacidad de deducirnos en lo más íntimo de nuestro ser, y
que cada vez nuestras vidas interiores son menos privadas y, para los imperios,
más públicas. Es posible que, para quienes ejercen el poder, no seamos ya más
que un puñado de simples algoritmos que se conjugan rutinariamente, hasta
formar un patrón, y que, con las herramientas adecuadas, puedan predecir
incluso nuestros más oscuros pensamientos.
Aunque
en el informe que los funcionarios entregaron al Ministerio Ético de los
Nórdicos no se consigna, es posible que la extinción de la energía vital de
Kárim evitara que los ejecutores de sentencias lo pulverizaran. En un apartado
especial del documento, se explica que su cuerpo fue conservado y destinado al
estudio médico de los más jóvenes y que se le puede observar, provisto del
equipo adecuado para no deteriorar su constitución orgánica, en la sala
especial de un edificio administrativo dedicado a casos que esperan a que los
estudios técnicos adecuados arrojen luz sobre las circunstancias precisas en
que las entidades perdieron la energía vital que los animaba.
El
relato de las últimas acciones de Kárim se desprende de los archivos sustraídos
del Ministerio Ético de los Nórdicos, que dominan Acid Meta, y para mí aún es
un misterio la manera en que pudieron burlar la vigilancia de la
administración, que, en el mismo texto, se presume inexpugnable. Por versiones
orales de fuentes fidedignas que estudiaron el texto, sé que la primera versión
está escrita en un lenguaje burocrático plagado de jerga técnica y que resulta
ilegible para los no iniciados. Uno de los funcionarios que asistió a la
reconstrucción de la escena en la que encontraron a Kárim sin energía vital, o
que, en todo caso, siguió de cerca la reconstrucción de las circunstancias en
las que encontraron el cuerpo de Kárim, o de quien demonios haya sido la
persona que representa el personaje al que, en el texto, llaman Kárim, le
reveló a uno de mis informantes que fue él quien trasladó el primer texto al
lenguaje cotidiano, y es de ahí de donde tomo la versión que transcribo.
Tal
como si no tuviera importancia, el traductor o copista anotó, al pie de la
tercera página, que las descripciones del estado exaltado de Kárim las
reconstruyeron expertos en estados emocionales complejos, estudiosos del
carácter de la burocracia y técnicos infalibles dedicados a recrear
circunstancias, para mí, casi esotéricas, a partir de los hallazgos de datos
atomizados, en lo que ellos llaman el Archivo Colectivo. Cuando tuve el
documento entre mis manos y creí entender de lo que se trataba, de inmediato me
di a la tarea de ordenarlo. Desde luego, me tomé algunas libertades, pero
respeto la esencia del segundo documento.
***
“Una
misión administrativa que termina con el hallazgo de un cuerpo inerte”.
A
un lado del cuerpo de la entidad, colocado en decúbito lateral izquierdo, había
unas pinzas de las llamadas brotagarras, con máculas verdosas, y, en el piso
laminado, corrían tres riachuelos de sustancia negra y dos de un líquido denso
colorido, ya contaminados, porque la burbuja esterilizadora no estaba sellada
herméticamente. En lo alto del hueso temporal, la entidad tenía una úlcera de
fatiga que anunciaba la extenuación y mostraba evidencias de que tenía derecho
a solicitar un periodo de lasitud en los tubos de iridio.
***
Lo
que sigue es una traducción libre o una simple copia de la reconstrucción que
los expertos realizaron del estado espiritual o psicológico de Kárim, con ayuda
de teorías deductivas que, según los entendidos, les permiten fijar, casi sin
equivocación, una ficción, ellos lo llaman mapa temperamental, del sujeto al
que someten a un estudio.
***
Kárim
terminó de desinfectar su cuerpo y salió de su burbuja esterilizadora, envuelto
en una nube de vapor azul. Más allá de la especie de música que resonaba en su
habitáculo, Kárim escuchó una turbulencia intermitente en la atmósfera e
identificó el sonido, similar a un rumor de arena, con el que se empalmaban a
la estructura de Acid Meta las naves que llegaban de las regiones del Sol
Granado.
Kárim
se sobresaltó y, de inmediato, fue con precaución a mirar a través de la
ventana, en el lado izquierdo. No pudo confirmar que una nave se hubiera
estacionado, pero miró hacia lo alto y descubrió los seis pétalos de la luna
violeta debajo de la cúpula de estrellas amarillas. El panorama que observó
allá afuera era el de todas las jornadas y la contemplación casi lo
tranquilizó, enseguida.
