La Bestia Entre los Días, Juan Norberto Lerma






 

 

La Bestia entre los Días

Juan Norberto Lerma


 

Contenido


 

Primera Edición

Febrero 2012

 

Derechos reservados

México, Distrito Federal

Febrero 2012

 

Segunda Edición

Julio 2025

© Derechos Reservados de Autor

Registro Público del Derecho de Autor

 

Todos los derechos reservados

 

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Ciudad de México

Julio 2025

 

 

Prólogo

 

La bestia entre los días, título del presente texto, está integrado por una serie de cuentos llenos de misterio y fantasía. Escritos bajo un estilo de realismo-mágico, permiten al lector recrear un ambiente maravilloso, ya que la alteración de la realidad surge inesperadamente. La diversidad de personajes presentes en las historias representa la enorme capacidad literaria del autor para evocar imágenes que saltan de lo cotidiano a lo inesperado. Tal es el caso de "Proyecciones en el muro", donde el anciano señor Ramírez, al final del día y después de asearse los dientes, de repente se encuentra con una virgen perseguida por un fauno. Del mismo modo en "Estampa y cazadores" la impensada aparición del hermoso ciervo azul representa un espacio de ilusión.

“El día más largo”, “Clima interior” y, por supuesto, “La bestia entre los días”, muestran un ambiente mágico. La minuciosidad descriptiva del último nos permite imaginar al monstruo del Lago Ness, su magnificencia que alcanza al estirar el cuello, su aroma de putrefacción y su acecho constante nos deja una imagen que no podremos sacar de la mente después de habérnosla encontrado. Sin lugar a dudas, la narración más corta de este conjunto, "El fuego", se caracteriza por su sencillez, plenitud y belleza, nos encontramos con esa tregua tendida con la soledad, el peligro y la muerte.

Es loable que autores como Juan Norberto Lerma continúen haciendo este tipo de trabajo, ya que es menester que regresemos la mirada a esa literatura que nos envuelve como espiral y nos permite tener paisajes coloridos, mismos que representan una bocanada de aire fresco que alimenta nuestro espíritu.

 

Maricarmen Rivera

 



 

El Día más Largo  

Las primeras gotas cayeron al mediodía. No debía llover, la lluvia contravenía las tradiciones de la comunidad: en Palula tenían listas las vestimentas de La Gran Fiera y cuando el sol estuviera en el cuadrante Dos Fuegos la investirían para que les infundiera fuerzas a sus guerreros en el momento en que tuvieran que enfrentar las incursiones de sus enemigos del oriente. Sin embargo, la naturaleza nada sabe de rituales, sólo impone sus propias reglas y arrincona los deseos humanos.

Era la época del verano y en el centro de la tarde aún había un sol blanco cubierto por velos innumerables. En los salones elevados de la ciudad decenas de hombres y mujeres continuaban hermoseando las vestimentas blancas y violentas de La Gran Fiera. Sin embargo, casi con reverencia advirtieron que detrás de un monte con formas de doncella trece nubes permanecían al acecho y se les figuró que albergaban una parte de la ira del mundo. De pronto, con horror comprendieron que si alguno de sus dioses no intervenía, antes de que anocheciera las nubes descargarían el mar del cielo sobre ellos.

A la hora en que el Sol alcanzó el cuadrante Tigre Sobre Tierra, cayó una llovizna fina sobre la ciudad de piedra amarilla. Las primeras gotas a algunos habitantes les recordaron el clap-crack que hacían las semillas de las melinas, unas plantas de flores azules, que durante las ceremonias volaban a la boca de los santones que combatían los males de los enfermos con ensalmos y humo de colores.

En las orillas de Palula comenzaron a formarse pequeños remolinos de polvo y agua, los cuales fueron aumentando de tamaño hasta que parecieron convertirse en elevados muros de harina.

Casi con indiferencia, porque no querían creer que el mal clima les arruinaría el ritual en el que investirían a La Gran Fiera, los habitantes de Palula que estaban en las calles escucharon la cadencia de las gotas espaciadas y por un par de minutos pareció que se adormilaban. Por momentos, a varios de los ciudadanos se les figuró que el golpeteo del agua sobre los techos era algo semejante a una música, la cual no les permitía escuchar las palabras que se decían a sí mismos para tranquilizarse y convencerse de que la tradición de investir a su divinidad se cumpliría.

Contrariados por el mal augurio, los sacerdotes pusieron bajo resguardo las telas recubiertas de orfebrería. Dos horas después, las tiendas sacramentales estaban reblandecidas y el peso del agua las había vencido. Con preocupación y enfado ordenaron que la población regresara a sus hogares y que esperara sus indicaciones.

En el cielo oscuro, todas las nubes se unieron en una sola. Los habitantes de Palula cerraron puertas y ventanas, dispuestos a esperar mejores tiempos para investir a La Gran Fiera.

Dentro de sus casas, los habitantes de Palula permanecieron absortos, concentrados en el olor a raíces que desprendía la tierra mojada desde los cuatro puntos cardinales, se olvidaron del ruido de las gotas sobre sus techos metálicos y comenzaron a moler piedras agridulces y a lamer cristales anaranjados.

Ese día llovió durante horas y continuó lloviendo sobre Palula hasta que el día y la noche dejaron de tener significado para los habitantes. Llovió inmoderadamente en Palula durante trece mil ochocientos cuarenta días. En la primera semana, habilitaron huertos básicos en habitaciones con ventanas y crearon granjas domésticas en lo que antes habían sido cocinas o jardines. Dormían cuando tenían sueño y comían cuando se despertaban. Durante el primer año de lluvia continua, la gente se recogió en sus casas, pero en general nadie creía que seguiría lloviendo de forma indefinida.

Con la supervivencia asegurada, aunque exigua, en el segundo año unos optaron por cultivar flores de barro durante la estación baldía, y las abuelas y madres se dedicaron a mirar arrobadas durante horas el crecimiento de los huesos de sus descendientes, que correteaban desnudos en las habitaciones atestadas de basura; otros, procurando vencer su indolencia, dedicaron la mayor parte del tiempo a reparar los techos y paredes reblandecidas, y de cuando en cuando aprovechaban para husmear los sueños de los vecinos. Incineraban a sus muertos en estufas de plomo y perdieron la cuenta de la cantidad de generaciones que habían transcurrido bajo el asedio del agua. Idearon túneles hasta casas cercanas para conocer nuevas personas y festejaban el nacimiento de sus descendientes con palabras de agradecimiento, las cuales eran sofocadas enseguida por el aguacero.

Cuando la lluvia finalme......

 

 

 

Proyecciones en el Muro 

Al terminar la cena, el día también había concluido, no obstante, el señor Ramírez se sentía lúcido. La somnolencia que le producían la taza de té y su ración de carne asada aún no lograba enturbiarle del todo el entendimiento; sin embargo, la necedad de su vigilia no lo inquietó en lo absoluto. Besó a su mujer por enésima vez, tal como lo había hecho desde hacía tres décadas y a pasos cortos se alejó del comedor por el pasillo.

En el noveno año de la última década, antes de abandonarse del todo al sueño, el señor Ramírez había adquirido la costumbre de contemplar el muro junto al que se encontraba su cama. Se entretenía descubriendo figuras en las grietas naturales de la pared, antes de ser vencido por la placidez del entresueño.

Era un juego elemental, como identificar rostros o contornos de animales en las nubes. Sólo que allá, en el fondo celeste, todo era de una fugacidad exasperante. En cambio, en el muro, las imágenes permanecían nítidas y animadas durante más tiempo; además, el señor Ramírez no necesitaba hacer ningún esfuerzo mental para construirlas, bastaba mirar en él y aguardar algunos minutos.

