Temporada de Buñuelos / Juan Norberto Lerma

 






*** 


Mario soñaba que comía. Se veía en una especie de banquete romano, devorando una pieza completa de carnero a dos manos. A su lado, Ema Luz no lograba dormir. La muchacha cumpliría veintiún años el verano siguiente; sin embargo, apenas era diciembre: su primera temporada navideña fuera del hogar materno, y durante la noche de la tercera posada, tenía hambre y, además, frío. Su hijo nacería en primavera. La muchacha amaba a Mario, vivía en el enamoramiento de los primeros meses. En ese momento, el amor de algo servía. Sumergirse en las profundidades de su mundo emocional la ayudaba a mantener a raya el hambre y el frío. Por momentos, su cara se iluminaba cada que, a lo lejos, estallaban los cohetes; las luces destellaban en el cielo y, casi por caridad, se escurrían entre las rendijas de su ventana y se reflejaban en su frente y sus mejillas.

Llevaban siete meses y doce días compartiendo la misma habitación oscura de una de las vecindades de Tlayohua, hasta donde Ema Luz había seguido a Mario porque, en algún momento, se había enamorado de él. Recordaba, sobre todo, la despedida de su primera tarde: ella quedó cautivada cuando el muchacho hizo una reverencia y le regaló una flor. Eso fue todo, pero a la muchacha se le figuró que fue como si de algún rincón del universo Mario se hubiera apoderado de una capacidad sobrehumana y hubiera realizado un pase mágico, no para construirle una burbuja rosa, sino para sacarla de la que ella habitaba, y plantarla en la realidad del cuerpo que a solas se le consumía.

Desde ese día, con ese gesto caballeresco, Mario penetró en el mundo emocional de nubes azules y castillos de algodón acerado de ella, y había tomado posesión de su territorio interior de mazapán, para disponer a su antojo del corazón noble con el que la naturaleza había dotado a la muchacha. En sus ratos de lucidez, Ema Luz se preguntaba si no había quedado prisionera para siempre de un hechizo. Pero se interrogaba con orgullo, con la seguridad de que ella era la única mujer sobre la Tierra que había descubierto que el amor era un deslumbramiento exclusivamente destinado a ella.

Hasta entonces, Ema Luz había sido una muchacha intangible; se movía entre las cosas y sus amistades sin dejar huella, y cuando vagaba al acaso entre las calles de El Loreto, donde vivía con sus padres y dos hermanas, establecía entre ella y lo que la rodeaba una distancia suficiente como para impedir que los demás lastimaran con su rusticidad el mundo de caricatura que habitaba. Cuando conoció a Mario, ella cursaba el primer año en una universidad citadina de oferta reducida. Aprendía los rudimentos de una carrera que había elegido más por hacerse la ilusión de que, con los conocimientos que adquiriera, podría ayudar a las demás personas que porque de verdad le interesara. A los seis o siete meses de haber visto a Mario por primera vez, lo abandonó todo.

Sin conocerlo bien siquiera, los padres de Ema Luz odiaban a Mario. Lo acusaban de haberse aparecido como un ladrón para robarles a su criatura delicada, y juraban —cuando ella no los escuchaba— que, si Dios era justo, algún día les concedería la oportunidad de machacarlo y de recuperar a su niña. Lo habían visto rondar la casa una noche que había fiesta en la parroquia de San Antonio, y otra en que la pareja se había disgustado. En el camino a la banca donde se sentaban a besarse, Ema Luz y Mario habían discutido por nada.

Él quería hacerla caminar con los ojos cerrados sobre la guarnición de la calle y que, mientras andaba a ciegas, le contara lo que había hecho durante el día. Ella aceptó el juego, pero cuando llevaba un buen tramo recorrido, abrió los ojos y se encontró del brazo de una buena señora que apenas podía contener la risa con lo que la muchacha le contaba. Ema Luz se desprendió del brazo de la mujer y miró hacia todos lados, desconcertada. De lejos, escuchó las carcajadas de Mario, que se había quedado atrás en cuanto la había convencido. Cuando él llegó corriendo a su lado e intentó abrazarla, ella torció la boca y lo empujó contra un muro.

