Una pasajera para Pablo, Juan Norberto Lerma
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Una pasajera para Pablo
Juan Norberto Lerma
Pablo vio a
la muchacha acercarse al sitio de bicitaxis, en el cual él se encontraba,
apenas a tiempo para levantarse de su asiento, recoger su franela, y fingir que
limpiaba su vehículo. En toda la mañana únicamente había realizado tres viajes
y pensó que no podía permitirse perder éste.
Se dio
cuenta que la figura de la muchacha era hermosa y se desanimó un poco, creyó
que tal vez Julio, el despachador, la llevaría. Dejó de ver a la mujer al
inclinarse para friccionar la superficie del espejo retrovisor. El taconeo de
la muchacha resonó en su cabeza con mayor fuerza conforme ella avanzaba hacia
los vehículos estacionados en el cruce de las avenidas. Un automóvil pasó junto
al sitio, cubriendo todo con su hálito brumoso cargado de polvo y humo.
Pablo
escuchó junto a él los murmullos de los conductores y de Julio, que pretendían
alabar a su manera la belleza de la muchacha. Lamentó no haberse bañado, no por
la muchacha, cada vez más cercana, sino porque cada que despegaba las manos de
su cuerpo, su camisa adquiría la forma de una especie de fuelle, que le
refrescaba el pecho y la espalda, pero también expulsaba por el cuello
desabotonado el tufo pestilente de sus axilas al colocar los brazos en su
posición natural.
La muchacha
por fin había llegado al sitio, preguntó algo a uno de los conductores. Pablo
no escuchó la pregunta, estaba concentrado en el espejo; evitó mirarse en él
mientras lo escupía. En tanto lo limpiaba con la franela, pensó que era
preferible que Julio la llevara, comenzó a sentirse incómodo al imaginar la
reacción de la muchacha cuando supiera que tendría que viajar con él. Además,
ahora recordaba que las mujeres jóvenes no acostumbraban a abordar su vehículo,
por lo menos nunca ellas solas.
—Le toca
salir a él —oyó decir a Julio—.
Pablo supuso
que Julio señalaba en su dirección. Miró de soslayo hacia el grupo. Julio y los
conductores rodeaban a la muchacha. La joven llevaba una falda corta y estaba
de perfil, pero a él nadie parecía mirarlo.
Pablo la
sintió acercársele. Escuchó sus pasos menudos a su espalda y enseguida percibió
su perfume dulce, que le recordó un jardín de sus épocas de adolescente.
—Oiga, señor
—dijo la muchacha detrás de él—.
Pablo no
volteó, se acuclilló y miró a través de los rayos de la rueda un montón de
basura en medio del camellón. Sintió deseos de salir huyendo al escuchar la voz
de la muchacha dirigirse a él, sin embargo, permaneció inmóvil junto a la
rueda, sin contestar.
—Señor
—repitió la muchacha—, ¿puede llevarme a la calle Veintiuno y avenida Dos?
Pablo miraba
ahora la entrada de la pollería en la acera de enfrente; los pollos ahí,
desnudos, se le figuraron de plástico. En realidad sí quería llevarla, pero
sabía que al volverse él para mirarla, ella se horrorizaría. Así sucedía
siempre, a los niños y a las mujeres sus facciones los intimidaban.
—El señor
que está allá, me dijo que usted puede llevarme —murmuró la muchacha—.
—La llevo,
si usted quiere —contestó Pablo volviéndose, y se puso de pie lentamente,
resignado—.
La cara de
Pablo quedó muy cerca de la de ella. Instintivamente la muchacha dio un paso
hacia atrás y pudo ver el rostro anguloso de Pablo, sus pómulos escarapelados,
su piel picada y negra, sus ojos con sedimentos de sangre, sus barbas
abundantes y erizadas. Las facciones de la muchacha se contrajeron como si se
encontrara delante de un peligro. Pablo conocía el gesto y no podía hacer nada
por tranquilizarla, salvo desaparecer de su vista.
—¿Quiere que
la lleve? —balbuceó Pablo con una expresión grotesca de desamparo, tratando de
aparentar entereza pese a todo, y dejándole ver a la muchacha sus dientes
grandes y encimados—.
—Permítame,
creo que...
La muchacha
se dio vuelta con rapidez y caminó en busca de la compañía de Julio y los otros
conductores.
Pablo se
preguntó, al verla caminar con la figura descompuesta, qué se sentiría abrazar
a una mujer esbelta, limpia y joven como ella. No encontró referencia dentro de
sí, en toda su vida sólo había tocado a Carmela, la mujer con la que vivía, la
cual era obesa, sucia, y siete años mayor que él. Su imaginación, llena de
prejuicios, y su timidez natural, no le permitieron intentar siquiera adivinar
la textura de la espalda de la muchacha.
