El Camino a La Laguna / Juan Norberto Lerma
| Ilustración El Camino a La Laguna / Copilot |
El Camino a La Laguna
Juan Norberto Lerma
A principios de junio, Ramona se había marchado con los dijes, anillos y cadenas del negocio de Dionisio. Alguno de los puesteros con quienes bebía en los alrededores de la parroquia dedicada a San Antonio le dijo, a mediados de agosto —cuando ella ya apenas se acordaba de él—, que Dionisio había cambiado el comercio de la platería por las nieves, y Ramona, para aplacar la punzada de culpabilidad que le atenazó el vientre, tuvo la suficiente desvergüenza para hacer un chiste:
—Es
un negocio igual de frío —dijo—.
Disimuló
su turbación bebiendo un trago largo y, en su interior, se alegró por Dionisio,
porque a sus años el viejo no se dejaba amedrentar por las adversidades. El
puestero con el que departía no le rio la ocurrencia; por el contrario,
arrebatándole la botella, se sumió en consideraciones lúgubres acerca de la
mala sombra que, desde la muerte de su esposa, nublaba el horizonte de
Dionisio.
Ramona
sabía que la hija de Dionisio lo había acompañado en las investigaciones de su
paradero, y que, a la semana de recibir negativas en pensiones y vecindades
desvencijadas, la muchacha se cansó de lidiar con prostitutas y aventureros. Un
mes más tarde, hasta sus oídos había llegado la afirmación de que a las
mujeronas que miraban detrás de cortinas empolvadas les parecía que, en el
rostro de Dionisio, se reflejaba un segundo duelo.
Lo
cierto era que, tres días después de que Ramona cayera como ave de presa sobre
la platería, Dionisio arrinconó los tubos de su puesto y, rogando un poco allí
y prometiendo mucho allá, se hizo de un armatoste con el que comenzó a pregonar
paletas y nieves enmieladas por las calles maltratadas de Tlayohua.
Una
tarde calurosa, Ramona lo vio entrar al mercado por el corredor de los
vendedores de flores. Estaba más viejo, sucio de tierra hasta las rodillas,
ceniciento como uno de los racimos de hierbas revolcadas que atestaban los
mostradores; llevaba puesto el sombrero y su eterno paliacate anudado en el
cuello. No le pareció borracho ni apenado; sin embargo, hasta para ella estaban
aún frescos los recuerdos de su latrocinio, y evitó a Dionisio dando media
vuelta y fingiendo que hacía fila en la tortillería.
El
dinero de la platería se había esfumado tan pronto como un destello; a Ramona
sólo le quedaba el polvo de los llanos de su tierra en el fondo de los ojos, la
nostalgia de los días de su niñez recordados entre las charcas y huertos de
aguacates, sin ningún compañero de correrías; también estaba la melancolía por
sus muertos y los años perdidos, siempre presentes en las comisuras de su boca
y, ahora, más amargos en el filo de sus uñas descascaradas.
Ramona
había llegado a La Laguna haciendo alharaca de su fortuna, con maletas colmadas
de bisuterías y luciendo un vestido nuevo, porque bien sabía que, en su pueblo
miserable, sólo les fiaban a los pudientes, y no volvió de allí sino cargada de
pesares. Como si no hubiera tenido ya bastante con los sufrimientos por sus
piernas hinchadas, la sensación de vértigo que la atacaba en las madrugadas, y
las alucinaciones ocasionales, por añadidura, ahora tenía que lidiar también
con sus sentimientos de melancolía.
Una
mañana, Ramona caminaba entre los puestos, al acecho de un descuido de los
vendedores de frutas. De pronto, escuchó tras de sí con precisión el susurro de
la voz de Dionisio. Se le erizó el cabello de la nuca y las orejas se le
pusieron rígidas al comprobar que era él. Dionisio se dirigía a ella con un
tono cansado y burlón, satisfecho, como si estuviera agradeciéndole a algún
demonio benévolo el habérsela puesto en su camino.
—Conque
al fin apareciste, vieja mula —le dijo muy junto al oído—.
Instintivamente,
Ramona contrajo el cuerpo a la espera de un golpe y cerró los ojos con fuerza.
