Temporada de Buñuelos / Juan Norberto Lerma
Mario soñaba que comía. Se veía en una especie de banquete romano, devorando una pieza completa de carnero a dos manos. A su lado, Ema Luz no lograba dormir. La muchacha cumpliría veintiún años el verano siguiente; sin embargo, apenas era diciembre: su primera temporada navideña fuera del hogar materno, y durante la noche de la tercera posada, tenía hambre y, además, frío. Su hijo nacería en primavera. La muchacha amaba a Mario, vivía en el enamoramiento de los primeros meses. En ese momento, el amor de algo servía. Sumergirse en las profundidades de su mundo emocional la ayudaba a mantener a raya el hambre y el frío. Por momentos, su cara se iluminaba cada que, a lo lejos, estallaban los cohetes; las luces destellaban en el cielo y, casi por caridad, se escurrían entre las rendijas de su ventana y se reflejaban en su frente y sus mejillas.
Llevaban
siete meses y doce días compartiendo la misma habitación oscura de una de las
vecindades de Tlayohua, hasta donde Ema Luz había seguido a Mario porque, en
algún momento, se había enamorado de él. Recordaba, sobre todo, la despedida de
su primera tarde: ella quedó cautivada cuando el muchacho hizo una reverencia y
le regaló una flor. Eso fue todo, pero a la muchacha se le figuró que fue como
si de algún rincón del universo Mario se hubiera apoderado de una capacidad
sobrehumana y hubiera realizado un pase mágico, no para construirle una burbuja
rosa, sino para sacarla de la que ella habitaba, y plantarla en la realidad del
cuerpo que a solas se le consumía.
Desde
ese día, con ese gesto caballeresco, Mario penetró en el mundo emocional de
nubes azules y castillos de algodón acerado de ella, y había tomado posesión de
su territorio interior de mazapán, para disponer a su antojo del corazón noble
con el que la naturaleza había dotado a la muchacha. En sus ratos de lucidez,
Ema Luz se preguntaba si no había quedado prisionera para siempre de un
hechizo. Pero se interrogaba con orgullo, con la seguridad de que ella era la
única mujer sobre la Tierra que había descubierto que el amor era un
deslumbramiento exclusivamente destinado a ella.
Hasta
entonces, Ema Luz había sido una muchacha intangible; se movía entre las cosas
y sus amistades sin dejar huella, y cuando vagaba al acaso entre las calles de
El Loreto, donde vivía con sus padres y dos hermanas, establecía entre ella y
lo que la rodeaba una distancia suficiente como para impedir que los demás
lastimaran con su rusticidad el mundo de caricatura que habitaba. Cuando
conoció a Mario, ella cursaba el primer año en una universidad citadina de
oferta reducida. Aprendía los rudimentos de una carrera que había elegido más
por hacerse la ilusión de que, con los conocimientos que adquiriera, podría
ayudar a las demás personas que porque de verdad le interesara. A los seis o
siete meses de haber visto a Mario por primera vez, lo abandonó todo.
Sin
conocerlo bien siquiera, los padres de Ema Luz odiaban a Mario. Lo acusaban de
haberse aparecido como un ladrón para robarles a su criatura delicada, y
juraban —cuando ella no los escuchaba— que, si Dios era justo, algún día les
concedería la oportunidad de machacarlo y de recuperar a su niña. Lo habían
visto rondar la casa una noche que había fiesta en la parroquia de San Antonio,
y otra en que la pareja se había disgustado. En el camino a la banca donde se
sentaban a besarse, Ema Luz y Mario habían discutido por nada.
Él
quería hacerla caminar con los ojos cerrados sobre la guarnición de la calle y
que, mientras andaba a ciegas, le contara lo que había hecho durante el día.
Ella aceptó el juego, pero cuando llevaba un buen tramo recorrido, abrió los
ojos y se encontró del brazo de una buena señora que apenas podía contener la
risa con lo que la muchacha le contaba. Ema Luz se desprendió del brazo de la
mujer y miró hacia todos lados, desconcertada. De lejos, escuchó las carcajadas
de Mario, que se había quedado atrás en cuanto la había convencido. Cuando él
llegó corriendo a su lado e intentó abrazarla, ella torció la boca y lo empujó
contra un muro.