—Eres un imbécil —dijo la muchacha, y levantó un par de nubecillas de polvo cuando azotó el suelo con sus zapatillas, tal como una chiquilla berrinchuda—.

—Pero yo sí tengo los ojos siempre bien abiertos, para no irme del brazo con cualquiera —respondió Mario, y comenzó a saltar alrededor de ella, como uno de esos monos que llevaban con cadena al cuello los individuos escurridos que montaban las carpas de los circos, que se aparecían por la localidad cada que se acercaban las festividades religiosas—.

Estar enojados les gustó; les pareció como un aderezo para su relación. El disgusto exacerbó su necesidad mutua de ternura, y como no podían expresarla con libertad, se les acumuló, se les derramó en suspiros y ojos hundidos. Sentían sus cuerpos inflamados por una fuerza parecida al magma, igual de lenta, blanda y explosiva, y querían tocarse, pero, con tal de incrementar la sensación, lo dejaron para más tarde. Mario fue el que no resistió. En el barrio de ella, él no era bien visto por los padres de la muchacha ni por algunos raterillos locales, con los que varias veces se había enfrentado a golpes y cuchilladas, luego de disputar partidos callejeros de fútbol con muchachos que se iban de migrantes y que volvían, fracasados, a escandalizar o a cortejar a algunas muchachas de aquella localidad.

El Loreto no era su territorio, pero, de todos modos, cuando no pudo sobrellevar su deseo de estar con ella, Mario apretó los dientes, y para sofocar su temor de que lo atacaran, se dijo que el riesgo de estar con la mujer que amaba bien valía unas cuantas cuchilladas, y un día, como si fuera algo natural invadir un barrio ajeno, se atrevió a acercarse a la vivienda de Ema Luz. Su andar de muchacho enérgico y decidido le daba un aura de superioridad, y los muchachos detenidos en las esquinas sabían leer bien los ademanes y gestos de sus víctimas, y desde que lo miraron caminar sobre el terreno polvoso supieron que a Mario no lo espantarían con insultos, sino que habría que pelear —y muy duro— para echarlo de sus calles.

Para su sorpresa, los individuos con los que se cruzó en las esquinas únicamente lo miraban con recelo, murmuraban entre ellos y se empujaban entre sí como para demostrar su violencia y su fortaleza, pero ninguno se atrevió a obstaculizarlo, y mucho menos a retarlo.

La madre de la muchacha lo descubrió arrojando piedrecillas a las ventanas. La calle estaba en penumbras en el momento en que la mujer levantó la cortina para mirar el frente de su casa y, aunque apenas distinguió los rasgos del sujeto que alborotaba en los cristales, su intuición le reveló que era el muchacho que rondaba a su hija. La madre de Ema Luz salió a pedirle que se marchara y que no estuviera espiando más por sus ventanas.

Mario negó con la cabeza y levantó la cara sólo para decir que, si Ema Luz no salía, ahí se quedaría, aunque tuviera que pasar una noche de perro, aullando frente a su fachada. Ema Luz no salió ese día. A la mañana siguiente lo encontró helado, escurrido junto a la reja, pegado a la pared de su casa como si alguien lo hubiera dibujado.

Sin avisar a nadie, la muchacha se marchó de su casa semanas más tarde. Una noche que llovía, echó en una mochila de la escuela un par de cambios de ropa y algunas zapatillas y, cuando Mario la recibió en la esquina de la calle donde la esperaba, se le figuró que ella misma, con su cuerpo escurrido y su gabardina azul empapada, también había caído del cielo.

Ema Luz seguía sin poder dormir; a su mente llegaban, de aquí y de allá, diversas imágenes de su vida anterior y de los recientes días, que enseguida se evaporaban. Hacía cuanto podía para tranquilizarse y dejar en paz su memoria, pero el sueño no le llegaba. Desde su habitación helada, escuchaba a lo lejos villancicos entonados por cantores trasnochados; los gritos de borrachos, felices a su modo, dispuestos quizá a utilizar las cabezas de los demás como petardos o como piñatas de barro.