Dionisio se rio abiertamente, la sujetó por los hombros y la obligó a mirarle
la cara. Ramona comprendió al instante la estupidez de demostrarle miedo;
Dionisio no se atrevería a golpearla delante de la gente. Envalentonándose, lo
miró: lo halló desmejorado, con derrames en los ojos y un sedimento de tristeza
terrosa acumulado en los pómulos.
—Anda,
tú, nada más no me estrujes —dijo Ramona, elevando la voz para que los
compradores pudieran escucharla—.
Cientos
de veces Dionisio y otros la habían pisoteado, pero ahora Dionisio pareció
impresionarse con su arranque de dignidad estudiado. La soltó como si rechazara
un contacto que le hiciera daño. Aplacó sus ganas de tundirla contra las pilas
de sandías y resopló resignado.
—Te
robaste todo —murmuró, como informándola de un suceso ocurrido durante el
tiempo que ella había estado ausente—.
Ramona
no bajó la guardia, no permitió que la asaltara ningún pensamiento de piedad
hacia el hombre viejo, y pobre como perro, que le reclamaba la pérdida de su
patrimonio.
—Ya
te pagaré —replicó ella dignamente, en lo que pensaba cómo salir bien librada
del asunto—.
En
la voz de Dionisio resonó un eco de conmiseración:
—Qué
me vas a andar pagando, si luego se te mira que estás más jodida que una rata.
—Una
tiene sus mañas —dijo Ramona, esbozando una sonrisa cínica—. Ya te pagaré. Nada
más espérame.
Caminaron
hacia un lugar despejado, porque Ramona a duras penas podía contener las ganas
de pellizcar los racimos de uvas.
—Me
fregaste todito —dijo Dionisio, apoyado en la columna de una accesoria de
jugos, e hizo un gesto de desaliento al percibir el aliento alcoholizado y
rancio de la boca de Ramona—.
—Pues
si ya lo sé —susurró Ramona, y miró unos perros macilentos en el fondo de la
callejuela del mercado—.
—No tenías necesidad de perjudicarme. Total,
me hubieras dicho que querías irte para La Laguna —dijo el hombre, sin lástima
por sí mismo—.
Días
después del robo, Dionisio comprendió que, de cualquier forma, tarde o temprano
él solo hubiera acabado con el negocio de la platería. Lo único que de verdad
le provocaba un dejo de resentimiento era el hecho de que ella no hubiera
compartido el capital con él, que se hubiera comido en compañías extrañas su
dinero.
De
pronto, mientras miraba roer a una criatura un hueso de pollo en la columna
vecina, Ramona se ablandó por completo.
—Perdóname,
Dionisio —dijo—. De veras que yo no quería... —su voz se ahogó en un comienzo
de sollozo. Sacó un pañuelo sucio de su delantal y se limpió la nariz
ruidosamente—.
—Pues
qué mala cara viste, mujer. ¿No tenías tu casa y tus ocupaciones?
Ramona
no respondió. La niña terminó de roer su hueso, y no acudieron a la boca de
Ramona las palabras para explicarle a Dionisio que oscuramente presentía que
cada día que vivía era el último de su vida, que algo intuitivo le exigía
vivirlo sin reflexionar y que, por lo mismo, quería que ese día la sorprendiera
en La Laguna.
Hubiera
querido confesarle que ese era el verdadero motivo por el cual no había podido
vivir con Regino, su primer marido, ni con ningún otro, y no porque le gustara
que le metieran mano, como todos y él mismo creían, y que cuando él la recogió
de las calles lo siguió porque él era un viejo como ella y no para robarle la
platería, y que era una lástima que la vida se le hubiera ido en parir y en
recibir vejaciones. Tampoco halló el modo justo de decirle a Dionisio que la
ebriedad le permitía concebir ilusiones y le cauterizaba las heridas, y que,
por más que quisiera, nunca podría ni matarse ni encontrar alivio para su alma
envilecida.
—Ya
pues —la urgió Dionisio, conduciéndola por un brazo hacia la salida del
mercado—.
En
septiembre, Ramona ya no bebía.