—Eres
un imbécil —dijo la muchacha, y levantó un par de nubecillas de polvo cuando
azotó el suelo con sus zapatillas, tal como una chiquilla berrinchuda—.
—Pero
yo sí tengo los ojos siempre bien abiertos, para no irme del brazo con
cualquiera —respondió Mario, y comenzó a saltar alrededor de ella, como uno de
esos monos que llevaban con cadena al cuello los individuos escurridos que
montaban las carpas de los circos, que se aparecían por la localidad cada que
se acercaban las festividades religiosas—.
Estar
enojados les gustó; les pareció como un aderezo para su relación. El disgusto
exacerbó su necesidad mutua de ternura, y como no podían expresarla con
libertad, se les acumuló, se les derramó en suspiros y ojos hundidos. Sentían
sus cuerpos inflamados por una fuerza parecida al magma, igual de lenta, blanda
y explosiva, y querían tocarse, pero, con tal de incrementar la sensación, lo
dejaron para más tarde. Mario fue el que no resistió. En el barrio de ella, él
no era bien visto por los padres de la muchacha ni por algunos raterillos locales,
con los que varias veces se había enfrentado a golpes y cuchilladas, luego de
disputar partidos callejeros de fútbol con muchachos que se iban de migrantes y
que volvían, fracasados, a escandalizar o a cortejar a algunas muchachas de
aquella localidad.
El
Loreto no era su territorio, pero, de todos modos, cuando no pudo sobrellevar
su deseo de estar con ella, Mario apretó los dientes, y para sofocar su temor
de que lo atacaran, se dijo que el riesgo de estar con la mujer que amaba bien valía
unas cuantas cuchilladas, y un día, como si fuera algo natural invadir un
barrio ajeno, se atrevió a acercarse a la vivienda de Ema Luz. Su andar de
muchacho enérgico y decidido le daba un aura de superioridad, y los muchachos
detenidos en las esquinas sabían leer bien los ademanes y gestos de sus
víctimas, y desde que lo miraron caminar sobre el terreno polvoso supieron que a
Mario no lo espantarían con insultos, sino que habría que pelear —y muy duro—
para echarlo de sus calles.
Para
su sorpresa, los individuos con los que se cruzó en las esquinas únicamente lo
miraban con recelo, murmuraban entre ellos y se empujaban entre sí como para
demostrar su violencia y su fortaleza, pero ninguno se atrevió a obstaculizarlo,
y mucho menos a retarlo.
La
madre de la muchacha lo descubrió arrojando piedrecillas a las ventanas. La
calle estaba en penumbras en el momento en que la mujer levantó la cortina para
mirar el frente de su casa y, aunque apenas distinguió los rasgos del sujeto
que alborotaba en los cristales, su intuición le reveló que era el muchacho que
rondaba a su hija. La madre de Ema Luz salió a pedirle que se marchara y que no
estuviera espiando más por sus ventanas.
Mario
negó con la cabeza y levantó la cara sólo para decir que, si Ema Luz no salía,
ahí se quedaría, aunque tuviera que pasar una noche de perro, aullando frente a
su fachada. Ema Luz no salió ese día. A la mañana siguiente lo encontró helado,
escurrido junto a la reja, pegado a la pared de su casa como si alguien lo
hubiera dibujado.
Sin
avisar a nadie, la muchacha se marchó de su casa semanas más tarde. Una noche
que llovía, echó en una mochila de la escuela un par de cambios de ropa y
algunas zapatillas y, cuando Mario la recibió en la esquina de la calle donde
la esperaba, se le figuró que ella misma, con su cuerpo escurrido y su
gabardina azul empapada, también había caído del cielo.