Le
vino a la mente que era inusual que las aeronaves aparcaran junto a su
edificio; sólo podía significar que el Ministerio Ético de los Nórdicos
requería a una entidad fugitiva. Era posible, incluso, que los rótcras de la
patrulla punitiva ya estuvieran subiendo en el cilindro neumático a las
habitaciones más elevadas, quizás a una cercana a la que él habitaba o, quién
lo sabía, tal vez a alguna del mismo nivel en el que él vivía. Sufrió un
espasmo de terror cuando pensó que acaso podría ser él a quien los rótcras
buscaran.
Le
cruzaron por la mente un par de acontecimientos inusuales que habían alterado
su rutina en las últimas siete jornadas y a los cuales, hasta ese momento, les
había restado importancia: un yogro violeta que se le cruzó a la mitad del día,
hacía cinco fechas, cuando iba de camino a una clínica de sueño, y una máctrica
que había estado a punto de carbonizarlo en el trayecto al edificio en el que
habitaba, hacía tan sólo dos jornadas.
El
yogro era una especie de torbellino del tamaño de un foco doméstico cualquiera,
pero estaba programado para absorber objetos simples y los cuerpos que tocaba;
la máctrica parecía una nube de un tamaño menor al de una almohada y eliminaba
a sus presas con descargas radioactivas. Kárim había logrado librarse del yogro
gracias a que escuchó unas voces alteradas que provenían de un puente. Se
detuvo para mirar lo que ocurría allá en lo alto, justo cuando estaba a punto
de tocar el artefacto. La discusión, o lo que fuera que hubiera pasado en el
puente, había sido providencial. El yogro se mantuvo ahí, a dos palmos de
distancia, y Kárim tuvo tiempo de extraer su pulverizador y exterminar el
aparato destructivo.
Es
posible que su pura indolencia o un descuido afortunado le hubieran puesto a
salvo de la máctrica, pues llevaba consigo un sensor de cargas, el cual no
debía haber llevado, porque las normas que regían a los contadores de yerros
metafísicos, como él, estipulaban que únicamente debían utilizarlos en la
oscuridad. Ya no recordaba si llevaba ceñido el detector de cargas en el brazo
izquierdo por pura desidia o simplemente no había advertido que lo llevaba
consigo. Como hubiera sido, el detector le avisó de la presencia de la máctrica
un par de pasos antes de que soltara su carga y Kárim la atrapó en una espuma
azul que se condensaba al instante sobre los objetos que tocaba, y, enseguida,
la envió a uno de los laboratorios de Acid Meta. Kárim había informado
puntualmente al Ministerio Ético de los Nórdicos de los dos acontecimientos que
habían alterado su rutina, y la Escan, de voz cordial, que lo atendió le
respondió que sí, que, en ocasiones, esas cosas ocurrían y ponían en peligro a
los ciudadanos, y le prometió entregarles a sus superiores el reporte.
Que
digan los que saben si acaso es una ley natural que, en los momentos
determinantes de su existencia, los seres de cualquier época realicen las
acciones más anodinas que les vienen en gana, y que pretendan retrasar su fin,
o, por lo menos, no ser conscientes de que su suerte ya fue echada. Unos
repiten sílabas como mantras, otros intentan derribar muros con las uñas, y
otros, incluso, ven la película de su vida. Más vulgar, acaso, para disimular
los temores que le habían provocado la sospecha de que los rótcras fueran a
buscarlo a él, y disipar su sobresalto, Kárim trepó a su lecho de mercurio y,
enseguida, comenzó a acicalarse los espolones radiales y a cortar sus garras
con un dispositivo que tenía el doble del tamaño de una de sus manos. Cuando
terminó, por hábito o deformación profesional, sólo contó obsesivamente los
montones de uñas que había acumulado sobre su lecho de mercurio.
En
dos parpadeos comparó la cifra que obtuvo con las garras y espolones físicos
que tenía. Sus ojos se abrieron con sorpresa y despidieron un destello verdoso.
“No
puede ser —murmuró—, aquí hay algo que anda mal. ¿3 pilas con 31 desechos y sólo
20 garras y 10 espolones? En la Era de la Estrella Púrpura tenía 34 piezas
completas. Ahora debería tener 29, no, 30. ¿De dónde salió, pues, 1 garra más?
Alguien me está fastidiando”.
