La Bestia Entre los Días, Juan Norberto Lerma
La Bestia entre los Días
Juan
Norberto Lerma
Juan Norberto Lerma
Contenido
Primera
Edición
Febrero
2012
Derechos
reservados
México,
Distrito Federal
Febrero
2012
Segunda
Edición
Julio
2025
©
Derechos Reservados de Autor
Registro
Público del Derecho de Autor
Todos
los derechos reservados
Queda
prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o
procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la
fotocopia o la grabación, sin la previa autorización por escrito.
Ciudad
de México
Julio
2025
Primera
Edición
Febrero
2012
Derechos
reservados
México,
Distrito Federal
Febrero
2012
Segunda
Edición
Julio
2025
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Ciudad
de México
Julio
2025
Prólogo
La
bestia entre los días, título del presente texto, está integrado por una serie
de cuentos llenos de misterio y fantasía. Escritos bajo un estilo de
realismo-mágico, permiten al lector recrear un ambiente maravilloso, ya que la
alteración de la realidad surge inesperadamente. La diversidad de personajes
presentes en las historias representa la enorme capacidad literaria del autor
para evocar imágenes que saltan de lo cotidiano a lo inesperado. Tal es el caso
de "Proyecciones en el muro", donde el anciano señor Ramírez, al
final del día y después de asearse los dientes, de repente se encuentra con una
virgen perseguida por un fauno. Del mismo modo en "Estampa y
cazadores" la impensada aparición del hermoso ciervo azul representa un
espacio de ilusión.
“El
día más largo”, “Clima interior” y, por supuesto, “La bestia entre los días”,
muestran un ambiente mágico. La minuciosidad descriptiva del último nos permite
imaginar al monstruo del Lago Ness, su magnificencia que alcanza al estirar el
cuello, su aroma de putrefacción y su acecho constante nos deja una imagen que
no podremos sacar de la mente después de habérnosla encontrado. Sin lugar a
dudas, la narración más corta de este conjunto, "El fuego", se
caracteriza por su sencillez, plenitud y belleza, nos encontramos con esa
tregua tendida con la soledad, el peligro y la muerte.
Es
loable que autores como Juan Norberto Lerma continúen haciendo este tipo de
trabajo, ya que es menester que regresemos la mirada a esa literatura que nos
envuelve como espiral y nos permite tener paisajes coloridos, mismos que
representan una bocanada de aire fresco que alimenta nuestro espíritu.
Maricarmen
Rivera
La
bestia entre los días, título del presente texto, está integrado por una serie
de cuentos llenos de misterio y fantasía. Escritos bajo un estilo de
realismo-mágico, permiten al lector recrear un ambiente maravilloso, ya que la
alteración de la realidad surge inesperadamente. La diversidad de personajes
presentes en las historias representa la enorme capacidad literaria del autor
para evocar imágenes que saltan de lo cotidiano a lo inesperado. Tal es el caso
de "Proyecciones en el muro", donde el anciano señor Ramírez, al
final del día y después de asearse los dientes, de repente se encuentra con una
virgen perseguida por un fauno. Del mismo modo en "Estampa y
cazadores" la impensada aparición del hermoso ciervo azul representa un
espacio de ilusión.
“El
día más largo”, “Clima interior” y, por supuesto, “La bestia entre los días”,
muestran un ambiente mágico. La minuciosidad descriptiva del último nos permite
imaginar al monstruo del Lago Ness, su magnificencia que alcanza al estirar el
cuello, su aroma de putrefacción y su acecho constante nos deja una imagen que
no podremos sacar de la mente después de habérnosla encontrado. Sin lugar a
dudas, la narración más corta de este conjunto, "El fuego", se
caracteriza por su sencillez, plenitud y belleza, nos encontramos con esa
tregua tendida con la soledad, el peligro y la muerte.
Es
loable que autores como Juan Norberto Lerma continúen haciendo este tipo de
trabajo, ya que es menester que regresemos la mirada a esa literatura que nos
envuelve como espiral y nos permite tener paisajes coloridos, mismos que
representan una bocanada de aire fresco que alimenta nuestro espíritu.
Maricarmen
Rivera
El Día más Largo
Las
primeras gotas cayeron al mediodía. No debía llover, la lluvia contravenía las
tradiciones de la comunidad: en Palula tenían listas las vestimentas de La Gran
Fiera y cuando el sol estuviera en el cuadrante Dos Fuegos la investirían para
que les infundiera fuerzas a sus guerreros en el momento en que tuvieran que
enfrentar las incursiones de sus enemigos del oriente. Sin embargo, la
naturaleza nada sabe de rituales, sólo impone sus propias reglas y arrincona
los deseos humanos.
Era
la época del verano y en el centro de la tarde aún había un sol blanco cubierto
por velos innumerables. En los salones elevados de la ciudad decenas de hombres
y mujeres continuaban hermoseando las vestimentas blancas y violentas de La
Gran Fiera. Sin embargo, casi con reverencia advirtieron que detrás de un monte
con formas de doncella trece nubes permanecían al acecho y se les figuró que
albergaban una parte de la ira del mundo. De pronto, con horror comprendieron
que si alguno de sus dioses no intervenía, antes de que anocheciera las nubes
descargarían el mar del cielo sobre ellos.
A
la hora en que el Sol alcanzó el cuadrante Tigre Sobre Tierra, cayó una
llovizna fina sobre la ciudad de piedra amarilla. Las primeras gotas a algunos
habitantes les recordaron el clap-crack que hacían las semillas de las melinas,
unas plantas de flores azules, que durante las ceremonias volaban a la boca de
los santones que combatían los males de los enfermos con ensalmos y humo de
colores.
En
las orillas de Palula comenzaron a formarse pequeños remolinos de polvo y agua,
los cuales fueron aumentando de tamaño hasta que parecieron convertirse en
elevados muros de harina.
Casi
con indiferencia, porque no querían creer que el mal clima les arruinaría el
ritual en el que investirían a La Gran Fiera, los habitantes de Palula que
estaban en las calles escucharon la cadencia de las gotas espaciadas y por un
par de minutos pareció que se adormilaban. Por momentos, a varios de los
ciudadanos se les figuró que el golpeteo del agua sobre los techos era algo
semejante a una música, la cual no les permitía escuchar las palabras que se
decían a sí mismos para tranquilizarse y convencerse de que la tradición de
investir a su divinidad se cumpliría.
Contrariados
por el mal augurio, los sacerdotes pusieron bajo resguardo las telas
recubiertas de orfebrería. Dos horas después, las tiendas sacramentales estaban
reblandecidas y el peso del agua las había vencido. Con preocupación y enfado
ordenaron que la población regresara a sus hogares y que esperara sus
indicaciones.
En
el cielo oscuro, todas las nubes se unieron en una sola. Los habitantes de
Palula cerraron puertas y ventanas, dispuestos a esperar mejores tiempos para investir
a La Gran Fiera.
Dentro
de sus casas, los habitantes de Palula permanecieron absortos, concentrados en
el olor a raíces que desprendía la tierra mojada desde los cuatro puntos
cardinales, se olvidaron del ruido de las gotas sobre sus techos metálicos y comenzaron
a moler piedras agridulces y a lamer cristales anaranjados.
Ese
día llovió durante horas y continuó lloviendo sobre Palula hasta que el día y
la noche dejaron de tener significado para los habitantes. Llovió
inmoderadamente en Palula durante trece mil ochocientos cuarenta días. En la
primera semana, habilitaron huertos básicos en habitaciones con ventanas y
crearon granjas domésticas en lo que antes habían sido cocinas o jardines. Dormían
cuando tenían sueño y comían cuando se despertaban. Durante el primer año de
lluvia continua, la gente se recogió en sus casas, pero en general nadie creía
que seguiría lloviendo de forma indefinida.
Con
la supervivencia asegurada, aunque exigua, en el segundo año unos optaron por
cultivar flores de barro durante la estación baldía, y las abuelas y madres se
dedicaron a mirar arrobadas durante horas el crecimiento de los huesos de sus
descendientes, que correteaban desnudos en las habitaciones atestadas de basura;
otros, procurando vencer su indolencia, dedicaron la mayor parte del tiempo a
reparar los techos y paredes reblandecidas, y de cuando en cuando aprovechaban
para husmear los sueños de los vecinos. Incineraban a sus muertos en estufas de
plomo y perdieron la cuenta de la cantidad de generaciones que habían
transcurrido bajo el asedio del agua. Idearon túneles hasta casas cercanas para
conocer nuevas personas y festejaban el nacimiento de sus descendientes con
palabras de agradecimiento, las cuales eran sofocadas enseguida por el
aguacero.
Cuando
la lluvia finalme......
Las
primeras gotas cayeron al mediodía. No debía llover, la lluvia contravenía las
tradiciones de la comunidad: en Palula tenían listas las vestimentas de La Gran
Fiera y cuando el sol estuviera en el cuadrante Dos Fuegos la investirían para
que les infundiera fuerzas a sus guerreros en el momento en que tuvieran que
enfrentar las incursiones de sus enemigos del oriente. Sin embargo, la
naturaleza nada sabe de rituales, sólo impone sus propias reglas y arrincona
los deseos humanos.
Era
la época del verano y en el centro de la tarde aún había un sol blanco cubierto
por velos innumerables. En los salones elevados de la ciudad decenas de hombres
y mujeres continuaban hermoseando las vestimentas blancas y violentas de La
Gran Fiera. Sin embargo, casi con reverencia advirtieron que detrás de un monte
con formas de doncella trece nubes permanecían al acecho y se les figuró que
albergaban una parte de la ira del mundo. De pronto, con horror comprendieron
que si alguno de sus dioses no intervenía, antes de que anocheciera las nubes
descargarían el mar del cielo sobre ellos.
A
la hora en que el Sol alcanzó el cuadrante Tigre Sobre Tierra, cayó una
llovizna fina sobre la ciudad de piedra amarilla. Las primeras gotas a algunos
habitantes les recordaron el clap-crack que hacían las semillas de las melinas,
unas plantas de flores azules, que durante las ceremonias volaban a la boca de
los santones que combatían los males de los enfermos con ensalmos y humo de
colores.
En
las orillas de Palula comenzaron a formarse pequeños remolinos de polvo y agua,
los cuales fueron aumentando de tamaño hasta que parecieron convertirse en
elevados muros de harina.
Casi
con indiferencia, porque no querían creer que el mal clima les arruinaría el
ritual en el que investirían a La Gran Fiera, los habitantes de Palula que
estaban en las calles escucharon la cadencia de las gotas espaciadas y por un
par de minutos pareció que se adormilaban. Por momentos, a varios de los
ciudadanos se les figuró que el golpeteo del agua sobre los techos era algo
semejante a una música, la cual no les permitía escuchar las palabras que se
decían a sí mismos para tranquilizarse y convencerse de que la tradición de
investir a su divinidad se cumpliría.
Contrariados
por el mal augurio, los sacerdotes pusieron bajo resguardo las telas
recubiertas de orfebrería. Dos horas después, las tiendas sacramentales estaban
reblandecidas y el peso del agua las había vencido. Con preocupación y enfado
ordenaron que la población regresara a sus hogares y que esperara sus
indicaciones.
En
el cielo oscuro, todas las nubes se unieron en una sola. Los habitantes de
Palula cerraron puertas y ventanas, dispuestos a esperar mejores tiempos para investir
a La Gran Fiera.
Dentro
de sus casas, los habitantes de Palula permanecieron absortos, concentrados en
el olor a raíces que desprendía la tierra mojada desde los cuatro puntos
cardinales, se olvidaron del ruido de las gotas sobre sus techos metálicos y comenzaron
a moler piedras agridulces y a lamer cristales anaranjados.
Ese
día llovió durante horas y continuó lloviendo sobre Palula hasta que el día y
la noche dejaron de tener significado para los habitantes. Llovió
inmoderadamente en Palula durante trece mil ochocientos cuarenta días. En la
primera semana, habilitaron huertos básicos en habitaciones con ventanas y
crearon granjas domésticas en lo que antes habían sido cocinas o jardines. Dormían
cuando tenían sueño y comían cuando se despertaban. Durante el primer año de
lluvia continua, la gente se recogió en sus casas, pero en general nadie creía
que seguiría lloviendo de forma indefinida.
Con
la supervivencia asegurada, aunque exigua, en el segundo año unos optaron por
cultivar flores de barro durante la estación baldía, y las abuelas y madres se
dedicaron a mirar arrobadas durante horas el crecimiento de los huesos de sus
descendientes, que correteaban desnudos en las habitaciones atestadas de basura;
otros, procurando vencer su indolencia, dedicaron la mayor parte del tiempo a
reparar los techos y paredes reblandecidas, y de cuando en cuando aprovechaban
para husmear los sueños de los vecinos. Incineraban a sus muertos en estufas de
plomo y perdieron la cuenta de la cantidad de generaciones que habían
transcurrido bajo el asedio del agua. Idearon túneles hasta casas cercanas para
conocer nuevas personas y festejaban el nacimiento de sus descendientes con
palabras de agradecimiento, las cuales eran sofocadas enseguida por el
aguacero.
Cuando la lluvia finalme......
Proyecciones en el Muro
Al
terminar la cena, el día también había concluido, no obstante, el señor Ramírez
se sentía lúcido. La somnolencia que le producían la taza de té y su ración de
carne asada aún no lograba enturbiarle del todo el entendimiento; sin embargo,
la necedad de su vigilia no lo inquietó en lo absoluto. Besó a su mujer por
enésima vez, tal como lo había hecho desde hacía tres décadas y a pasos cortos
se alejó del comedor por el pasillo.
En
el noveno año de la última década, antes de abandonarse del todo al sueño, el
señor Ramírez había adquirido la costumbre de contemplar el muro junto al que
se encontraba su cama. Se entretenía descubriendo figuras en las grietas
naturales de la pared, antes de ser vencido por la placidez del entresueño.
Era
un juego elemental, como identificar rostros o contornos de animales en las
nubes. Sólo que allá, en el fondo celeste, todo era de una fugacidad
exasperante. En cambio, en el muro, las imágenes permanecían nítidas y animadas
durante más tiempo; además, el señor Ramírez no necesitaba hacer ningún
esfuerzo mental para construirlas, bastaba mirar en él y aguardar algunos
minutos.
Luego
de lavarse los dientes, adelantó a su mujer en el camino hacia la cama y se recostó
a mirar las grietas, sin saber porqué disfrutaba la porosidad de la mezcla
entre las grecas del tabique. Sin prisa, apareció una virgen perseguida por un
fauno; en el extremo inferior de la derecha, una mendiga sin dentadura,
sonreía. La imagen lo turbó, pero continuó inmóvil, porque si hacía un
movimiento el fauno desaparecía tras un pastizal.
Pese
a la tenacidad del señor Ramírez por mantener aislada la visión, la imagen se
difuminó cuando la virgen parecía casi rendida y la mendiga se transformó en un
sinnúmero de rostros infantiles que reían. Después, todo se tornó nebuloso.