Luego de lavarse los dientes, adelantó a su mujer en el camino hacia la cama y se recostó a mirar las grietas, sin saber porqué disfrutaba la porosidad de la mezcla entre las grecas del tabique. Sin prisa, apareció una virgen perseguida por un fauno; en el extremo inferior de la derecha, una mendiga sin dentadura, sonreía. La imagen lo turbó, pero continuó inmóvil, porque si hacía un movimiento el fauno desaparecía tras un pastizal.

Pese a la tenacidad del señor Ramírez por mantener aislada la visión, la imagen se difuminó cuando la virgen parecía casi rendida y la mendiga se transformó en un sinnúmero de rostros infantiles que reían. Después, todo se tornó nebuloso.

Justo cuando entraba su mujer a la recámara, el señor Ramírez descubrió sobre el fondo blanco de la pared, la silueta de un hombre sobre su lecho. Era un hombre viejo, tendido boca arriba y su cara parecía crispada.

El señor Ramírez pensó en la d...

 


La Bestia entre los Días  

El monstruo del Lago Ness existe. Lo sé, porque de alguna forma mi circunstancia y yo mismo somos su prueba y su testigo. Las fotografías que se conocen de él llegaron a mis manos mucho después de mi descubrimiento y ahora sólo me producen risa.

Me gustaría explicar su existencia con un texto apropiadamente científico, quisiera convocar números y teorías sólidas, pero mis capacidades no dan para mucho en ese sentido. En cambio, considero que tengo más posibilidades de demostrar la verdad de lo que digo, si llevo la cuestión al terreno de la descripción. Ahí por lo menos me siento menos limitado. En todo caso, lo que voy a probar no es una cuestión de fe; en su momento, todos tendrán la posibilidad de contemplarlo.

El monstruo (así, sin el absurdo y comercial nombre de Nessie) es sólo una bestia ajena por completo a la vida cotidiana, pero que sin embargo mantiene su pata prehistórica detrás de la puerta en que nos movemos todos los días. Desde luego no es un animal que pueda ser fotografiado, en realidad es un vestigio más de los rasgos que le son comunes a la especie humana, charcas volcánicas, burbujas en el lodo de un pantano, destellos de fiera en la cara, pasos resonando en la caverna que, de cuando en cuando, y bajo determinadas condiciones, una por una o todas juntas, se asoman a la superficie.

Mentiría si dijera que mi encuentro con él fue agradable, ni siquiera lo haría sólo para fascinar a la audiencia y atraer a los niños.

La primera vez, lo vi en la orilla norte del lago. Comenzaba a oscurecer y las nubes casi tocaban la tierra, pero decidí cruzar a pie por el castillo. Es posible que me haya tropezado con un par de personas conocidas, pero no les hice caso porque mi mente estaba embebida en las columnas de niebla que aquí y allá surgían entre los abetos y los serbales. Esperaba llegar a Drumnadrochit antes de que oscureciera. Sin saber por qué, me volví para mirar el fuerte y una torre del castillo, sus bordes dentados me parecieron como la pieza de un rompecabezas que no encajaba entre las formas espigadas de los árboles y el arco dilatado del cielo. Me detuve por completo para intentar recuperar la armonía del paisaje que se me escapaba y de pronto entre la niebla algo como un destello me cortó la respiración, se abrió paso hasta mis ojos y golpeó la base de mis sentidos.

El monstruo chapoteaba, su lomo se fundió en la parte alta de una montaña lejana. Era como ver a la naturaleza realizar un movimiento acelerado. De pronto, estiró el cuello hasta coronar su cabeza con la Luna. Durante un par de segundos, pensé que si lo deseaba podría tragársela y dejarnos de verdad la noche a oscuras, sin embargo, un instante más tarde me consoló saber que hasta para un coloso como él, un astro puede ser demasiado.

Mi primer encuentro con el monstruo determinó mi vida. No recuerdo si esa noche llegué a la villa, pero desde entonces comencé a descubrirlo en todas partes: en las formas de las nubes, en las manchas de agua que se forman en los pisos, en las paredes encaladas, en las frutas magulladas, entre el ramaje que observo a través de la ventana, en la suciedad del cristal de esta sala, en las ojeras de Rose que me trae novedades de la radiodifusora y piensa que ya no comprendo las pequeñas batallas cotidianas.

Los monstruos no tienen horario. Cuando es real, siempre lo veo en alguna etapa similar al sueño y me abandono entonces a esa especie de fascinación que siento por su compañía y dejo que su hechizo me consuma. Sé que los dos somos de distintas materias, que vagamos juntos, pero en planos simultáneos separados. Nunca lo he tocado, no permite que me acerque demasiado, porque entonces ocurriría una catástrofe y es posible que entonces los dos nos convirtiéramos en uno.

Su hábitat es como él, negro, extenso y helado. He terminado por aceptar que me gusta admirar la gracia y elasticidad con la que vaga por las galerías de túneles que taladran las montañas, y que disfruto ver cómo salta de pronto y dota de vida esas aguas oscuras cargadas de peces muertos. Cuando se marcha, permanezco bañado en su...

 

 

El Fuego 

“He cruzado por siglos y siglos a través de llanuras y estoy cansado” —murmuró la criatura—. “He luchado con monstruos y he dado muerte a mis hermanos como a fieras. Ha sido inevitable y estoy solo”. Dejó caer su cuerpo amorfo sobre el lecho de la pradera.

Molesto acaso por las ámpulas y las piernas llagadas, permaneció atento, tratando de identificar los humores que los vientos coléricos le revelaban. Rememoró arrobado el relámpago atrapado en la piedra y le pidió que lo protegiera. Después de friccionar la roca entre sus extremidades y obtener una chispa, pudo lamer al fin su cuerpo ulcerado.

Intrigados, bestias y enemigos vinieron a observarlo. Les mostró los dientes y gruñó e hizo movimientos de cortar el aire con las garras. Atemorizados, los curiosos huyeron de su rabia. Pero sólo lo suficiente para acecharlo.

Esa noche pudo dormir sin interrupción, porque por fin había habido entendimiento: él no les daría muerte mientras durmiera, y, ellos, no penetrarían el círculo en tanto la llama permaneciera viva.

 

 

Clima Interior

 

Nuestro pueblo va a desaparecer. Zenitra será borrado, deslavado como una mancha de suciedad de la tierra. La lluvia continúa. Para detenerla tendríamos que dejar de ser un pueblo apático y encontrar de nuevo el equilibrio entre nosotros y el cuerpo de la naturaleza.

Llueve, llueve desde hace mucho tiempo; nadie sabe ya cuántos somos. Quizá tres calles, un puñado de casuchas con un número incierto de habitantes.

Vivimos apartados y somos viejos. La lluvia cae y se cuela por las grietas de los techos. No sabemos si es posible lograr el equilibrio ni si esa búsqueda sea sólo un pretexto para justificar el resto de nuestra existencia.

A veces escucho el alarido de algún habitante y tengo la seguridad de que esa persona es arrastrada por la corriente, pero no hago nada, nadie puede hacer nada. El agua golpea una y otra vez las puertas y los muros, y cada vez quedamos menos.

El ganado se fue hace muchos años o está muerto; se ahogaron los granos, se pudrieron las frutas, las aves de corral y nuestros lamentos. Ya nadie se queja. Yo estoy como muerto, mirando a diario la lluvia, la corriente de agua y lodo que baja serpenteando desde la montaña, la veo azotar las casas y perderse en un horizonte de agua.