Kárim
se estremeció, porque la equivocación que acababa de cometer quedaría
registrada en los archivos de la memoria colectiva, y sabía que tendría que
reportarla a sus superiores y que se sumaría a la lista de errores que él mismo
había cometido en las últimas fechas, y que, acaso, su empleo podría quedar en
riesgo. A Kárim lo aterraba que sus superiores recordaran el caso en el que un
descuido suyo había propiciado que un par de bandoleros irrumpieran en una
estancia de sueño en la que había centenares de ciudadanos. Los sujetos habían
desconectado la máquina que suministraba los vapores placenteros que dirigían
los sueños y les permitieron a los ciudadanos que, por primera vez en su
existencia, a su libre albedrío, soñaran lo que les viniera en gana. Kárim
tenía sobre sí el caso de una Escan a la que había escondido durante varios
días en su vivienda, porque ella ya no deseaba asistir a la clínica en la que
utilizaban sus formas para producir juguetes eróticos y, otro, más escandaloso
aún, en el que, por un descuido de Kárim, una Radial había tergiversado los
registros para quedarse con una cría y pretendió no entregarla al Ministerio de
Educación. La Radial se había olvidado, o fingía haberse olvidado, que los
críos eran de la ciudad y quería tenerlo consigo más tiempo del que indicaban
las normas.
Desde
luego, unos funcionarios especializados habían devuelto las cosas a la
normalidad; la Escan fue condenada a tomar un par de cursos de obediencia, y la
Radial había sido despojada de su capacidad de generar habitantes para la
ciudad. Kárim no sabía, y en ese momento no le importaba, si la entidad
femenina había sido enviada a un reformatorio o si había sido pulverizada.
Kárim
lamentó la disminución de su capacidad para identificar las sutilezas, crucial
en su profesión de Contador de Yerros Metafísicos, e intentó detener el flujo
de sus pensamientos. Si Kárim continuaba revisando mentalmente su expediente,
seguro encontraría más asuntos que le impedirían postularse como Testigo de
Almas. Sintió que un ligero malestar le rondaba el centro de la cabeza.
***
Sujeto
de 158 creds y 180 talurs. Composición de la masa corporal natural, estructura
de carbono, postura vertical, posiblemente hasta 500 raus de fuerza, candidato
ideal para las primeras filas en combates de atmósferas sin gravedad.
***
Era
seguro que decenas de los miembros del Ministerio Ético de los Nórdicos sabían
que, si existía una sola entidad que anhelara vehementemente ser Testigo de
Almas, era Kárim. Además, reconocían que, debido a su formación gremial y a su
personalidad introvertida, lo merecía. A quienes querían escucharlo, les
describía el misterio de las infinitas combinaciones etéreas y operaciones
emotivas que se realizan a diario en el interior de cualquier ser pensante vivo
para elegir, tan sólo, abrir una puerta. Sabía que la profesión que emprendería
no era una ciencia exacta y que su labor, acaso, sería interminable, pero
precisamente era la composición azarosa de caracteres y la conjugación de
deseos e ilusiones de los seres lo que lo fascinaba. Él se imaginaba las almas
como lienzos con formas y luces impredecibles y colores únicos y diversos, que
ni siquiera un artista de lo abstruso ni la naturaleza, más brutal y ciega,
hubieran sido capaces de plasmar. Creía que su trabajo consistiría en algo así
como descubrir y convivir, a cada instante, con una especie de universos
finitos.
Kárim
había comenzado su carrera profesional en el Ministerio Ético de los Nórdicos
desde que había cumplido 100 orbitales, justo cuando se le cayeron de forma
natural los primeros 5 pares de espolones radiales de los 25 con los que nacían
los de su especie.
A
partir de entonces, Kárim había sido Asistente Emocional, Oficiante de Iras
Colectivas, Director de Estética Espiritual y Contador de Yerros Metafísicos.
Cada ciclo de 50 orbitales, los de su especie perdían 5 pares de espolones
radiales y era el momento de ascender un peldaño en la escalera burocrática.
Cuando llegaban a su máximo de energía vital, los individuos de su raza tenían
5 pares de espolones radiales y se consideraba que estaban en plena madurez;
eran los primeros en alistarse en las guerras y tenían el pleno derecho de
escoger la ocupación que mejor les viniera en gana.
Kárim
volvió a sumar las pilas de residuos, pero lo hizo, ya sin ganas, y sin soltar
el artefacto con el que había rebanado las tiras de garras estriadas. Terminó
de contar y, como obtuvo un resultado distinto al que esperaba, atribuyó su
nuevo error a que estaba ocupado cortando mientras contaba, y a que sólo veía
de soslayo los residuos que había acumulado sobre su lecho de mercurio.