Justo
cuando entraba su mujer a la recámara, el señor Ramírez descubrió sobre el
fondo blanco de la pared, la silueta de un hombre sobre su lecho. Era un hombre
viejo, tendido boca arriba y su cara parecía crispada.
El
señor Ramírez pensó en la d...
Al
terminar la cena, el día también había concluido, no obstante, el señor Ramírez
se sentía lúcido. La somnolencia que le producían la taza de té y su ración de
carne asada aún no lograba enturbiarle del todo el entendimiento; sin embargo,
la necedad de su vigilia no lo inquietó en lo absoluto. Besó a su mujer por
enésima vez, tal como lo había hecho desde hacía tres décadas y a pasos cortos
se alejó del comedor por el pasillo.
En
el noveno año de la última década, antes de abandonarse del todo al sueño, el
señor Ramírez había adquirido la costumbre de contemplar el muro junto al que
se encontraba su cama. Se entretenía descubriendo figuras en las grietas
naturales de la pared, antes de ser vencido por la placidez del entresueño.
Era
un juego elemental, como identificar rostros o contornos de animales en las
nubes. Sólo que allá, en el fondo celeste, todo era de una fugacidad
exasperante. En cambio, en el muro, las imágenes permanecían nítidas y animadas
durante más tiempo; además, el señor Ramírez no necesitaba hacer ningún
esfuerzo mental para construirlas, bastaba mirar en él y aguardar algunos
minutos.
Luego
de lavarse los dientes, adelantó a su mujer en el camino hacia la cama y se recostó
a mirar las grietas, sin saber porqué disfrutaba la porosidad de la mezcla
entre las grecas del tabique. Sin prisa, apareció una virgen perseguida por un
fauno; en el extremo inferior de la derecha, una mendiga sin dentadura,
sonreía. La imagen lo turbó, pero continuó inmóvil, porque si hacía un
movimiento el fauno desaparecía tras un pastizal.
Pese
a la tenacidad del señor Ramírez por mantener aislada la visión, la imagen se
difuminó cuando la virgen parecía casi rendida y la mendiga se transformó en un
sinnúmero de rostros infantiles que reían. Después, todo se tornó nebuloso.
Justo
cuando entraba su mujer a la recámara, el señor Ramírez descubrió sobre el
fondo blanco de la pared, la silueta de un hombre sobre su lecho. Era un hombre
viejo, tendido boca arriba y su cara parecía crispada.
El señor Ramírez pensó en la d...
La Bestia entre los Días
El
monstruo del Lago Ness existe. Lo sé, porque de alguna forma mi circunstancia y
yo mismo somos su prueba y su testigo. Las fotografías que se conocen de él
llegaron a mis manos mucho después de mi descubrimiento y ahora sólo me
producen risa.
Me
gustaría explicar su existencia con un texto apropiadamente científico, quisiera
convocar números y teorías sólidas, pero mis capacidades no dan para mucho en
ese sentido. En cambio, considero que tengo más posibilidades de demostrar la
verdad de lo que digo, si llevo la cuestión al terreno de la descripción. Ahí
por lo menos me siento menos limitado. En todo caso, lo que voy a probar no es
una cuestión de fe; en su momento, todos tendrán la posibilidad de contemplarlo.
El
monstruo (así, sin el absurdo y comercial nombre de Nessie) es sólo una bestia ajena
por completo a la vida cotidiana, pero que sin embargo mantiene su pata prehistórica
detrás de la puerta en que nos movemos todos los días. Desde luego no es un
animal que pueda ser fotografiado, en realidad es un vestigio más de los rasgos
que le son comunes a la especie humana, charcas volcánicas, burbujas en el lodo
de un pantano, destellos de fiera en la cara, pasos resonando en la caverna
que, de cuando en cuando, y bajo determinadas condiciones, una por una o todas
juntas, se asoman a la superficie.
Mentiría
si dijera que mi encuentro con él fue agradable, ni siquiera lo haría sólo para
fascinar a la audiencia y atraer a los niños.
La
primera vez, lo vi en la orilla norte del lago. Comenzaba a oscurecer y las
nubes casi tocaban la tierra, pero decidí cruzar a pie por el castillo. Es
posible que me haya tropezado con un par de personas conocidas, pero no les
hice caso porque mi mente estaba embebida en las columnas de niebla que aquí y allá
surgían entre los abetos y los serbales. Esperaba llegar a Drumnadrochit antes
de que oscureciera. Sin saber por qué, me volví para mirar el fuerte y una
torre del castillo, sus bordes dentados me parecieron como la pieza de un
rompecabezas que no encajaba entre las formas espigadas de los árboles y el arco
dilatado del cielo. Me detuve por completo para intentar recuperar la armonía
del paisaje que se me escapaba y de pronto entre la niebla algo como un
destello me cortó la respiración, se abrió paso hasta mis ojos y golpeó la base
de mis sentidos.
El
monstruo chapoteaba, su lomo se fundió en la parte alta de una montaña lejana.
Era como ver a la naturaleza realizar un movimiento acelerado. De pronto,
estiró el cuello hasta coronar su cabeza con la Luna. Durante un par de
segundos, pensé que si lo deseaba podría tragársela y dejarnos de verdad la
noche a oscuras, sin embargo, un instante más tarde me consoló saber que hasta
para un coloso como él, un astro puede ser demasiado.
Mi
primer encuentro con el monstruo determinó mi vida. No recuerdo si esa noche
llegué a la villa, pero desde entonces comencé a descubrirlo en todas partes: en
las formas de las nubes, en las manchas de agua que se forman en los pisos, en
las paredes encaladas, en las frutas magulladas, entre el ramaje que observo a
través de la ventana, en la suciedad del cristal de esta sala, en las ojeras de
Rose que me trae novedades de la radiodifusora y piensa que ya no comprendo las
pequeñas batallas cotidianas.
Los
monstruos no tienen horario. Cuando es real, siempre lo veo en alguna etapa
similar al sueño y me abandono entonces a esa especie de fascinación que siento
por su compañía y dejo que su hechizo me consuma. Sé que los dos somos de distintas
materias, que vagamos juntos, pero en planos simultáneos separados. Nunca lo he
tocado, no permite que me acerque demasiado, porque entonces ocurriría una
catástrofe y es posible que entonces los dos nos convirtiéramos en uno.
Su
hábitat es como él, negro, extenso y helado. He terminado por aceptar que me
gusta admirar la gracia y elasticidad con la que vaga por las galerías de
túneles que taladran las montañas, y que disfruto ver cómo salta de pronto y
dota de vida esas aguas oscuras cargadas de peces muertos. Cuando se marcha, permanezco
bañado en su...
El
monstruo del Lago Ness existe. Lo sé, porque de alguna forma mi circunstancia y
yo mismo somos su prueba y su testigo. Las fotografías que se conocen de él
llegaron a mis manos mucho después de mi descubrimiento y ahora sólo me
producen risa.
Me
gustaría explicar su existencia con un texto apropiadamente científico, quisiera
convocar números y teorías sólidas, pero mis capacidades no dan para mucho en
ese sentido. En cambio, considero que tengo más posibilidades de demostrar la
verdad de lo que digo, si llevo la cuestión al terreno de la descripción. Ahí
por lo menos me siento menos limitado. En todo caso, lo que voy a probar no es
una cuestión de fe; en su momento, todos tendrán la posibilidad de contemplarlo.
El
monstruo (así, sin el absurdo y comercial nombre de Nessie) es sólo una bestia ajena
por completo a la vida cotidiana, pero que sin embargo mantiene su pata prehistórica
detrás de la puerta en que nos movemos todos los días. Desde luego no es un
animal que pueda ser fotografiado, en realidad es un vestigio más de los rasgos
que le son comunes a la especie humana, charcas volcánicas, burbujas en el lodo
de un pantano, destellos de fiera en la cara, pasos resonando en la caverna
que, de cuando en cuando, y bajo determinadas condiciones, una por una o todas
juntas, se asoman a la superficie.
Mentiría
si dijera que mi encuentro con él fue agradable, ni siquiera lo haría sólo para
fascinar a la audiencia y atraer a los niños.
La
primera vez, lo vi en la orilla norte del lago. Comenzaba a oscurecer y las
nubes casi tocaban la tierra, pero decidí cruzar a pie por el castillo. Es
posible que me haya tropezado con un par de personas conocidas, pero no les
hice caso porque mi mente estaba embebida en las columnas de niebla que aquí y allá
surgían entre los abetos y los serbales. Esperaba llegar a Drumnadrochit antes
de que oscureciera. Sin saber por qué, me volví para mirar el fuerte y una
torre del castillo, sus bordes dentados me parecieron como la pieza de un
rompecabezas que no encajaba entre las formas espigadas de los árboles y el arco
dilatado del cielo. Me detuve por completo para intentar recuperar la armonía
del paisaje que se me escapaba y de pronto entre la niebla algo como un
destello me cortó la respiración, se abrió paso hasta mis ojos y golpeó la base
de mis sentidos.
El
monstruo chapoteaba, su lomo se fundió en la parte alta de una montaña lejana.
Era como ver a la naturaleza realizar un movimiento acelerado. De pronto,
estiró el cuello hasta coronar su cabeza con la Luna. Durante un par de
segundos, pensé que si lo deseaba podría tragársela y dejarnos de verdad la
noche a oscuras, sin embargo, un instante más tarde me consoló saber que hasta
para un coloso como él, un astro puede ser demasiado.
Mi
primer encuentro con el monstruo determinó mi vida. No recuerdo si esa noche
llegué a la villa, pero desde entonces comencé a descubrirlo en todas partes: en
las formas de las nubes, en las manchas de agua que se forman en los pisos, en
las paredes encaladas, en las frutas magulladas, entre el ramaje que observo a
través de la ventana, en la suciedad del cristal de esta sala, en las ojeras de
Rose que me trae novedades de la radiodifusora y piensa que ya no comprendo las
pequeñas batallas cotidianas.
Los
monstruos no tienen horario. Cuando es real, siempre lo veo en alguna etapa
similar al sueño y me abandono entonces a esa especie de fascinación que siento
por su compañía y dejo que su hechizo me consuma. Sé que los dos somos de distintas
materias, que vagamos juntos, pero en planos simultáneos separados. Nunca lo he
tocado, no permite que me acerque demasiado, porque entonces ocurriría una
catástrofe y es posible que entonces los dos nos convirtiéramos en uno.
Su hábitat es como él, negro, extenso y helado. He terminado por aceptar que me gusta admirar la gracia y elasticidad con la que vaga por las galerías de túneles que taladran las montañas, y que disfruto ver cómo salta de pronto y dota de vida esas aguas oscuras cargadas de peces muertos. Cuando se marcha, permanezco bañado en su...
El Fuego
“He cruzado por siglos y
siglos a través de llanuras y estoy cansado” —murmuró la criatura—. “He luchado
con monstruos y he dado muerte a mis hermanos como a fieras. Ha sido inevitable
y estoy solo”. Dejó caer su cuerpo amorfo sobre el lecho de la pradera.
Molesto acaso por las
ámpulas y las piernas llagadas, permaneció atento, tratando de identificar los
humores que los vientos coléricos le revelaban. Rememoró arrobado el relámpago
atrapado en la piedra y le pidió que lo protegiera. Después de friccionar la
roca entre sus extremidades y obtener una chispa, pudo lamer al fin su cuerpo
ulcerado.
Intrigados, bestias y
enemigos vinieron a observarlo. Les mostró los dientes y gruñó e hizo movimientos
de cortar el aire con las garras. Atemorizados, los curiosos huyeron de su
rabia. Pero sólo lo suficiente para acecharlo.
Esa noche pudo dormir sin
interrupción, porque por fin había habido entendimiento: él no les daría muerte
mientras durmiera, y, ellos, no penetrarían el círculo en tanto la llama
permaneciera viva.
“He cruzado por siglos y
siglos a través de llanuras y estoy cansado” —murmuró la criatura—. “He luchado
con monstruos y he dado muerte a mis hermanos como a fieras. Ha sido inevitable
y estoy solo”. Dejó caer su cuerpo amorfo sobre el lecho de la pradera.
Molesto acaso por las
ámpulas y las piernas llagadas, permaneció atento, tratando de identificar los
humores que los vientos coléricos le revelaban. Rememoró arrobado el relámpago
atrapado en la piedra y le pidió que lo protegiera. Después de friccionar la
roca entre sus extremidades y obtener una chispa, pudo lamer al fin su cuerpo
ulcerado.
Intrigados, bestias y
enemigos vinieron a observarlo. Les mostró los dientes y gruñó e hizo movimientos
de cortar el aire con las garras. Atemorizados, los curiosos huyeron de su
rabia. Pero sólo lo suficiente para acecharlo.
Esa noche pudo dormir sin
interrupción, porque por fin había habido entendimiento: él no les daría muerte
mientras durmiera, y, ellos, no penetrarían el círculo en tanto la llama
permaneciera viva.
Clima Interior
Nuestro
pueblo va a desaparecer. Zenitra será borrado, deslavado como una mancha de
suciedad de la tierra. La lluvia continúa. Para detenerla tendríamos que dejar
de ser un pueblo apático y encontrar de nuevo el equilibrio entre nosotros y el
cuerpo de la naturaleza.
Llueve,
llueve desde hace mucho tiempo; nadie sabe ya cuántos somos. Quizá tres calles,
un puñado de casuchas con un número incierto de habitantes.
Vivimos
apartados y somos viejos. La lluvia cae y se cuela por las grietas de los
techos. No sabemos si es posible lograr el equilibrio ni si esa búsqueda sea
sólo un pretexto para justificar el resto de nuestra existencia.
A
veces escucho el alarido de algún habitante y tengo la seguridad de que esa
persona es arrastrada por la corriente, pero no hago nada, nadie puede hacer
nada. El agua golpea una y otra vez las puertas y los muros, y cada vez
quedamos menos.
El
ganado se fue hace muchos años o está muerto; se ahogaron los granos, se
pudrieron las frutas, las aves de corral y nuestros lamentos. Ya nadie se
queja. Yo estoy como muerto, mirando a diario la lluvia, la corriente de agua y
lodo que baja serpenteando desde la montaña, la veo azotar las casas y perderse
en un horizonte de agua.
El
pueblo está podrido, la tierra ya no huele a raíces dulces ni a mujer recién
bañada; huele a despojos de hombre. En todo caso, a la miseria de nuestros
miasmas.
II
¿A
quién se le habrá ocurrido lo del clima?
Tal
vez éramos un pueblo demasiado próspero para pasar por alto tales tonterías. En
el verano de un año ya indeterminado, alguien soltó la especie aquella de que
el estado anímico de un buen número de habitantes podría modificar el clima.
No
faltó quien lo tomara a broma, diciendo que con los enojos del cura podrían
aparecer nubes de demonios y llover fuego, o que con el gusto por las
francachelas de nuestros alcaldes tendríamos temperaturas elevadas durante
años. Desconocemos quién hizo la correspondencia alegría-sol, tristeza-niebla,
etcétera. El caso es que por boca de muchos se propagó esa tabla mística, lo
mismo que la anterior especie. Lo cierto es que esa relación, al parecer vaga,
resultó verdadera.