Los más escandalosos eran los que se habían ido de migrantes y que volvían en esa temporada. A falta de reconocimiento genuino, se festejaban ellos mismos con ríos de alcohol y montañas de cocaína. Los habitantes de El Loreto y Tlayohua los percibían como seres sin ataduras: personajes que parecían tenerle rencor a la tierra que los había expulsado muertos de hambre; y les notaban un odio y admiración hacia el lugar que les daba empleo, y una vaga conciencia de que, en el fondo, eran despreciados más por su ignorancia y costumbres instintivas, casi animales, que por su raza. Expulsados y sin ataduras de ninguna especie, esos sujetos tampoco estaban a gusto con ellos mismos y peleaban por todo.

El espíritu navideño no reinaba en la habitación de Ema Luz y Mario. Ahí no había ni Nacimiento ni árbol con luces. ¿Qué era en realidad la Navidad, qué significaba tener espíritu navideño? Ella no lo sabía. En el fondo creía que lo sabía, pero se negaba a aceptar que sólo fuera preparar guisos especiales, cantar canciones de temporada, encender luces de bengala y escuchar crepitar las envolturas de los regalos. En todo caso, prefería que fuera la ceremonia de La Adoración y el arrullo del Niño Dios de yeso, recostado en un chal de seda y sofocado por dulces y colaciones. Era seguro que Mario tampoco sabía el significado de la Navidad; si no, no habría estado soñando que comía mientras ella se congelaba.

No quería pensar en eso, pero era preferible pensar en eso y en el aire colándose por las rendijas, y no dejarse ganar por la desesperación del hambre. Ema Luz casi no podía creer que hiciese tanto frío adentro como a la intemperie. No debía decir eso, lo sabía, y menos de una habitación que era suya. Desde hacía siete meses era lo único que podía llamar suyo: eso, y “su” Mario, y algunos objetos personales desperdigados en los rincones del cuarto. Las rodillas le temblaban, pero en cuanto a volver a su casa ni siquiera lo consideraba. Se había marchado o la habían echado; en todo caso, su familia y ella estaban separadas por prejuicios que se contraponían.

El enamoramiento de Ema Luz se exacerbó una tarde en que Mario la alcanzó a la salida de la escuela donde estudiaba el primer año de una licenciatura de título asfixiante: Técnico Superior Universitario en Radiología e Imagen, y le propuso que abandonara todo y vivieran juntos.

Al principio, a Ema Luz las calles polvosas y descuidadas de Tlayohua le parecieron un escenario más propicio para cometer un crimen que para iniciar una familia. Ema Luz le propuso buscar dos habitaciones en El Loreto, para estar cerca de sus parientes; sin embargo, Mario se mostró inflexible: o era Tlayohua o vivirían separados para siempre. Ema Luz cedió con dulzura, pues sabía que, si lo perdía, nunca más podría encontrar a nadie que adivinara sus pensamientos y sus necesidades amorosas con tan sólo un pestañeo.

La primera vez, Mario se le había presentado a Ema Luz por un costado, como salido del arroyo de la calle: con los cabellos enredados y una sonrisa de confianza que la desarmó por completo, y que le hizo recordar las emociones sublimes que vivía frente a las escenas de telenovelas que regularmente miraba.

El muchacho se presentó sin aspavientos y le dijo su nombre con naturalidad. La amiga que acompañaba a Ema Luz se retiró discretamente, con un gesto de repulsa simulado, porque en realidad estaba envidiosa de que ese sujeto atlético y de cejas pobladas la hubiera preferido a ella.

Cuando él le preguntó el nombre de la carrera que estudiaba, ella se puso seria, quiso decirlo correctamente, pero lo que le salió fue un trabalenguas ininteligible que a los dos los hizo doblarse de risa. Se miraban a los ojos, y los dos reían sin que hubiera motivo. La mirada les brillaba, las mejillas se les arrebolaban, y más tarde les pareció que, a su alrededor, las cosas se desbarataban.