Ema
Luz seguía sin poder dormir; a su mente llegaban, de aquí y de allá, diversas imágenes
de su vida anterior y de los recientes días, que enseguida se evaporaban. Hacía
cuanto podía para tranquilizarse y dejar en paz su memoria, pero el sueño no le
llegaba. Desde su habitación helada, escuchaba a lo lejos villancicos entonados
por cantores trasnochados; los gritos de borrachos, felices a su modo,
dispuestos quizá a utilizar las cabezas de los demás como petardos o como
piñatas de barro.
Los
más escandalosos eran los que se habían ido de migrantes y que volvían en esa
temporada. A falta de reconocimiento genuino, se festejaban ellos mismos con
ríos de alcohol y montañas de cocaína. Los habitantes de El Loreto y Tlayohua
los percibían como seres sin ataduras: personajes que parecían tenerle rencor a
la tierra que los había expulsado muertos de hambre; y les notaban un odio y
admiración hacia el lugar que les daba empleo, y una vaga conciencia de que, en
el fondo, eran despreciados más por su ignorancia y costumbres instintivas,
casi animales, que por su raza. Expulsados y sin ataduras de ninguna especie,
esos sujetos tampoco estaban a gusto con ellos mismos y peleaban por todo.
El
espíritu navideño no reinaba en la habitación de Ema Luz y Mario. Ahí no había ni
Nacimiento ni árbol con luces. ¿Qué era en realidad la Navidad, qué significaba
tener espíritu navideño? Ella no lo sabía. En el fondo creía que lo sabía, pero
se negaba a aceptar que sólo fuera preparar guisos especiales, cantar canciones
de temporada, encender luces de bengala y escuchar crepitar las envolturas de
los regalos. En todo caso, prefería que fuera la ceremonia de La Adoración y el
arrullo del Niño Dios de yeso, recostado en un chal de seda y sofocado por
dulces y colaciones. Era seguro que Mario tampoco sabía el significado de la
Navidad; si no, no habría estado soñando que comía mientras ella se congelaba.
No
quería pensar en eso, pero era preferible pensar en eso y en el aire colándose
por las rendijas, y no dejarse ganar por la desesperación del hambre. Ema Luz
casi no podía creer que hiciese tanto frío adentro como a la intemperie. No
debía decir eso, lo sabía, y menos de una habitación que era suya. Desde hacía
siete meses era lo único que podía llamar suyo: eso, y “su” Mario, y algunos
objetos personales desperdigados en los rincones del cuarto. Las rodillas le
temblaban, pero en cuanto a volver a su casa ni siquiera lo consideraba. Se
había marchado o la habían echado; en todo caso, su familia y ella estaban
separadas por prejuicios que se contraponían.
El
enamoramiento de Ema Luz se exacerbó una tarde en que Mario la alcanzó a la
salida de la escuela donde estudiaba el primer año de una licenciatura de
título asfixiante: Técnico Superior Universitario en Radiología e Imagen, y le
propuso que abandonara todo y vivieran juntos.
Al
principio, a Ema Luz las calles polvosas y descuidadas de Tlayohua le
parecieron un escenario más propicio para cometer un crimen que para iniciar
una familia. Ema Luz le propuso buscar dos habitaciones en El Loreto, para
estar cerca de sus parientes; sin embargo, Mario se mostró inflexible: o era
Tlayohua o vivirían separados para siempre. Ema Luz cedió con dulzura, pues
sabía que, si lo perdía, nunca más podría encontrar a nadie que adivinara sus
pensamientos y sus necesidades amorosas con tan sólo un pestañeo.
La
primera vez, Mario se le había presentado a Ema Luz por un costado, como salido
del arroyo de la calle: con los cabellos enredados y una sonrisa de confianza
que la desarmó por completo, y que le hizo recordar las emociones sublimes que
vivía frente a las escenas de telenovelas que regularmente miraba.
El
muchacho se presentó sin aspavientos y le dijo su nombre con naturalidad. La
amiga que acompañaba a Ema Luz se retiró discretamente, con un gesto de repulsa
simulado, porque en realidad estaba envidiosa de que ese sujeto atlético y de
cejas pobladas la hubiera preferido a ella.