Nadie
lo creyó, por supuesto, y ahí empezó la desgracia de Zenitra. ¿Por qué si nadie
lo creía hubo necesidad de ensayar a influir en el clima? El mecanismo para
alterarlo, al final fue simple; la naturaleza resultó ser una madre atenta a
los caprichos de sus hijos. Entre juego y juego pudimos conocer climas exóticos
y mixtos, sin movernos siquiera un centímetro de Zenitra. Lo más difícil era
sintonizar las emociones.
III
Ya
dije que éramos un pueblo próspero; toda semilla que sembrábamos la tierra nos
la devolvía magnificada. Comíamos hasta hartarnos con un mínimo de esfuerzo,
por lo que teníamos tiempo de sobra para realizar una infinidad de cosas
absurdas.
Siempre
nos creímos una raza de hombres inteligentes, los contactos que teníamos con
otros pueblos eran mínimos, sin embargo, nos sentíamos satisfechos con nuestra
cultura y nuestra forma de vida. Investigadores locales dijeron que para la
ciencia ninguna hipótesis es objetable a priori. Elaboraron una teoría. Para
darle cuerpo tomaron elementos de creencias primitivas y los mezclaron más
tarde con otros credos religiosos, agregaron algunos principios fisicoquímicos
y combinaron todo lo anterior con relatos oscurantistas y disciplinas
esotéricas. De esos estudios farragosos, resultó un método que se hizo muy
popular en el pueblo, principalmente en las escuelas.
El
método era muy elemental. Nos reuníamos treinta y nueve almas en un área
determinada, el patio escolar, por ejemplo, y todos intentábamos generar en
nuestro interior un sentimiento único, pongamos por caso la tristeza. Cada uno
de los participantes se procuraba el sentimiento elegido con sus propios
medios, hasta lograr convertirlo en auténtico, eso era indispensable, aun hoy
lo es. Luego de fracaso tras fracaso, lo increíble sucedió: la luz del sol
desapareció en estas latitudes, y por primera vez en nuestras vidas vimos
descender sobre nuestras cabezas una niebla que envolvió durante días a nuestro
pueblo.
Los
viejos sabios no lograron explicar cómo es que unos cuantos hombres obtuvieron
el dominio del clima y subvirtieron la naturaleza (por lo menos en nuestro
territorio; ya que no hay noticias comprobables de tragedias similares en algún
otro lugar habitado). Algunos amigos de simplificar las cosas concluyeron que
todo se debía a la increíble capacidad del hombre para creer en las estupideces
que él mismo crea, y redujeron el misterio a una cuestión de fe; otros,
deseosos de aprovechar en su beneficio el método, lo confundieron todo, lo
asociaron con fuerzas extravagantes provenientes de mundos diversos que
obedecían decretos obscuros que ni a ellos mismos se les revelaban.
Dos
o tres, más juiciosos tal vez, elaboraron una breve explicación, según la cual
todo era comprensible si se pensaba que cualquier estado de ánimo al ser
alterado de forma desordenada, no natural, provoca una mudanza en el
funcionamiento del organismo; mencionaron las palabras “temperamento” y
“temperatura” (tan similares y tan significativas desde entonces) innumerables
veces, murmuraron “atmósfera” con una reverencia destinada a otros cultos, e
hicieron una analogía entre los bosques tropicales, que atraen sobre sí
tormentas devastadoras, y los hombres con sus fiebres de deseos y pasiones
insatisfechos, que propician tempestades.
Como
quiera que haya sido (y en resumidas cuentas, ¿por qué no habría de ser así?)
el método funcionó. Se puso en marcha sin ningún reparo ni control posibles.
Todo eso nos causó grandes pérdidas en nuestras propiedades y terribles
inconvenientes en nuestra vida cotidiana. Sin embargo, fue como tener un nuevo
juguete y, obsesionados por los resultados favorables, ni siquiera pensamos que
nuestras facultades emotivas nos condujeran a la desgracia.
Se
llegó a perfeccionar tanto el procedimiento y se cometieron tantos excesos, que
en una sola mañana nevosoleó,nieblallovió, nevó, se presentaron vientos
turbios, pequeños huracanes, ardió la lluvia y, por último, hubo un sol que
calcinó los huertos, insoló a los animales y deshidrató sin piedad a la
población entera de Zenitra.
Al
paso de los meses, casi todos los ejecutantes del método para influir el clima
enloquecieron, murieron despeñados proclamándose dioses o se dedicaron a vagar
por los alrededores del pueblo, llevando consigo la desgracia y pidiendo a
gritos que los mataran. En algún momento, la naturaleza cedió el control del
clima y los hombres y mujeres de Zenitra dejaron al azar el control de su
raciocinio. Disminuidos, se abandonó a la casualidad y al capricho personal el
clima. Entonces, así sin más, un día vino la lluvia. Por eso sé que nuestro
pueblo desaparecerá, sin embargo, nadie quiso abandonar a sus muertos.
Algunos
investigadores sobrevivientes coincidieron en señalar que el mecanismo para
gobernar el clima fracasó por la incapacidad de los hombres para respetar sus
propias normas, y que no faltó quien convirtiera su alegría en exaltación, su
tristeza en melancolía y su melancolía en depresión profunda, con tal de
sobresalir en el concierto de emociones y añadir su toque personal a lo que
sería nuestra desdicha.
Yo,
uno de los responsables directos de la catástrofe de Zenitra, creo que nuestra
razón no está capacitada para soportar el ardor de un sentimiento en bruto y
mucho menos una pasión, sería algo así como si pretendiéramos vaciar metal en
ebullición en un recipiente inadecuado.
IV
Nosotros,
los que quedamos, nunca podremos devolverle el clima natural a Zenitra. No
aprendimos jamás a practicar el equilibro entre nuestros odios y nuestros
afectos, nunca perseguimos la armonía; ahora lo sé, sin embargo, ya es
demasiado tarde, pues no queda casi ninguna persona con la que pueda
sintonizarme.
Nuestro
pueblo va a desaparecer. Llueve en Zenitra, sigue lloviendo, lloverá toda la
vida, veré la lluvia hasta el momento de mi muerte.
Pese
a todo, me siento lleno interiormente, con la sensación de haber aceptado en
paz y para siempre las cosas de este mundo. De vez en vez experimento un vacío
de odios y frustraciones y relampaguea pacíficamente sobre mi techo.
Por
las noches, cuando me tiendo en mi lecho, tengo la seguridad de estar dentro de
una campana de cristal lagrimeante y empañada y entonces me vienen unas ganas
inmensas de llorar y diluir mi cuerpo en esta agua que no cesa de caer, para
que cuando el orden natural sea restablecido, también yo pueda caer en gotas,
humedecer mis calles y abonar con la sal de mis huesos el valle ahogado,
desolado, de Zenitra.
Nuestro
pueblo va a desaparecer. Zenitra será borrado, deslavado como una mancha de
suciedad de la tierra. La lluvia continúa. Para detenerla tendríamos que dejar
de ser un pueblo apático y encontrar de nuevo el equilibrio entre nosotros y el
cuerpo de la naturaleza.
Llueve,
llueve desde hace mucho tiempo; nadie sabe ya cuántos somos. Quizá tres calles,
un puñado de casuchas con un número incierto de habitantes.
Vivimos
apartados y somos viejos. La lluvia cae y se cuela por las grietas de los
techos. No sabemos si es posible lograr el equilibrio ni si esa búsqueda sea
sólo un pretexto para justificar el resto de nuestra existencia.
A
veces escucho el alarido de algún habitante y tengo la seguridad de que esa
persona es arrastrada por la corriente, pero no hago nada, nadie puede hacer
nada. El agua golpea una y otra vez las puertas y los muros, y cada vez
quedamos menos.
El
ganado se fue hace muchos años o está muerto; se ahogaron los granos, se
pudrieron las frutas, las aves de corral y nuestros lamentos. Ya nadie se
queja. Yo estoy como muerto, mirando a diario la lluvia, la corriente de agua y
lodo que baja serpenteando desde la montaña, la veo azotar las casas y perderse
en un horizonte de agua.
El pueblo está podrido, la tierra ya no huele a raíces dulces ni a mujer recién bañada; huele a despojos de hombre. En todo caso, a la miseria de nuestros miasmas.
II
¿A
quién se le habrá ocurrido lo del clima?
Tal
vez éramos un pueblo demasiado próspero para pasar por alto tales tonterías. En
el verano de un año ya indeterminado, alguien soltó la especie aquella de que
el estado anímico de un buen número de habitantes podría modificar el clima.
No
faltó quien lo tomara a broma, diciendo que con los enojos del cura podrían
aparecer nubes de demonios y llover fuego, o que con el gusto por las
francachelas de nuestros alcaldes tendríamos temperaturas elevadas durante
años. Desconocemos quién hizo la correspondencia alegría-sol, tristeza-niebla,
etcétera. El caso es que por boca de muchos se propagó esa tabla mística, lo
mismo que la anterior especie. Lo cierto es que esa relación, al parecer vaga,
resultó verdadera.
Nadie lo creyó, por supuesto, y ahí empezó la desgracia de Zenitra. ¿Por qué si nadie lo creía hubo necesidad de ensayar a influir en el clima? El mecanismo para alterarlo, al final fue simple; la naturaleza resultó ser una madre atenta a los caprichos de sus hijos. Entre juego y juego pudimos conocer climas exóticos y mixtos, sin movernos siquiera un centímetro de Zenitra. Lo más difícil era sintonizar las emociones.
III
Ya
dije que éramos un pueblo próspero; toda semilla que sembrábamos la tierra nos
la devolvía magnificada. Comíamos hasta hartarnos con un mínimo de esfuerzo,
por lo que teníamos tiempo de sobra para realizar una infinidad de cosas
absurdas.
Siempre
nos creímos una raza de hombres inteligentes, los contactos que teníamos con
otros pueblos eran mínimos, sin embargo, nos sentíamos satisfechos con nuestra
cultura y nuestra forma de vida. Investigadores locales dijeron que para la
ciencia ninguna hipótesis es objetable a priori. Elaboraron una teoría. Para
darle cuerpo tomaron elementos de creencias primitivas y los mezclaron más
tarde con otros credos religiosos, agregaron algunos principios fisicoquímicos
y combinaron todo lo anterior con relatos oscurantistas y disciplinas
esotéricas. De esos estudios farragosos, resultó un método que se hizo muy
popular en el pueblo, principalmente en las escuelas.
El
método era muy elemental. Nos reuníamos treinta y nueve almas en un área
determinada, el patio escolar, por ejemplo, y todos intentábamos generar en
nuestro interior un sentimiento único, pongamos por caso la tristeza. Cada uno
de los participantes se procuraba el sentimiento elegido con sus propios
medios, hasta lograr convertirlo en auténtico, eso era indispensable, aun hoy
lo es. Luego de fracaso tras fracaso, lo increíble sucedió: la luz del sol
desapareció en estas latitudes, y por primera vez en nuestras vidas vimos
descender sobre nuestras cabezas una niebla que envolvió durante días a nuestro
pueblo.
Los
viejos sabios no lograron explicar cómo es que unos cuantos hombres obtuvieron
el dominio del clima y subvirtieron la naturaleza (por lo menos en nuestro
territorio; ya que no hay noticias comprobables de tragedias similares en algún
otro lugar habitado). Algunos amigos de simplificar las cosas concluyeron que
todo se debía a la increíble capacidad del hombre para creer en las estupideces
que él mismo crea, y redujeron el misterio a una cuestión de fe; otros,
deseosos de aprovechar en su beneficio el método, lo confundieron todo, lo
asociaron con fuerzas extravagantes provenientes de mundos diversos que
obedecían decretos obscuros que ni a ellos mismos se les revelaban.
Dos
o tres, más juiciosos tal vez, elaboraron una breve explicación, según la cual
todo era comprensible si se pensaba que cualquier estado de ánimo al ser
alterado de forma desordenada, no natural, provoca una mudanza en el
funcionamiento del organismo; mencionaron las palabras “temperamento” y
“temperatura” (tan similares y tan significativas desde entonces) innumerables
veces, murmuraron “atmósfera” con una reverencia destinada a otros cultos, e
hicieron una analogía entre los bosques tropicales, que atraen sobre sí
tormentas devastadoras, y los hombres con sus fiebres de deseos y pasiones
insatisfechos, que propician tempestades.
Como
quiera que haya sido (y en resumidas cuentas, ¿por qué no habría de ser así?)
el método funcionó. Se puso en marcha sin ningún reparo ni control posibles.
Todo eso nos causó grandes pérdidas en nuestras propiedades y terribles
inconvenientes en nuestra vida cotidiana. Sin embargo, fue como tener un nuevo
juguete y, obsesionados por los resultados favorables, ni siquiera pensamos que
nuestras facultades emotivas nos condujeran a la desgracia.
Se
llegó a perfeccionar tanto el procedimiento y se cometieron tantos excesos, que
en una sola mañana nevosoleó,nieblallovió, nevó, se presentaron vientos
turbios, pequeños huracanes, ardió la lluvia y, por último, hubo un sol que
calcinó los huertos, insoló a los animales y deshidrató sin piedad a la
población entera de Zenitra.
Al
paso de los meses, casi todos los ejecutantes del método para influir el clima
enloquecieron, murieron despeñados proclamándose dioses o se dedicaron a vagar
por los alrededores del pueblo, llevando consigo la desgracia y pidiendo a
gritos que los mataran. En algún momento, la naturaleza cedió el control del
clima y los hombres y mujeres de Zenitra dejaron al azar el control de su
raciocinio. Disminuidos, se abandonó a la casualidad y al capricho personal el
clima. Entonces, así sin más, un día vino la lluvia. Por eso sé que nuestro
pueblo desaparecerá, sin embargo, nadie quiso abandonar a sus muertos.
Algunos
investigadores sobrevivientes coincidieron en señalar que el mecanismo para
gobernar el clima fracasó por la incapacidad de los hombres para respetar sus
propias normas, y que no faltó quien convirtiera su alegría en exaltación, su
tristeza en melancolía y su melancolía en depresión profunda, con tal de
sobresalir en el concierto de emociones y añadir su toque personal a lo que
sería nuestra desdicha.
Yo, uno de los responsables directos de la catástrofe de Zenitra, creo que nuestra razón no está capacitada para soportar el ardor de un sentimiento en bruto y mucho menos una pasión, sería algo así como si pretendiéramos vaciar metal en ebullición en un recipiente inadecuado.
IV
Nosotros,
los que quedamos, nunca podremos devolverle el clima natural a Zenitra. No
aprendimos jamás a practicar el equilibro entre nuestros odios y nuestros
afectos, nunca perseguimos la armonía; ahora lo sé, sin embargo, ya es
demasiado tarde, pues no queda casi ninguna persona con la que pueda
sintonizarme.
Nuestro
pueblo va a desaparecer. Llueve en Zenitra, sigue lloviendo, lloverá toda la
vida, veré la lluvia hasta el momento de mi muerte.
Pese
a todo, me siento lleno interiormente, con la sensación de haber aceptado en
paz y para siempre las cosas de este mundo. De vez en vez experimento un vacío
de odios y frustraciones y relampaguea pacíficamente sobre mi techo.