Por
las mañanas acomodaba el lío de sabores que Dionisio cargaba en el cajón de las
paletas y alimentaba a las docenas de pericos australianos, que era lo único
que le había permitido conservar al hombre de su difunta esposa. Ramona tenía
la firme convicción de que el procurar las aves de la muerta la eximía de ser
despeñada cualquier día por un ánima maligna, ya fuera ésta la de la ex mujer
de Dionisio o bien alguna otra de las muchas que penaban en el mundo de los
vivos. En el fondo, lo que buscaba era estar en orden con la muerta y, al mismo
tiempo, hacerse ilusiones de que, con la vaina, el alpiste y el revoloteo de
plumas, hasta el patio de esa casa venida a menos podía ser una extensión de La
Laguna.
Un
mes después, Ramona había recobrado su figura regordeta, las venas saltadas de
sus pies habían vuelto al nivel de su piel y las piernas ya no se le hinchaban.
Prefería platicarles sus cosas a los pericos o contarles las manchas de las
alas, con tal de no pensar en el olor de los pirules que bordeaban un huerto
lejano; en el rumor de lluvia cayendo en el páramo, en las gotas deslavando
adobes; en la bendición que significaría el agua para los muertos, tan solos,
tan secos y sedientos bajo las losas de olvido y cemento del camposanto de La
Laguna.
A
Dionisio y a Ramona se les comenzó a ver juntos en misa, en los puestos de
esquites plantados a la salida del templo, sacándoles la vuelta a las bandas de
seres piltrafudos que se reunían en los umbrales de las tiendas, o en los
corredores del mercado, a mendigar para poder comprar un alivio precario para
sus almas agusanadas. Quien quisiera encontrarlos o quisiera algo de ellos,
podía verlos por la tarde, adormilados en la acera, sentados en un tronco seco
en el que permanecían rumiando sueños, enfermos de melancolía, extrañando el
minuto transcurrido indefinidamente, mirando la imagen congelada de los perros
que dormían, hasta la hora en que las muchachas en edad de provocar sueños y
guerras se despegaban del televisor para salir a cumplir sus citas, con el
socorrido pretexto de ir a comprar el pan en las esquinas.
Ramona
dormía mucho y mal, y se le metió en la cabeza —sin que Dionisio pudiera
persuadirla de lo contrario— que, pese a los cuidados que prodigaba a los
pericos, el ánima de la que había sido dueña de los avechuchos la acechaba.
Cuidaba a todas horas la puerta como si esperara verla entrar en cualquier
momento, vigilaba las sombras en las cortinas, espiaba en el fondo de las ollas
y hasta llegó a creer que el barullo de los pericos contenía, en realidad, un
lenguaje cifrado con el que ponían a la muerta al tanto de los pasos que ella
daba. Le parecía que, a ciertas horas del día, aún sin el gato rondándolos, los
pericos se alborotaban y que se multiplicaban desordenadamente con el propósito
evidente de embromarla, y de que, pese a sus rasgos inexpresivos, en el fondo
deseaban que su antigua ama los liberara para poder destrozarle el rostro a
picotazos a Ramona.
Tanto
pensó en la muerta, que una noche, mientras se escarmenaba el pelo, vio junto
al reflejo de su rostro el contorno de una cara etérea, rosada y con unos ojos
tristes, negros como las charcas de La Laguna. Se volvió de golpe para hacerle
frente a su destino y sólo vio a Dionisio arrebujado en el fondo de la cama.
Pese a sus temores de ser llamada a cuentas por “El Eterno” esa misma noche,
fue a las jaulas de los australianos y saqueó los nidos de los que empollaban,
y con los huevecillos preparó una tortilla para pasto de los perros. Se durmió
con remordimientos ya de madrugada y, al día siguiente, a la misma hora, volvió
a ver a la mujer en el espejo.