El pueblo está podrido, la tierra ya no huele a raíces dulces ni a mujer recién bañada; huele a despojos de hombre. En todo caso, a la miseria de nuestros miasmas. 

II 

¿A quién se le habrá ocurrido lo del clima?

Tal vez éramos un pueblo demasiado próspero para pasar por alto tales tonterías. En el verano de un año ya indeterminado, alguien soltó la especie aquella de que el estado anímico de un buen número de habitantes podría modificar el clima.

No faltó quien lo tomara a broma, diciendo que con los enojos del cura podrían aparecer nubes de demonios y llover fuego, o que con el gusto por las francachelas de nuestros alcaldes tendríamos temperaturas elevadas durante años. Desconocemos quién hizo la correspondencia alegría-sol, tristeza-niebla, etcétera. El caso es que por boca de muchos se propagó esa tabla mística, lo mismo que la anterior especie. Lo cierto es que esa relación, al parecer vaga, resultó verdadera.

Nadie lo creyó, por supuesto, y ahí empezó la desgracia de Zenitra. ¿Por qué si nadie lo creía hubo necesidad de ensayar a influir en el clima? El mecanismo para alterarlo, al final fue simple; la naturaleza resultó ser una madre atenta a los caprichos de sus hijos. Entre juego y juego pudimos conocer climas exóticos y mixtos, sin movernos siquiera un centímetro de Zenitra. Lo más difícil era sintonizar las emociones.

III 

Ya dije que éramos un pueblo próspero; toda semilla que sembrábamos la tierra nos la devolvía magnificada. Comíamos hasta hartarnos con un mínimo de esfuerzo, por lo que teníamos tiempo de sobra para realizar una infinidad de cosas absurdas.

Siempre nos creímos una raza de hombres inteligentes, los contactos que teníamos con otros pueblos eran mínimos, sin embargo, nos sentíamos satisfechos con nuestra cultura y nuestra forma de vida. Investigadores locales dijeron que para la ciencia ninguna hipótesis es objetable a priori. Elaboraron una teoría. Para darle cuerpo tomaron elementos de creencias primitivas y los mezclaron más tarde con otros credos religiosos, agregaron algunos principios fisicoquímicos y combinaron todo lo anterior con relatos oscurantistas y disciplinas esotéricas. De esos estudios farragosos, resultó un método que se hizo muy popular en el pueblo, principalmente en las escuelas.

El método era muy elemental. Nos reuníamos treinta y nueve almas en un área determinada, el patio escolar, por ejemplo, y todos intentábamos generar en nuestro interior un sentimiento único, pongamos por caso la tristeza. Cada uno de los participantes se procuraba el sentimiento elegido con sus propios medios, hasta lograr convertirlo en auténtico, eso era indispensable, aun hoy lo es. Luego de fracaso tras fracaso, lo increíble sucedió: la luz del sol desapareció en estas latitudes, y por primera vez en nuestras vidas vimos descender sobre nuestras cabezas una niebla que envolvió durante días a nuestro pueblo.

Los viejos sabios no lograron explicar cómo es que unos cuantos hombres obtuvieron el dominio del clima y subvirtieron la naturaleza (por lo menos en nuestro territorio; ya que no hay noticias comprobables de tragedias similares en algún otro lugar habitado). Algunos amigos de simplificar las cosas concluyeron que todo se debía a la increíble capacidad del hombre para creer en las estupideces que él mismo crea, y redujeron el misterio a una cuestión de fe; otros, deseosos de aprovechar en su beneficio el método, lo confundieron todo, lo asociaron con fuerzas extravagantes provenientes de mundos diversos que obedecían decretos obscuros que ni a ellos mismos se les revelaban.

Dos o tres, más juiciosos tal vez, elaboraron una breve explicación, según la cual todo era comprensible si se pensaba que cualquier estado de ánimo al ser alterado de forma desordenada, no natural, provoca una mudanza en el funcionamiento del organismo; mencionaron las palabras “temperamento” y “temperatura” (tan similares y tan significativas desde entonces) innumerables veces, murmuraron “atmósfera” con una reverencia destinada a otros cultos, e hicieron una analogía entre los bosques tropicales, que atraen sobre sí tormentas devastadoras, y los hombres con sus fiebres de deseos y pasiones insatisfechos, que propician tempestades.

Como quiera que haya sido (y en resumidas cuentas, ¿por qué no habría de ser así?) el método funcionó. Se puso en marcha sin ningún reparo ni control posibles. Todo eso nos causó grandes pérdidas en nuestras propiedades y terribles inconvenientes en nuestra vida cotidiana. Sin embargo, fue como tener un nuevo juguete y, obsesionados por los resultados favorables, ni siquiera pensamos que nuestras facultades emotivas nos condujeran a la desgracia.

Se llegó a perfeccionar tanto el procedimiento y se cometieron tantos excesos, que en una sola mañana nevosoleó,nieblallovió, nevó, se presentaron vientos turbios, pequeños huracanes, ardió la lluvia y, por último, hubo un sol que calcinó los huertos, insoló a los animales y deshidrató sin piedad a la población entera de Zenitra.

Al paso de los meses, casi todos los ejecutantes del método para influir el clima enloquecieron, murieron despeñados proclamándose dioses o se dedicaron a vagar por los alrededores del pueblo, llevando consigo la desgracia y pidiendo a gritos que los mataran. En algún momento, la naturaleza cedió el control del clima y los hombres y mujeres de Zenitra dejaron al azar el control de su raciocinio. Disminuidos, se abandonó a la casualidad y al capricho personal el clima. Entonces, así sin más, un día vino la lluvia. Por eso sé que nuestro pueblo desaparecerá, sin embargo, nadie quiso abandonar a sus muertos.

Algunos investigadores sobrevivientes coincidieron en señalar que el mecanismo para gobernar el clima fracasó por la incapacidad de los hombres para respetar sus propias normas, y que no faltó quien convirtiera su alegría en exaltación, su tristeza en melancolía y su melancolía en depresión profunda, con tal de sobresalir en el concierto de emociones y añadir su toque personal a lo que sería nuestra desdicha.

Yo, uno de los responsables directos de la catástrofe de Zenitra, creo que nuestra razón no está capacitada para soportar el ardor de un sentimiento en bruto y mucho menos una pasión, sería algo así como si pretendiéramos vaciar metal en ebullición en un recipiente inadecuado. 

IV 

Nosotros, los que quedamos, nunca podremos devolverle el clima natural a Zenitra. No aprendimos jamás a practicar el equilibro entre nuestros odios y nuestros afectos, nunca perseguimos la armonía; ahora lo sé, sin embargo, ya es demasiado tarde, pues no queda casi ninguna persona con la que pueda sintonizarme.

Nuestro pueblo va a desaparecer. Llueve en Zenitra, sigue lloviendo, lloverá toda la vida, veré la lluvia hasta el momento de mi muerte.

Pese a todo, me siento lleno interiormente, con la sensación de haber aceptado en paz y para siempre las cosas de este mundo. De vez en vez experimento un vacío de odios y frustraciones y relampaguea pacíficamente sobre mi techo.

Por las noches, cuando me tiendo en mi lecho, tengo la seguridad de estar dentro de una campana de cristal lagrimeante y empañada y entonces me vienen unas ganas inmensas de llorar y diluir mi cuerpo en esta agua que no cesa de caer, para que cuando el orden natural sea restablecido, también yo pueda caer en gotas, humedecer mis calles y abonar con la sal de mis huesos el valle ahogado, desolado, de Zenitra.