Cuando
él le preguntó el nombre de la carrera que estudiaba, ella se puso seria, quiso
decirlo correctamente, pero lo que le salió fue un trabalenguas ininteligible
que a los dos los hizo doblarse de risa. Se miraban a los ojos, y los dos reían
sin que hubiera motivo. La mirada les brillaba, las mejillas se les
arrebolaban, y más tarde les pareció que, a su alrededor, las cosas se
desbarataban.
Ema
Luz tenía la cara colorada por el gusto de reírse como no lo hacía desde los
tiempos en que había tenido un novio con facultades de mimo, y que, únicamente
sirviéndose de ademanes, era capaz de contar historias que no cabrían en libros
enteros. Eso había ocurrido cuando ella contaba con dieciséis años.
Ema
Luz vio en su encuentro la mano del destino; lo demás fue dejarse fascinar por
la luz nueva que brotaba de las bocacalles y por el aura de belleza con que se
adornaban las fachadas, y estar atenta al lenguaje que le revelaban los trinos
de las aves.
Él
trabajaba para el edificio de junto a la escuela a la que ella asistía, en una
oficina. Todos los días le entregaban unos documentos, se trepaba a una
motocicleta por las mañanas y regresaba al mediodía.
En
varias ocasiones, Mario la llevó en la parte de atrás del vehículo, en paseos
llenos de tropezones y de polvo, a mirar lugares envejecidos y a medio
construir, pero todas las veces a Ema Luz se le figuraba que viajaba en el
caballo de sus sueños.
Mario
la había descubierto un día a la hora de su comida, desde entonces la vigilaba,
y aquella tarde se había decidido a acercarse a ella. Luego de las
presentaciones, Ema Luz le preguntó a qué se dedicaba, y él respondió
brevemente que era mensajero. Al decirlo, hizo un gesto de reverencia ante
ella. Lo hizo de tal manera que, en efecto, parecía uno de aquellos mensajeros
antiguos, que llevaban, a través de reinos inconmensurables, recados entre
princesas y monarcas enamorados, o que portara entre las bolsas de su chamarra
de mezclilla las declaraciones de guerra entre feudos hostiles. Ella estaba
encantada con la conversación; sobre todo, miraba por primera vez a un hombre
que le agradaba. Le gustaba tenerlo cerca, mirar su perfil de hierro, sus ojos
hundidos y su pelo alborotado.
Cuando
el muchacho se despidió, le dijo que, para que recordara su encuentro, le
regalaría una flor. Ella pensó que él estaba loco: no traía nada entre las
manos y a su alrededor sólo crecían —por allá y por acá— hierbas tristes y
pálidas.
Entonces,
Mario le hizo de nuevo una reverencia y se entreabrió la camisa, dejando a la
vista su lado izquierdo, y le señaló la rosa negra que llevaba tatuada, apenas
arriba de la tetilla. Ella, en lugar de reír, se le quedó mirando con una
expresión de asombro; su vista iba una y otra vez de la cara de Mario a la
rosa, hasta que una marea interna de emociones le subió a los ojos y comenzó a
azotarle las pestañas, con una especie de peces de cristal que, al saltar a
tierra, se volatilizaban.
El
tatuaje era la insignia de la pandilla a la que Mario pertenecía, y con ese
gesto sorpresivo, en realidad lo que estaba queriendo darle a entender a Ema
Luz era que, de ahí en adelante, ponía sus armas y su vigor entero a su
servicio.
Nunca
supo si ella lo entendió así, pero le encantó el gesto delicado con que ella
recorrió con sus dedos temblorosos los bordes de la rosa. Comenzó a acompañarla
a su casa; sin embargo, la dejaba en los límites de su barrio y sólo se
arriesgaría a ir ocasionalmente más tarde, cuando se le metió en la cabeza que
nunca más podría vivir sin ella.
Su
intimidad se dio lentamente. Mario tenía poca experiencia y ella ninguna;
flotaban sobre la cama, pero eran inexpertos como Dafnis y Cloe, y es seguro
que, para tener relaciones sexuales, tuvieron que recordar cómo lo hacían los
animales.