Por
las noches, cuando me tiendo en mi lecho, tengo la seguridad de estar dentro de
una campana de cristal lagrimeante y empañada y entonces me vienen unas ganas
inmensas de llorar y diluir mi cuerpo en esta agua que no cesa de caer, para
que cuando el orden natural sea restablecido, también yo pueda caer en gotas,
humedecer mis calles y abonar con la sal de mis huesos el valle ahogado,
desolado, de Zenitra.
Cazadores
La
media docena de cazadores estaba hambrienta. Habían perdido el rastro de un
caballo con garras al bordear una ladera, y no les hubiera parecido extraordinario
que desde cualquier recoveco les arrojara bocanadas de fuego.
De
pronto, en la cima de una colina vieron al ciervo azul, pero estaba prohibido
matarlo. Era un animal hermoso y enorme, medía más de dos metros de altura y
tenía la envergadura de una canoa para siete hombres. El ciervo azul los miró
con altanería, mientras ellos admiraban arrobados su testuz dorada.
Con
susurros, tres de los cazadores opinaron que había que escapar cuanto antes,
pero dos más hambrientos los sometieron y les aseguraron que era preciso
sobrevivir y dominar su miedo. El otro cazador miró a los dos grupos, y acaso más
inteligente, escapó a toda prisa.
Los
dos cazadores más decididos, sorprendieron a los temerosos y los aniquilaron
con sus lanzas. Entonces, obediente a la naturaleza que los hombres le habían
conferido, el animal actuó en consecuencia: los embistió y los destrozó en un
par de segundos.
El
ciervo azul se fue trotando por las praderas más hermoso que nunca, con las
pezuñas estriadas de sangre y ondeando al sol su penacho de fuego.
El
universo estaba recién formado, comenzaba a ser coherente; sólo hacían falta
más hombres capaces de intentar cazar ciervos azules. Los cazadores nunca lo
supieron, pero para su desgracia y la de su pueblo, la carne de esos animales
tiene un sabor amargo.
La
media docena de cazadores estaba hambrienta. Habían perdido el rastro de un
caballo con garras al bordear una ladera, y no les hubiera parecido extraordinario
que desde cualquier recoveco les arrojara bocanadas de fuego.
De
pronto, en la cima de una colina vieron al ciervo azul, pero estaba prohibido
matarlo. Era un animal hermoso y enorme, medía más de dos metros de altura y
tenía la envergadura de una canoa para siete hombres. El ciervo azul los miró
con altanería, mientras ellos admiraban arrobados su testuz dorada.
Con
susurros, tres de los cazadores opinaron que había que escapar cuanto antes,
pero dos más hambrientos los sometieron y les aseguraron que era preciso
sobrevivir y dominar su miedo. El otro cazador miró a los dos grupos, y acaso más
inteligente, escapó a toda prisa.
Los
dos cazadores más decididos, sorprendieron a los temerosos y los aniquilaron
con sus lanzas. Entonces, obediente a la naturaleza que los hombres le habían
conferido, el animal actuó en consecuencia: los embistió y los destrozó en un
par de segundos.
El
ciervo azul se fue trotando por las praderas más hermoso que nunca, con las
pezuñas estriadas de sangre y ondeando al sol su penacho de fuego.
El
universo estaba recién formado, comenzaba a ser coherente; sólo hacían falta
más hombres capaces de intentar cazar ciervos azules. Los cazadores nunca lo
supieron, pero para su desgracia y la de su pueblo, la carne de esos animales
tiene un sabor amargo.
Disparos en el Cielo
En el mitin gritaban consignas contra el gobierno de Manrique Estévez
Verón. Eran unas quinientas personas, esperaban que sus líderes terminaran de
subir al templete improvisado sobre el toldo de una camioneta. Harían público
el despojo de unos cafetales y la negativa de las autoridades locales a
atenderlos. A eso habían venido a la ciudad. Sin embargo, no eran ingenuos, su
lucha era más para sacudirse a los terratenientes que no los dejaban vender sus
productos con libertad.
Mientras los líderes se tomaban su tiempo para comenzar su intervención, la
gente le daba vuelo a su creatividad, hacían juegos de palabras y cantaban a
coro las muertes que costaba su lucha y anunciaban el derrumbe de la autoridad;
escribían en cartulinas mensajes irónicos o sarcásticos, todos con un fondo
cómico que ridiculizaba a los gobernantes en general.
El clima emocional del mitin era el usual. Con mi cámara fotográfica yo
captaba escenas de individuos enfurecidos y caras desgarradas por el enojo,
ante las injusticias que decían padecer. Esta vez un grupo de personas venidas
de Laguna Grande protestaba por el despojo de unas tierras, en otras ocasiones
eran contingentes que denunciaban abusos de caciques locales o gente que
imploraba una escuela o un hospital. Me quedaba claro que mientras existieran
gobiernos, siempre habría motivos para protestar. Ese día yo no estaba ahí por
cuenta de mi editor. Había escuchado de pasada en la redacción el comentario
sobre el mitin y ahora ahí estaba yo entre los manifestantes, con un sombrero
de explorador para defenderme del sol. Capturar en fotografías la temperatura
de los movimientos sociales era mi profesión.
Entre la multitud, se movían varias personas jóvenes con papeles en las
manos. Se acercaban a determinada gente y murmuraban frases que se perdían
entre el griterío. Detrás de mí había media docena de mujeres que vociferaban
sin descanso y repartían agua cuando se cansaban de maldecir.
Me movía entre los manifestantes como entre arenas movedizas. Al ver mi
cámara, los participantes en la protesta se hacían a un lado y me dejaban hacer
mi trabajo.
De pronto, entre la multitud alguien me tocó el hombro. Me volví y vi a un
muchacho vestido con mezclilla y una sudadera. Me pidió que me identificara. Lo
barrí con la mirada y quise darme media vuelta, pero otros dos jóvenes me
impidieron con sus cuerpos alejarme del lugar.
De mala gana, les mostré mi credencial y los otros dos se alejaron. El
muchacho miró mi cámara, movió la cabeza en sentido afirmativo y murmuró: “¿De
veras quieres ver algo interesante?”. Pensé que el tipo aquel quería molestar,
pero de cualquier forma le contesté que sí. El muchacho parecía un estudiante
con aires de superioridad o sólo con ganas de hacerse el misterioso, sonrió y
contestó: “Te he visto otras veces. Ya tendrás noticias mías”. Se alejó
enseguida y lo vi reunirse a mi izquierda con dos sujetos de edad madura. Si lo
que quería era intimidarme, no lo consiguió, continué haciendo mi trabajo y
olvidé su rostro y su propuesta rápidamente.
Dos semanas después, recibí una llamada telefónica. Eran las cinco de la
mañana de un viernes. Pregunté molesto quién llamaba y del otro lado de la
línea una voz ronca contestó: “¿Quieres ver algo interesante?”. Inmediatamente
me desperté, recordé al sujeto del mitin. Me quedé frío. Iba a responderle,
pero me interrumpió. “Mañana va a ser el espectáculo. Si quieres tomar fotos de
un grupo armado, tienes que estar a las ocho de la noche en donde te voy a
decir”, agregó. Sin esperar mi afirmación, se soltó dándome datos del lugar
preciso.
Cuando colgué creí que había soñado, tenía un papel en la mano, con datos
que garabateé mientras el sujeto hablaba. Ya no pude dormir. La cita era esa
misma noche, el espectáculo vendría después.
En la tarde, aún creía que esa llamada se trataba de una broma. Sin
embargo, me intrigaba el hecho de que el sujeto conociera mi número telefónico
y que hubiera repetido la misma frase de quien me había interceptado en el
mitin.
Si era una broma, perdería sólo dos horas en ir y venir, pero si era verdad
obtendría fotografías únicas. Decidí arriesgarme.
Llegué a la central de camiones y me acerqué a un puesto de periódicos, me
detuve tres minutos exactos y enseguida busqué la cabina telefónica que me
habían indicado. Era la tercera en la pared de la derecha. Simulé hablar y un
minuto después apareció un individuo en la cabina vecina. Rápidamente deslizó
un pequeño papel por encima de mi hombro y se perdió entre la gente que
atestaba la sala.
En el papel estaba escrito el nombre de una población. Compré un boleto y
en la madrugada el camión llegó a su destino. Descendí y minutos después vi
venir a un individuo que parecía estar ebrio. Traía una gabardina, un sombrero
hasta las cejas y se tambaleaba a cada paso. Al pasar junto a mí, murmuró
coherentemente que lo siguiera. Lo obedecí. Caminamos varias calles en
silencio, en el frío de la madrugada. Al llegar a una esquina, el hombre señaló
un auto. Entonó una canción y se alejó tambaleándose aún más. Me quedé ahí.
De la mitad de la calle se desprendieron las sombras de dos hombres. Me
sobresalté, pero vi que no tendría escapatoria. Se acercaron y me preguntaron
mi nombre. Les respondí. Entonces, señalaron un auto y me pidieron que me
subiera. Dentro del auto, uno de los hombres me vendó los ojos, “Es por su
seguridad”, dijo. El auto arrancó y los hombres no volvieron a abrir la boca.
El automóvil se deslizaba sin problemas. Pasó más de una hora. De repente,
aminoraron la marcha y enseguida sentí que íbamos sobre terreno accidentado.
Minutos más tarde, el vehículo se detuvo. Me quitaron la venda de los ojos. A
mi alrededor había vegetación tupida. Miré el reloj disimuladamente. El calor
iba en aumento y sentía hambre. Uno de los hombres se perdió entre la maleza y
regresó con otros dos. No sabía con exactitud dónde me encontraba.
Los hombres conversaron brevemente y me indicaron un sendero. Los seguí
hasta otro auto. Los primeros hombres se alejaron. Dentro del automóvil, de
nuevo me vendaron los ojos, pero está vez me pidieron que me agachara. Obedecí
en silencio. Perdí la noción del tiempo. Volvimos a la carretera y apreté la
cabeza contra mis rodillas.
Mucho tiempo después, el auto comenzó a bambolearse. Entrábamos en terrenos
pedregosos. A cada instante sentía aumentar el calor. De pronto, el auto se
detuvo. Escuché que se abrían las portezuelas y que uno de los hombres gritaba
una especie de clave. El otro se acercó a mí y me quitó la venda de los ojos.
Esperaba encontrar hombres armados y encapuchados. En cambio, vi unas
chozas frente a mí. Había unos hombres cortando madera y mujeres campesinas
dedicadas a destazar un animal. Parecía una población común y corriente.
A esas alturas ya nada me sorprendía. Cuando vi salir de una de las chozas
al muchacho aquel del mitin, me pareció natural. Me saludó y comenzó por
disculparse por las molestias del viaje.
Enseguida, me señaló una caseta y me dijo que ahí me reuniría con otras
personas. Me encaminé hacia el lugar y dentro encontré a algunos conocidos.
Había fotógrafos y reporteros de medios nacionales. A eso de las tres nos
dieron de comer. Estábamos en medio de una selva, el paisaje me recordaba algo,
intuía que habíamos cruzado por Monte Arena y yo tenía la seguridad de que ese
lugar era una población de Molina o Valdemar.
Antes de anochecer, vimos que comenzó una movilización importante. Hombres
y mujeres improvisaban una especie de escenografía, desplegaban mantas con
proclamas e instalaban un equipo de sonido sobre un tablado sólido.
Cuando oscureció, salimos libremente y corrió el rumor de que las Fuerzas
Armadas Revolucionarias estaban por aparecer. Desde mi llegada, había tomado
fotografías del paisaje, sin embargo, se me advirtió que no podía tomar ningún
rostro y respeté la orden. Mi cámara estaba lista.
Eran las diez de la noche, pasadas, los fotógrafos y reporteros
conversábamos alrededor de unas fogatas. De improviso, se escuchó un rumor en
la maleza y un golpeteo de decenas de pasos que provenían de la oscuridad.
Sentí que lo mismo podría ser que se estuviera desgajando un cerro o que
pudiera aparecer un animal enorme. Antes de que pudiéramos saber de qué se
trataba, se escucharon cientos de detonaciones. Durante dos minutos, que me
parecieron dos siglos, se oyeron ráfagas ininterrumpidas de armas largas, y
todos los reporteros saltamos y tratamos de protegernos en los huecos naturales
de la tierra, detrás de árboles oscuros, y otros fotógrafos, incapacitados para
moverse, permanecieron pecho a tierra.
Mientras corríamos, aparecieron dece,,,
En el mitin gritaban consignas contra el gobierno de Manrique Estévez
Verón. Eran unas quinientas personas, esperaban que sus líderes terminaran de
subir al templete improvisado sobre el toldo de una camioneta. Harían público
el despojo de unos cafetales y la negativa de las autoridades locales a
atenderlos. A eso habían venido a la ciudad. Sin embargo, no eran ingenuos, su
lucha era más para sacudirse a los terratenientes que no los dejaban vender sus
productos con libertad.
Mientras los líderes se tomaban su tiempo para comenzar su intervención, la
gente le daba vuelo a su creatividad, hacían juegos de palabras y cantaban a
coro las muertes que costaba su lucha y anunciaban el derrumbe de la autoridad;
escribían en cartulinas mensajes irónicos o sarcásticos, todos con un fondo
cómico que ridiculizaba a los gobernantes en general.
El clima emocional del mitin era el usual. Con mi cámara fotográfica yo
captaba escenas de individuos enfurecidos y caras desgarradas por el enojo,
ante las injusticias que decían padecer. Esta vez un grupo de personas venidas
de Laguna Grande protestaba por el despojo de unas tierras, en otras ocasiones
eran contingentes que denunciaban abusos de caciques locales o gente que
imploraba una escuela o un hospital. Me quedaba claro que mientras existieran
gobiernos, siempre habría motivos para protestar. Ese día yo no estaba ahí por
cuenta de mi editor. Había escuchado de pasada en la redacción el comentario
sobre el mitin y ahora ahí estaba yo entre los manifestantes, con un sombrero
de explorador para defenderme del sol. Capturar en fotografías la temperatura
de los movimientos sociales era mi profesión.
Entre la multitud, se movían varias personas jóvenes con papeles en las
manos. Se acercaban a determinada gente y murmuraban frases que se perdían
entre el griterío. Detrás de mí había media docena de mujeres que vociferaban
sin descanso y repartían agua cuando se cansaban de maldecir.
Me movía entre los manifestantes como entre arenas movedizas. Al ver mi
cámara, los participantes en la protesta se hacían a un lado y me dejaban hacer
mi trabajo.
De pronto, entre la multitud alguien me tocó el hombro. Me volví y vi a un
muchacho vestido con mezclilla y una sudadera. Me pidió que me identificara. Lo
barrí con la mirada y quise darme media vuelta, pero otros dos jóvenes me
impidieron con sus cuerpos alejarme del lugar.