Ema Luz tenía la cara colorada por el gusto de reírse como no lo hacía desde los tiempos en que había tenido un novio con facultades de mimo, y que, únicamente sirviéndose de ademanes, era capaz de contar historias que no cabrían en libros enteros. Eso había ocurrido cuando ella contaba con dieciséis años.

Ema Luz vio en su encuentro la mano del destino; lo demás fue dejarse fascinar por la luz nueva que brotaba de las bocacalles y por el aura de belleza con que se adornaban las fachadas, y estar atenta al lenguaje que le revelaban los trinos de las aves.

Él trabajaba para el edificio de junto a la escuela a la que ella asistía, en una oficina. Todos los días le entregaban unos documentos, se trepaba a una motocicleta por las mañanas y regresaba al mediodía.

En varias ocasiones, Mario la llevó en la parte de atrás del vehículo, en paseos llenos de tropezones y de polvo, a mirar lugares envejecidos y a medio construir, pero todas las veces a Ema Luz se le figuraba que viajaba en el caballo de sus sueños.

Mario la había descubierto un día a la hora de su comida, desde entonces la vigilaba, y aquella tarde se había decidido a acercarse a ella. Luego de las presentaciones, Ema Luz le preguntó a qué se dedicaba, y él respondió brevemente que era mensajero. Al decirlo, hizo un gesto de reverencia ante ella. Lo hizo de tal manera que, en efecto, parecía uno de aquellos mensajeros antiguos, que llevaban, a través de reinos inconmensurables, recados entre princesas y monarcas enamorados, o que portara entre las bolsas de su chamarra de mezclilla las declaraciones de guerra entre feudos hostiles. Ella estaba encantada con la conversación; sobre todo, miraba por primera vez a un hombre que le agradaba. Le gustaba tenerlo cerca, mirar su perfil de hierro, sus ojos hundidos y su pelo alborotado.

Cuando el muchacho se despidió, le dijo que, para que recordara su encuentro, le regalaría una flor. Ella pensó que él estaba loco: no traía nada entre las manos y a su alrededor sólo crecían —por allá y por acá— hierbas tristes y pálidas.

Entonces, Mario le hizo de nuevo una reverencia y se entreabrió la camisa, dejando a la vista su lado izquierdo, y le señaló la rosa negra que llevaba tatuada, apenas arriba de la tetilla. Ella, en lugar de reír, se le quedó mirando con una expresión de asombro; su vista iba una y otra vez de la cara de Mario a la rosa, hasta que una marea interna de emociones le subió a los ojos y comenzó a azotarle las pestañas, con una especie de peces de cristal que, al saltar a tierra, se volatilizaban.

El tatuaje era la insignia de la pandilla a la que Mario pertenecía, y con ese gesto sorpresivo, en realidad lo que estaba queriendo darle a entender a Ema Luz era que, de ahí en adelante, ponía sus armas y su vigor entero a su servicio.

Nunca supo si ella lo entendió así, pero le encantó el gesto delicado con que ella recorrió con sus dedos temblorosos los bordes de la rosa. Comenzó a acompañarla a su casa; sin embargo, la dejaba en los límites de su barrio y sólo se arriesgaría a ir ocasionalmente más tarde, cuando se le metió en la cabeza que nunca más podría vivir sin ella.

Su intimidad se dio lentamente. Mario tenía poca experiencia y ella ninguna; flotaban sobre la cama, pero eran inexpertos como Dafnis y Cloe, y es seguro que, para tener relaciones sexuales, tuvieron que recordar cómo lo hacían los animales.