Se
quejó con Dionisio al ir a la cama; sin embargo, él, que había lidiado batallas
terribles con su mujer en vida, ahora sólo le encontraba virtudes; le sugirió a
Ramona que se deshiciera del espejo y de las aves, que encendiera una veladora
para la difunta y que se olvidara para siempre de las cenas. Ramona tiró el
espejo, pero fue peor, porque comenzó a ver el ánima de la mujer en las
ventanas. Rezó fervientemente por el descanso del alma en pena y trajo a un
cura que humedeció los rincones de la casa con agua bendita, sin resultado
alguno. Tuvo fiebre, y Dionisio la atemperó friccionándole paletas en las
plantas de los pies y nieve en la espalda; tuvo vómitos, y Dionisio le preparó
y la obligó a beber una infusión de tapacola; hablaba por las noches, y Dionisio
temió que Ramona estuviera loca, pero lo mismo la escuchaba compartiendo sus
miedos y sintiendo nostalgia por un terruño semejante a La Laguna.
Insensiblemente
se fueron dejando atrapar por la ilusión de tiempos anteriores, por la tontería
de creer que aún sus almas corrompidas y sus cuerpos ajados podían interesarle
verdaderamente a otro ser humano. Atrás quedaron los días en que su capacidad inmensa
para el trabajo y su debilidad por los vicios los había acercado una tarde de
un año no muy lejano.
Fue
tanta la fe con la que Ramona encendió la veladora, y tan sincera en sus deseos
de que la difunta encontrara la paz en su sepulcro, que dejó de verla. Ramona,
no obstante, redobló los cuidados de los pericos y permitió a Dionisio que, con
una habilidad de viejo pervertido, fuera descascarando su ser purulento. En el
fondo de su alma vivía un ángel sucio, gordo, incapacitado para las grandes
alturas debido a los innumerables parches de sus alas apelmazadas.
El
día de Todos Santos, Ramona permitió a la muchacha de Dionisio que los
visitara. No tenía otra opción, pero la visita se convirtió en un infierno. Los
pericos australianos revolotearon en sus jaulas, y armaron tal bullicio en el
momento en que la muchacha cruzó por el patio y tropezó con los tubos del
antiguo puesto de la platería, que pareció que, de pronto, se hubieran visto
amenazados por gatos diabólicos o que estuvieran ante una aparición de
ultratumba. La muchacha conversó a solas con su padre, y Ramona se sumió en la
zozobra cuando ella no aceptó quedarse a comer el guiso que le había preparado.
Cuando
la muchacha se marchó, Ramona atiborró de vaina a los pericos y se paseó de un
lado a otro de las jaulas, cantándoles tonadas para dormir niños, y, a cada
minuto que transcurría, caía en la cuenta del extraordinario parecido de la
muchacha con su madre muerta. Las aves no dejaron de alborotar sino hasta el
otro día. Volvió a sentir la presencia de la muerte rondándola y, cuando la
hija de Dionisio había abandonado la casa, lo único que ocupaba los
pensamientos de Ramona eran unas ganas inmensas de irse a morir a La Laguna, y
de consumirse, de orientar el fuego ansioso que la devoraba en dirección de los
altares álgidos que encendían los seres místicos de las piqueras de todos los
rumbos de Tlayohua.
Una
semana después, con la mitad del cuerpo dentro del cajón de las paletas, Ramona
comenzó a llorar bajito. Dionisio la interrogó; sin embargo, ella se limitó a
recitar, en una letanía, el orden en que estaban acomodados los sabores de las
paletas. Él hizo como que no veía sus lagrimones, sintió una vaga desazón y
pensó que, en el fondo, no quería quedarse sin quien le remendara los
pantalones ni sin un plato de sopa caliente sobre la mesa.
—Mejor
me hubiera muerto en La Laguna —murmuró Ramona como para sí, cuando Dionisio
iba ya hacia la salida—.
—Estate
quieta, mujer —replicó él con un hilo de voz—. Ya estás vieja para andar
jugando con esos antojos. Alzas la casa y te tomas un té de romero para tus
penas —añadió, opacando con su voz el comienzo de barullo de los australianos,
y empujó su armatoste hacia la puerta de la calle—.
Al
oscurecer, Ramona estaba casi serena; Dionisio la veía ir y venir con los
trastos de las jaulas, y hubiera querido ofrecerle el consuelo de beber un
trago o de hacerle el amor diez veces hasta dejarla agotada, y borrar de su
mente el recuerdo de La Laguna.
En
la cama, el llanto de Ramona despertó a Dionisio.