 

 

Cazadores 

La media docena de cazadores estaba hambrienta. Habían perdido el rastro de un caballo con garras al bordear una ladera, y no les hubiera parecido extraordinario que desde cualquier recoveco les arrojara bocanadas de fuego.

De pronto, en la cima de una colina vieron al ciervo azul, pero estaba prohibido matarlo. Era un animal hermoso y enorme, medía más de dos metros de altura y tenía la envergadura de una canoa para siete hombres. El ciervo azul los miró con altanería, mientras ellos admiraban arrobados su testuz dorada.

Con susurros, tres de los cazadores opinaron que había que escapar cuanto antes, pero dos más hambrientos los sometieron y les aseguraron que era preciso sobrevivir y dominar su miedo. El otro cazador miró a los dos grupos, y acaso más inteligente, escapó a toda prisa.

Los dos cazadores más decididos, sorprendieron a los temerosos y los aniquilaron con sus lanzas. Entonces, obediente a la naturaleza que los hombres le habían conferido, el animal actuó en consecuencia: los embistió y los destrozó en un par de segundos.

El ciervo azul se fue trotando por las praderas más hermoso que nunca, con las pezuñas estriadas de sangre y ondeando al sol su penacho de fuego.

El universo estaba recién formado, comenzaba a ser coherente; sólo hacían falta más hombres capaces de intentar cazar ciervos azules. Los cazadores nunca lo supieron, pero para su desgracia y la de su pueblo, la carne de esos animales tiene un sabor amargo.

 

Disparos en el Cielo 

En el mitin gritaban consignas contra el gobierno de Manrique Estévez Verón. Eran unas quinientas personas, esperaban que sus líderes terminaran de subir al templete improvisado sobre el toldo de una camioneta. Harían público el despojo de unos cafetales y la negativa de las autoridades locales a atenderlos. A eso habían venido a la ciudad. Sin embargo, no eran ingenuos, su lucha era más para sacudirse a los terratenientes que no los dejaban vender sus productos con libertad.

Mientras los líderes se tomaban su tiempo para comenzar su intervención, la gente le daba vuelo a su creatividad, hacían juegos de palabras y cantaban a coro las muertes que costaba su lucha y anunciaban el derrumbe de la autoridad; escribían en cartulinas mensajes irónicos o sarcásticos, todos con un fondo cómico que ridiculizaba a los gobernantes en general.

El clima emocional del mitin era el usual. Con mi cámara fotográfica yo captaba escenas de individuos enfurecidos y caras desgarradas por el enojo, ante las injusticias que decían padecer. Esta vez un grupo de personas venidas de Laguna Grande protestaba por el despojo de unas tierras, en otras ocasiones eran contingentes que denunciaban abusos de caciques locales o gente que imploraba una escuela o un hospital. Me quedaba claro que mientras existieran gobiernos, siempre habría motivos para protestar. Ese día yo no estaba ahí por cuenta de mi editor. Había escuchado de pasada en la redacción el comentario sobre el mitin y ahora ahí estaba yo entre los manifestantes, con un sombrero de explorador para defenderme del sol. Capturar en fotografías la temperatura de los movimientos sociales era mi profesión.

Entre la multitud, se movían varias personas jóvenes con papeles en las manos. Se acercaban a determinada gente y murmuraban frases que se perdían entre el griterío. Detrás de mí había media docena de mujeres que vociferaban sin descanso y repartían agua cuando se cansaban de maldecir.

Me movía entre los manifestantes como entre arenas movedizas. Al ver mi cámara, los participantes en la protesta se hacían a un lado y me dejaban hacer mi trabajo.

De pronto, entre la multitud alguien me tocó el hombro. Me volví y vi a un muchacho vestido con mezclilla y una sudadera. Me pidió que me identificara. Lo barrí con la mirada y quise darme media vuelta, pero otros dos jóvenes me impidieron con sus cuerpos alejarme del lugar.

De mala gana, les mostré mi credencial y los otros dos se alejaron. El muchacho miró mi cámara, movió la cabeza en sentido afirmativo y murmuró: “¿De veras quieres ver algo interesante?”. Pensé que el tipo aquel quería molestar, pero de cualquier forma le contesté que sí. El muchacho parecía un estudiante con aires de superioridad o sólo con ganas de hacerse el misterioso, sonrió y contestó: “Te he visto otras veces. Ya tendrás noticias mías”. Se alejó enseguida y lo vi reunirse a mi izquierda con dos sujetos de edad madura. Si lo que quería era intimidarme, no lo consiguió, continué haciendo mi trabajo y olvidé su rostro y su propuesta rápidamente.

Dos semanas después, recibí una llamada telefónica. Eran las cinco de la mañana de un viernes. Pregunté molesto quién llamaba y del otro lado de la línea una voz ronca contestó: “¿Quieres ver algo interesante?”. Inmediatamente me desperté, recordé al sujeto del mitin. Me quedé frío. Iba a responderle, pero me interrumpió. “Mañana va a ser el espectáculo. Si quieres tomar fotos de un grupo armado, tienes que estar a las ocho de la noche en donde te voy a decir”, agregó. Sin esperar mi afirmación, se soltó dándome datos del lugar preciso.

Cuando colgué creí que había soñado, tenía un papel en la mano, con datos que garabateé mientras el sujeto hablaba. Ya no pude dormir. La cita era esa misma noche, el espectáculo vendría después.

En la tarde, aún creía que esa llamada se trataba de una broma. Sin embargo, me intrigaba el hecho de que el sujeto conociera mi número telefónico y que hubiera repetido la misma frase de quien me había interceptado en el mitin.

Si era una broma, perdería sólo dos horas en ir y venir, pero si era verdad obtendría fotografías únicas. Decidí arriesgarme.

Llegué a la central de camiones y me acerqué a un puesto de periódicos, me detuve tres minutos exactos y enseguida busqué la cabina telefónica que me habían indicado. Era la tercera en la pared de la derecha. Simulé hablar y un minuto después apareció un individuo en la cabina vecina. Rápidamente deslizó un pequeño papel por encima de mi hombro y se perdió entre la gente que atestaba la sala.

En el papel estaba escrito el nombre de una población. Compré un boleto y en la madrugada el camión llegó a su destino. Descendí y minutos después vi venir a un individuo que parecía estar ebrio. Traía una gabardina, un sombrero hasta las cejas y se tambaleaba a cada paso. Al pasar junto a mí, murmuró coherentemente que lo siguiera. Lo obedecí. Caminamos varias calles en silencio, en el frío de la madrugada. Al llegar a una esquina, el hombre señaló un auto. Entonó una canción y se alejó tambaleándose aún más. Me quedé ahí.

De la mitad de la calle se desprendieron las sombras de dos hombres. Me sobresalté, pero vi que no tendría escapatoria. Se acercaron y me preguntaron mi nombre. Les respondí. Entonces, señalaron un auto y me pidieron que me subiera. Dentro del auto, uno de los hombres me vendó los ojos, “Es por su seguridad”, dijo. El auto arrancó y los hombres no volvieron a abrir la boca.

El automóvil se deslizaba sin problemas. Pasó más de una hora. De repente, aminoraron la marcha y enseguida sentí que íbamos sobre terreno accidentado. Minutos más tarde, el vehículo se detuvo. Me quitaron la venda de los ojos. A mi alrededor había vegetación tupida. Miré el reloj disimuladamente. El calor iba en aumento y sentía hambre. Uno de los hombres se perdió entre la maleza y regresó con otros dos. No sabía con exactitud dónde me encontraba.