De mala gana, les mostré mi credencial y los otros dos se alejaron. El
muchacho miró mi cámara, movió la cabeza en sentido afirmativo y murmuró: “¿De
veras quieres ver algo interesante?”. Pensé que el tipo aquel quería molestar,
pero de cualquier forma le contesté que sí. El muchacho parecía un estudiante
con aires de superioridad o sólo con ganas de hacerse el misterioso, sonrió y
contestó: “Te he visto otras veces. Ya tendrás noticias mías”. Se alejó
enseguida y lo vi reunirse a mi izquierda con dos sujetos de edad madura. Si lo
que quería era intimidarme, no lo consiguió, continué haciendo mi trabajo y
olvidé su rostro y su propuesta rápidamente.
Dos semanas después, recibí una llamada telefónica. Eran las cinco de la
mañana de un viernes. Pregunté molesto quién llamaba y del otro lado de la
línea una voz ronca contestó: “¿Quieres ver algo interesante?”. Inmediatamente
me desperté, recordé al sujeto del mitin. Me quedé frío. Iba a responderle,
pero me interrumpió. “Mañana va a ser el espectáculo. Si quieres tomar fotos de
un grupo armado, tienes que estar a las ocho de la noche en donde te voy a
decir”, agregó. Sin esperar mi afirmación, se soltó dándome datos del lugar
preciso.
Cuando colgué creí que había soñado, tenía un papel en la mano, con datos
que garabateé mientras el sujeto hablaba. Ya no pude dormir. La cita era esa
misma noche, el espectáculo vendría después.
En la tarde, aún creía que esa llamada se trataba de una broma. Sin
embargo, me intrigaba el hecho de que el sujeto conociera mi número telefónico
y que hubiera repetido la misma frase de quien me había interceptado en el
mitin.
Si era una broma, perdería sólo dos horas en ir y venir, pero si era verdad
obtendría fotografías únicas. Decidí arriesgarme.
Llegué a la central de camiones y me acerqué a un puesto de periódicos, me
detuve tres minutos exactos y enseguida busqué la cabina telefónica que me
habían indicado. Era la tercera en la pared de la derecha. Simulé hablar y un
minuto después apareció un individuo en la cabina vecina. Rápidamente deslizó
un pequeño papel por encima de mi hombro y se perdió entre la gente que
atestaba la sala.
En el papel estaba escrito el nombre de una población. Compré un boleto y
en la madrugada el camión llegó a su destino. Descendí y minutos después vi
venir a un individuo que parecía estar ebrio. Traía una gabardina, un sombrero
hasta las cejas y se tambaleaba a cada paso. Al pasar junto a mí, murmuró
coherentemente que lo siguiera. Lo obedecí. Caminamos varias calles en
silencio, en el frío de la madrugada. Al llegar a una esquina, el hombre señaló
un auto. Entonó una canción y se alejó tambaleándose aún más. Me quedé ahí.
De la mitad de la calle se desprendieron las sombras de dos hombres. Me
sobresalté, pero vi que no tendría escapatoria. Se acercaron y me preguntaron
mi nombre. Les respondí. Entonces, señalaron un auto y me pidieron que me
subiera. Dentro del auto, uno de los hombres me vendó los ojos, “Es por su
seguridad”, dijo. El auto arrancó y los hombres no volvieron a abrir la boca.
El automóvil se deslizaba sin problemas. Pasó más de una hora. De repente,
aminoraron la marcha y enseguida sentí que íbamos sobre terreno accidentado.
Minutos más tarde, el vehículo se detuvo. Me quitaron la venda de los ojos. A
mi alrededor había vegetación tupida. Miré el reloj disimuladamente. El calor
iba en aumento y sentía hambre. Uno de los hombres se perdió entre la maleza y
regresó con otros dos. No sabía con exactitud dónde me encontraba.
Los hombres conversaron brevemente y me indicaron un sendero. Los seguí
hasta otro auto. Los primeros hombres se alejaron. Dentro del automóvil, de
nuevo me vendaron los ojos, pero está vez me pidieron que me agachara. Obedecí
en silencio. Perdí la noción del tiempo. Volvimos a la carretera y apreté la
cabeza contra mis rodillas.
Mucho tiempo después, el auto comenzó a bambolearse. Entrábamos en terrenos
pedregosos. A cada instante sentía aumentar el calor. De pronto, el auto se
detuvo. Escuché que se abrían las portezuelas y que uno de los hombres gritaba
una especie de clave. El otro se acercó a mí y me quitó la venda de los ojos.
Esperaba encontrar hombres armados y encapuchados. En cambio, vi unas
chozas frente a mí. Había unos hombres cortando madera y mujeres campesinas
dedicadas a destazar un animal. Parecía una población común y corriente.
A esas alturas ya nada me sorprendía. Cuando vi salir de una de las chozas
al muchacho aquel del mitin, me pareció natural. Me saludó y comenzó por
disculparse por las molestias del viaje.
Enseguida, me señaló una caseta y me dijo que ahí me reuniría con otras
personas. Me encaminé hacia el lugar y dentro encontré a algunos conocidos.
Había fotógrafos y reporteros de medios nacionales. A eso de las tres nos
dieron de comer. Estábamos en medio de una selva, el paisaje me recordaba algo,
intuía que habíamos cruzado por Monte Arena y yo tenía la seguridad de que ese
lugar era una población de Molina o Valdemar.
Antes de anochecer, vimos que comenzó una movilización importante. Hombres
y mujeres improvisaban una especie de escenografía, desplegaban mantas con
proclamas e instalaban un equipo de sonido sobre un tablado sólido.
Cuando oscureció, salimos libremente y corrió el rumor de que las Fuerzas
Armadas Revolucionarias estaban por aparecer. Desde mi llegada, había tomado
fotografías del paisaje, sin embargo, se me advirtió que no podía tomar ningún
rostro y respeté la orden. Mi cámara estaba lista.
Eran las diez de la noche, pasadas, los fotógrafos y reporteros
conversábamos alrededor de unas fogatas. De improviso, se escuchó un rumor en
la maleza y un golpeteo de decenas de pasos que provenían de la oscuridad.
Sentí que lo mismo podría ser que se estuviera desgajando un cerro o que
pudiera aparecer un animal enorme. Antes de que pudiéramos saber de qué se
trataba, se escucharon cientos de detonaciones. Durante dos minutos, que me
parecieron dos siglos, se oyeron ráfagas ininterrumpidas de armas largas, y
todos los reporteros saltamos y tratamos de protegernos en los huecos naturales
de la tierra, detrás de árboles oscuros, y otros fotógrafos, incapacitados para
moverse, permanecieron pecho a tierra.
Mientras corríamos, aparecieron dece,,,
La Enseñanza de Sócrates
Cuando Sócrates supo que sería
condenado a muerte por el tribunal quiso ir al oráculo, pero los jueces se lo
impidieron. Entonces mandó pedir un espejo y los jueces también rechazaron su
petición. Enseguida, Sócrates pidió un cabo de vela encendido. Los jueces
fueron benévolos, se alzaron de hombros, y se lo concedieron.
Sócrates llamó de inmediato a sus
discípulos y les mostró su sombra que se alargaba sobre una de las paredes de
su celda, haciéndolo parecer inmenso. “sin embargo, yo sigo aquí, y estoy
condenado a muerte”, les dijo.
Y con la punta humedecida de los
dedos apagó la vela.
Cuando Sócrates supo que sería
condenado a muerte por el tribunal quiso ir al oráculo, pero los jueces se lo
impidieron. Entonces mandó pedir un espejo y los jueces también rechazaron su
petición. Enseguida, Sócrates pidió un cabo de vela encendido. Los jueces
fueron benévolos, se alzaron de hombros, y se lo concedieron.
Sócrates llamó de inmediato a sus
discípulos y les mostró su sombra que se alargaba sobre una de las paredes de
su celda, haciéndolo parecer inmenso. “sin embargo, yo sigo aquí, y estoy
condenado a muerte”, les dijo.
Y con la punta humedecida de los
dedos apagó la vela.
El Patio de la Verdad
Los morencos que
habitan las regiones soleadas de Arkan, son un pueblo pacífico y próspero.
Consideran que la piedra angular que sostiene su sociedad descansa en la
justicia. Aquellos miembros de la comunidad que son acusados de violar las
leyes que los rigen son conducidos ante uno de los seis mobs, que despachan sus
asuntos desde cabañas de cristal.
Los morencos no
tienen jueces, los mobs sólo son depositarios del ritual. Es probable que
piensen que de la naturaleza humana desciende la verdad o, en último caso, que
sin lugar a dudas el delincuente mismo revela, tarde o temprano, su inocencia o
culpabilidad.
Cuando un
individuo comete un delito, el mob interroga al detenido sin reparar en las
respuestas, y a continuación lo invita a beber una infusión que, entre otras
cosas, provoca adormecimiento.
Minutos después o
días más tarde, el sospechoso es llevado al Patio de la Verdad. Un par de
custodios investidos para la ocasión lo colocan frente a dos corredores
colmados de flores y al fin lo liberan de sus ataduras.
El individuo ha
visto anteriormente el ceremonial y está al corriente de lo que sigue: debe
elegir uno de los dos caminos. Los dos son idénticos, dos corredores simétricos
tapizados de flores, dos túneles flanqueados por gladiolos y crisantemos, dos
espesuras en las que destacan los tulipanes de múltiples colores.
Cualquier
observador que contemple la trama, puede pensar que el individuo está obligado
a elegir su fin o su salvación, sin embargo, los dos caminos son idénticos y
sea cual sea la elección el resultado no depende del camino.
Los morencos creen
que el individuo lleva en sí mismo la salvación o el castigo. Es insustancial
si el acusado echa andar a derecha o izquierda.
Generalmente, el
individuo inocente termina el recorrido y, una vez libre de sospechas, en un
par de horas se reintegra de nuevo a sus actividades.
En cambio, el
sujeto culpable en lo primero que piensa es en poner tierra de por medio. Se
excita y, la posibilidad de salir indemne de su aventura, hace que dé rienda
suelta a su euforia.
El brebaje que le suministró el mob hace su efecto
entonces, y el individuo comienza a desprender un humor denso y gotas de sudor
le abrillantan el cuerpo. Cuando el sujeto echa andar a izquierda o derecha,
los insectos hacen el resto.
Los morencos que
habitan las regiones soleadas de Arkan, son un pueblo pacífico y próspero.
Consideran que la piedra angular que sostiene su sociedad descansa en la
justicia. Aquellos miembros de la comunidad que son acusados de violar las
leyes que los rigen son conducidos ante uno de los seis mobs, que despachan sus
asuntos desde cabañas de cristal.
Los morencos no
tienen jueces, los mobs sólo son depositarios del ritual. Es probable que
piensen que de la naturaleza humana desciende la verdad o, en último caso, que
sin lugar a dudas el delincuente mismo revela, tarde o temprano, su inocencia o
culpabilidad.
Cuando un
individuo comete un delito, el mob interroga al detenido sin reparar en las
respuestas, y a continuación lo invita a beber una infusión que, entre otras
cosas, provoca adormecimiento.
Minutos después o
días más tarde, el sospechoso es llevado al Patio de la Verdad. Un par de
custodios investidos para la ocasión lo colocan frente a dos corredores
colmados de flores y al fin lo liberan de sus ataduras.
El individuo ha
visto anteriormente el ceremonial y está al corriente de lo que sigue: debe
elegir uno de los dos caminos. Los dos son idénticos, dos corredores simétricos
tapizados de flores, dos túneles flanqueados por gladiolos y crisantemos, dos
espesuras en las que destacan los tulipanes de múltiples colores.
Cualquier
observador que contemple la trama, puede pensar que el individuo está obligado
a elegir su fin o su salvación, sin embargo, los dos caminos son idénticos y
sea cual sea la elección el resultado no depende del camino.
Los morencos creen
que el individuo lleva en sí mismo la salvación o el castigo. Es insustancial
si el acusado echa andar a derecha o izquierda.
Generalmente, el
individuo inocente termina el recorrido y, una vez libre de sospechas, en un
par de horas se reintegra de nuevo a sus actividades.
En cambio, el
sujeto culpable en lo primero que piensa es en poner tierra de por medio. Se
excita y, la posibilidad de salir indemne de su aventura, hace que dé rienda
suelta a su euforia.
El brebaje que le suministró el mob hace su efecto
entonces, y el individuo comienza a desprender un humor denso y gotas de sudor
le abrillantan el cuerpo. Cuando el sujeto echa andar a izquierda o derecha,
los insectos hacen el resto.
Bestias Mansas
Antes
de que la Tierra colapsara y sus residuos se mezclaran con el polvo estelar, un
puñado de seres humanos la abandonó en sus naves de iridio y se estableció en
otro planeta, al que le puso el nombre de la primera mujer.
Como
si llevaran consigo una plaga o cargaran sobre sí una maldición, tiempo
después, el planeta al que llegaron los humanos comenzó a morir. En su momento,
los hombres subieron a sus naves y partieron de nuevo en busca de otro hogar.
Como
en los viejos tiempos, la vida era azarosa, las bestias ya no tenían colmillos
ni garras, sino que eran ráfagas de manadas de meteoros, partículas desalmadas,
descargas eléctricas demoniacas que recordaban los rayos poderosos de los que
hablaron los antiguos, y espacios en combustión infer...
Antes
de que la Tierra colapsara y sus residuos se mezclaran con el polvo estelar, un
puñado de seres humanos la abandonó en sus naves de iridio y se estableció en
otro planeta, al que le puso el nombre de la primera mujer.
Como
si llevaran consigo una plaga o cargaran sobre sí una maldición, tiempo
después, el planeta al que llegaron los humanos comenzó a morir. En su momento,
los hombres subieron a sus naves y partieron de nuevo en busca de otro hogar.
Como
en los viejos tiempos, la vida era azarosa, las bestias ya no tenían colmillos
ni garras, sino que eran ráfagas de manadas de meteoros, partículas desalmadas,
descargas eléctricas demoniacas que recordaban los rayos poderosos de los que
hablaron los antiguos, y espacios en combustión infer...
Ciudad Silencio
En
las calles de Ciudad Palmira, el peligro y el horror no es la multitud, sino el
silencio. Quizá no sea ocioso precisar que son dos ciudades pequeñas, como dos
feudos, dos barrios, dos colonias. La primera se llama Palmira Mayor y la
segunda Palmira Verde.
En
las plazas de Palmira Mayor los residentes y turistas se detienen frente a los
escaparates de los comercios, y ellos mismos parecen parte de los anuncios que
atestan las aceras. En cambio, en la otra ciudad, el ulular del viento, el
chasquido de las olas, y de cuando en cuando, pájaros sin brújula son los
únicos que parecen vivos.
Las
dos ciudades están junto al mar, una al lado de la otra, en el mismo nivel, sin
embargo, una noche de 1934 el agua les arrebató a los pobladores varias calles
de la segunda ciudad.
Un
sector de Palmira Verde quedó sumergido bajo las aguas oceánicas durante 13
días y, cuando el agua se retiró, los vecinos que acudieron al rescate no
encontraron ningún cuerpo. Para los descendientes de aquellas personas, es
obvio que el mar se convirtió en el cementerio de sus antepasados, aunque nadie
tiene pruebas.