—Ahora
en las Navidades te doy para que te vayas a La Laguna —dijo—. Ya duérmete
—agregó, y volvió el rostro hacia la flama de la veladora. Luego lo pensó mejor,
y sintió su cuerpo tembloroso, como si se hundiera en un pantano, y se abrazó
con desesperación a ella—.
Del
ofrecimiento de esa noche, Ramona dedujo que Dionisio tenía por ahí algún
dinero. Esperó a que él se marchara con el pregón de sus nieves y paletas para
revolver la casa. Lo encontró cuatro horas después en el hueco de una de las
patas de la cama. Alborozada, desanudó el paliacate sobre la sábana y contó
innumerables veces los billetes colorados. Comprendió vagamente que era a eso a
lo que había venido la muchacha de Dionisio, y que ahí había dinero como para
comprar una conciencia y la mitad de La Laguna. En su imaginación se vio
paseando oronda en los senderos terrosos, salpicados de verde de su poblacho.
Cuando escuchó el estrépito del armatoste de Dionisio en la puerta de la calle,
volvió a la realidad, y como pudo, guardó todo.
Estuvo
muy inquieta el resto del día; se sintió indignada por la desconfianza que le
demostraba Dionisio al ocultarle el dinero. A cada pregunta de él sobre lo que
le ocurría, ella le respondía con evasivas. En el sueño, la persiguió la imagen
de un Dionisio cadavérico. Pese a todo, él se presentaba muy acicalado, la
cogía de la mano y la obligaba a sentir su estómago lleno de fajos de billetes.
Fascinada, Ramona intentaba tocar el dinero; sin embargo, al hacerlo, los
billetes se convertían en pericos australianos de múltiples denominaciones, que
volaban en dirección de las ventanas abiertas. Ramona, desesperada, se agachó
para mirar si podía apoderarse de algún billete rezagado en su vuelo, y vio un
hueco en el abdomen de Dionisio, y en el fondo distinguió árboles, la corriente
de un río y las rancherías típicas de La Laguna. Prisionera de supersticiones,
despertó y ya no pudo volver a dormir en toda la noche.
Por
la mañana, miró con desconfianza a Dionisio. Recordó tramos de su sueño, y él
se le figuró un viejo diabólico que pretendía robarle el alma con alguna treta
oscura. Dionisio la vio intranquila y sin ganas de ayudarlo con las paletas.
—Ya
falta poco para las Navidades —mencionó el hombre como al acaso—.
Ramona
no contestó; se limitó a descargar el peso de su cabeza sobre su pecho y lo vio
salir al patio, animoso y sincero. El viejo lo único que parecía querer era no
estar solo, aunque a su edad tuviera que pagar muy cara la compañía.
El atado con el dinero se le convirtió en una obses.....
Las Mariposas Cantan de Noche
Juan Norberto Lerma
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Las Mariposas Cantan de Noche
Juan Norberto Lerma
© Derechos Reservados de Autor
Registro Público del Derecho de Autor
México
Obra registrada ante El Instituto Nacional del Derecho de Autor (INDAUTOR)
México, Distrito Federal, actualmente Ciudad de México.
Derechos reservados
***
Portada
Idea Original, Juan Norberto Lerma
Realización
Imagen generada con Grok de xAI
Prólogo
Las historias que contiene el libro Las Mariposas Cantan de Noche son un conjunto de narraciones que se desarrollan en una ciudad, mi ciudad interior, llamada Tlayohua. Además de reflejar el temperamento y las pasiones de un grupo humano integrado a un territorio, las escenas trazan sus calles, describen su historia, sus desilusiones, los extravíos y los estados sosegados o alterados de los personajes que deambulan en este escenario.
Este volumen de cuentos es producto de mucho tiempo y dedicación, y más que de un trabajo formal, requirió, sobre todo, de tener paciencia. Escribir y reescribir, normalmente son ocupaciones placenteras, pero lo es aún más corregir, porque en ese momento descienden o surgen de aquí y de allá ideas, frases afortunadas, construcciones verbales sólidas como castillos, o tenues y sugeridas como remolinos ligeros en un llano.