Los hombres conversaron brevemente y me indicaron un sendero. Los seguí hasta otro auto. Los primeros hombres se alejaron. Dentro del automóvil, de nuevo me vendaron los ojos, pero está vez me pidieron que me agachara. Obedecí en silencio. Perdí la noción del tiempo. Volvimos a la carretera y apreté la cabeza contra mis rodillas.

Mucho tiempo después, el auto comenzó a bambolearse. Entrábamos en terrenos pedregosos. A cada instante sentía aumentar el calor. De pronto, el auto se detuvo. Escuché que se abrían las portezuelas y que uno de los hombres gritaba una especie de clave. El otro se acercó a mí y me quitó la venda de los ojos.

Esperaba encontrar hombres armados y encapuchados. En cambio, vi unas chozas frente a mí. Había unos hombres cortando madera y mujeres campesinas dedicadas a destazar un animal. Parecía una población común y corriente.

A esas alturas ya nada me sorprendía. Cuando vi salir de una de las chozas al muchacho aquel del mitin, me pareció natural. Me saludó y comenzó por disculparse por las molestias del viaje.

Enseguida, me señaló una caseta y me dijo que ahí me reuniría con otras personas. Me encaminé hacia el lugar y dentro encontré a algunos conocidos. Había fotógrafos y reporteros de medios nacionales. A eso de las tres nos dieron de comer. Estábamos en medio de una selva, el paisaje me recordaba algo, intuía que habíamos cruzado por Monte Arena y yo tenía la seguridad de que ese lugar era una población de Molina o Valdemar.

Antes de anochecer, vimos que comenzó una movilización importante. Hombres y mujeres improvisaban una especie de escenografía, desplegaban mantas con proclamas e instalaban un equipo de sonido sobre un tablado sólido.

Cuando oscureció, salimos libremente y corrió el rumor de que las Fuerzas Armadas Revolucionarias estaban por aparecer. Desde mi llegada, había tomado fotografías del paisaje, sin embargo, se me advirtió que no podía tomar ningún rostro y respeté la orden. Mi cámara estaba lista.

Eran las diez de la noche, pasadas, los fotógrafos y reporteros conversábamos alrededor de unas fogatas. De improviso, se escuchó un rumor en la maleza y un golpeteo de decenas de pasos que provenían de la oscuridad. Sentí que lo mismo podría ser que se estuviera desgajando un cerro o que pudiera aparecer un animal enorme. Antes de que pudiéramos saber de qué se trataba, se escucharon cientos de detonaciones. Durante dos minutos, que me parecieron dos siglos, se oyeron ráfagas ininterrumpidas de armas largas, y todos los reporteros saltamos y tratamos de protegernos en los huecos naturales de la tierra, detrás de árboles oscuros, y otros fotógrafos, incapacitados para moverse, permanecieron pecho a tierra.

Mientras corríamos, aparecieron dece,,,

 


 

La Enseñanza de Sócrates  

Cuando Sócrates supo que sería condenado a muerte por el tribunal quiso ir al oráculo, pero los jueces se lo impidieron. Entonces mandó pedir un espejo y los jueces también rechazaron su petición. Enseguida, Sócrates pidió un cabo de vela encendido. Los jueces fueron benévolos, se alzaron de hombros, y se lo concedieron.

Sócrates llamó de inmediato a sus discípulos y les mostró su sombra que se alargaba sobre una de las paredes de su celda, haciéndolo parecer inmenso. “sin embargo, yo sigo aquí, y estoy condenado a muerte”, les dijo.

Y con la punta humedecida de los dedos apagó la vela.

 

 

El Patio de la Verdad  

Los morencos que habitan las regiones soleadas de Arkan, son un pueblo pacífico y próspero. Consideran que la piedra angular que sostiene su sociedad descansa en la justicia. Aquellos miembros de la comunidad que son acusados de violar las leyes que los rigen son conducidos ante uno de los seis mobs, que despachan sus asuntos desde cabañas de cristal.

Los morencos no tienen jueces, los mobs sólo son depositarios del ritual. Es probable que piensen que de la naturaleza humana desciende la verdad o, en último caso, que sin lugar a dudas el delincuente mismo revela, tarde o temprano, su inocencia o culpabilidad.

Cuando un individuo comete un delito, el mob interroga al detenido sin reparar en las respuestas, y a continuación lo invita a beber una infusión que, entre otras cosas, provoca adormecimiento.

Minutos después o días más tarde, el sospechoso es llevado al Patio de la Verdad. Un par de custodios investidos para la ocasión lo colocan frente a dos corredores colmados de flores y al fin lo liberan de sus ataduras.

El individuo ha visto anteriormente el ceremonial y está al corriente de lo que sigue: debe elegir uno de los dos caminos. Los dos son idénticos, dos corredores simétricos tapizados de flores, dos túneles flanqueados por gladiolos y crisantemos, dos espesuras en las que destacan los tulipanes de múltiples colores.  

Cualquier observador que contemple la trama, puede pensar que el individuo está obligado a elegir su fin o su salvación, sin embargo, los dos caminos son idénticos y sea cual sea la elección el resultado no depende del camino.

Los morencos creen que el individuo lleva en sí mismo la salvación o el castigo. Es insustancial si el acusado echa andar a derecha o izquierda.

Generalmente, el individuo inocente termina el recorrido y, una vez libre de sospechas, en un par de horas se reintegra de nuevo a sus actividades.

En cambio, el sujeto culpable en lo primero que piensa es en poner tierra de por medio. Se excita y, la posibilidad de salir indemne de su aventura, hace que dé rienda suelta a su euforia.

El brebaje que le suministró el mob hace su efecto entonces, y el individuo comienza a desprender un humor denso y gotas de sudor le abrillantan el cuerpo. Cuando el sujeto echa andar a izquierda o derecha, los insectos hacen el resto.

 


Bestias Mansas  

Antes de que la Tierra colapsara y sus residuos se mezclaran con el polvo estelar, un puñado de seres humanos la abandonó en sus naves de iridio y se estableció en otro planeta, al que le puso el nombre de la primera mujer.

Como si llevaran consigo una plaga o cargaran sobre sí una maldición, tiempo después, el planeta al que llegaron los humanos comenzó a morir. En su momento, los hombres subieron a sus naves y partieron de nuevo en busca de otro hogar.

Como en los viejos tiempos, la vida era azarosa, las bestias ya no tenían colmillos ni garras, sino que eran ráfagas de manadas de meteoros, partículas desalmadas, descargas eléctricas demoniacas que recordaban los rayos poderosos de los que hablaron los antiguos, y espacios en combustión infer...


 

 

Ciudad Silencio

En las calles de Ciudad Palmira, el peligro y el horror no es la multitud, sino el silencio. Quizá no sea ocioso precisar que son dos ciudades pequeñas, como dos feudos, dos barrios, dos colonias. La primera se llama Palmira Mayor y la segunda Palmira Verde.

En las plazas de Palmira Mayor los residentes y turistas se detienen frente a los escaparates de los comercios, y ellos mismos parecen parte de los anuncios que atestan las aceras. En cambio, en la otra ciudad, el ulular del viento, el chasquido de las olas, y de cuando en cuando, pájaros sin brújula son los únicos que parecen vivos.

Las dos ciudades están junto al mar, una al lado de la otra, en el mismo nivel, sin embargo, una noche de 1934 el agua les arrebató a los pobladores varias calles de la segunda ciudad.