—Ya le dije
que le toca salir a él —escuchó decir a Julio—.
—Sí, pero...
—replicó la muchacha—.
—Él no le va
a hacer nada, tenemos que respetar el orden. Y es turno de él.
Las palabras
de Julio le llegaron con claridad. No quería que Julio y la muchacha
discutieran por causa suya, se dijo que él podía ceder su turno a cualquier
otro sin provocar ningún problema, sin embargo, no encontró la forma de
acercarse a ellos ni las palabras para decírselos.
Pablo miró
de reojo hacia donde oía las voces; vio a Julio sentado bajo el toldo de uno de
los vehículos, y a la muchacha de pie, mirándolo fijamente. Pensó que había
sido una estupidez creer que ella aceptaría viajar a solas con él, y que había
sido una torpeza mostrarle la cara a una distancia tan corta. Desalentado, se
dijo que si en lugar de volverse hubiera respondido que sí la llevaba, quizá en
lo que ella subía y se acomodaba, él habría tenido oportunidad (siempre
ocultando su cara) de montarse en la bicicleta y comenzar a pedalear
desesperadamente. No se le ocurrió pensar que por el espejo retrovisor bien
podría haber contemplado los muslos de la muchacha, eso iba más allá de lo que
se permitía imaginar.
—Si no se va
a ir, entonces déjeme leer —dijo Julio, y la muchacha lo vio abrir un
compartimiento bajo el asiento del vehículo y revolver una gran cantidad de
revistas—.
—Dígale a
otro que me lleve —casi suplicó la muchacha—.
—No puedo.
Ya le dije que no le tenga miedo; él trabaja aquí como cualquiera.
—Tengo
prisa, señor. Por favor...
—Entiéndame
usted a mí: no lo puedo hacer a un lado sólo porque él no le gusta.
—Entonces,
prefiero caminar...
—Él podría
llevarla en cinco minutos y evitarle el calor, pero como usted guste —dijo
Julio y comenzó a hojear su revista—.
La muchacha
se volvió para mirar una vez más a Pablo, vio su figura magra, el perfil
desagradable de su rostro y su vehículo maltrecho. Era verdad que luego de
volver a verlo adivinaba males en su compañía. Pablo se dio cuenta de que ella
lo veía, no culpó a la muchacha por mirarlo con horror, no culpaba ya a nadie
por hacerlo; sin embargo, pensó que si hubiera tenido el carácter suficiente
como para acercarse sin temblar a ella, le habría dicho que no se marchara
caminando, que si era necesario, para tranquilizarla, se cubriría el rostro con
la franela, que estaba dispuesto incluso a ir a pie, empujando su vehículo
hasta el lugar que ella quisiera. Se sentía capaz de hacer cualquier cosa, con
tal que la muchacha subiera y le permitiera seguirla mirando. Le dolió ver sus
senos agitados, su piel limpia y sus caderas oscilantes mientras ella se
marchaba.
Julio dejó
la revista y fue hacia Pablo.
—Ni modo,
mano; no quiso —murmuró—.
—Hubiera
dejado a Jorge que la llevara —respondió tímidamente Pablo—.
—Estás loco;
te tocaba a ti.
—¿Por qué no
la llevó usted? Es bonita la muchacha, ¿no? —dijo Pablo y sus rasgos se
deformaron aún más hasta simular una sonrisa—.
—Se cree
mucho, la loca esa.
Julio se
retiró de Pablo al percibir el olor penetrante de su cuerpo sudoroso. Lo miró
con lástima y se volteó para que él no viera su gesto de asco.
Los dos permanecieron mirando el suelo un instante. Julio escupió a un lado de sus pies, caminó al lugar donde se encontraba su revista y no quiso pensar en nada. Pablo miró a lo lejos a la muchacha, borrosa ya, y sonrió como idiota. Se limpió el sudor del cuello con las manos y sintió unas ganas locas de salir corriendo a buscar a su mujer, Carmela. Sin embargo, para contenerse, se tendió en el asiento trasero de su vehículo y se limitó a echarse la franela sobre la cara.
Foto: bike_yvonnesturm81_Pixabay
Soy autor de los libros: Las Mariposas Cantan de Noche (cuentos): Perro Amor (cuentos); La Bestia Entre Los Días (cuentos); Muerte en Estado Natural (cuentos); El Imperio del Polvo (poesía); Delirium (poesía); Cristo Pastor, Madre de Hierro (poesía).
Cristo Pastor, Madre de Hierro
Cristo Pastor, Madre de Hierro
Juan Norberto Lerma ✍️
👉Una colección de poemas que describen la forma en la que un niño aprende la doctrina católica. Un camino mítico, a veces fantástico, y casi siempre conmovedor.
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