Vuelta a Casa / Juan Norberto Lerma
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Vuelta a Casa
Juan Norberto Lerma
Esta
vez Andrés no quiso dejar solo a Mauro y lo fue custodiando todo el tramo del
patio, no quería permitirle a su hijo que se quedara a merced de sus recuerdos.
En cuanto lo vio aparecer en la puerta de la calle, luego de diecisiete años de
ausencia, lo fue cercando con su presencia autoritaria.
A
mitad del patio, ya parecía como si Andrés hubiera obligado a Mauro a treparse
en unas vías recias, impositivas, en las que, o el muchacho recorría todo el
tramo como una máquina ciega que desconoce su destino final, o de plano se
tiraba a la mitad de un voladero.
De
alguna manera, los dos sabían vagamente en dónde desembocaban esas vías; sin
embargo, los divertía engañarse uno al otro, fingiendo ignorancia, mientras
caminaban aparejados entre los trebejos de la casa.
Era
una tarde de marzo, en el patio blanco el sol caía con fuerza, los hacía
entrecerrar los ojos y de alguna manera justificaba que no se miraran a la
cara. Había transcurrido mucho tiempo desde la última vez que los dos hombres
se habían visto, uno del otro sospechaba que ya no eran los mismos; sin
embargo, ninguno podía afirmar con certeza hasta qué punto eran otros.
De
cualquier forma, Mauro, sintiéndose superior, aceptó el reto, se trepó al
camino que el viejo le tendió con sus manos manchadas y sus ademanes serviles,
seguro de dejarlo tendido en cualquier barranco en el momento que él lo
decidiera. Creyó que habían pasado los tiempos de cuando él era un chiquillo, y
se atrevió a pensar que, ahora que era un hombre hecho y derecho, hasta podría
darse el lujo de elegir por sí mismo el lugar en el que moriría. Sólo era una
idea, pero la zalamería de Andrés, el cuidado extremo con que cerró la puerta,
su mano cálida sobre sus hombros y su insistencia de que llegara hasta las
habitaciones, de alguna manera sublevaba a Mauro.
Quizá
Mauro exageraba, pero no era gratuito, de sobra conocía las artimañas de su
padre. Sin embargo, las intenciones de Andrés, por lo menos las del principio,
eran claras. A lo mejor era porque se sentía más viejo de lo que parecía, pero
quería estar cerca de su hijo. Con la vida casi acabada en las minas de arena y
la otra mitad perdida en pleitos familiares, quería disfrutar un poco de esa
libertad y energía que saltaban de los ojos del muchacho, y que entre los dos
olvidaran la cadena de circunstancias oscuras que había echado sus vidas al
abismo.
Más
tarde, sentados a la mesa frente a frente, Andrés descubrió que, aunque no
había sido una decisión meditada, había hecho bien en echarlo de la casa hacía
años, porque el mundo extraño de más allá de Tlayohua había modelado al
muchacho y ahora lo devolvía mucho más fuerte. Sin dejar de hablar de cosas
triviales, Andrés lo había forzado a entrar, sobre todo con sus actitudes.
Mauro
se portaba calculador y despectivo; le pareció gracioso que el viejo parlanchín
no dijera nada del pasado, y que sólo diera vueltas y vueltas sobre un presente
que ya se le escapaba. Pese a todo, Andrés se mostró contento de que Mauro, al
final, hubiera aceptado entrar a las habitaciones. Mientras más lo miraba, le
parecía que el muchacho debía quedarse a su lado y, de alguna manera, por su
mente ya para entonces alcoholizada, pasó la certeza de que al final así sería
para siempre.
Dos
días atrás, aparentemente sin justificación, Mauro había hecho un alto en el
camino. Detuvo el camión junto a una posada que se anunciaba con una familia
sentada a una mesa opulenta. Por la ventana de la sala del cartel se colaba una
llamarada de sol, incendiando el rostro de una pequeña que miraba impasible un
rincón. Al fondo, una nube amenazaba mal tiempo. Mauro miró la lejanía y
advirtió que pronto comenzaría a oscurecer.