Sin
dejar de pensar en la convocatoria que harían sus superiores y en la
disminución de su capacidad para identificar las sutilezas, elemental e
indispensable en su profesión de Contador de Yerros Metafísicos, se incorporó
de un salto. Irguió de golpe su figura piramidal, ajustó su bata y se desplazó,
tediosamente, por la habitación hasta quedar frente a una pared en la que podía
contemplar una proyección nítida de su cuerpo.
Sabía
que, para ajustar las cuentas de los desechos de uñas y espolones con sus
resultados, podía mutilarse y borrar o alterar los registros de sus emociones
en los archivos de la memoria colectiva cuando quisiera. Si decidía mutilarse,
el error que había cometido al sumar sus uñas quedaría oculto, y, además, su
hoja de registro quedaría limpia y podría dejar su profesión de Contador de
Yerros Metafísicos y convertirse en Testigo de Almas. Pero, desde luego, un
breve escaneo de su sistema nervioso lo delataría y estaría condenado,
entonces, a deambular entre los barrios habitados por escorias universales, o,
quizá, sería enviado a desempeñar trabajos imprecisos en lunas improbables,
todo con tal de desaparecerlo por haber osado mentirle al Ministerio Ético de
los Nórdicos, el poder al que no se le puede engañar, porque todo lo controla.
¿Y
si le hubieran nacido otras garras sin que él lo supiera? Quizá, si se lo
preguntaban, y Kárim sabía con exactitud que sus superiores se lo preguntarían
durante cualquier examen rutinario, podría responder que se equivocó en la suma
de los restos de sus espolones radiales y sus garras porque no había tomado en
cuenta que había sufrido una mutación genética y juraría, lo cual era cierto,
que él no había bebido sustancias extrañas para alterar sus órganos o funciones
corporales, sino que los desajustes se debían a los residuos envenenados que se
pegaban a sus pulgares cuando, ocasionalmente, manipulaba los aceleradores de
uranio.
También
era posible mentir descaradamente, pues, en los registros, el dolor físico y
emocional aparecían de manera general, representados con logaritmos que se
confundían y se conjugaban con las cifras que arrojaban los placeres, las dudas
y las equivocaciones del espíritu, y nadie, en su sano juicio, se tomaba el
trabajo de analizar con precisión el origen de la masa de fórmulas y números; sólo
se tomaban en bloque, a menos que se tratara de averiguar algún delito. Cuando
se investigaban crímenes, se atomizaban los registros y, si se comprobaba la
culpabilidad, sin ningún preámbulo, se pulverizaba al delincuente.
***
Entidad
con 20 garras y 10 espolones completos, en plena madurez dinámica. Apto para
asumir el siguiente puesto burocrático. Maceraciones en radio y cúbito.
Fractura radial distal media de las muñecas. Sustancias líquidas, aún sin
solidificar, sobre la piel. En general, no se observan signos de violencia en
el organismo.
***
Era
inútil, Kárim lo sabía; apenas su monitor espiritual lo interrogara, tendría
que decir la verdad, o, lo que era peor, el funcionario la descubriría por sí
mismo. Tal vez la única solución a su alcance era hacer lo que había visto
hacer a otros y perder, por la fuerza, una o dos de sus garras, las necesarias
para ajustar las cuentas que le habían fallado, pero, por supuesto, le
acarrearía un daño físico y el dolor lo tendría postrado un par de días, y, lo
que resultaba riesgoso, es que, desde el instante en que se mutilara, no
tendría jamás sosiego y debería dedicar el resto de su existencia a mantener
oculto su engaño, y, lo que era seguro, a evitar que el Ministerio Ético de los
Nórdicos lo pulverizara.
Pese
a todo, dentro de un instante tendría que salir a cumplir con su trabajo, y, si
se decidía a mutilarse para justificar su equivocación, podría atribuir el
dolor a su preocupación por el ascenso que deseaba a toda costa, y a las
amenazas de los bandoleros de la Nebulosa Delta que habían amenazado con
iniciar una nueva guerra, o, bien, a la disciplina y al celo excesivo que
aplicaba en su trabajo.
Kárim
comenzó a acomodarse las crenchas luminosas de la coronilla y sus ojos
destellaron los colores del arcoíris cuando se descubrió, en el reflejo de la
pantalla, una llaga diminuta, apenas perceptible, en la parte más alta de la
frente. Entonces, la mirada de Kárim se condensó en tres rayas de fuego en el
centro de la especie de máscara estriada que tenía por cara.
“El
resultado de las sumas de mis garras y espolones es intrascendente, lo que
cuenta es el servicio que he prestado a mi raza durante los últimos 200
orbitales” —concluyó—.
