Aprendiendo a Volar / Juan Norberto Lerma

Ilustración Aprendiendo a Volar / Copilot

 


Aprendiendo a Volar

Juan Norberto Lerma

 

“Pájaro-pajaro-pajaró”, decía el niño con las manos y la cara pegadas al cristal de la ventana. Unas gotas de lluvia levantaban tolvaneras diminutas en el patio y lustraban el verde de la bignonia. El niño cumpliría cuatro años en marzo, y en su cuerpecillo se alternaban la enfermedad y la incertidumbre.

Se hallaba trepado sobre una silla, y le había llamado la atención la inquietud del canario que en primavera había llegado a sus dominios. La jaula colgaba de la enredadera, y dentro de ella el pajarillo volaba en varias direcciones, estrellándose, invariablemente, sin conseguir doblegar la solidez de los barrotes.

“Gato-gató”, dijo de pronto el niño, dando un grito y golpeteando con las palmas de sus manos el vidrio de la ventana. Había visto caminar al gato y dar vueltas bajo la enredadera, antes de decidirse a entrar en la bodega de la leña. El gato buscaba un refugio contra la lluvia; el canario, de momento, era lo que menos le importaba; hacía mucho tiempo que se había acostumbrado a la carne requemada de las lagartijas. Sin embargo, el pájaro y el niño no lo sabían.

El niño bajó de la silla; de forma instintiva buscó con la mirada a Jacinta, su madre. “Negra-negrá”, le gritó. Sin obtener respuesta, abrió la puerta y salió al patio. La lluvia lo cegó un instante, se limpió los ojos con el dorso de la mano y amenazó de lejos al gato con una rama de encino. El gato, agazapado entre los troncos, lo miró como a una alucinación imposible en la cual no creía.

Jacinta salía de la cocina cuando vio entre la lluvia al pequeño, tratando de alcanzar la jaula. Corrió hacia él y lo acurrucó entre sus senos inmensos, sin atender a sus reclamos. Lo llevó adentro y lo desnudó junto a la estufa encendida. Él se reía y estornudaba frecuentemente, y cada que Jacinta lo friccionaba con una toalla, su voz vibraba al murmurar: “Negra-negrá, el gato-gató quería devorar al pájaro-pajaro-pajaró”.

Jacinta no le respondía; tenía la respiración alterada y los ojos brillantes de preocupación. Por momentos parecía fuera de sí. Sin embargo, se contenía y con un cuidado infinito le secaba el pelo y le arrojaba vaho en la nuca. Cada que el niño estornudaba sentía que algo en su interior se rompía. Como pudo, Jacinta lo metió dentro de una camisa y un pantalón secos, y le rogó con la voz quebrada que se dejara arropar en la cama. “Nene-nené —dijo—, cómo pude haber dejado que te mojaras, corazón. Deberían molerme a palos por bruta. No te destapes, nene-nené; déjate quietecito en lo que caliento el té”.

Por la noche, el niño ardía en fiebre. Jacinta le colocaba lienzos húmedos sobre la frente y el niño se estremecía y gritaba: “Negra-negrá, al gato-gató le brillan los dientes con el sol”.

Jacinta había dejado de llorar y de arañarse los costados. Cada tanto calentaba la infusión y se la hacía tragar a cucharadas. “Nene-nené —decía—, no te mueras mi chiquito; tienes que vivir para ver a tu padre regresar en su caballo. Él te enseñará todos los juegos del cuchillo y toreará el fuego para ti; te mostrará cómo ventear al coyote y te llevará al río a buscar la tortuga. Ay, nene-nené, la que debería morirse por zonza, bruta y mala, soy yo”.

 Era verdad lo que decía Jacinta, el padre del niño era un peón diestro. Había salido a encaminar un hatajo de vacas hasta una propiedad de su patrón. Seguro lo había retrasado algún vendaval o la crecida de un río, pero no tardaría en llegar. De sólo pensar en lo que el hombre le diría si el niño llegaba a morir debido a su descuido, Jacinta se enterró las uñas en las piernas y se mordió las rodillas hasta que sintió que le faltaba la respiración.