—Baja
—le dijo a Fermi—. Pide la cena y dos camas.
Fermi
arrojó la colilla de su enésimo cigarro en la cuneta y se volvió para mirarlo.
—Dijiste
que nos detendríamos en Puente Viejo —murmuró—.
Mauro
entrecerró los ojos. Fermi tenía razón. Parecía absurdo, pero Mauro se sentía
cansado. El aire de la montaña le murmuraba algo sobre la frente, y la visión
del mar, que recién habían dejado atrás, aún se le figuraba un buen lecho para
su funeral. Pensó que quizá todo se debía a la cercanía de Tlayohua, y a que
había creído ver el reflejo de la muerte en el espejo de una cantina de La
Concepción.
Bebía
en una mesa acomodada junto a un pilar. La mujer con la que estaba le hizo un
cariño sobre la frente. Mauro entrecerró los ojos unos segundos; cuando los
abrió, miró al acaso el espejo del fondo. Un individuo de sombrero lo miraba
con fijeza. El tipo sonrió. Mauro le sostuvo la mirada. El sujeto le hizo una
señal de que se acercara y concentró su vista en las luces de la carretera, que
se miraban por la ventana. Mauro dejó de ver el espejo y se volvió para
plantarle cara al individuo directamente.
En
la media docena de mesas, hombres y mujeres se ocupaban de sus propias
desventuras. El individuo no estaba. Más tarde, cuando iba con la mujer por una
calle empedrada, Mauro descubrió con claridad que el tipo aquel de la cantina
se parecía a uno de sus primos, a uno que había muerto hacía varios años.
Sujetó a la mujer con fuerza y la empujó dentro de un zaguán, para comprobar
que debajo de la ropa su carne sí era de este mundo.
—Baja
y dile a Yolanda que pasaremos aquí la noche —dijo Mauro con firmeza—.
Fermi
inició el descenso, sin embargo, antes de llegar al suelo se agarró de la
portezuela y se detuvo en el escalón.
—Te
conté que Teresa andaba en días, ¿no? —dijo—.
Mauro
se acordaba. El hijo de Teresa nacería a fines de noviembre. Fermi quería estar
en su casa cuando eso sucediera. Mauro lo miró con lástima. Fermi no sabía que
los camioneros eran como bichos que circulaban por arterias, siempre buscando,
hasta dar con un corazón, y que por lo mismo resultaba ocioso vincularse a una
Teresa cualquiera, que a la postre le pudriría las entrañas y lo ataría a sus
faldas con el eslabón enfermo de su pasión.
Él
mismo había permanecido dos veces anclado por su gusto, ya siendo un hombre de
decisiones, la primera vez, la cadena había dado de sí, casi sin su
intervención, y en la segunda, el lastre se había hecho garras en una noche de
celos y rayos, que al final sólo le dejó una línea de amargura sobre la frente
y una cicatriz en el cuello. De las dos ocasiones, lamentaba más la segunda;
sin embargo, se había encariñado con la belleza del recuerdo de la primera.
—Llegarás
a tiempo con ella —dijo con convicción—. Teresa te esperará.
Con
un movimiento de cabeza, instó a Fermi a hacer lo que le había mandado y no se
ocupó más de él.
Yolanda,
la mujer de la posada, le conocía los modos a Mauro. Sirvió un caldo verde en
una mesa discreta, junto a un pilar. Los dos hombres bebieron un par de
cervezas y, ya entrada la noche, se les unieron dos mujeres tristes y
complacientes. Fermi se olvidó al instante del apuro de Teresa y Mauro pasó la
noche despierto, exasperado, escuchando los ronquidos de las muchachas con las
que apenas pudo intimar.
Al
día siguiente, Mauro despachó a Fermi y desayunó solo.