Como
con precisión geométrica, el agua únicamente devoró una franja de la ciudad con
forma de triángulo, arremetió de noche y ahogó mercados, salones escolares y
edificios, sin embargo, no destruyó los cimientos ni corrompió los pavimentos.
Hasta la fecha, no se conoce una explicación científica para el fenómeno que
respetó a la otra parte de la ciudad. Eran épocas oscurantistas y abundan los
rumores de maldiciones diabólicas, castigos divinos y manifestaciones del fin
del mundo.
Los
sobrevivientes se negaron a habitar de nuevo las calles saladas y marcadas para
siempre con signos marinos. Con los años, las autoridades decidieron conservar
vacío ese sector, a título de recuerdo o monumento.
Durante
el día, los curiosos pueden caminar y escuchar cómo resuenan sus pasos en las
calles desoladas, o concentrarse en el silbido del viento que se pasea entre
los huecos de las ventanas.
Sin
embargo, el gobierno de la ciudad prohíbe caminar de noche en esas calles.
Muchos de los pobladores dicen que esa prohibición dio pie para que sus
antepasados inventaran una leyenda que atrajera turistas despistados, y otros
juran que quien camina de noche en esa desolación se coloca frente a un peligro
mayor.
El
imaginario colectivo ha propalado que de noche es cuando los antiguos
habitantes regresan a las calles que les pertenecieron. Quienes los han visto,
aseguran que los pobladores que vuelven se comportan de forma natural, entran a
sus residencias o van a sus oficinas, sólo que sus movimientos no se escuchan y
son como aleteos de pájaros o como olas que arrullan. Dicen que se les ve en
plena forma, radiantes cuando suben tramo a tram....
En
las calles de Ciudad Palmira, el peligro y el horror no es la multitud, sino el
silencio. Quizá no sea ocioso precisar que son dos ciudades pequeñas, como dos
feudos, dos barrios, dos colonias. La primera se llama Palmira Mayor y la
segunda Palmira Verde.
En
las plazas de Palmira Mayor los residentes y turistas se detienen frente a los
escaparates de los comercios, y ellos mismos parecen parte de los anuncios que
atestan las aceras. En cambio, en la otra ciudad, el ulular del viento, el
chasquido de las olas, y de cuando en cuando, pájaros sin brújula son los
únicos que parecen vivos.
Las
dos ciudades están junto al mar, una al lado de la otra, en el mismo nivel, sin
embargo, una noche de 1934 el agua les arrebató a los pobladores varias calles
de la segunda ciudad.
Un
sector de Palmira Verde quedó sumergido bajo las aguas oceánicas durante 13
días y, cuando el agua se retiró, los vecinos que acudieron al rescate no
encontraron ningún cuerpo. Para los descendientes de aquellas personas, es
obvio que el mar se convirtió en el cementerio de sus antepasados, aunque nadie
tiene pruebas.
Como
con precisión geométrica, el agua únicamente devoró una franja de la ciudad con
forma de triángulo, arremetió de noche y ahogó mercados, salones escolares y
edificios, sin embargo, no destruyó los cimientos ni corrompió los pavimentos.
Hasta la fecha, no se conoce una explicación científica para el fenómeno que
respetó a la otra parte de la ciudad. Eran épocas oscurantistas y abundan los
rumores de maldiciones diabólicas, castigos divinos y manifestaciones del fin
del mundo.
Los
sobrevivientes se negaron a habitar de nuevo las calles saladas y marcadas para
siempre con signos marinos. Con los años, las autoridades decidieron conservar
vacío ese sector, a título de recuerdo o monumento.
Durante
el día, los curiosos pueden caminar y escuchar cómo resuenan sus pasos en las
calles desoladas, o concentrarse en el silbido del viento que se pasea entre
los huecos de las ventanas.
Sin
embargo, el gobierno de la ciudad prohíbe caminar de noche en esas calles.
Muchos de los pobladores dicen que esa prohibición dio pie para que sus
antepasados inventaran una leyenda que atrajera turistas despistados, y otros
juran que quien camina de noche en esa desolación se coloca frente a un peligro
mayor.
El imaginario colectivo ha propalado que de noche es cuando los antiguos habitantes regresan a las calles que les pertenecieron. Quienes los han visto, aseguran que los pobladores que vuelven se comportan de forma natural, entran a sus residencias o van a sus oficinas, sólo que sus movimientos no se escuchan y son como aleteos de pájaros o como olas que arrullan. Dicen que se les ve en plena forma, radiantes cuando suben tramo a tram....
El Ayuno de los Guerreros
Los
pobladores de Monte Arena pertenecen a una casta guerrera que nutre sus
virtudes militares con ejemplos prácticos. En la formación de sus soldados
incluyen la celebración de un concurso anual único, que culmina con cantos
abundantes y un festejo que dura siete días.
El
momento más solemne y emotivo de la festividad ocurre cuando veintiséis hombres
se ofrecen de forma voluntaria para formarse como guerreros de avanzada. A
partir de ese instante, un sacerdote los somete, durante diecisiete días, al
más riguroso ayuno. Es decir, un día de sacrificio absoluto por cada uno de sus
dioses.
Los
aspirantes a guerreros no tienen más fuerza ni son más inteligentes que el
resto de los pobladores, y es posible que sea su afán de sobresalir, más que su
ánimo belicoso, lo que los impulsa a ofrecerse voluntariamente a padecer la
tortura del ayuno.
Los
veintiséis aspirantes a guerreros conocen las reglas del ceremonial y están
convencidos de que podrán superar la prueba. Encerrados en celdas decoradas con
motivos culinarios, los cautivos se debaten entre el deseo de conseguir
alimentos y su convicción de convertirse en guerreros.
Quienes
logren sobrevivir a ese primer filtro, tendrán más adelante la posibilidad de
mostrar su fortaleza y sus habilidades singulares en actividades que requerirán
su vigor y entereza. Sin embargo, todo parece planeado para su fracaso. El
objetivo del ejercicio consiste en que los aspirantes a guerreros, con todas
las posibilidades en contra, adquieran control absoluto y templanza.
En
el séptimo día de su cautiverio, se retira una pared de la celda y los
aspirantes a guerreros pueden observar en el frente de su prisión el paso de la
vida cotidiana en la aldea. Contemplan el ir y venir de las mujeres, y como un
martirio implacable, escuchan durante dos días el trajín en las cocinas y el
golpeteo en las cacerolas, que por asociación de ideas prefiguran en sus mentes
y cuerpos debilitados la comida.
Si
aún no han desertado o sucumbido a la locura, el treceavo día, uno a uno, los
futuros guerreros son llamados por el sacerdote hasta una plaza y se les
presentan manjares suculentos de olores magníficos, para saciar primero el
castigado apetito de sus ojos y, enseguida, su olfato. Los que sobreviven a
esta tortura, son devueltos sin mayores ceremonias a sus celdas y se les incita
a declinar y a aceptar su fracaso.
El
decimoséptimo día, los aspirantes son liberados y purificados con humos
coloridos que los hacen arrojar flemas y les provocan un castañeo de dientes
que les dura un par de horas.
El
término del ayuno es un acto trascendente, la población entera se reúne y acosa
a los aspirantes a guerreros con alimentos, los cuales van desde los comunes
hasta los exóticos e irresistibles. Como en toda ceremonia o rito hay un
instante climático, que aquí ocurre cuando los veintiséis jóvenes comienzan a
comer, y no se detienen hasta que sus estómagos parecen satisfechos.
Sin
embargo, la avidez de los intestinos, o el mecanismo mental de su satisfacción
destruido por el ayuno, impulsa a los aspirantes a guerreros a continuar
devorando cuanto está a su alcance, hasta que les sobreviene la muerte.
El
espectáculo que sigue es deplorable y la población contempla impasible cómo uno
a uno los veintiséis concursantes, o los que soportaron el ayuno los diecisiete
días, mueren entre estertores que revelan su intemperancia y su hartazgo.
Los
demás participantes del pueblo, de entre los que saldrán los verdaderos
guerreros, aprenden del espectáculo y del sacrifi...
Los
pobladores de Monte Arena pertenecen a una casta guerrera que nutre sus
virtudes militares con ejemplos prácticos. En la formación de sus soldados
incluyen la celebración de un concurso anual único, que culmina con cantos
abundantes y un festejo que dura siete días.
El
momento más solemne y emotivo de la festividad ocurre cuando veintiséis hombres
se ofrecen de forma voluntaria para formarse como guerreros de avanzada. A
partir de ese instante, un sacerdote los somete, durante diecisiete días, al
más riguroso ayuno. Es decir, un día de sacrificio absoluto por cada uno de sus
dioses.
Los
aspirantes a guerreros no tienen más fuerza ni son más inteligentes que el
resto de los pobladores, y es posible que sea su afán de sobresalir, más que su
ánimo belicoso, lo que los impulsa a ofrecerse voluntariamente a padecer la
tortura del ayuno.
Los
veintiséis aspirantes a guerreros conocen las reglas del ceremonial y están
convencidos de que podrán superar la prueba. Encerrados en celdas decoradas con
motivos culinarios, los cautivos se debaten entre el deseo de conseguir
alimentos y su convicción de convertirse en guerreros.
Quienes
logren sobrevivir a ese primer filtro, tendrán más adelante la posibilidad de
mostrar su fortaleza y sus habilidades singulares en actividades que requerirán
su vigor y entereza. Sin embargo, todo parece planeado para su fracaso. El
objetivo del ejercicio consiste en que los aspirantes a guerreros, con todas
las posibilidades en contra, adquieran control absoluto y templanza.
En
el séptimo día de su cautiverio, se retira una pared de la celda y los
aspirantes a guerreros pueden observar en el frente de su prisión el paso de la
vida cotidiana en la aldea. Contemplan el ir y venir de las mujeres, y como un
martirio implacable, escuchan durante dos días el trajín en las cocinas y el
golpeteo en las cacerolas, que por asociación de ideas prefiguran en sus mentes
y cuerpos debilitados la comida.
Si
aún no han desertado o sucumbido a la locura, el treceavo día, uno a uno, los
futuros guerreros son llamados por el sacerdote hasta una plaza y se les
presentan manjares suculentos de olores magníficos, para saciar primero el
castigado apetito de sus ojos y, enseguida, su olfato. Los que sobreviven a
esta tortura, son devueltos sin mayores ceremonias a sus celdas y se les incita
a declinar y a aceptar su fracaso.
El
decimoséptimo día, los aspirantes son liberados y purificados con humos
coloridos que los hacen arrojar flemas y les provocan un castañeo de dientes
que les dura un par de horas.
El
término del ayuno es un acto trascendente, la población entera se reúne y acosa
a los aspirantes a guerreros con alimentos, los cuales van desde los comunes
hasta los exóticos e irresistibles. Como en toda ceremonia o rito hay un
instante climático, que aquí ocurre cuando los veintiséis jóvenes comienzan a
comer, y no se detienen hasta que sus estómagos parecen satisfechos.
Sin
embargo, la avidez de los intestinos, o el mecanismo mental de su satisfacción
destruido por el ayuno, impulsa a los aspirantes a guerreros a continuar
devorando cuanto está a su alcance, hasta que les sobreviene la muerte.
El
espectáculo que sigue es deplorable y la población contempla impasible cómo uno
a uno los veintiséis concursantes, o los que soportaron el ayuno los diecisiete
días, mueren entre estertores que revelan su intemperancia y su hartazgo.
Los demás participantes del pueblo, de entre los que saldrán los verdaderos guerreros, aprenden del espectáculo y del sacrifi...
La Salida del Paraíso
Es
posible que Dios no haya expulsado al hombre del Paraíso en un acceso de
cólera. Tal vez Dios sólo le abrió la puerta para que el hombre conociera
cuanto lo rodea, y aprecie y ejercite las potencias que habitan en su interior.
Sin
embargo, el hombre recuerda con dolor y enojo el paraíso perdido, incluso, para
no olvidarlo jamás, en cuanto pudo, escribió su desgracia en piedras, en
papiros, y guardó para siempre esa experiencia en su memoria como un suceso que
lo ofendió y lo humilló.
En
su momento, cada uno de los hombres recuerda con dolor y enojo su salida del
Paraíso y maldice a Dios
Algunas
religiones primitivas predican que al Dios verdadero no le importa que el
hombre lo maldiga, porque disfruta que su creación vaya por la Tierra
tropezando aquí, durmiendo allá, y que elija libremente su forma de diluirse y
volver a él.
Es
posible que Dios no haya expulsado al hombre del Paraíso en un acceso de
cólera. Tal vez Dios sólo le abrió la puerta para que el hombre conociera
cuanto lo rodea, y aprecie y ejercite las potencias que habitan en su interior.
Sin
embargo, el hombre recuerda con dolor y enojo el paraíso perdido, incluso, para
no olvidarlo jamás, en cuanto pudo, escribió su desgracia en piedras, en
papiros, y guardó para siempre esa experiencia en su memoria como un suceso que
lo ofendió y lo humilló.
En
su momento, cada uno de los hombres recuerda con dolor y enojo su salida del
Paraíso y maldice a Dios
Algunas
religiones primitivas predican que al Dios verdadero no le importa que el
hombre lo maldiga, porque disfruta que su creación vaya por la Tierra
tropezando aquí, durmiendo allá, y que elija libremente su forma de diluirse y
volver a él.
Ojos Humanos
En el año 1219, en
la región de Provenza, vivió un alquimista que se enamoró de una aristócrata,
sin embargo, la mujer, más por hacerlo rabiar que por temor a mancillar su
linaje, se resistía a abandonar el castillo de sus padres y a vivir en una
fortaleza rústica construida junto al Ródano.
Para encandilar a
la mujer, el alquimista sembró una flor que revoloteaba como mariposa; por las
noches, la flor escondía sus alas y titilaba como estrella. Casi enseguida, la
mujer convino en vivir con él y sacrificó su nobleza y le exigió al mago que dejara
para siempre sus libros y peroles y que, como todo buen ciudadano, arara la
tierra y fuera a la guerra cuando el rey lo ordenara.
El hombre cedió en
todo y, en un delirio de amor, le confesó a la mujer que en sus ojos residía
toda la magia que poseía.
Entonces, esa
noche o alguna otra, la mujer le arrancó los ojos al alquimista. El hombre le
preguntó a la mujer por qué había destruido la fuente de todos sus bienes, y
luego de llorar un río le respondió que sólo quería asegurarse de que él sólo
sería de ella. Podría pensarse que el hombre sufrió, en cambio, días más tarde
le surgieron ...
En el año 1219, en
la región de Provenza, vivió un alquimista que se enamoró de una aristócrata,
sin embargo, la mujer, más por hacerlo rabiar que por temor a mancillar su
linaje, se resistía a abandonar el castillo de sus padres y a vivir en una
fortaleza rústica construida junto al Ródano.
Para encandilar a
la mujer, el alquimista sembró una flor que revoloteaba como mariposa; por las
noches, la flor escondía sus alas y titilaba como estrella. Casi enseguida, la
mujer convino en vivir con él y sacrificó su nobleza y le exigió al mago que dejara
para siempre sus libros y peroles y que, como todo buen ciudadano, arara la
tierra y fuera a la guerra cuando el rey lo ordenara.