***
Ausencia
de sensibilidad corporal posible en el momento de la muerte. Escamas en el
suelo de la burbuja esterilizadora, congruentes con la higiene corporal
cotidiana.
Observación
exterior: utensilios personales simétricos, tal como lo marca el diseño
mobiliario del habitáculo.
En
la categoría de Variable no Identificada y a título de Destinado a Estricto
Análisis Técnico Posterior: a las 09000 Tiempo Acid Meta, sobre el lecho de
mercurio, 31 pilas de escamas, provenientes de las garras y espolones radiales
de la entidad.
***
La marca, apenas perceptible, que Kárim se había descubierto era el anuncio de que podría aspirar a un filamento sensible y a una etapa de ajuste nervioso, pues la antena que le brotaba en la frente habría alcanzado su punto máximo en la temporada de los vientos saturnales, y le conferiría el pleno derecho de solicitar un periodo de laxitud en .....
Frecuencia Alterada
Esta
historia es pública, ocurrió en el sur de Romalia, pero, por sus alcances, bien
podría haber sucedido en cualquiera de los otros puntos cardinales, y lo mismo
habría sacudido a quienes hubieran tenido la oportunidad de conocerla de
primera mano.
Una
noche de fuegos artificiales, luego de andar entre las calles desoladas del
centro de la ciudad, Daniel Corona realizó una llamada telefónica a una
estación comercial de la radio. Quería comunicarse con Magda.
Daniel
pretendía utilizar la estación como enlace entre él y la mujer, pero, quizá, lo
dominaba más la intención de forzar a Magda a responderle, puesto que ella se
negaba a cruzar palabra con él desde hacía más de cuatro semanas. Él aún no se
convencía de que Magda ya estaba a miles de kilómetros, no sólo del lugar del
que Daniel hacía su llamado, sino, lo que era peor, también de su alma.
Mientras
Daniel aguardaba la comunicación con la mano crispada en la bocina, se le
figuró que las fibras de su corazón comenzaban a vibrar, estimuladas por la
ansiedad que la sola posibilidad de hablar con Magda le provocaba; le pareció
incluso que las vibraciones abarcaban todo su cuerpo, convirtiéndolo, por algún
mecanismo interno, en un emisor de señales amorosas que se ajustaban a la
frecuencia radial de la estación.
Los
empleados de la radio, lejos de oponerse a la intermediación, exhortaron a
Daniel a hilvanar frases conmovedoras; esa era precisamente su labor, y su
negocio. Después de varios anuncios de los patrocinadores y puentes musicales
lánguidos, se escuchó un tecleo telefónico.
Las
ondas del agua se difunden de manera concéntrica, mecen a los patos y hacen
estremecer a la más pequeña brizna que crece en las orillas; acaso las de la
radio se difunden de una manera más azarosa y sutil y sacuden el espíritu de
los enamorados, porque, en el instante en que Daniel marcaba, en otra parte de
la ciudad, Alfredo España encendió su aparato de radio, un poco fastidiado por
el recuerdo de la reciente discusión que había tenido con Magda. Es posible que
estuviera molesto consigo mismo por la violencia de sus celos homicidas, y la
estupidez de las mujeres al provocarlos abiertamente, mencionando hechos
felices ocurridos con parejas anteriores. A Alfredo le pareció una manía
presuntuosa que las mujeres recalquen insidiosamente su existencia pasada, para
resaltar el hecho de que no han nacido justo en el momento en que un hombre
posa por primera vez sus ojos en ellas.
No
obstante, Alfredo se tranquilizó escuchando la música, se calmó milagrosamente
por completo, tal como si la explosión anímica del mediodía hubiera dejado en
su interior un desierto habitado sólo por imágenes de Magda: los ojos húmedos
de Magda mirándole los suyos turbios, sus manos temblorosas amoldándose a los
recovecos de su vientre y sus caderas, unas hebras de cabello atrapadas en la
comisura de su boca.
Por
un capricho de enamorado, durante la noche Alfredo España eligió la misma
frecuencia radial que Daniel Corona para hacer pública la pasión que sentía por
Magda; confirmó horarios, sintonizó la radio, se alejó del aparato en busca del
teléfono. En tanto, Daniel adivinaba el timbrar intermitente del teléfono de
Magda en algún punto de la ciudad.
Al
establecerse la comunicación para Daniel, se escuchó por la radio la voz de
Magda:
—Buenas
tardes. Está usted hablando a Marítima Vega, compañía naviera. ¿Con quién desea
comunicarse?