Fue
a la pensión a pagar la estancia del camión y condujo sin rumbo definido. Hacía
mucho que había perdido la costumbre de mirar los mapas, conocía mejor los
caminos que a las personas. Parecía mentira; sin embargo, la caja vacía del
tráiler le pesaba más que antes de descargar la fruta en el pueblo de Santa
María. En los trechos de terracería, la carrocería vibraba como presa de
dolores. Por la ruta que circulaba, llegaría a la ciento treinta y seis, y a
nueve kilómetros hallaría la desviación hacia Tlayohua.
Entró
a la carretera; la caja se quejó en los vibradores y se estremeció
violentamente con los últimos tumbos. La mañana estaba soleada, y le pareció
que el camión seguía sacudiéndose pese a ir por una vía pavimentada. Cinco
minutos después, vio el letrero que indicaba la población de Tlayohua, y
entonces advirtió que su cuerpo era el que se estremecía. Había cruzado por
años esa encrucijada sin cuidado, y a lo mejor comenzaba a sentirse viejo,
porque, por primera vez desde hacía mucho tiempo, se le ocurrió que podía darse
una vuelta por los rumbos de la que alguna vez había sido su casa. “En todo
caso —pensó, alzándose de hombros—, será como hacer un recuento de mis
muertos... o de mis vidas pasadas”.
Tomó
la desviación como atraído por un deseo soterrado, antiguo, con un impulso
viejo pero vivo, que lo obligaba a seguirla. Antes del primer kilómetro, se
arrepintió: pensó cruzar de largo Tlayohua, entrar a la setenta y tres y
emborracharse en cualquier mesón salubre, antes de volver a su base citadina.
Sin embargo, de pronto entró como alucinado en una de las calles principales de
Tlayohua y se orilló frente a un parquecillo que, de tan ajeno, todavía parecía
un dibujo trasplantado. Detuvo al monstruo sin atreverse a descender; miró a lo
lejos como para dejar que alguno de los transeúntes que compraban en la
paletería o que volvían de sus labores en las fábricas y locales vecinos lo
reconocieran. Ni viejos ni maduros se volvieron a mirarlo.
El
lugar se perfilaba como una ciudad pequeña; sin embargo, el polvo seguía
maquillando fantasmas en las aceras, como desde hacía años. Los baldíos y las
zanjas lo acechaban en las esquinas, pero en lo esencial se parecía a lo que
Mauro recordaba. Casi decepcionado, buscó un lugar para su máquina y, por
ciento treinta pesos, encontró una habitación con comida y agua caliente en las
noches. En un ventanuco compró una docena de latas de cerveza y no salió en lo
que restaba del día.
Dos
noches y siete cajetillas de cigarros después, se bañó y se atavió para salir a
la calle. Contra su costumbre, esas dos noches había dormido solo y había
soñado que comenzaba a escalar una cumbre con su cuerpo de hombre, y que al
llegar a la cima era de nuevo una criatura de apenas ocho o nueve años.
En
la primera noche, la soledad y el murmullo de un llanto muy quedo lo
despertaron. Era un sonido seco, como de una cancioncilla que se interrumpía
por momentos y que desembocaba en un gemido. Era un sueño, pero le quedaba
claro que había rabia y nostalgia en el llanto que escuchaba.
En
cuanto abrió los ojos, el ruido cesó. Se dio media vuelta sobre la cama y, sin
apuro alguno, se quedó dormido. Volvió a escuchar el llanto la segunda noche,
pero ya no despertó. No le interesó descubrir quién sufría ni identificar los
rostros con los que se cruzaba en el pasillo sin macetas ni flores. Pensó que,
con sus propias tristezas y preocupaciones, tenía para no dormir durante cien
años.