Cuando
aprendieron a hacerlo, Mario comenzaba a besarle los ojos y no se detenía hasta
dejarla semidesnuda. La trataba como a una fruta delicada a la que estuviera
quitándole la cáscara. Debajo encontraba una pulpa jugosa y pura. Sus muslos
blancos lo desquiciaban. Al estar sobre ella, invariablemente se sentía como un
chiquillo en un mar de gelatina. Ema Luz aprendió a llevarlo a la orilla y al
centro de la cama. Lo dejaba retirarse y, de nuevo, lo devoraba. En las partes
finales, era un placer tan intenso que a Mario se le figuraba que comenzaba a
tener alucinaciones.
En
la calle seguían estallando cohetes. Ema Luz se volvió para mirar a Mario; él
no sentía frío. Unas barras de luz se colaban por la cortina, los ojos de Mario
brincoteaban dentro de sus párpados; vio su mandíbula subiendo y bajando. ¿Cómo
era capaz de soñar que comía? Se acurrucó junto a él, le acercó su vientre
abultado. En su inconsciencia, Mario la abrazó sin dejar de masticar su
platillo ilusorio. Su cercanía la reconfortó, pero el calor de su cuerpo no
aumentaba.
A
ella le hubiera parecido hermoso que, en su sueño, Mario adivinara su frío y
que se despertara. Eso le habría dado una dimensión clara de los sentimientos
que el muchacho le profesaba; sin embargo, ahí estaba Mario, apoyando su
mejilla en su cabeza, sin enterarse de que ella tiritaba.
No,
él no percibía nada. En realidad, no era malo: sólo tenía sueño y quince días
sin empleo. Hacía lo que podía, caminaba todos los días hasta la ciudad y se
ofrecía como asistente de oficina, pero los lugares estaban ocupados.
Los
víveres se habían terminado la víspera. Dos días antes, en la primera posada,
unos dolores ventrales la habían mantenido en cama, y Mario tuvo la entereza de
ir a pedir a sus vecinos cuatro buñuelos para ella. Ema Luz se negó a comerlos;
se sintió humillada, enferma de humillación por lo que creyó una limosna y, en
ese instante, la enfureció sentirse aún más hambrienta. Aquel día, prometió
comerlos más tarde y, en cambio, arrumbó los buñuelos encima del ropero.
No quería pensar en los buñuelos regalados; recordarlos la humillaba porque le provocaban más hambre. Además, seguro las ratas habían dado cuenta ya de ellos. O quizá no. No podía jurar que la casa estuviera infestada de bichos; por lo me...
***
Las Mariposas Cantan de Noche
Juan Norberto Lerma
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Las Mariposas Cantan de Noche
Juan Norberto Lerma
© Derechos Reservados de Autor
Registro Público del Derecho de Autor
México
Obra registrada ante El Instituto Nacional del Derecho de Autor (INDAUTOR)
México, Distrito Federal, actualmente Ciudad de México.
Derechos reservados
***
Portada
Idea Original, Juan Norberto Lerma
Realización
Imagen generada con Grok de xAI
Prólogo
Las historias que contiene el libro Las Mariposas Cantan de Noche son un conjunto de narraciones que se desarrollan en una ciudad, mi ciudad interior, llamada Tlayohua. Además de reflejar el temperamento y las pasiones de un grupo humano integrado a un territorio, las escenas trazan sus calles, describen su historia, sus desilusiones, los extravíos y los estados sosegados o alterados de los personajes que deambulan en este escenario.
Este volumen de cuentos es producto de mucho tiempo y dedicación, y más que de un trabajo formal, requirió, sobre todo, de tener paciencia. Escribir y reescribir, normalmente son ocupaciones placenteras, pero lo es aún más corregir, porque en ese momento descienden o surgen de aquí y de allá ideas, frases afortunadas, construcciones verbales sólidas como castillos, o tenues y sugeridas como remolinos ligeros en un llano.
A grandes rasgos y de una forma general, considero que a una persona que escribe se le presentan dos posibilidades a la hora de decidir sobre su escritura. Desde luego tiene muchas y variadas opciones de elegir cómo las escribirá, eso no está en discusión; sin embargo, de entre todo ese cúmulo de posibilidades hay dos que sobresalen.