El niño deliraba; hablaba de un pájaro que le cosquilleaba el cuello; hacía un hueco con las manecillas y les daba a sus labios forma de pico, para luego besar su ilusión. Jacinta arrimaba su frente a la boca del niño; había encontrado dentro de sí un manantial de lágrimas todavía vivo en la nostalgia de su niñez, y volvió a llorar cuando el niño en su delirio dijo: “Gato-gató, tú eres malo; mataste al pájaro-pajaro-pajaró antes de que me enseñara a volar”.

Por la mañana el niño se hallaba ojeroso pero fresco, con un silbo pronunciado en la respiración. Jacinta estaba a su lado, abotagada, sin sueño. Lo vio abrir los ojos y todo su ser se relajó; luego le sonrió con dulzura. “Nene-nené, buen susto me has dado” —dijo—.

Jacinta le dio más té al pequeño y lo arropó. Había machacado una idea toda la noche y esperaba el instante justo para ponerla en práctica. Minutos después, vio al niño cerrar los ojos. Inmediatamente, Jacinta se desperezó. Si hubiera sido un gato, se habría relamido los bigotes mientras salía liviana al patio, casi etérea, contando cada uno de sus pasos.

Al llegar bajo la enredadera se detuvo. Con determinación abrió la jaula del can.....





 

Las Mariposas Cantan de Noche

 

Juan Norberto Lerma

      Soy autor de los libros de cuentos Las Mariposas Cantan de NocheLa Bestia Entre los DíasPerro Amor; y Muerte en Estado Natural. También escribí Delirium (poemas); El Imperio del Polvo (poemas): y Cristo Pastor, Madre de Hierro.


 Las Mariposas Cantan de Noche

Juan Norberto Lerma ✍️

📚#libros #literatura

👉 https://cutt.ly/Zr91gkKw


Apple

https://books.apple.com/us/book/las-mariposas-cantan-de-noche/id6753969805


Amazon

Las Mariposas Cantan de Noche

Formato: 📚 Versión Kindle

#libros #literatura

👉 https://www.amazon.com.mx/dp/B0FW88QC12


Kobo

https://cutt.ly/ur91jQ3l

Smashwords

https://www.smashwords.com/books/view/1878276


  

 

Las Mariposas Cantan de Noche

Juan Norberto Lerma


 

 

 

 

 

© Derechos Reservados de Autor

Registro Público del Derecho de Autor

México

Obra registrada ante El Instituto Nacional del Derecho de Autor (INDAUTOR)

 

México, Distrito Federal, actualmente Ciudad de México.

Derechos reservados

***

Portada

Idea Original, Juan Norberto Lerma

Realización

Imagen generada con Grok de xAI



 

 

 

Prólogo

 

 

Las historias que contiene el libro Las Mariposas Cantan de Noche son un conjunto de narraciones que se desarrollan en una ciudad, mi ciudad interior, llamada Tlayohua. Además de reflejar el temperamento y las pasiones de un grupo humano integrado a un territorio, las escenas trazan sus calles, describen su historia, sus desilusiones, los extravíos y los estados sosegados o alterados de los personajes que deambulan en este escenario.

Este volumen de cuentos es producto de mucho tiempo y dedicación, y más que de un trabajo formal, requirió, sobre todo, de tener paciencia. Escribir y reescribir, normalmente son ocupaciones placenteras, pero lo es aún más corregir, porque en ese momento descienden o surgen de aquí y de allá ideas, frases afortunadas, construcciones verbales sólidas como castillos, o tenues y sugeridas como remolinos ligeros en un llano.

A grandes rasgos y de una forma general, considero que a una persona que escribe se le presentan dos posibilidades a la hora de decidir sobre su escritura. Desde luego tiene muchas y variadas opciones de elegir cómo las escribirá, eso no está en discusión; sin embargo, de entre todo ese cúmulo de posibilidades hay dos que sobresalen.