Luego
de desayunar, anduvo por la calle y el parquecillo, mirándose en los recuerdos
vividos en esas bancas y esos lodazales. Visitó el mercado, que alguna vez se
había quemado, y varias refresquerías. Por la tarde, no quiso comer; se sentía
inquieto y sin control de sus emociones. Desde una banca, miró el trazo de las
calles de la pequeña ciudad como si estuviera contemplando una fotografía vieja
que no le produjera ningún pálpito interno, y hubo un instante en el que, en
algún rincón, pudo ver su rostro duro, descascarado, como si estuviera colocado
frente a un espejo.
El
sol caía muy tarde, y Mauro aún no agotaba las heridas vivas que le corroían el
alma. Se echó a andar de nuevo, ya sin el temor de tropezar con alguien
conocido. Caminó aparentemente sin rumbo y, de pronto, dio vuelta en la
carbonería del viejo Ignacio y llegó hasta donde recordaba que alguna vez había
existido un pozo. La mitad de la calle ahora estaba empedrada, y ya no quedaban
testimonios de los zanjones, en los cuales había tramado estrategias en las
guerras de terrones, y había acariciado por primera vez los muslos de Lula.
“En
la noche de San Juan verás llover mil estrellas, y las hijas feas de Sebastián
salen al campo a bañarse con ellas”. La canción que llegó a su mente era una
clave. Las hijas de Sebastián eran cuatro, lo sabía, y también recordaba las
frases con las que Lula continuaba el canto: “Las muchachas visten sedas y
vuelven con luces anidadas en el pelo, pero sólo son tres, pues a una de ellas
la enamoró un lucero”. Mauro siempre había asociado esa canción con la
distancia que existía de la esquina a su casa. Cuatro muchachas que salían en
la noche de San Juan y tres que volvían restaban en lugar de sumar, pero para
él, invariablemente, hacían siete muchachas y un lucero. Contó ocho lotes y
esperó a que los que cruzaban dejaran de observarlo para plantarse frente a un
portón descascarado.
Dio
tres golpes tímidos. Escuchó ladrar un perro dentro y esperó.
De
modo que estaba ahí, en casa, otra vez en su casa, y podía mirar cuanto
quisiera, espiar por las rendijas de la puerta, mirar quién entraba o quién
salía, como si fuera un animal que buscara su presa. Sin embargo, la casa
parecía estar muerta, y no podía recurrir a los que habían sido sus vecinos
porque, en varios sentidos, seguro ya habían desaparecido: primero dentro de él
y luego desperdigados entre las calles. Mientras aguardaba a que alguien del
interior respondiera a su llamado, varias personas lo miraron. Su rostro se les
figuró vagamente conocido; no su persona, sino que su gesto les recordaba la
soledad y el destierro. Temerosos de una mala contestación, o quizá sólo
cohibidos por su mirada vacía, ninguno se atrevió a dirigirle la palabra.
Además, la cicatriz de medialuna en la frente y el aspecto chocante y fiero de
ese hombre les imponía discreción y respeto. Con una inclinación de cabeza,
cruzaban frente a él y se alejaban.
Adentro,
el perro volvió a ladrar. Segundos después, Mauro escuchó voces y traspiés al
otro lado de la puerta. Era su padre, soñoliento, polvoso y viejo como un mal
recuerdo. Andrés abrió la puerta y, casi al mismo tiempo, la boca, al
reconocerlo. Lo miró a los ojos, sin sonreír ni decir nada. Simplemente se hizo
a un lado y sujetó por el cuello al perrazo pardo que lo acompañaba. Intentando
descifrar sus estremecimientos, Mauro saludó con un movimiento de cabeza y
entró. Dejó que los recuerdos fluyeran por su mente con libertad, sin ocuparse
de si eran ciertos o si sólo habían sido posibles. Le pareció que los pies le
pesaban mucho, y que, en algún lugar de su interior, algo se arrastraba
dolorosamente. Pensó marcharse, pero una nata de recuerdos y la telaraña de
zalamerías de su padre le impidieron dar la vuelta y salir de la casa en ese
instante.