Cuando aprendieron a hacerlo, Mario comenzaba a besarle los ojos y no se detenía hasta dejarla semidesnuda. La trataba como a una fruta delicada a la que estuviera quitándole la cáscara. Debajo encontraba una pulpa jugosa y pura. Sus muslos blancos lo desquiciaban. Al estar sobre ella, invariablemente se sentía como un chiquillo en un mar de gelatina. Ema Luz aprendió a llevarlo a la orilla y al centro de la cama. Lo dejaba retirarse y, de nuevo, lo devoraba. En las partes finales, era un placer tan intenso que a Mario se le figuraba que comenzaba a tener alucinaciones.

En la calle seguían estallando cohetes. Ema Luz se volvió para mirar a Mario; él no sentía frío. Unas barras de luz se colaban por la cortina, los ojos de Mario brincoteaban dentro de sus párpados; vio su mandíbula subiendo y bajando. ¿Cómo era capaz de soñar que comía? Se acurrucó junto a él, le acercó su vientre abultado. En su inconsciencia, Mario la abrazó sin dejar de masticar su platillo ilusorio. Su cercanía la reconfortó, pero el calor de su cuerpo no aumentaba.

A ella le hubiera parecido hermoso que, en su sueño, Mario adivinara su frío y que se despertara. Eso le habría dado una dimensión clara de los sentimientos que el muchacho le profesaba; sin embargo, ahí estaba Mario, apoyando su mejilla en su cabeza, sin enterarse de que ella tiritaba.

No, él no percibía nada. En realidad, no era malo: sólo tenía sueño y quince días sin empleo. Hacía lo que podía, caminaba todos los días hasta la ciudad y se ofrecía como asistente de oficina, pero los lugares estaban ocupados.

Los víveres se habían terminado la víspera. Dos días antes, en la primera posada, unos dolores ventrales la habían mantenido en cama, y Mario tuvo la entereza de ir a pedir a sus vecinos cuatro buñuelos para ella. Ema Luz se negó a comerlos; se sintió humillada, enferma de humillación por lo que creyó una limosna y, en ese instante, la enfureció sentirse aún más hambrienta. Aquel día, prometió comerlos más tarde y, en cambio, arrumbó los buñuelos encima del ropero.

No quería pensar en los buñuelos regalados; recordarlos la humillaba porque le provocaban más hambre. Además, seguro las ratas habían dado cuenta ya de ellos. O quizá no. No podía jurar que la casa estuviera infestada de bichos; por lo me...

***





 

Las Mariposas Cantan de Noche

 

Juan Norberto Lerma

 


 Las Mariposas Cantan de Noche

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Las Mariposas Cantan de Noche

Juan Norberto Lerma


 

 

 

 

 

© Derechos Reservados de Autor

Registro Público del Derecho de Autor

México

Obra registrada ante El Instituto Nacional del Derecho de Autor (INDAUTOR)

 

México, Distrito Federal, actualmente Ciudad de México.

Derechos reservados

***

Portada

Idea Original, Juan Norberto Lerma

Realización

Imagen generada con Grok de xAI



 

 

 

Prólogo

 

 

Las historias que contiene el libro Las Mariposas Cantan de Noche son un conjunto de narraciones que se desarrollan en una ciudad, mi ciudad interior, llamada Tlayohua. Además de reflejar el temperamento y las pasiones de un grupo humano integrado a un territorio, las escenas trazan sus calles, describen su historia, sus desilusiones, los extravíos y los estados sosegados o alterados de los personajes que deambulan en este escenario.

Este volumen de cuentos es producto de mucho tiempo y dedicación, y más que de un trabajo formal, requirió, sobre todo, de tener paciencia. Escribir y reescribir, normalmente son ocupaciones placenteras, pero lo es aún más corregir, porque en ese momento descienden o surgen de aquí y de allá ideas, frases afortunadas, construcciones verbales sólidas como castillos, o tenues y sugeridas como remolinos ligeros en un llano.

A grandes rasgos y de una forma general, considero que a una persona que escribe se le presentan dos posibilidades a la hora de decidir sobre su escritura. Desde luego tiene muchas y variadas opciones de elegir cómo las escribirá, eso no está en discusión; sin embargo, de entre todo ese cúmulo de posibilidades hay dos que sobresalen.