El hombre cedió en
todo y, en un delirio de amor, le confesó a la mujer que en sus ojos residía
toda la magia que poseía.
Entonces, esa
noche o alguna otra, la mujer le arrancó los ojos al alquimista. El hombre le
preguntó a la mujer por qué había destruido la fuente de todos sus bienes, y
luego de llorar un río le respondió que sólo quería asegurarse de que él sólo
sería de ella. Podría pensarse que el hombre sufrió, en cambio, días más tarde
le surgieron ...
Palabras y Portentos
—¿Me amas?
—preguntó la mujer—.
El hombre al que
interrogaba era un guerrero que en múltiples batallas había cortado cabezas de soldados
enemigos. En tiempos de paz, el hombre se transfiguraba, cazaba faunos, yacía
extasiado en los lechos de damas que le encontraban virtudes, y les leía el
destino en las comisuras de los labios, y si tenía tiempo, practicaba la
adivinación en el vuelo de las aves. Sin embargo, una mujer de la Corte del rey
de los ingleses había cautivado su corazón, e inexplicablemente cuando estaba
con ella se sumía en el silencio, todo su ser se detenía y pasaba la mayor
parte del tiempo contemplándola.
Es posible que, acaso sin saberlo, el hombre se hubiera preparado durante
mucho tiempo para responder esa pregunta capital que la mujer le había hecho,
porque entonces abrió los brazos y
con dos o tres movimientos de sus manos en el aire conjuró a las rocas y a la
lava de la montaña, y antes de que la mujer pudiera repetir la pregunta, el
hombre construyó un castillo en los linderos de un bosque y lo pobló con
plantas carnívoras y animales fantásticos.
La mujer era
hermosa y varios personajes de la nobleza la codiciaban, de lo cual se puede
deducir que era voluble y caprichosa. Miró los ojos brillantes del hombre y sus
labios sellados y, desconsolada, se dignó echar una mirada a la mole del
castillo. Enseguida, hizo varios mohínes, se acurrucó en el pecho del hombre y,
días más tarde, se fugó con un vendedor de mercaderías.
Al guerrero
transfigurado en mago le llevó algún tiempo comprender que a esa mujer la
conmovía más la cháchara que sus habilidades para realizar prodigios, y más
trabajo aún le costó entender que las palabras, si son verdaderas, también
o....
—¿Me amas?
—preguntó la mujer—.
El hombre al que
interrogaba era un guerrero que en múltiples batallas había cortado cabezas de soldados
enemigos. En tiempos de paz, el hombre se transfiguraba, cazaba faunos, yacía
extasiado en los lechos de damas que le encontraban virtudes, y les leía el
destino en las comisuras de los labios, y si tenía tiempo, practicaba la
adivinación en el vuelo de las aves. Sin embargo, una mujer de la Corte del rey
de los ingleses había cautivado su corazón, e inexplicablemente cuando estaba
con ella se sumía en el silencio, todo su ser se detenía y pasaba la mayor
parte del tiempo contemplándola.
Es posible que, acaso sin saberlo, el hombre se hubiera preparado durante
mucho tiempo para responder esa pregunta capital que la mujer le había hecho,
porque entonces abrió los brazos y
con dos o tres movimientos de sus manos en el aire conjuró a las rocas y a la
lava de la montaña, y antes de que la mujer pudiera repetir la pregunta, el
hombre construyó un castillo en los linderos de un bosque y lo pobló con
plantas carnívoras y animales fantásticos.
La mujer era
hermosa y varios personajes de la nobleza la codiciaban, de lo cual se puede
deducir que era voluble y caprichosa. Miró los ojos brillantes del hombre y sus
labios sellados y, desconsolada, se dignó echar una mirada a la mole del
castillo. Enseguida, hizo varios mohínes, se acurrucó en el pecho del hombre y,
días más tarde, se fugó con un vendedor de mercaderías.
Al guerrero transfigurado en mago le llevó algún tiempo comprender que a esa mujer la conmovía más la cháchara que sus habilidades para realizar prodigios, y más trabajo aún le costó entender que las palabras, si son verdaderas, también o....
A Solas
Toda la tarde había llovido y era natural que al
anochecer la casa crujiera. Silvana, su mujer, no regresaría hasta la mañana
siguiente, y más por costumbre que por nostalgia, Fernando miró a través de la
ventana, como si pudiera llegar alguien a la casa.
A solas, recostado en uno de los sillones de la
sala, Fernando miró los vidrios empañados de la ventana, el fulgor de las luces
de los autos lejanos, que de cuando en cuando centelleaban en los cristales.
Oscureció sin que Fernando apenas lo notara, y en cuanto sintió frío creyó que
lo mejor sería ir a la cama, tal vez entre las sábanas desaparecería su humor
melancólico.
Apagó la luz y enseguida la habitación se sumió en
la penumbra, palpó las mantas como si fueran los lomos de gatos volubles y
felpudos, y se cubrió hasta el cuello. Los ruidos exteriores disminuyeron poco
a poco, y sólo de cuando en cuando le llegaban rumores de las frondas de los
árboles cercanos, las escuchaba tan nítidamente que en su ensueño le pareció
posible que en realidad fueran largas cabelleras que intentaban enredarlo y
llevarlo a sus dominios.
De pronto, casi a punto de dormirse, Fernando
escuchó con claridad que algo crujió y no supo si el ruido provenía de la
habitación o pertenecía al sueño. Como pudo, se sacudió la somnolencia y
escuchó atentamente. Le inquietó un arrullo lejano, un murmullo como de algo o
alguien que mascara muy suave. Debía ser un animal grande, pues por momentos
sentía que el ruido retumbaba en sus oídos. Unos segundos después sintió que la
sábana se humedecía y consiguió identificar con claridad el golpeteo de una gota
que caía sobre sus pies ateridos, no obstante, en ese momento no tuvo ánimo
para levantar la vista hacia la grieta que se abrió en el techo.
Los crujidos se hicieron regulares, como si la
habitación tascara del lado izquierdo y luego hacia la derecha. De forma
simultánea, la gota caía sobre el promontorio de sus rodillas y se extendía por
el bulto oscuro de su cuerpo. Fernando ya no tuvo duda, los ruidos y los
movimientos los hacía la casa.
Un instante después, como para confirmar lo que él
pensaba, la cama se estremeció de manera imperceptible en cada oscilación del
piso y las paredes. Como pudo, Fernando se tocó las plantas de los pies como
para proporcionarse calor, pero retiró con repulsión las manos, porque los
sintió cubiertos de una sustancia viscosa, cálida.
De un salto, Fernando se levantó, en su camino
derribó la mesa que estaba junto a la cama y arrastró consigo el televisor. El
interruptor de la luz no apareció por ningún lado, sin embargo, en la oscuridad
palpó los cables que anteriormente estuvieron incrustados en las entrañas de
los muros. Aun así, Fernando pudo hacerse del llavero, entre la tubería del
fregadero y una alacena que ahora sorprendentemente estaba desempotrada.
La habitación crujió una vez más, sólo que ahora
pudo escuchar el regurgitar de líquidos debajo de él. A punto del colapso,
Fernando corrió hacia la puerta de la calle e intentó abrirla, sin embargo, con
la lluvia la madera se había hinchado y sellaba herméticamente el marco. Si
podía descorrer el cerrojo, tal vez sería fácil forzarla, y lo hubiera
intentado animosamente, de no ser porque en su precipitación se golpeó con el
televisor, y la llave se le escapó de las manos y fue a dar en una de las hendeduras
que se habían abierto en el piso.
Fernando consiguió arrojar un ladrillo contra la
ventana y romper el cristal, sólo para comprobar que por ahí nunca penetraría
una persona de proporciones medianas. Fernando pensó que mientras la habitación
sólo mascara, estaría bien, existían posibilidades de evitar morir aplastado
por esas fauces hasta que su mujer estuviera de regreso.
Como una iluminación, recordó que desde hacía meses
su mujer colocaba en la maceta un repuesto de la llave. Entonces, extendió la
mano sobre la cara exterior del muro y localizó la maceta a la altura de su
rostro. A tientas, se guio por el borde de la olla de barro. Con dedos
temblorosos encontró la frialdad y desnudez del clavo que sostenía la maceta,
sólo cubierto nada más que por bichos, que emergieron de la tierra obligados
por la lluvia ininterrumpida, y de la llave, nada.
Entonces Fernando quiso to....
Toda la tarde había llovido y era natural que al
anochecer la casa crujiera. Silvana, su mujer, no regresaría hasta la mañana
siguiente, y más por costumbre que por nostalgia, Fernando miró a través de la
ventana, como si pudiera llegar alguien a la casa.
A solas, recostado en uno de los sillones de la
sala, Fernando miró los vidrios empañados de la ventana, el fulgor de las luces
de los autos lejanos, que de cuando en cuando centelleaban en los cristales.
Oscureció sin que Fernando apenas lo notara, y en cuanto sintió frío creyó que
lo mejor sería ir a la cama, tal vez entre las sábanas desaparecería su humor
melancólico.
Apagó la luz y enseguida la habitación se sumió en
la penumbra, palpó las mantas como si fueran los lomos de gatos volubles y
felpudos, y se cubrió hasta el cuello. Los ruidos exteriores disminuyeron poco
a poco, y sólo de cuando en cuando le llegaban rumores de las frondas de los
árboles cercanos, las escuchaba tan nítidamente que en su ensueño le pareció
posible que en realidad fueran largas cabelleras que intentaban enredarlo y
llevarlo a sus dominios.
De pronto, casi a punto de dormirse, Fernando
escuchó con claridad que algo crujió y no supo si el ruido provenía de la
habitación o pertenecía al sueño. Como pudo, se sacudió la somnolencia y
escuchó atentamente. Le inquietó un arrullo lejano, un murmullo como de algo o
alguien que mascara muy suave. Debía ser un animal grande, pues por momentos
sentía que el ruido retumbaba en sus oídos. Unos segundos después sintió que la
sábana se humedecía y consiguió identificar con claridad el golpeteo de una gota
que caía sobre sus pies ateridos, no obstante, en ese momento no tuvo ánimo
para levantar la vista hacia la grieta que se abrió en el techo.
Los crujidos se hicieron regulares, como si la
habitación tascara del lado izquierdo y luego hacia la derecha. De forma
simultánea, la gota caía sobre el promontorio de sus rodillas y se extendía por
el bulto oscuro de su cuerpo. Fernando ya no tuvo duda, los ruidos y los
movimientos los hacía la casa.
Un instante después, como para confirmar lo que él
pensaba, la cama se estremeció de manera imperceptible en cada oscilación del
piso y las paredes. Como pudo, Fernando se tocó las plantas de los pies como
para proporcionarse calor, pero retiró con repulsión las manos, porque los
sintió cubiertos de una sustancia viscosa, cálida.
De un salto, Fernando se levantó, en su camino
derribó la mesa que estaba junto a la cama y arrastró consigo el televisor. El
interruptor de la luz no apareció por ningún lado, sin embargo, en la oscuridad
palpó los cables que anteriormente estuvieron incrustados en las entrañas de
los muros. Aun así, Fernando pudo hacerse del llavero, entre la tubería del
fregadero y una alacena que ahora sorprendentemente estaba desempotrada.
La habitación crujió una vez más, sólo que ahora
pudo escuchar el regurgitar de líquidos debajo de él. A punto del colapso,
Fernando corrió hacia la puerta de la calle e intentó abrirla, sin embargo, con
la lluvia la madera se había hinchado y sellaba herméticamente el marco. Si
podía descorrer el cerrojo, tal vez sería fácil forzarla, y lo hubiera
intentado animosamente, de no ser porque en su precipitación se golpeó con el
televisor, y la llave se le escapó de las manos y fue a dar en una de las hendeduras
que se habían abierto en el piso.
Fernando consiguió arrojar un ladrillo contra la
ventana y romper el cristal, sólo para comprobar que por ahí nunca penetraría
una persona de proporciones medianas. Fernando pensó que mientras la habitación
sólo mascara, estaría bien, existían posibilidades de evitar morir aplastado
por esas fauces hasta que su mujer estuviera de regreso.
Como una iluminación, recordó que desde hacía meses
su mujer colocaba en la maceta un repuesto de la llave. Entonces, extendió la
mano sobre la cara exterior del muro y localizó la maceta a la altura de su
rostro. A tientas, se guio por el borde de la olla de barro. Con dedos
temblorosos encontró la frialdad y desnudez del clavo que sostenía la maceta,
sólo cubierto nada más que por bichos, que emergieron de la tierra obligados
por la lluvia ininterrumpida, y de la llave, nada.
Entonces Fernando quiso to....
Criatura del Cielo
La muchacha le dijo que era modelo y Lalo Romano no
le creyó, porque al caminar ella tropezaba en los bordes de la acera, y para
disimular la turbación que sentía cuando la miraban en las plazas llenas de
gente, se detenía junto a las fuentes y fingía que contemplaba a las palomas.
La mujer se llamaba Becky, en las tardes miraba el
poniente desde la ventana del tercer piso del departamento de Lalo Romano, tal
como si quisiera marcharse de la habitación en una nube, pero se quedaba y,
antes de que la luna apareciera, clavaba la barbilla sobre su pecho.
Lalo Romano la llamaba Criatura del Cielo o Amada
Celeste, y en lugar de pintar un cuadro con sus humores felices soportaba a pie
firme sus desplantes de princesa. En ratos de placidez, la colocaba contra el
muro hasta que del sudor surgía en la pared un boceto de la espalda de ella,
que se evaporaba enseguida, como si Becky estuviera en combustión.
De noche, la escuchaba hablar de barcos en un
puerto del sur, del olor a chocolate que había en el cuarto de su abuela, de su
madre rubia de sol, de un perro diminuto que la seguía cuando volvía de la
escuela, y del sabor de un helado, que tal vez había sido su única felicidad en
aquellos años. Enseguida, Lalo le escardaba el cabello con sus dedos y la
escuchaba sollozar.
A su manera, se querían, los dos, Becky, la modelo,
y Lalo Romano, el ilustrador, el único hombre que había encontrado inspiración
en su inmovilidad y en el silencio que durante las mañanas la mantenían soldada
en el asiento de la silla, y, vibrante, frente a la textura añosa de la mesa
del comedor.
Dos o tres meses después, Becky le rogó a Lalo que
ya no la dibujara, y le juró que se marcharía si llenaba con su rostro y su
figura un cuadernillo más.
Casi contra su voluntad, él se detuvo, dejó de
dibujarla, y entonces abría la ventana en las mañanas y con sus lápices trazaba
un brillo, un sol, las venas de un árbol, y más tarde se marchaba a trabajar.
Una mañana, Becky descubrió entre los ademanes de Lalo el boceto del cuarto de
su abuela, un ropero con luna y un plumero multicolor, que casi había olvidado,
y se puso a llorar. Durante los siguientes días, Becky miró arrobada en los
trazos de Lalo unos barcos que se marchaban hacia el sur, el perro aún la
seguía, y la abuela le daba cuerda a una caja musical.