Los
dos hombres cruzaron el patio explorándose, diciéndose vaguedades. Mauro se
negó a entrar, pero Andrés lo miró con sarcasmo; duplicó sus caravanas y
extrajo de su arsenal más palabrería. Llegaron a la primera habitación y se
sentaron alrededor de una mesa de madera oscura. De algún lado surgieron un par
de cervezas y frases atropelladas, dirigidas a los personajes que habían sido.
Más
tarde, el resplandor del sol ya había aminorado; sin embargo, todavía podían
distinguirse botellas y vasos frente a ellos. Continuaban sentados,
contemplando sus gestos agrios. El perro finalmente se había echado, cansado de
oler los zapatos de Mauro. Andrés también le miraba los pies, y se le figuraban
cubiertos de capas de polvo acumuladas en sus travesías. Los dos respiraban
sedientos, sofocados, conteniendo a ratos un nudo en el pecho, del cual sólo se
librarían resolviéndolo con recriminaciones y voces quebradas; los dos lo
sabían.
Después
de tantos años, Mauro estaba frente a Andrés. La última vez era casi un
chiquillo. En el gesto sobrio del muchacho no se adivinaba si había vuelto a
cobrarse el resentimiento que cultivó durante años contra su familia, ni
revelaba si estaba ahí con la esperanza velada de cumplir con una palabra
empeñada, consigo mismo o con la vida. Mauro sólo estaba seguro de que había
vuelto con el deseo de no hallar en la casa a nadie y, para su sorpresa, se
había encontrado cara a cara con la persona que no le había pedido permiso para
traerlo al mundo. La vida le jugaba malas pasadas; si su madre hubiera abierto
la puerta, se habría sentido menos incómodo.
Andrés
vio a Mauro buscar con los ojos entre los escondrijos del mobiliario. Al estar
frente a frente en la puerta de la calle, en cierto modo había sentido
admiración por los ademanes graves de Mauro, por su voz pausada y su mirada
tranquila, sin recelos, y hasta le admiró no escuchar los consabidos rencores.
Después, habían cruzado juntos el patio, evitando cubetas rotas, sillas
desvencijadas, una carretilla con los aperos propios de su oficio y los lazos
laxos de los tendederos. En las dos horas que llevaban ahí, bebiendo separados
por el ancho de la mesa, no se habían dicho gran cosa. A Andrés le pareció
natural que así sucediera; pensó que Mauro y él eran idénticos, y que, luego de
la separación de hacía diecisiete años, era como si en el reencuentro fueran
dos desconocidos que estuvieran midiéndose, encontrándose las divergencias y
las afinidades.
Mauro
lo miraba todo con curiosidad, y luego veía a su padre con una sonrisa torcida.
Trataba de disimular su malestar escondiendo la cara en su hombro, pasaba uno
de sus zapatos sucios por el cuello zacatudo —y ya casi amigo— del perro echado
bajo la mesa. Mauro pensó que su padre había perdido toda su energía, y por
instantes le resultaba difícil creer que el hombre que recordaba erguido,
autoritario, temible, tronante, fuera ese viejecillo de ojos lacrimosos y
velados que se encontraba al otro lado de la mesa. Su vida se le figuró una
ironía: había puesto miles de kilómetros de asfalto entre ellos dos, y sin
embargo esa hebra de hilo negro desembocaba en el mismo lugar de donde había
salido.
Le
pareció que Andrés, en cualquier momento, se echaría a llorar y comenzaría con
sus reproches por lo que él siempre consideró su “mala vida”. Se dijo que en el
supuesto caso de que su padre quisiera llegar a las manos con él, podría
dominarlo de un grito y, satisfecho, bebió ostentosamente un sorbo largo a
cuello de botella. Andrés dio un trago aún más largo, en cuanto Mauro soltó su
botella, y un brillo disminuido apareció en sus ojos cuando azotó el envase
contra la superficie de la mesa, lo que provocó que el perro se levantara y
fuera a refugiarse en un costado del ropero.