En la primera, hay historias que el autor está obligado a contar, son las narraciones que le brotan, las que se le derraman, y como que se las murmuran, o las que parece que viene la Divina Providencia, que siempre sabe más, y se las cuenta. En la segunda forma que yo veo, hay otras historias que simple y sencillamente se le ocurren a la persona que escribe.
Como sea, las primeras, las historias que debe escribir un autor, son las que escribe desde la más absoluta franqueza, son las que de alguna manera también lo describen a él, a su época y a sus circunstancias, y normalmente, son las que, con un poco de suerte, los lectores lo recordarán. Las otras, si algún valor tienen, son librescas, se guardarán en museos de la palabra para que las estudien los que dicen que saben, o creen que saben, los secretos de la literatura.
En todo caso, esa clase de textos no son para el público en general, no porque sean de un carácter muy elevado, sino porque, sin saberlo, acaso sin desearlo, fueron construidos para distanciarse de lo humano, para justificarse como autor. De cualquier forma, que cada cual explique, si es que puede, las razones por las cuales escribió tal o cual engendro.
Las historias que aparecen en este libro son de la clase de las que yo tenía que escribir, las que yo estaba obligado a contar. Durante muchos años postergué el instante de escribirlas, porque me distraje escribiendo historias librescas; sin embargo, el llamado de las historias que yo debía contar fue tan poderoso, que tuve que ceder y escribirlas. De hecho, no fue una decisión mía escribirlas, ni mi voluntad me llevó a contarlas, sino una especie de destino.
Es posible que en Las Mariposas Cantan de Noche, las historias no sean lo que yo hubiera querido, sino que son lo que ellas quisieron. Representan un conjunto de textos en los que aparecen personajes a los que yo conocí, o que fueron cercanos a mí, como presencia, en mis primeros años, en mis primeras visiones; luego me acompañaron en mi adolescencia y mi primera, y única, juventud. En las narraciones aparecen personajes que me dicen algo a mí, y que espero también puedan decirle algo al lector.
Los cuentos de este volumen son historias en las que se destila una cierta humanidad, un modo singular de vivir y padecer la vida. Aunque, en sentido estricto, una visión humanitaria no es un requisito de la literatura, considero que sí es una de las partes esenciales que la justifican.
En todos los sentidos, es más valiosa una visión humana, que cualquier destreza gramatical; tiene más peso y un mejor brillo la humanidad que las construcciones verbales artísticas, si es que las hay, que no tienen una aplicación práctica. Digamos que si esas palabras que hechizan no son capaces de formar una nueva imagen, un significado nuevo comprensible para la mayoría, entonces no son más que meros artefactos verbales idiomáticos.
Las historias de Las Mariposas Cantan de Noche están contadas de la mejor manera que me fue dada, literaria y creativa, de una forma imaginativa que describe el color local y, sobre todo, el mundo espiritual de los personajes, que son como desgarraduras del paisaje, seres heridos, que de alguna manera hablan de los momentos amargos de la vida, y que también armonizan con la escenografía, con esas calles purulentas, con esas colonias inmaduras, con esa ciudad que aquí se llama Tlayohua, que es a la que los protagonistas pertenecen, y a la que no quieren dejar de pertenecer nunca, porque es en la que surgieron, en la que crecieron, y la que los alimentó, la que los formó.
Esa ciudad, Tlayohua, es una especie de vientre protector maternal, dador de vida, en el que estos personajes deambulan y se enfrentan a sus circunstancias. Es ahí en donde mejor reflejan una parte de lo que es la vida para ellos.
En Las Mariposas Cantan de Noche, las historias se cuentan a sí mismas, no obedecen a las preferencias del autor, o del narrador, sino más bien las historias son las que van ordenando, desde el principio hasta el final, los acontecimientos, y si algunas son desgarradoras o dolorosas, se debe a que así se vive en Tlayohua, no al capricho del autor o del narrador.
Juan Norberto Lerma
Ciudad de México, 2022
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