Un sector de Palmira Verde quedó sumergido bajo las aguas oceánicas durante 13 días y, cuando el agua se retiró, los vecinos que acudieron al rescate no encontraron ningún cuerpo. Para los descendientes de aquellas personas, es obvio que el mar se convirtió en el cementerio de sus antepasados, aunque nadie tiene pruebas.

Como con precisión geométrica, el agua únicamente devoró una franja de la ciudad con forma de triángulo, arremetió de noche y ahogó mercados, salones escolares y edificios, sin embargo, no destruyó los cimientos ni corrompió los pavimentos. Hasta la fecha, no se conoce una explicación científica para el fenómeno que respetó a la otra parte de la ciudad. Eran épocas oscurantistas y abundan los rumores de maldiciones diabólicas, castigos divinos y manifestaciones del fin del mundo.

Los sobrevivientes se negaron a habitar de nuevo las calles saladas y marcadas para siempre con signos marinos. Con los años, las autoridades decidieron conservar vacío ese sector, a título de recuerdo o monumento.

Durante el día, los curiosos pueden caminar y escuchar cómo resuenan sus pasos en las calles desoladas, o concentrarse en el silbido del viento que se pasea entre los huecos de las ventanas.

Sin embargo, el gobierno de la ciudad prohíbe caminar de noche en esas calles. Muchos de los pobladores dicen que esa prohibición dio pie para que sus antepasados inventaran una leyenda que atrajera turistas despistados, y otros juran que quien camina de noche en esa desolación se coloca frente a un peligro mayor.

El imaginario colectivo ha propalado que de noche es cuando los antiguos habitantes regresan a las calles que les pertenecieron. Quienes los han visto, aseguran que los pobladores que vuelven se comportan de forma natural, entran a sus residencias o van a sus oficinas, sólo que sus movimientos no se escuchan y son como aleteos de pájaros o como olas que arrullan. Dicen que se les ve en plena forma, radiantes cuando suben tramo a tram....

 

 

El Ayuno de los Guerreros 

Los pobladores de Monte Arena pertenecen a una casta guerrera que nutre sus virtudes militares con ejemplos prácticos. En la formación de sus soldados incluyen la celebración de un concurso anual único, que culmina con cantos abundantes y un festejo que dura siete días.

El momento más solemne y emotivo de la festividad ocurre cuando veintiséis hombres se ofrecen de forma voluntaria para formarse como guerreros de avanzada. A partir de ese instante, un sacerdote los somete, durante diecisiete días, al más riguroso ayuno. Es decir, un día de sacrificio absoluto por cada uno de sus dioses.

Los aspirantes a guerreros no tienen más fuerza ni son más inteligentes que el resto de los pobladores, y es posible que sea su afán de sobresalir, más que su ánimo belicoso, lo que los impulsa a ofrecerse voluntariamente a padecer la tortura del ayuno.

Los veintiséis aspirantes a guerreros conocen las reglas del ceremonial y están convencidos de que podrán superar la prueba. Encerrados en celdas decoradas con motivos culinarios, los cautivos se debaten entre el deseo de conseguir alimentos y su convicción de convertirse en guerreros.

Quienes logren sobrevivir a ese primer filtro, tendrán más adelante la posibilidad de mostrar su fortaleza y sus habilidades singulares en actividades que requerirán su vigor y entereza. Sin embargo, todo parece planeado para su fracaso. El objetivo del ejercicio consiste en que los aspirantes a guerreros, con todas las posibilidades en contra, adquieran control absoluto y templanza.

En el séptimo día de su cautiverio, se retira una pared de la celda y los aspirantes a guerreros pueden observar en el frente de su prisión el paso de la vida cotidiana en la aldea. Contemplan el ir y venir de las mujeres, y como un martirio implacable, escuchan durante dos días el trajín en las cocinas y el golpeteo en las cacerolas, que por asociación de ideas prefiguran en sus mentes y cuerpos debilitados la comida.

Si aún no han desertado o sucumbido a la locura, el treceavo día, uno a uno, los futuros guerreros son llamados por el sacerdote hasta una plaza y se les presentan manjares suculentos de olores magníficos, para saciar primero el castigado apetito de sus ojos y, enseguida, su olfato. Los que sobreviven a esta tortura, son devueltos sin mayores ceremonias a sus celdas y se les incita a declinar y a aceptar su fracaso.

El decimoséptimo día, los aspirantes son liberados y purificados con humos coloridos que los hacen arrojar flemas y les provocan un castañeo de dientes que les dura un par de horas.

El término del ayuno es un acto trascendente, la población entera se reúne y acosa a los aspirantes a guerreros con alimentos, los cuales van desde los comunes hasta los exóticos e irresistibles. Como en toda ceremonia o rito hay un instante climático, que aquí ocurre cuando los veintiséis jóvenes comienzan a comer, y no se detienen hasta que sus estómagos parecen satisfechos.

Sin embargo, la avidez de los intestinos, o el mecanismo mental de su satisfacción destruido por el ayuno, impulsa a los aspirantes a guerreros a continuar devorando cuanto está a su alcance, hasta que les sobreviene la muerte.

El espectáculo que sigue es deplorable y la población contempla impasible cómo uno a uno los veintiséis concursantes, o los que soportaron el ayuno los diecisiete días, mueren entre estertores que revelan su intemperancia y su hartazgo.

Los demás participantes del pueblo, de entre los que saldrán los verdaderos guerreros, aprenden del espectáculo y del sacrifi...

 

  

La Salida del Paraíso 

Es posible que Dios no haya expulsado al hombre del Paraíso en un acceso de cólera. Tal vez Dios sólo le abrió la puerta para que el hombre conociera cuanto lo rodea, y aprecie y ejercite las potencias que habitan en su interior.

Sin embargo, el hombre recuerda con dolor y enojo el paraíso perdido, incluso, para no olvidarlo jamás, en cuanto pudo, escribió su desgracia en piedras, en papiros, y guardó para siempre esa experiencia en su memoria como un suceso que lo ofendió y lo humilló.

En su momento, cada uno de los hombres recuerda con dolor y enojo su salida del Paraíso y maldice a Dios

Algunas religiones primitivas predican que al Dios verdadero no le importa que el hombre lo maldiga, porque disfruta que su creación vaya por la Tierra tropezando aquí, durmiendo allá, y que elija libremente su forma de diluirse y volver a él.

 

 

Ojos Humanos 

En el año 1219, en la región de Provenza, vivió un alquimista que se enamoró de una aristócrata, sin embargo, la mujer, más por hacerlo rabiar que por temor a mancillar su linaje, se resistía a abandonar el castillo de sus padres y a vivir en una fortaleza rústica construida junto al Ródano.

Para encandilar a la mujer, el alquimista sembró una flor que revoloteaba como mariposa; por las noches, la flor escondía sus alas y titilaba como estrella. Casi enseguida, la mujer convino en vivir con él y sacrificó su nobleza y le exigió al mago que dejara para siempre sus libros y peroles y que, como todo buen ciudadano, arara la tierra y fuera a la guerra cuando el rey lo ordenara.

El hombre cedió en todo y, en un delirio de amor, le confesó a la mujer que en sus ojos residía toda la magia que poseía.

Entonces, esa noche o alguna otra, la mujer le arrancó los ojos al alquimista. El hombre le preguntó a la mujer por qué había destruido la fuente de todos sus bienes, y luego de llorar un río le respondió que sólo quería asegurarse de que él sólo sería de ella. Podría pensarse que el hombre sufrió, en cambio, días más tarde le surgieron ...

  

Palabras y Portentos

—¿Me amas? —preguntó la mujer—.