A grandes rasgos y de una forma general, considero que a una persona que escribe se le presentan dos posibilidades a la hora de decidir sobre su escritura. Desde luego tiene muchas y variadas opciones de elegir cómo las escribirá, eso no está en discusión; sin embargo, de entre todo ese cúmulo de posibilidades hay dos que sobresalen.
En la primera, hay historias que el autor está obligado a contar, son las narraciones que le brotan, las que se le derraman, y como que se las murmuran, o las que parece que viene la Divina Providencia, que siempre sabe más, y se las cuenta. En la segunda forma que yo veo, hay otras historias que simple y sencillamente se le ocurren a la persona que escribe.
Como sea, las primeras, las historias que debe escribir un autor, son las que escribe desde la más absoluta franqueza, son las que de alguna manera también lo describen a él, a su época y a sus circunstancias, y normalmente, son las que, con un poco de suerte, los lectores lo recordarán. Las otras, si algún valor tienen, son librescas, se guardarán en museos de la palabra para que las estudien los que dicen que saben, o creen que saben, los secretos de la literatura.
En todo caso, esa clase de textos no son para el público en general, no porque sean de un carácter muy elevado, sino porque, sin saberlo, acaso sin desearlo, fueron construidos para distanciarse de lo humano, para justificarse como autor. De cualquier forma, que cada cual explique, si es que puede, las razones por las cuales escribió tal o cual engendro.
Las historias que aparecen en este libro son de la clase de las que yo tenía que escribir, las que yo estaba obligado a contar. Durante muchos años postergué el instante de escribirlas, porque me distraje escribiendo historias librescas; sin embargo, el llamado de las historias que yo debía contar fue tan poderoso, que tuve que ceder y escribirlas. De hecho, no fue una decisión mía escribirlas, ni mi voluntad me llevó a contarlas, sino una especie de destino.
Es posible que en Las Mariposas Cantan de Noche, las historias no sean lo que yo hubiera querido, sino que son lo que ellas quisieron. Representan un conjunto de textos en los que aparecen personajes a los que yo conocí, o que fueron cercanos a mí, como presencia, en mis primeros años, en mis primeras visiones; luego me acompañaron en mi adolescencia y mi primera, y única, juventud. En las narraciones aparecen personajes que me dicen algo a mí, y que espero también puedan decirle algo al lector.
Los cuentos de este volumen son historias en las que se destila una cierta humanidad, un modo singular de vivir y padecer la vida. Aunque, en sentido estricto, una visión humanitaria no es un requisito de la literatura, considero que sí es una de las partes esenciales que la justifican.
En todos los sentidos, es más valiosa una visión humana, que cualquier destreza gramatical; tiene más peso y un mejor brillo la humanidad que las construcciones verbales artísticas, si es que las hay, que no tienen una aplicación práctica. Digamos que si esas palabras que hechizan no son capaces de formar una nueva imagen, un significado nuevo comprensible para la mayoría, entonces no son más que meros artefactos verbales idiomáticos.
Las historias de Las Mariposas Cantan de Noche están contadas de la mejor manera que me fue dada, literaria y creativa, de una forma imaginativa que describe el color local y, sobre todo, el mundo espiritual de los personajes, que son como desgarraduras del paisaje, seres heridos, que de alguna manera hablan de los momentos amargos de la vida, y que también armonizan con la escenografía, con esas calles purulentas, con esas colonias inmaduras, con esa ciudad que aquí se llama Tlayohua, que es a la que los protagonistas pertenecen, y a la que no quieren dejar de pertenecer nunca, porque es en la que surgieron, en la que crecieron, y la que los alimentó, la que los formó.
Esa ciudad, Tlayohua, es una especie de vientre protector maternal, dador de vida, en el que estos personajes deambulan y se enfrentan a sus circunstancias. Es ahí en donde mejor reflejan una parte de lo que es la vida para ellos.
En Las Mariposas Cantan de Noche, las historias se cuentan a sí mismas, no obedecen a las preferencias del autor, o del narrador, sino más bien las historias son las que van ordenando, desde el principio hasta el final, los acontecimientos, y si algunas son desgarradoras o dolorosas, se debe a que así se vive en Tlayohua, no al capricho del autor o del narrador.
Juan Norberto Lerma
Ciudad de México, 2022
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