—¡Hola!,
soy yo. Te estoy hablando de una estación de radio —dijo precipitadamente
Daniel—, y por el teléfono, por supuesto —aclaró enseguida—. Es una sorpresa…,
mi amor…
—¿…?
—¿Tienes
por ahí cerca un aparato de radio?
Luego
de reconocer la voz de Daniel, Magda se limitó a exclamar, enfadada: ¡Humm! Y
luego dijo:
—No
tengo nada de qué hablar contigo. Lo siento, por favor olvida mi número
telefónico.
—Espera,
Magda. Por lo menos escúchame…
—Lo
siento, estoy trabajando…
—…
De verdad te estoy llamando de una estación de radio…, si tienes un aparato
cerca, enciéndelo en Delta Radio, 67.3 de F.M. Estamos en “Heart’s Connection”…
—Discúlpame,
tengo que colgar.
—…
Te juro que lo sucedido en la casa de Imelda fue un terrible error. ¿Cómo iba a
querer hacerte daño? En todo caso, yo estaba ebrio y Verónica vino a mí con sus
historias. Tú me habías dejado solo, por eso le creí cuando me dijo que alguien
se besaba contigo en una de las habitaciones. Lo demás fue una idiotez, lo sé,
perdóname. Fue Verónica quien prácticamente me obligó a acostarme con ella…
—Daniel,
eso para mí ya no tiene importancia. Debí habértelo dicho antes…
—Lo
podemos solucionar, amor. Magda, yo sé que tú aún me amas…
Hay
instantes que únicamente nos pertenecen a nosotros, que son exclusivos, y
pareciera ser que sólo en ellos existimos en plenitud; lo demás es “la vida”,
ir de aquí para allá a lo largo de la existencia, buscando esos momentos que
nos pertenecen sólo a nosotros. Eso debe haber sido, o algo parecido, lo que le
ocurrió a Alfredo España, porque, cuando logró hacer contacto con la estación,
le pidieron que esperara, escuchó voces y música, pero no entendió nada. No le
dieron tiempo de explicarles su deseo de hacer saber al gran público que su
soledad al fin había terminado y que sentía una urgente necesidad de esparcir
en el espacio las notas amorosas de su pecho exultante. En silencio, esperando
con la bocina impersonal pegada a la boca y al oído, Alfredo imaginó en ese
instante buques errabundos contactándose en mares imposibles, buques
embriagados navegando en aguas volubles, buques cuya tripulación era de origen
oscuro y tan vieja como el mundo.
Los
empleados de la estación de radio, que en el ínterin eran puestos al tanto de
la situación amorosa de las personas que hacían los llamados, decidieron
intervenir en la conversación de Daniel y Magda para evitar que ella diera por
concluida la comunicación. Se presentaron. Se dirigieron a Magda, tratando de
parecer conciliadores. Para justificar su intromisión, los conductores (un
hombre y una mujer) explicaron a la muchacha el formato y la finalidad del
programa: “Estamos al aire, Magda. ¿Tienes un aparato de radio cerca? Sí,
seguramente lo tienes. Enciéndelo y localiza Delta Radio, 67.3 de F.M. Estás en
Heart’s Connection. Qué te parece”.
De
pronto todos callaron; sólo se distinguieron los sonidos característicos del ir
y venir de personas agitadas y el rechinar de escritorios, junto con el intento
de sintonizar una radio desquiciada que recorría el cuadrante en ambas
direcciones.
Convencido
de that Magda hacía lo que le pidieron los conductores del programa, Daniel
exclamó triunfante, como si el haberla llamado por intermediación de la radio
hubiera sido una prueba máxima de amor:
—¿Ves
lo que soy capaz de hacer por ti, Magda?
—De
cualquier forma, no tengo nada que decirte —murmuró Magda, intimidada por
escuchar su voz en la radio por única vez—. ¿Qué no entiendes? —agregó,
modulando su tono, quizá fascinada por su timbre vocal, tal vez satisfecha de
su acento entre suplicante y sensual—.
En
algún extremo de la línea, la audiencia pudo escuchar simultáneamente
murmullos-risas-gritos y silbidos, y luego la voz de Magda:
—Lo
siento, Daniel, tengo que colgar.
Sin
transición, los conductores del programa comenzaron a hablar acerca de la
capacidad infinita del espíritu para perdonar, recordaron ejemplos, citaron
parábolas y, sobre todo, se lamentaron por la falta de sensibilidad, la
desconsideración de Magda con el auditorio que no podría ser partícipe del
desenlace de lo que ellos consideraron “una bonita historia de amor”. Justo en
ese instante, la frecuencia se vició, tal vez debido al volumen excesivo de una
radio demasiado cercana al teléfono, y no se entendieron las respuestas de
Magda.