El hombre al que interrogaba era un guerrero que en múltiples batallas había cortado cabezas de soldados enemigos. En tiempos de paz, el hombre se transfiguraba, cazaba faunos, yacía extasiado en los lechos de damas que le encontraban virtudes, y les leía el destino en las comisuras de los labios, y si tenía tiempo, practicaba la adivinación en el vuelo de las aves. Sin embargo, una mujer de la Corte del rey de los ingleses había cautivado su corazón, e inexplicablemente cuando estaba con ella se sumía en el silencio, todo su ser se detenía y pasaba la mayor parte del tiempo contemplándola.

Es posible que, acaso sin saberlo, el hombre se hubiera preparado durante mucho tiempo para responder esa pregunta capital que la mujer le había hecho, porque entonces abrió los brazos y con dos o tres movimientos de sus manos en el aire conjuró a las rocas y a la lava de la montaña, y antes de que la mujer pudiera repetir la pregunta, el hombre construyó un castillo en los linderos de un bosque y lo pobló con plantas carnívoras y animales fantásticos.

La mujer era hermosa y varios personajes de la nobleza la codiciaban, de lo cual se puede deducir que era voluble y caprichosa. Miró los ojos brillantes del hombre y sus labios sellados y, desconsolada, se dignó echar una mirada a la mole del castillo. Enseguida, hizo varios mohínes, se acurrucó en el pecho del hombre y, días más tarde, se fugó con un vendedor de mercaderías.

Al guerrero transfigurado en mago le llevó algún tiempo comprender que a esa mujer la conmovía más la cháchara que sus habilidades para realizar prodigios, y más trabajo aún le costó entender que las palabras, si son verdaderas, también o....

 

 

A Solas 

Toda la tarde había llovido y era natural que al anochecer la casa crujiera. Silvana, su mujer, no regresaría hasta la mañana siguiente, y más por costumbre que por nostalgia, Fernando miró a través de la ventana, como si pudiera llegar alguien a la casa.

A solas, recostado en uno de los sillones de la sala, Fernando miró los vidrios empañados de la ventana, el fulgor de las luces de los autos lejanos, que de cuando en cuando centelleaban en los cristales. Oscureció sin que Fernando apenas lo notara, y en cuanto sintió frío creyó que lo mejor sería ir a la cama, tal vez entre las sábanas desaparecería su humor melancólico.

Apagó la luz y enseguida la habitación se sumió en la penumbra, palpó las mantas como si fueran los lomos de gatos volubles y felpudos, y se cubrió hasta el cuello. Los ruidos exteriores disminuyeron poco a poco, y sólo de cuando en cuando le llegaban rumores de las frondas de los árboles cercanos, las escuchaba tan nítidamente que en su ensueño le pareció posible que en realidad fueran largas cabelleras que intentaban enredarlo y llevarlo a sus dominios.

De pronto, casi a punto de dormirse, Fernando escuchó con claridad que algo crujió y no supo si el ruido provenía de la habitación o pertenecía al sueño. Como pudo, se sacudió la somnolencia y escuchó atentamente. Le inquietó un arrullo lejano, un murmullo como de algo o alguien que mascara muy suave. Debía ser un animal grande, pues por momentos sentía que el ruido retumbaba en sus oídos. Unos segundos después sintió que la sábana se humedecía y consiguió identificar con claridad el golpeteo de una gota que caía sobre sus pies ateridos, no obstante, en ese momento no tuvo ánimo para levantar la vista hacia la grieta que se abrió en el techo.

Los crujidos se hicieron regulares, como si la habitación tascara del lado izquierdo y luego hacia la derecha. De forma simultánea, la gota caía sobre el promontorio de sus rodillas y se extendía por el bulto oscuro de su cuerpo. Fernando ya no tuvo duda, los ruidos y los movimientos los hacía la casa.

Un instante después, como para confirmar lo que él pensaba, la cama se estremeció de manera imperceptible en cada oscilación del piso y las paredes. Como pudo, Fernando se tocó las plantas de los pies como para proporcionarse calor, pero retiró con repulsión las manos, porque los sintió cubiertos de una sustancia viscosa, cálida.

De un salto, Fernando se levantó, en su camino derribó la mesa que estaba junto a la cama y arrastró consigo el televisor. El interruptor de la luz no apareció por ningún lado, sin embargo, en la oscuridad palpó los cables que anteriormente estuvieron incrustados en las entrañas de los muros. Aun así, Fernando pudo hacerse del llavero, entre la tubería del fregadero y una alacena que ahora sorprendentemente estaba desempotrada.

La habitación crujió una vez más, sólo que ahora pudo escuchar el regurgitar de líquidos debajo de él. A punto del colapso, Fernando corrió hacia la puerta de la calle e intentó abrirla, sin embargo, con la lluvia la madera se había hinchado y sellaba herméticamente el marco. Si podía descorrer el cerrojo, tal vez sería fácil forzarla, y lo hubiera intentado animosamente, de no ser porque en su precipitación se golpeó con el televisor, y la llave se le escapó de las manos y fue a dar en una de las hendeduras que se habían abierto en el piso.

Fernando consiguió arrojar un ladrillo contra la ventana y romper el cristal, sólo para comprobar que por ahí nunca penetraría una persona de proporciones medianas. Fernando pensó que mientras la habitación sólo mascara, estaría bien, existían posibilidades de evitar morir aplastado por esas fauces hasta que su mujer estuviera de regreso.

Como una iluminación, recordó que desde hacía meses su mujer colocaba en la maceta un repuesto de la llave. Entonces, extendió la mano sobre la cara exterior del muro y localizó la maceta a la altura de su rostro. A tientas, se guio por el borde de la olla de barro. Con dedos temblorosos encontró la frialdad y desnudez del clavo que sostenía la maceta, sólo cubierto nada más que por bichos, que emergieron de la tierra obligados por la lluvia ininterrumpida, y de la llave, nada.

Entonces Fernando quiso to....

 

Criatura del Cielo 

La muchacha le dijo que era modelo y Lalo Romano no le creyó, porque al caminar ella tropezaba en los bordes de la acera, y para disimular la turbación que sentía cuando la miraban en las plazas llenas de gente, se detenía junto a las fuentes y fingía que contemplaba a las palomas.

La mujer se llamaba Becky, en las tardes miraba el poniente desde la ventana del tercer piso del departamento de Lalo Romano, tal como si quisiera marcharse de la habitación en una nube, pero se quedaba y, antes de que la luna apareciera, clavaba la barbilla sobre su pecho.

Lalo Romano la llamaba Criatura del Cielo o Amada Celeste, y en lugar de pintar un cuadro con sus humores felices soportaba a pie firme sus desplantes de princesa. En ratos de placidez, la colocaba contra el muro hasta que del sudor surgía en la pared un boceto de la espalda de ella, que se evaporaba enseguida, como si Becky estuviera en combustión.

De noche, la escuchaba hablar de barcos en un puerto del sur, del olor a chocolate que había en el cuarto de su abuela, de su madre rubia de sol, de un perro diminuto que la seguía cuando volvía de la escuela, y del sabor de un helado, que tal vez había sido su única felicidad en aquellos años. Enseguida, Lalo le escardaba el cabello con sus dedos y la escuchaba sollozar.

A su manera, se querían, los dos, Becky, la modelo, y Lalo Romano, el ilustrador, el único hombre que había encontrado inspiración en su inmovilidad y en el silencio que durante las mañanas la mantenían soldada en el asiento de la silla, y, vibrante, frente a la textura añosa de la mesa del comedor.