Casi
simultáneamente, Andrés dejó que Mauro escuchara su risa cascada, pero franca,
para que se diera cuenta de que su demostración de fuerza, pese a la
brutalidad, era amistosa. El viejo hubiera querido encontrar las palabras
precisas para expresar que se trataba de una forma encubierta y torpe de
manifestarle la alegría que le daba tenerlo junto a él y, de haber podido, le
hubiera dicho con ese lenguaje feroz que, muy en el fondo, aprobaba su modo de
vivir, aunque con él hubiera hecho saltar al fuego a la familia entera. La vida
les debía muchas cosas, y la escena que estaban viviendo era una de ellas.
Entre ellos dos también se habían hecho daño, pero, a la distancia, todos esos
desencuentros ahora casi ya no contaban.
Mauro
pareció comprender el estado anímico de su padre y lo miró con lástima.
—No
deberías beber tanto —dijo, y buscó con el pie la cabeza del perro—.
—Te
desapareces casi veinte años, y nada más estás de vuelta de repente y ya
quieres mandarme —contestó Andrés, arrastrando las palabras, entrecerró los
ojos y enseguida se arrepintió de lo que había dicho—.
Intentó
una risa forzada para suavizar la dureza de su expresión y miró a Mauro a los
ojos, tratando de adivinar en el muchacho el efecto de su frase. Su perspicacia
se topó con un muro. Al final, no pudo obtener nada claro. Le pareció que el
rostro de Mauro estaba sereno, y que la cicatriz de su frente comenzó a latir
hasta inflamarse. Andrés se dijo que aquello no significaba nada, porque
enseguida vio que Mauro volvía a sonreír, y que su cicatriz recobraba sus
dimensiones naturales.
Mauro
balanceó un pie en el aire y miró oblicuamente bajo la mesa. Al no encontrar el
cuello del perro, se sintió cortado. Dejó de fingir que sonreía y paseó su
vista por la habitación. Vio una cama sin tender. En el fondo, un par de
almohadas largas, llenas de manchas y costras de suciedad, semejaban los
cuerpos de dos personas dormidas. Su vista se clavó en el espejo roto de una
cómoda: era el mismo que él había estrellado en una de sus épicas borracheras.
Durante segundos, sus ojos se atoraron en las cuarteaduras profundas del
cemento de las paredes.
Por
dondequiera había ropa dispersa. Parecía que, hacía varios años, las personas
que habitaban la casa habían tenido que salir apresuradamente y que, en la precipitación
de su huida, la arrojaron al suelo de cualquier modo. Las cortinas maltrechas,
que apenas dejaban a la vista el interior de las demás piezas, se agitaron, y
Mauro creyó entrever, en el concreto del techo de una de las habitaciones, las
mismas iniciales del nombre de una novia ya lejana. Habían sido escritas por él
con el humo ennegrecido de una vela encantada, fabricada ex profeso para
ser consumida en ritos de encantamiento de corazones.
Sintió
nostalgia por todos los recuerdos de su juventud y por la casa en donde había
crecido. Deseó intensamente tener a Lula cerca para compartir con ella el
recuerdo de sus caricias y sus besos en las porquerizas, sus escapadas a las
ferias, su deseo mutuo, sus bailes en las calles y sus memorias comunes. Miró
sin ver al perro, que continuaba junto al ropero. Su mente se despejó al
advertir que su padre manipulaba un cigarrillo; se le quedó mirando y sintió
que lo odiaba menos..........
***
Juan Norberto Lerma
Soy autor de
los libros de cuentos Las Mariposas Cantan de Noche; La Bestia Entre
los Días; Perro Amor; y Muerte en Estado Natural. También
escribí Delirium (poemas); El Imperio del Polvo (poemas): y Cristo
Pastor, Madre de Hierro.
***
Las Mariposas Cantan de Noche
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La Bestia Entre
los Días
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Perro Amor
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Delirium (poemas)
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El Imperio del
Polvo (poemas)
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Cristo Pastor,
Madre de Hierro
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