Cuando
el sonido se restableció, Daniel suplicó-rogó-imploró, puso como testigos de la
intensidad de sus sentimientos a los conductores del programa, a los operadores
de la radio y al público que sintonizaba la frecuencia en ese momento. Con un
tono monocorde, sin inflexiones, Daniel lo mismo argumentó en su favor que
describió dolores amorosos.
Por una confusión, los operadores de....
Perro
Amor,
Juan
Norberto Lerma ✍️
📕 En ocasiones, el autor
"estorba" a esa potencia o energía que desea contar historias y
construir otras realidades. La escritura se transforma entonces en un milagro,
en un acto de magia. #libros #Literatura
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Secretos Reales
Educado
para mandar ejércitos y sobrellevar con dignidad sus emociones, en la primavera
de 1247, Ralph Wright, heredero de una dinastía que había subyugado durante 325
años las tierras de la Península Fría, cumplió diecinueve años. Eagle Castle
era el lugar desde donde Ralph Wright ejercería su despotismo. Era un hogar
luminoso, regado por ríos de espuma y en el que, en las peores épocas,
florecían abejas por racimos. Cuando lograba escapar de la severa vigilancia de
sus mentores, corría a refugiarse en la biblioteca y pasaba horas mirando
láminas de demonios avasallados por los de su estirpe. Sin embargo, en las
tardes lánguidas, su carácter inquisitivo y voluntarioso lo llevaba al galope
por los bosques y montañas de su vasto territorio.
Al
término de sus lecciones de astrología, el príncipe deambulaba por los salones
lúgubres del castillo. Su memoria, plagada de símbolos y constelaciones,
absorbía detalles intrascendentes de los muros y, con esos exiguos datos,
fraguaba conspiraciones y escapes inverosímiles.
Una
noche, más por curiosidad que por vicio, acechó una conversación de siervos
detrás de una columna. Escuchó con claridad hablar de una habitación prohibida
y de una leyenda oscura que amenazaba su sangre, su casa y su destino. Su ánimo
aventurero y sus deseos de descifrar misterios le sugirieron no lanzarse contra
la servidumbre, sino desentrañar el misterio.
Evitó
a los historiadores de su linaje y se negó a cometer la infamia de entrevistar
a sus lacayos, que, a cambio de dinero, serían capaces de inventar ascendencias
anodinas que justificaran la nobleza de su sangre. En cambio, dio rienda suelta
a su imaginación desenfrenada; por las noches conversaba con los astros y leía,
página tras página, El Libro de la Iluminación.
No
ignoraba que todo castillo contiene pasillos secretos y habitaciones ingratas;
haciendo cálculos y auscultaciones, limitó sus curiosidades a un punto preciso,
situado entre el salón de recibimiento a majestades imperiales y el aposento de
sus amadísimos padres. Lo estudió durante cuatro estaciones.
A
punto de cumplir los veinte años, Ralph Wright detuvo sus indagaciones y
conversó con los reyes en una cámara en la cual un rayo de sol opacaba el oro
de sus coronas y en la que unos pájaros diminutos, fabricados especialmente
para ellos, entonaban melodías que hacían palidecer el conmovedor sonido del
entrechocar de los diamantes que brotaba de una fuente en movimiento continuo,
situada en un atrio de mármol rosado.
Nada
se supo del coloquio ni nadie sabrá jamás lo que se dijo en esa cámara habitada
por sangres nobles, descendientes directos de una divinidad temprana que reinó
durante las primeras eras desde el centro de un volcán, actualmente venido a
menos.
La
noche siguiente, el príncipe leyó en el firmamento su futuro. Guiado por un
mandato superior al de sus padres, destrozó varios muros y, al final, halló la
habitación que desde hacía casi un año perturbaba su sueño. Se encaminó a la
puerta amenazante. La abrió y quedó de frente a su pasado. Una bocanada de
oscuridad le azotó los ojos, como un bicho nocivo.
El
sitio no era muy grande, si acaso era mayor que el púlpito de los sermones,
pero contenía tanta iniquidad vuelta polvo y tesoros robados a otros monarcas,
que, para su sensibilidad, el espectáculo resultaba vomitivo. Ralph Wright
avanzó a tropezones; sus pies arrastraron huesos largos y cráneos de enemigos
milenarios torturados. La fetidez le nubló la mente y la comprensión le hirió,
con un tajo cruel de luz, el entendimiento.
No era desce....