Dos o tres meses después, Becky le rogó a Lalo que ya no la dibujara, y le juró que se marcharía si llenaba con su rostro y su figura un cuadernillo más.

Casi contra su voluntad, él se detuvo, dejó de dibujarla, y entonces abría la ventana en las mañanas y con sus lápices trazaba un brillo, un sol, las venas de un árbol, y más tarde se marchaba a trabajar. Una mañana, Becky descubrió entre los ademanes de Lalo el boceto del cuarto de su abuela, un ropero con luna y un plumero multicolor, que casi había olvidado, y se puso a llorar. Durante los siguientes días, Becky miró arrobada en los trazos de Lalo unos barcos que se marchaban hacia el sur, el perro aún la seguía, y la abuela le daba cuerda a una caja musical.

Cada vez más silencioso, en las mañanas, Lalo trazaba en el aire el borde de una nube, la cúpula de una iglesia, un camino polvoso y una mujer sentada junto a un pozo. Cualquiera que lo hubiera visto habría pensado que el ilustrador no dibujaba en el viento, sino que temblaba de fiebre en el borde de la ventana, o que se preparaba para volar.

Una de esas mañanas con buen clima, Lalo trazó muy cerca de la orilla de la ventana el costado de una embarcación azul. Era un buque imponente, con una cubierta lustrada, y una proa magnífica, en la que flameaba una bandera con un águila que reinaba sobre montañas coloradas. Becky se estremeció, se acomodó el cabello, y no supo resistir ....

 

 

El Fugitivo Púrpura 

Cuando la patrulla de casacas verdes capturó al fugitivo púrpura era de noche y lo amarraron a una estaca junto al fuego.

Al siguiente día, mientras le rebanaban la piel, en un arrebato de sinceridad el púrpura juró que depondría las armas y que nunca más les haría la guerra. Dos minutos más tarde, el púrpura tuvo un acceso de debilidad, y para evitar que continuaran martirizándolo, le imploró al militar de mayor rango que en nombre de Dios le concediera continuar con su vida.

—No hay Dios —se escuchó decir entre la turba de soldados que contemplaban el martirio del púrpura—.

Enseguida se levantó un coro de risas, que el jefe acalló con tan sólo un ademán. Se acercó al sujeto, y con la punta de su bota le levantó la barbilla.

—Ya escuchaste, no hay Dios —dijo, y con la suela de su bota empujó la cabeza del púrpura hasta casi romperle el cuello—.

De reojo, el prisionero levantó los ojos al cielo y vio, que, en efecto, el cielo era de un azul líquido y sin nubes. Ladeó la cabeza y miró la estatura del militar, que desde su perspectiva rebasaba la altura de las montañas.

Era verdad, no había Dios, pero había existido cuando contemplaba en silencio el movimiento de los astros, en el instante en que los niños de su aldea se bañaban en el lago, y en el momento en que vio a la que sería su mujer como a una flor atavi...

 

 

Sonia, un Sueño 

Sonia Lendel y yo habíamos sido algo más que amigos, así que en cuanto la vi apresuré el paso y me planté frente a ella. Estaba en Plaza Olivos, junto a Los Portales. Ella estaba sentada a una mesa, había unas flores en el centro y una jarra con algún jugo amarillo. El sol le daba en la espalda y en el instante en que nuestras miradas se encontraron, entre ella y yo se cruzó una especie de destello.

—Qué haces aquí. ¿Cómo es posible? —pregunté, y durante una fracción de segundo nuestras voces se encimaron—.

—Qué haces aquí. ¿Cómo es posible? —dijo Sonia algo azorada, casi encima de mi pregunta, pero era claro que yo había preguntado primero—.

Ella se repuso de la sorpresa enseguida y con un dejo de coquetería llevó la mano a su frente y se arregló el cabello.

—Estamos en un sueño —respondió Sonia con el rostro iluminado, y con un ademán vasto abarcó con la mano todo cuanto mirábamos—.

Enseguida, Sonia sonrió abiertamente, se llevó las manos al pecho y pareció aliviada. Platicamos no sólo esa tarde, sino que además visitamos varios lugares que se esfumaban.

Ella me quería, pero había muerto hacía dos años en un accidente automovilístico en Tarragona. Estoy seguro de que nuestro encuentro fue un regalo. En el primer momento en que nos vimos, durante una fracción de segundo yo hablé primero, y de alguna forma algo más poderoso que cualquiera de nosotros dos le concedió el privilegio de responder a mi pregunta de la forma que ella quisiera.

Sólo cuando estuve bien despierto y salí de la oficina recordé con claridad el sueño. Sentí una oleada de tristeza en el pecho, y con una carga de nostalgia crucé a pie por Plaza Olivos y me acerqué a Los Portales. En el corredor de restaurantes me asaltaron varias dudas, mi respiración se volvió arenosa entre la gente que iba y venía, y no tuve más remedio que mirar hacia atrás sobre mi hombro.

Como en mi sueño, en una de las mesas conversaban una mujer y un hombre, concentrados en ellos mismos, apartados del tiempo y del ruido. Simulaban acomodar el jarrón con flores del centro de la mesa y enseguida entrelazaban los dedos de sus manos.

Desde luego, Sonia Lendel n...

 

 

Ocurrió en el Paraíso 

El dios descansaba su omnipotencia entre las flores lanceoladas de su paraíso personal, pero de pronto, de manera inopinada se giró hacia donde Adán y un acompañante merodeaban. El entrecejo del dios se marcó como un relámpago en el cielo y de sus ojos saltaron lenguas de fuego.

Adán era menos espectacular, sus ojos se empequeñecieron y su cabeza se hundió lo más que pudo entre sus hombros. Una vez que superaron la sorpresa, el dios y Adán se miraron a los ojos, los dos sabían que el siguiente movimiento significaría la extinción de uno de ellos.

Con un guiño o con palabras que se congelaron en su boca, Adán urgió al demonio que lo acompañaba a que desplegara alguna de sus magias, o que encegueciera al dios con uno de los portentos con los que lo había llevado hasta ahí. En cambio, el demonio, se alzó de hombros.

—Yo hasta aquí llego —le dijo con voz taimada—, hice lo que te prometí, incluso más de lo que esperabas. Ahí tienes el jardín —añadió con un,,,,

  

Sobre el Autor 

Juan Norberto Lerma 

Escritor, periodista y difusor cultural. Originario del Distrito Federal, conocido actualmente como Ciudad de México. Colaborador en un programa que transmite Radio BUAP, 96.9 FM.

He colaborado en distintas publicaciones periodísticas y culturales, como Exilio.mx; e-consulta; Conexión Norte Sur; Diario 24 Horas, etcétera.

Gané el primer lugar de cuento en un concurso convocado por la Universidad Nacional Autónoma de México.

El Departamento de Actividades Culturales de la Facultad de Estudios Superiores Zaragoza editó una plaquette con algunos textos de mi autoría y la presentaron en la Feria del Libro del Palacio de Minería.

Estudios en Creación Literaria en la FES Zaragoza, Ciudad de México, y asistí a cursos de literatura en distintas instituciones.

En 2024, Ediciones Ibarrola publicó mi libro de cuentos Las Mariposas Cantan de Noche, y en 2025 un libro de cuentos llamado Muerte en Estado Natural.

De forma independiente he publicado los libros de cuentos La Bestia entre los Días; y Perro Amor.

También publiqué de forma independiente cuatro libros de poesía: Delirium; Hoguera Personal; El Imperio del Polvo; y Cristo Pastor, Madre de Hierro.

La Bestia Entre Los Días

Juan Norberto Lerma ✍️

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