En la primera, hay historias que el autor está obligado a contar, son las narraciones que le brotan, las que se le derraman, y como que se las murmuran, o las que parece que viene la Divina Providencia, que siempre sabe más, y se las cuenta. En la segunda forma que yo veo, hay otras historias que simple y sencillamente se le ocurren a la persona que escribe.

Como sea, las primeras, las historias que debe escribir un autor, son las que escribe desde la más absoluta franqueza, son las que de alguna manera también lo describen a él, a su época y a sus circunstancias, y normalmente, son las que, con un poco de suerte, los lectores lo recordarán. Las otras, si algún valor tienen, son librescas, se guardarán en museos de la palabra para que las estudien los que dicen que saben, o creen que saben, los secretos de la literatura.

En todo caso, esa clase de textos no son para el público en general, no porque sean de un carácter muy elevado, sino porque, sin saberlo, acaso sin desearlo, fueron construidos para distanciarse de lo humano, para justificarse como autor. De cualquier forma, que cada cual explique, si es que puede, las razones por las cuales escribió tal o cual engendro.

Las historias que aparecen en este libro son de la clase de las que yo tenía que escribir, las que yo estaba obligado a contar. Durante muchos años postergué el instante de escribirlas, porque me distraje escribiendo historias librescas; sin embargo, el llamado de las historias que yo debía contar fue tan poderoso, que tuve que ceder y escribirlas. De hecho, no fue una decisión mía escribirlas, ni mi voluntad me llevó a contarlas, sino una especie de destino.

Es posible que en Las Mariposas Cantan de Noche, las historias no sean lo que yo hubiera querido, sino que son lo que ellas quisieron. Representan un conjunto de textos en los que aparecen personajes a los que yo conocí, o que fueron cercanos a mí, como presencia, en mis primeros años, en mis primeras visiones; luego me acompañaron en mi adolescencia y mi primera, y única, juventud. En las narraciones aparecen personajes que me dicen algo a mí, y que espero también puedan decirle algo al lector.

Los cuentos de este volumen son historias en las que se destila una cierta humanidad, un modo singular de vivir y padecer la vida. Aunque, en sentido estricto, una visión humanitaria no es un requisito de la literatura, considero que sí es una de las partes esenciales que la justifican.

En todos los sentidos, es más valiosa una visión humana, que cualquier destreza gramatical; tiene más peso y un mejor brillo la humanidad que las construcciones verbales artísticas, si es que las hay, que no tienen una aplicación práctica. Digamos que si esas palabras que hechizan no son capaces de formar una nueva imagen, un significado nuevo comprensible para la mayoría, entonces no son más que meros artefactos verbales idiomáticos.

Las historias de Las Mariposas Cantan de Noche están contadas de la mejor manera que me fue dada, literaria y creativa, de una forma imaginativa que describe el color local y, sobre todo, el mundo espiritual de los personajes, que son como desgarraduras del paisaje, seres heridos, que de alguna manera hablan de los momentos amargos de la vida, y que también armonizan con la escenografía, con esas calles purulentas, con esas colonias inmaduras, con esa ciudad que aquí se llama Tlayohua, que es a la que los protagonistas pertenecen, y a la que no quieren dejar de pertenecer nunca, porque es en la que surgieron, en la que crecieron, y la que los alimentó, la que los formó.

Esa ciudad, Tlayohua, es una especie de vientre protector maternal, dador de vida, en el que estos personajes deambulan y se enfrentan a sus circunstancias. Es ahí en donde mejor reflejan una parte de lo que es la vida para ellos.

En Las Mariposas Cantan de Noche, las historias se cuentan a sí mismas, no obedecen a las preferencias del autor, o del narrador, sino más bien las historias son las que van ordenando, desde el principio hasta el final, los acontecimientos, y si algunas son desgarradoras o dolorosas, se debe a que así se vive en Tlayohua, no al capricho del autor o del narrador.

Juan Norberto Lerma

Ciudad de México, 2022



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