El Funeral de Sócrates
Al
funeral de Sócrates asistieron decenas de curiosos; lloraron y departieron
solemnemente alrededor de la tumba con vinos de color subido y manjares que se
desbarataban en los labios. A la caída del sol llegaron varios personajes
notables en la vida de Atenas. Unos dijeron: “Sócrates no está muerto y es un
delito grave que no lo esté, puesto que ha incumplido una sentencia expresa de
nuestros tribunales. Sus amigos lo han colocado en una nave y viaja al
extranjero. Si Sócrates estuviera muerto, luego, entonces, estaría dando la
cara desde su tumba abierta para que todos lo veamos. Y, aun así, es probable
que sólo estuviera inmóvil. Así pues, Sócrates es culpable de cometer un crimen
para evitar un crimen”. Eran sofistas que habían asistido al funeral con la
única finalidad de arrojarle su desprecio a quien los había derrotado en todas
las arenas, incluida la de la muerte.
En
un grupo más allá de unos árboles amarillos se escuchó: “En efecto, Sócrates
escapó y ahora es más libre que nosotros. El cuerpo que enterramos era suyo;
sin embargo, lo que era Sócrates se reparte entre nosotros a partes iguales”.
Estos eran escépticos, que simpatizaban con algunas ideas socráticas y que
habían aprovechado la muerte de Sócrates para apaciguar su sed de conocimiento,
bebiendo vinos de buena calidad.
En
otro grupo, situado alrededor de una hoguera de boñigas, se dijo: “Sócrates era
estúpido, pudo tener cuanto quería, pero prefirió su estúpida sabiduría”. Estos
comieron abundantemente y bebieron hasta perder la cordura. Luego se reunieron
en una taberna atestada de mujeres y lloraron amargamente sobre la desnudez de
sus caderas.
En
un último grupo reducido, en el que nadie lloraba, se dijo: “Sócrates, en
verdad, era sabio, prefirió la muerte a vivir envilecido. ¿Acaso su congruencia
no lo vuelve a nuestros ojos un ser puro?”.
Estos se apoderaron de la biografía de Sócrates y la desentrañaron según sus propias luces, coligieron lo que, aun al mismo Sócrates, no le fue revelado de sí mismo por su intelecto. De la paciencia de Sócrates derivaron tomos inabarcables, lo convirtieron en un santón y fundaron una religión nueva, cuyo templo se sostiene en una tumba y se extiende hasta las orillas de los mares.
Sobre el Autor
Juan
Norberto Lerma
Escritor
Nací
en el Distrito Federal y la vida me enseñó muy pronto que la existencia que me
correspondía estaba en otra parte.
Mi
infancia se desarrolló entre tolvaneras memorables y guerras de lodo. Crecí
entre el descampado y, para mi fortuna, mi libertad nunca fue absoluta.
Fui
a la escuela como todos y la sufrí como muchos, con un sentimiento de culpa que
aún me persigue.
La
escuela primaria a la que asistí consistía en tres o cinco salones rodeados de
fango, con micas verdes en lugar de cristales en las ventanas. El patio
comenzaba en el umbral del salón y terminaba en las increíbles faldas de las
cadenas de montes negros que rodean a la ciudad.
Acepté
con indiferencia los sucesivos años de instrucción escolar y, a su debido
tiempo, los libros vinieron a mí. Me encontraron envuelto en batallas
desiguales y me descubrieron el sentido que buscaba para mi vida. Hubo páginas
consoladoras y, las más, reveladoras. Desde entonces, la vida nunca ha sido más
la misma.
Soy
escritor y he trabajado en el periodismo. También soy difusor cultural. He
colaborado en un programa que transmite Radio BUAP, 96.9 FM.
Gané
el primer lugar de cuento en un concurso convocado por la Universidad Nacional
Autónoma de México.
El
Departamento de Actividades Culturales de la Facultad de Estudios Superiores
Zaragoza editó una plaquette con algunos textos de mi autoría y la presentaron
en la Feria del Libro del Palacio de Minería.
En
2024, Ediciones Ibarrola publicó mi libro de cuentos Las Mariposas Cantan
de Noche.
De
forma independiente publiqué el libro de cuentos La Bestia entre los Días.
También
publiqué, de forma independiente, tres libros de poesía: Delirium;
El Imperio del Polvo; y Cristo Pastor, Madre de Hierro.
Perro
Amor,
Juan
Norberto Lerma ✍️
📕 En ocasiones, el autor
"estorba" a esa potencia o energía que desea contar historias y
construir otras realidades. La escritura se transforma entonces en un milagro,
en un acto de magia. #libros #Literatura
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