Cada vez más silencioso, en las mañanas, Lalo
trazaba en el aire el borde de una nube, la cúpula de una iglesia, un camino
polvoso y una mujer sentada junto a un pozo. Cualquiera que lo hubiera visto
habría pensado que el ilustrador no dibujaba en el viento, sino que temblaba de
fiebre en el borde de la ventana, o que se preparaba para volar.
Una de esas mañanas con buen clima, Lalo trazó muy
cerca de la orilla de la ventana el costado de una embarcación azul. Era un
buque imponente, con una cubierta lustrada, y una proa magnífica, en la que
flameaba una bandera con un águila que reinaba sobre montañas coloradas. Becky
se estremeció, se acomodó el cabello, y no supo resistir ....
La muchacha le dijo que era modelo y Lalo Romano no
le creyó, porque al caminar ella tropezaba en los bordes de la acera, y para
disimular la turbación que sentía cuando la miraban en las plazas llenas de
gente, se detenía junto a las fuentes y fingía que contemplaba a las palomas.
La mujer se llamaba Becky, en las tardes miraba el
poniente desde la ventana del tercer piso del departamento de Lalo Romano, tal
como si quisiera marcharse de la habitación en una nube, pero se quedaba y,
antes de que la luna apareciera, clavaba la barbilla sobre su pecho.
Lalo Romano la llamaba Criatura del Cielo o Amada
Celeste, y en lugar de pintar un cuadro con sus humores felices soportaba a pie
firme sus desplantes de princesa. En ratos de placidez, la colocaba contra el
muro hasta que del sudor surgía en la pared un boceto de la espalda de ella,
que se evaporaba enseguida, como si Becky estuviera en combustión.
De noche, la escuchaba hablar de barcos en un
puerto del sur, del olor a chocolate que había en el cuarto de su abuela, de su
madre rubia de sol, de un perro diminuto que la seguía cuando volvía de la
escuela, y del sabor de un helado, que tal vez había sido su única felicidad en
aquellos años. Enseguida, Lalo le escardaba el cabello con sus dedos y la
escuchaba sollozar.
A su manera, se querían, los dos, Becky, la modelo,
y Lalo Romano, el ilustrador, el único hombre que había encontrado inspiración
en su inmovilidad y en el silencio que durante las mañanas la mantenían soldada
en el asiento de la silla, y, vibrante, frente a la textura añosa de la mesa
del comedor.
Dos o tres meses después, Becky le rogó a Lalo que
ya no la dibujara, y le juró que se marcharía si llenaba con su rostro y su
figura un cuadernillo más.
Casi contra su voluntad, él se detuvo, dejó de
dibujarla, y entonces abría la ventana en las mañanas y con sus lápices trazaba
un brillo, un sol, las venas de un árbol, y más tarde se marchaba a trabajar.
Una mañana, Becky descubrió entre los ademanes de Lalo el boceto del cuarto de
su abuela, un ropero con luna y un plumero multicolor, que casi había olvidado,
y se puso a llorar. Durante los siguientes días, Becky miró arrobada en los
trazos de Lalo unos barcos que se marchaban hacia el sur, el perro aún la
seguía, y la abuela le daba cuerda a una caja musical.
Cada vez más silencioso, en las mañanas, Lalo
trazaba en el aire el borde de una nube, la cúpula de una iglesia, un camino
polvoso y una mujer sentada junto a un pozo. Cualquiera que lo hubiera visto
habría pensado que el ilustrador no dibujaba en el viento, sino que temblaba de
fiebre en el borde de la ventana, o que se preparaba para volar.
Una de esas mañanas con buen clima, Lalo trazó muy cerca de la orilla de la ventana el costado de una embarcación azul. Era un buque imponente, con una cubierta lustrada, y una proa magnífica, en la que flameaba una bandera con un águila que reinaba sobre montañas coloradas. Becky se estremeció, se acomodó el cabello, y no supo resistir ....
El Fugitivo Púrpura
Cuando la patrulla de casacas
verdes capturó al fugitivo púrpura era de noche y lo amarraron a una estaca
junto al fuego.
Al siguiente día, mientras le
rebanaban la piel, en un arrebato de sinceridad el púrpura juró que depondría
las armas y que nunca más les haría la guerra. Dos minutos más tarde, el
púrpura tuvo un acceso de debilidad, y para evitar que continuaran martirizándolo,
le imploró al militar de mayor rango que en nombre de Dios le concediera
continuar con su vida.
—No hay Dios —se escuchó decir
entre la turba de soldados que contemplaban el martirio del púrpura—.
Enseguida se levantó un coro
de risas, que el jefe acalló con tan sólo un ademán. Se acercó al sujeto, y con
la punta de su bota le levantó la barbilla.
—Ya escuchaste, no hay Dios
—dijo, y con la suela de su bota empujó la cabeza del púrpura hasta casi
romperle el cuello—.
De reojo, el prisionero
levantó los ojos al cielo y vio, que, en efecto, el cielo era de un azul
líquido y sin nubes. Ladeó la cabeza y miró la estatura del militar, que desde
su perspectiva rebasaba la altura de las montañas.
Era verdad, no había Dios,
pero había existido cuando contemplaba en silencio el movimiento de los astros,
en el instante en que los niños de su aldea se bañaban en el lago, y en el
momento en que vio a la que sería su mujer como a una flor atavi...
Cuando la patrulla de casacas
verdes capturó al fugitivo púrpura era de noche y lo amarraron a una estaca
junto al fuego.
Al siguiente día, mientras le
rebanaban la piel, en un arrebato de sinceridad el púrpura juró que depondría
las armas y que nunca más les haría la guerra. Dos minutos más tarde, el
púrpura tuvo un acceso de debilidad, y para evitar que continuaran martirizándolo,
le imploró al militar de mayor rango que en nombre de Dios le concediera
continuar con su vida.
—No hay Dios —se escuchó decir
entre la turba de soldados que contemplaban el martirio del púrpura—.
Enseguida se levantó un coro
de risas, que el jefe acalló con tan sólo un ademán. Se acercó al sujeto, y con
la punta de su bota le levantó la barbilla.
—Ya escuchaste, no hay Dios
—dijo, y con la suela de su bota empujó la cabeza del púrpura hasta casi
romperle el cuello—.
De reojo, el prisionero
levantó los ojos al cielo y vio, que, en efecto, el cielo era de un azul
líquido y sin nubes. Ladeó la cabeza y miró la estatura del militar, que desde
su perspectiva rebasaba la altura de las montañas.
Era verdad, no había Dios, pero había existido cuando contemplaba en silencio el movimiento de los astros, en el instante en que los niños de su aldea se bañaban en el lago, y en el momento en que vio a la que sería su mujer como a una flor atavi...
Sonia, un Sueño
Sonia Lendel y yo habíamos sido algo más que
amigos, así que en cuanto la vi apresuré el paso y me planté frente a ella.
Estaba en Plaza Olivos, junto a Los Portales. Ella estaba sentada a una mesa,
había unas flores en el centro y una jarra con algún jugo amarillo. El sol le
daba en la espalda y en el instante en que nuestras miradas se encontraron,
entre ella y yo se cruzó una especie de destello.
—Qué haces aquí. ¿Cómo es posible? —pregunté,
y durante una fracción de segundo nuestras voces se encimaron—.
—Qué haces aquí. ¿Cómo es posible? —dijo Sonia
algo azorada, casi encima de mi pregunta, pero era claro que yo había
preguntado primero—.
Ella se repuso de la sorpresa enseguida y con
un dejo de coquetería llevó la mano a su frente y se arregló el cabello.
—Estamos en un sueño —respondió Sonia con el
rostro iluminado, y con un ademán vasto abarcó con la mano todo cuanto
mirábamos—.
Enseguida, Sonia sonrió abiertamente, se llevó
las manos al pecho y pareció aliviada. Platicamos no sólo esa tarde, sino que
además visitamos varios lugares que se esfumaban.
Ella me quería, pero había muerto hacía dos
años en un accidente automovilístico en Tarragona. Estoy seguro de que nuestro
encuentro fue un regalo. En el primer momento en que nos vimos, durante una
fracción de segundo yo hablé primero, y de alguna forma algo más poderoso que
cualquiera de nosotros dos le concedió el privilegio de responder a mi pregunta
de la forma que ella quisiera.
Sólo cuando estuve bien despierto y salí de la
oficina recordé con claridad el sueño. Sentí una oleada de tristeza en el
pecho, y con una carga de nostalgia crucé a pie por Plaza Olivos y me acerqué a
Los Portales. En el corredor de restaurantes me asaltaron varias dudas, mi
respiración se volvió arenosa entre la gente que iba y venía, y no tuve más
remedio que mirar hacia atrás sobre mi hombro.
Como en mi sueño, en una de las mesas
conversaban una mujer y un hombre, concentrados en ellos mismos, apartados del
tiempo y del ruido. Simulaban acomodar el jarrón con flores del centro de la
mesa y enseguida entrelazaban los dedos de sus manos.
Desde luego, Sonia Lendel n...
Sonia Lendel y yo habíamos sido algo más que
amigos, así que en cuanto la vi apresuré el paso y me planté frente a ella.
Estaba en Plaza Olivos, junto a Los Portales. Ella estaba sentada a una mesa,
había unas flores en el centro y una jarra con algún jugo amarillo. El sol le
daba en la espalda y en el instante en que nuestras miradas se encontraron,
entre ella y yo se cruzó una especie de destello.
—Qué haces aquí. ¿Cómo es posible? —pregunté,
y durante una fracción de segundo nuestras voces se encimaron—.
—Qué haces aquí. ¿Cómo es posible? —dijo Sonia
algo azorada, casi encima de mi pregunta, pero era claro que yo había
preguntado primero—.
Ella se repuso de la sorpresa enseguida y con
un dejo de coquetería llevó la mano a su frente y se arregló el cabello.
—Estamos en un sueño —respondió Sonia con el
rostro iluminado, y con un ademán vasto abarcó con la mano todo cuanto
mirábamos—.
Enseguida, Sonia sonrió abiertamente, se llevó
las manos al pecho y pareció aliviada. Platicamos no sólo esa tarde, sino que
además visitamos varios lugares que se esfumaban.
Ella me quería, pero había muerto hacía dos
años en un accidente automovilístico en Tarragona. Estoy seguro de que nuestro
encuentro fue un regalo. En el primer momento en que nos vimos, durante una
fracción de segundo yo hablé primero, y de alguna forma algo más poderoso que
cualquiera de nosotros dos le concedió el privilegio de responder a mi pregunta
de la forma que ella quisiera.
Sólo cuando estuve bien despierto y salí de la
oficina recordé con claridad el sueño. Sentí una oleada de tristeza en el
pecho, y con una carga de nostalgia crucé a pie por Plaza Olivos y me acerqué a
Los Portales. En el corredor de restaurantes me asaltaron varias dudas, mi
respiración se volvió arenosa entre la gente que iba y venía, y no tuve más
remedio que mirar hacia atrás sobre mi hombro.
Como en mi sueño, en una de las mesas
conversaban una mujer y un hombre, concentrados en ellos mismos, apartados del
tiempo y del ruido. Simulaban acomodar el jarrón con flores del centro de la
mesa y enseguida entrelazaban los dedos de sus manos.
Desde luego, Sonia Lendel n...
Ocurrió en el Paraíso
El dios descansaba su
omnipotencia entre las flores lanceoladas de su paraíso personal, pero de
pronto, de manera inopinada se giró hacia donde Adán y un acompañante
merodeaban. El entrecejo del dios se marcó como un relámpago en el cielo y de
sus ojos saltaron lenguas de fuego.
Adán era menos espectacular, sus
ojos se empequeñecieron y su cabeza se hundió lo más que pudo entre sus
hombros. Una vez que superaron la sorpresa, el dios y Adán se miraron a los
ojos, los dos sabían que el siguiente movimiento significaría la extinción de
uno de ellos.
Con un guiño o con palabras que
se congelaron en su boca, Adán urgió al demonio que lo acompañaba a que
desplegara alguna de sus magias, o que encegueciera al dios con uno de los
portentos con los que lo había llevado hasta ahí. En cambio, el demonio, se
alzó de hombros.
—Yo hasta aquí llego —le dijo con
voz taimada—, hice lo que te prometí, incluso más de lo que esperabas. Ahí
tienes el jardín —añadió con un,,,,
El dios descansaba su
omnipotencia entre las flores lanceoladas de su paraíso personal, pero de
pronto, de manera inopinada se giró hacia donde Adán y un acompañante
merodeaban. El entrecejo del dios se marcó como un relámpago en el cielo y de
sus ojos saltaron lenguas de fuego.
Adán era menos espectacular, sus
ojos se empequeñecieron y su cabeza se hundió lo más que pudo entre sus
hombros. Una vez que superaron la sorpresa, el dios y Adán se miraron a los
ojos, los dos sabían que el siguiente movimiento significaría la extinción de
uno de ellos.
Con un guiño o con palabras que
se congelaron en su boca, Adán urgió al demonio que lo acompañaba a que
desplegara alguna de sus magias, o que encegueciera al dios con uno de los
portentos con los que lo había llevado hasta ahí. En cambio, el demonio, se
alzó de hombros.
—Yo hasta aquí llego —le dijo con voz taimada—, hice lo que te prometí, incluso más de lo que esperabas. Ahí tienes el jardín —añadió con un,,,,
Sobre el Autor
Juan Norberto Lerma
Escritor,
periodista y difusor cultural. Originario del Distrito Federal, conocido
actualmente como Ciudad de México. Colaborador en un programa que transmite
Radio BUAP, 96.9 FM.
He
colaborado en distintas publicaciones periodísticas y culturales, como
Exilio.mx; e-consulta; Conexión Norte Sur; Diario 24 Horas, etcétera.
Gané
el primer lugar de cuento en un concurso convocado por la Universidad Nacional
Autónoma de México.
El
Departamento de Actividades Culturales de la Facultad de Estudios Superiores
Zaragoza editó una plaquette con algunos textos de mi autoría y la presentaron
en la Feria del Libro del Palacio de Minería.
Estudios
en Creación Literaria en la FES Zaragoza, Ciudad de México, y asistí a cursos
de literatura en distintas instituciones.
En
2024, Ediciones Ibarrola publicó mi libro de cuentos Las Mariposas Cantan de
Noche, y en 2025 un libro de cuentos llamado Muerte en Estado Natural.
De
forma independiente he publicado los libros de cuentos La Bestia entre los
Días; y Perro Amor.
También publiqué de forma independiente cuatro libros de poesía: Delirium; Hoguera Personal; El Imperio del Polvo; y Cristo Pastor, Madre de Hierro.
📚#libros #literatura
👉 https://www.amazon.es/dp/B007EEC88M
BARNES & NOBLE: https://cutt.ly/erDslU8R
Apple: https://books.apple.com/us/book/la-bestia-entre-los-d%C3%ADas/id6743959394
Kobo: https://cutt.ly/lrDszwzT
Smashwords: https://www.smashwords.com/books/view/1738034

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