En la primera, hay historias que el autor está obligado a contar, son las narraciones que le brotan, las que se le derraman, y como que se las murmuran, o las que parece que viene la Divina Providencia, que siempre sabe más, y se las cuenta. En la segunda forma que yo veo, hay otras historias que simple y sencillamente se le ocurren a la persona que escribe.

Como sea, las primeras, las historias que debe escribir un autor, son las que escribe desde la más absoluta franqueza, son las que de alguna manera también lo describen a él, a su época y a sus circunstancias, y normalmente, son las que, con un poco de suerte, los lectores lo recordarán. Las otras, si algún valor tienen, son librescas, se guardarán en museos de la palabra para que las estudien los que dicen que saben, o creen que saben, los secretos de la literatura.

En todo caso, esa clase de textos no son para el público en general, no porque sean de un carácter muy elevado, sino porque, sin saberlo, acaso sin desearlo, fueron construidos para distanciarse de lo humano, para justificarse como autor. De cualquier forma, que cada cual explique, si es que puede, las razones por las cuales escribió tal o cual engendro.

Las historias que aparecen en este libro son de la clase de las que yo tenía que escribir, las que yo estaba obligado a contar. Durante muchos años postergué el instante de escribirlas, porque me distraje escribiendo historias librescas; sin embargo, el llamado de las historias que yo debía contar fue tan poderoso, que tuve que ceder y escribirlas. De hecho, no fue una decisión mía escribirlas, ni mi voluntad me llevó a contarlas, sino una especie de destino.

Es posible que en Las Mariposas Cantan de Noche, las historias no sean lo que yo hubiera querido, sino que son lo que ellas quisieron. Representan un conjunto de textos en los que aparecen personajes a los que yo conocí, o que fueron cercanos a mí, como presencia, en mis primeros años, en mis primeras visiones; luego me acompañaron en mi adolescencia y mi primera, y única, juventud. En las narraciones aparecen personajes que me dicen algo a mí, y que espero también puedan decirle algo al lector.

Los cuentos de este volumen son historias en las que se destila una cierta humanidad, un modo singular de vivir y padecer la vida. Aunque, en sentido estricto, una visión humanitaria no es un requisito de la literatura, considero que sí es una de las partes esenciales que la justifican.

En todos los sentidos, es más valiosa una visión humana, que cualquier destreza gramatical; tiene más peso y un mejor brillo la humanidad que las construcciones verbales artísticas, si es que las hay, que no tienen una aplicación práctica. Digamos que si esas palabras que hechizan no son capaces de formar una nueva imagen, un significado nuevo comprensible para la mayoría, entonces no son más que meros artefactos verbales idiomáticos.

Las historias de Las Mariposas Cantan de Noche están contadas de la mejor manera que me fue dada, literaria y creativa, de una forma imaginativa que describe el color local y, sobre todo, el mundo espiritual de los personajes, que son como desgarraduras del paisaje, seres heridos, que de alguna manera hablan de los momentos amargos de la vida, y que también armonizan con la escenografía, con esas calles purulentas, con esas colonias inmaduras, con esa ciudad que aquí se llama Tlayohua, que es a la que los protagonistas pertenecen, y a la que no quieren dejar de pertenecer nunca, porque es en la que surgieron, en la que crecieron, y la que los alimentó, la que los formó.

Esa ciudad, Tlayohua, es una especie de vientre protector maternal, dador de vida, en el que estos personajes deambulan y se enfrentan a sus circunstancias. Es ahí en donde mejor reflejan una parte de lo que es la vida para ellos.

En Las Mariposas Cantan de Noche, las historias se cuentan a sí mismas, no obedecen a las preferencias del autor, o del narrador, sino más bien las historias son las que van ordenando, desde el principio hasta el final, los acontecimientos, y si algunas son desgarradoras o dolorosas, se debe a que así se vive en Tlayohua, no al capricho del autor o del narrador.

Juan Norberto Lerma

Ciudad de México, 2022


Comentarios

Entradas populares